Capítulo 13
TRECE
El domingo por la mañana me tocaba regresar a Londres.
Se habían firmado los documentos legales, todas las instrucciones se habían enviado a los departamentos correspondientes y, hacia finales de semana, un equipo bajaría de Londres para empezar a convertir el museo en las dependencias del Palacio de Whitehall.
El rodaje en sí no comenzaría hasta dentro de unas semanas, bastante después de Pascua, pero por el momento mi trabajo había concluido, aunque volvería con el elenco y el equipo para ayudar a gestionar diversos aspectos de la producción.
Yo hacía las veces de asistente de producción y me encargaba del alojamiento, las comidas y cualquier otra cosa que requiriera la atención de alguien que no estuviera involucrado en el proceso creativo.
Me encantaba estar en el plató, así que me entusiasmaba la idea de volver a Everly Manor…
y a Max. Entre tanto, nos veríamos en Londres, había prometido venir en unos días y llevarme a cenar y a ver una película, y yo estaba deseando volver a verlo.
Eché la bolsa de viaje en el maletero, di la vuelta para abrir la portezuela y me detuve a admirar las vistas desde la cresta.
La mañana era soleada y luminosa, una suave brisa me alborotaba el pelo y me acariciaba el rostro, y el olor embriagador de la primavera flotaba en el aire.
Las ramas aún desnudas creaban una colcha de encaje contra el cielo sin nubes y entre ellas se susurraban palabras en su propio idioma atemporal.
El pueblo se extendía por debajo de mí, varios coches avanzaban por la calle y los más madrugadores ya se estaban dedicando a sus quehaceres.
La torre de la iglesia me pidió en silencio que pasara por allí antes de irme.
El servicio dominical empezaría en una media hora y ya había parejas y grupitos de personas caminando desde el pueblo para ocupar sus asientos en los duros bancos de madera y escuchar el sermón del vicario Lambert.
Muchos se sentían más devotos durante la Cuaresma, pero yo no notaba ninguna conexión emocional con nada de aquello, hacía años que no asistía a un servicio religioso y, sin duda, aquel no sería el día.
Debería subirme al coche y marcharme, pero los pensamientos sobre Hugo seguían atormentándome, dejándome con una sensación de enfado y disgusto por la situación en la que me había metido.
¿Por qué no podría olvidarlo y ya? Las cosas me iban bien al fin y, en lugar de alegrarme por un nuevo proyecto y por mi amistad con Max, me estaba obsesionando con un hombre que llevaba siglos muerto y cuya decisión de involucrarse en una misión suicida no tenía en absoluto nada que ver conmigo. Y, sin embargo…
Tenía que admitir que, por alguna razón inexplicable, quería volver a verlo.
Me había causado una fuerte impresión, algo que no solía ocurrir.
La mayoría de las personas que pasaban por mi vida de una manera tan fugaz no eran más que un punto de luz en el radar, pero Hugo se había quedado conmigo, y lo mismo sucedía con Jane.
Había algo trágico en ellos y yo me había sentido atraída por la tragedia desde pequeña, tal vez porque mi propia infancia me había hecho más sensible a las penas ajenas.
Casi podía ver un coro griego al fondo del escenario de un anfiteatro, con máscaras de tragedia y togas, que cantaba para advertirme del peligro y de la inminente catástrofe anunciada por los dioses, pero siempre había sido de las que tientan a la suerte.
Me subí al coche, conduje hasta el pueblo y aparqué en una calle lateral delante de una barbería.
Aquel día estaba cerrada y puede que también el siguiente, nadie le prestaría demasiada atención a mi coche si por algún motivo no regresaba ese día.
Tras mi última visita al pasado había olvidado devolver las cosas al museo, de modo que la bolsa con el traje del siglo xvii aún seguía en el maletero.
Me pasaría solo un ratito, advertiría a Hugo del peligro inmediato y, a continuación, volvería al presente para no regresar jamás.
Lo que él decidiera hacer a partir entonces era cosa suya, pero yo me quedaría con la conciencia tranquila.
Intenté ignorar al coro griego de mi cabeza, que cantaba cada vez más alto, con lamentos que predecían in crescendo una catástrofe inminente.
Empujé la puerta de la iglesia y me encontré frente a un grupo de mujeres que parecían estar conversando sobre los arreglos florales de una boda que se celebraría el siguiente fin de semana.
La joven novia se hallaba al borde de las lágrimas mientras su madre rechazaba todas sus sugerencias y tomaba las riendas, cual Napoleón cabalgando hacia la batalla.
Le dediqué una sonrisa a la desanimada novia, que se sentó en un banco junto a otra chica a la que se parecía mucho y se limitó a dejar que su madre y la florista tomaran la decisión por ella.
Las dos jóvenes intercambiaron miradas cómplices que lo decían todo y, de repente, me sentí triste por no haber tenido nunca una hermana ni haber conocido ese tipo de vínculo con nadie.
Estaba acostumbrada a la soledad, me había pasado horas entreteniéndome sola, moviendo figuras por un escenario improvisado mientras representaba obra tras obra ante un público de muñecas y osos de peluche.
Quizá por eso había pasado años con Evan, cambiando un tipo de soledad por otro.
Él nunca me había prestado la clase de atención que ansiaba ni me había hecho sentir que ocupaba el primer lugar en su lista de prioridades.
Hubo un tiempo en el que soñé con casarme con él, pero eso había quedado muy atrás.
¿Me casaría algún día? Suspiré y aparté esos pensamientos de mi mente, tenía cosas más importantes que hacer y debía hacerlas antes de que la iglesia comenzara a llenarse.
Una docena de personas ya había empezado a tomar asiento para el servicio, tenía que darme prisa .
El vicario Lambert salió de la sacristía, ya vestido con una casulla sobre el alba y la estola y con las notas para el servicio en la mano, y puso fin a la discusión sobre las flores.
La madre de la novia se dirigió a él y lo distrajo el tiempo suficiente para que yo pudiera desaparecer escaleras abajo sin que me viera.
La cripta se hallaba sumida en la oscuridad y, cuando llegué al último escalón, sentí que descendía al inframundo.
El interruptor de la luz estaba allí, pero ya no lo necesitaba, conocía muy bien el lugar.
Me cambié, rauda y veloz, de vestido, maldiciendo por lo bajo mientras intentaba alcanzar los cordones de la parte trasera del corpiño, y después me puse las medias y los zapatos.
Me recogí el pelo, me aseguré de limpiarme bien la cara de cualquier resto de maquillaje y me eché la capa sobre los hombros antes de guardar la bolsa detrás del simpático caballero.
—Deséame suerte —le dije mientras buscaba a tientas el botón que abriría el pasadizo hacia el pasado.
El sonido de la piedra al deslizarse me indicó que lo había encontrado y me detuve un instante justo al otro lado del umbral mientras mi mente me gritaba que abandonara aquella estupidez y me fuera a casa, pero en casa no había nadie esperándome, no tenía ningún motivo para volver corriendo a Londres.
Unas cuantas horas no me supondrían mucha diferencia, pero para Hugo y Jane serían cuestión de vida o muerte, si es que él hacía caso de mi advertencia.
Entré en el pasadizo y subí con lentitud los escalones, el corazón me palpitaba sobre las costillas y el aliento se había detenido en la garganta mientras la puerta se cerraba tras de mí.
Tenía una idea de lo que quería decirle a Hugo, pero decirlo en mi cabeza era una cosa y enfrentarme a él, otra muy diferente.
Esperaba que, como caballero del siglo xvii , fuera supersticioso y mi advertencia lo disuadiera de continuar con su plan, pero tenía la certeza de que estaba muy comprometido con su causa y costaría mucho hacerle cambiar de opinión.