El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

DOCE

—Ay, Hugo —gemí—, ¿qué has hecho? —El duque de Monmouth había firmado prácticamente su propia sentencia de muerte al levantarse en armas contra el rey, pero él no me importaba, era un joven ambicioso que vio su oportunidad y la aprovechó.

A lo largo de la historia había habido muchos como él, algunos habían triunfado en sus intentos y otros no, pero Hugo era otro cantar.

No sé por qué me daba tanta pena pensar en su destino, pero sabía que estaba al borde de una catástrofe.

Tal vez, de forma inconsciente, estaba confundiendo mis sentimientos hacia Hugo con los que sentía hacia Max, por lo mucho que se parecían, pero no creía que ese fuera el caso.

Cerré el portátil y me quedé mirando la tapa, sin dejar de darle vueltas al asunto. Yo no podía hacer nada, Hugo había tomado su decisión, y no tenía nada que ver conmigo. Nada en absoluto.

A lo largo de la semana siguiente, me dije que el inevitable choque contra el destino de la vida de Hugo no me interesaba lo más mínimo, pero cada vez que pasaba por la galería y veía cómo sus ojos oscuros me seguían desde el retrato, me daban ganas de correr a esconderme.

¿Se había vuelto su mirada más cauta y acusadora o era cosa mía y estaba siendo más fantasiosa desde que lo había conocido?

Él no sabía lo que iba a pasarle, pero yo sí.

Tal vez creía de verdad que Monmouth tenía posibilidades de arrebatarle la corona a su tío y apoyaba su causa, pero yo sabía que avanzaba —no, que se precipitaba— hacia el desastre.

Monmouth pagaría con su vida, pero lo mismo le ocurriría a él, y nunca recuperarían su cadáver ni recibiría una sepultura digna, su nombre caería prácticamente en el olvido de la historia.

Solo su hermana mantendría viva su memoria y con el tiempo le pasaría todo a su hijo, que se convertiría en el patriarca del linaje ancestral de Max.

«Podrías advertírselo», me decía una vocecita en la cabeza.

Apareció sin invitación y se negaba a dejarme, se quedó discutiendo conmigo durante días.

«Lo único que tienes que hacer es volver una vez más y contarle lo que sabes.

Puede que no te escuche, pero al menos te quedará la conciencia tranquila. Habrías intentado salvarle la vida».

—No seas ridícula —le bufé a la insistente voz—. ¿Qué voy a hacer, presentarme allí otra vez como si nada y anunciar que puedo predecir el futuro? Eso sería perfecto. Tendría suerte si no me acusan de brujería y me queman en la plaza del pueblo. Olvídate de Hugo.

Lo intenté, de verdad que sí, pero los pensamientos sobre Hugo me seguían a todas partes, incluso cuando Max y yo fuimos a Londres en coche el fin de semana siguiente. No tenía ni idea de por qué me sentía tan responsable, pero el peso de lo que sabía era una gran losa en mi cabeza.

—Esta noche estás muy pensativa —comentó Max mientras me miraba por encima de la carta cuando nos sentamos a cenar.

—Lo siento. Estaba pensando en la ópera. Era tan trágica… —La representación había estado increíble. Había visto Tosca al menos dos veces antes, pero aun así había disfrutado de cada momento y cada una de las notas había hecho vibrar algo en mi corazón.

—Veo que deberíamos limitarnos a las comedias —respondió Max—.

No pretendía ponerte tan triste, pensé que toda esa angustia y romance jugarían a mi favor.

—Poniéndose serio de repente, extendió la mano a través de la mesa y tomó la mía—.

De verdad, Neve, olvídate de ese imbécil de Evan y dame una oportunidad.

Te prometo que tendré mucho cuidado con tu corazón y no te meteré prisa para hacer nada para lo que no te sientas preparada. ¿Me permitís cortejaros, mi señora?

Cómo no, tenía que terminar su discurso con un chiste, lo que me dio ganas de rodear la mesa y abrazarlo, pero no lo hice, ni tampoco le di permiso para cortejarme.

Max me gustaba muchísimo, pero algo en mi interior me hacía desconfiar de él.

Supongo que el no haber tenido unos padres que velaran por mí desde pequeña había hecho que desarrollara una especie de radar para saber en quién se podía confiar.

Y no es que no confiara en él, pero albergaba ciertas dudas sobre su sinceridad.

Su encanto y su trato afable eran una fachada que ocultaba con eficacia al hombre real que se escondía debajo.

No sabía exactamente qué, pero había algo en él que me hacía estar alerta.

Tal vez fuera demasiado encantador y tuviera demasiadas ganas de agradar, siempre dispuesto a soltar un cumplido o una broma, pero nunca se ponía serio el tiempo suficiente como para traicionar sus verdaderos sentimientos.

Me vino a la mente una expresión que mi madre de acogida solía utilizar cuando yo era niña, «más escurridizo que una anguila».

Puede que, a raíz de mi amarga decepción con Evan, no estuviera siendo justa, pero no estaba preparada para darle luz verde hasta que sintiera que lo conocía mejor y pudiera confiarle mi corazón herido.

—Max, lo siento, no quería darte falsas esperanzas, pero no estoy lista para tener nada más que una amistad. Todavía no.

—No pasa nada. Lo entiendo, pero no voy a rendirme. Acabaré conquistándote. Vamos, la noche es joven. ¿Qué te apetece hacer? Podemos ir a bailar, a un bar del Soho, dar un paseo o volver a casa y tomarnos la última.

La idea de pasar varias horas dando vueltas en la oscuridad palpitante de un club nocturno o hablando a gritos para hacernos oír por encima del ruido en un bar atiborrado no me resultaba demasiado atractiva después del torbellino emocional de Tosca y, aunque un paseo habría estado bien, prefería volver a casa en el descapotable abierto, con el aire nocturno acariciándome la cara bajo las estrellas, un dosel celestial que le hace a una sentirse pequeña e insignificante, pero muy viva.

¿Estaba nuestro destino realmente escrito en las estrellas, como afirmaban los antiguos, o era solo nuestra imaginación, romantizada en exceso, la que quería aprovechar el poder del universo y doblegarlo a nuestro antojo, hacerlo responsable de nuestras decisiones y de nuestro futuro, infundirle un conocimiento colectivo más propio de un ser divino que de una inmensidad infinita en la que no somos más que partículas de polvo que giran por el espacio hasta que nos llega la hora?

—Me gustaría volver, si no te importa —respondí, observando la reacción de Max. ¿Qué querría hacer él? Pude ver que había tomado la decisión correcta. La sugerencia del club nocturno había sido farol, solo le apetecía tener una noche tranquila.

—Esperaba que dijeras eso.

Mientras regresábamos en coche a Cranleigh en la cálida oscuridad sorprendente de la noche primaveral, de pronto volví a darme cuenta de lo poco que sabía sobre él.

Siempre se valía del humor para evitar preguntas personales o temas importantes y, aunque me gustaba mucho su actitud desenfadada, necesitaba conocer más al hombre que llevaba en su interior antes de poder siquiera empezar a abrirme de verdad y compartir una amistad.

Claro estaba que aquella noche no era la adecuada para comenzar a interrogarlo sobre opiniones políticas, relaciones anteriores y esperanzas de futuro, pues tan solo era una segunda cita informal. Ya habría tiempo para todo lo demás.

Sin embargo, había temas importantes que seguían rondándome la cabeza y me giré hacia él, pues necesitaba a alguien con quien hablar sobre la culpa que llevaba días reconcomiéndome.

—Max, si supieras que a alguien que conoces le va a pasar algo terrible por una decisión que ha tomado, ¿intentarías prevenirlo o te mantendrías al margen y dejarías que pasara lo que tuviera que pasar, con independencia del resultado?

—pregunté, con la esperanza de que no hiciera ningún chiste. Por suerte, no fue así.

—Si, en vez de sospecharlo, supiera a ciencia cierta que esa persona podría sufrir daños graves, trataría de advertirla, incluso a costa de sobrepasar los límites de la amistad.

La mayoría de la gente no quiere que le digan que sus decisiones son imprudentes o que conducirán al desastre, pero, si te refieres a un daño físico real y no a simples molestias, yo intervendría.

¿Estamos hablando de una amiga metafórica que se supone que te representa en esta situación?

—preguntó con una sonrisa de complicidad.

—No exactamente —murmuré, dispuesta a zanjar el tema—, pero, gracias, me has puesto las cosas en perspectiva.

Una hora más tarde, mientras Max me servía una copa de vino y se acomodaba a mi lado en el sofá, seguía pensando en nuestra conversación.

El fuego ardía débil en la chimenea, creando una suave danza de sombras por las paredes del salón, y la luna se asomaba por la ventana sin cortinas, con un semblante casi redondo semejante a un rostro curioso.

Max se acercó más a mí y tapó la luna un instante cuando se inclinó para besarme.

Fue un beso tierno y romántico, pero me sentí incapaz de responder.

Se me tensó el cuerpo y apoyé las palmas de las manos contra su pecho para impedir que siguiera acercándose.

Él se apartó, sin dejar de mirarme mientras trazaba la forma de mis labios con el dedo.

—Sé que no estás preparada y no voy a meterte prisa. Solo quería darte algo en lo que pensar.

—Ya lo has hecho —respondí, tratando de ignorar la confusión que sentía. Max me hacía sentir deseada y consentida, pero ¿lo estaba utilizando como otro clavo para ayudarme a superar lo de Evan?

Colocó el dedo debajo de mi barbilla y me levantó la cara a la vez que me miraba a los ojos, sonriendo.

—Neve, no le des demasiadas vueltas. No somos unos adolescentes que primero echan un polvo y después deciden si se gustan. No hay presiones ni prisa, podemos ser solo amigos y ver adónde nos lleva eso. Puedes tomar tú las riendas, yo encantado de dejar que marques el ritmo. ¿Qué te parece?

—Me parece genial —respondí, sintiendo una oleada de cariño hacia él—. Buenas noches, entonces.

—Buenas noches, querida.