El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

ONCE

Entré apresurada por la puerta de la cripta y bajé corriendo las escaleras, me dirigí al pasadizo y cerré detrás de mí justo en el momento en que la puerta de madera de arriba se abría con un chirrido y sonaban pisadas en los escalones.

Mientras corría hacia la iglesia, tuve la sensación de que me seguían, pero, cuando había mirado hacia atrás, no había visto nada más que campos que comenzaban a tornarse verdes, bosques llenos de susurros y Everly Manor, que se alzaba sólida e imponente, con sus muros de piedra bañados en el resplandor rosado de un amanecer de primavera.

Me agaché detrás de la tumba del caballero y dejé escapar un suspiro de alivio al encontrar mi bolsa, la prueba de que había regresado a mi propia época.

Me quité el vestido, me puse los vaqueros, el jersey y el abrigo, y encendí el móvil.

Nada me tranquilizó más que el pitido electrónico que me informaba de que tenía varias llamadas perdidas, nueve mensajes de texto y diecisiete notificaciones en mi página de Facebook.

—Gracias a Dios, gracias a Dios, gracias a Dios —murmuré mientras subía las escaleras y entraba en la iglesia moderna.

Jamás había sido tan devota en un lugar de culto, pero el corazón me rebosaba de alegría y la sangre me hervía de esperanza por el futuro.

Había vuelto y nunca, nunca jamás, regresaría.

Había sido muy insensata, pero había aprendido la lección.

Salí al suave sol primaveral e inhalé profundamente, feliz de estar viva y entusiasmada con mi huida.

No estaba lista para volver a la mansión, de modo que fui a buscar el coche, compré un sándwich y la taza de café más grande que había para desayunar y me fui a dar una vuelta por el campo, con la radio a todo volumen y sintiéndome gloriosamente viva.

Ojalá pudiera contarle a Max mi aventura, pero pensaría que me había vuelto loca y llamaría al psiquiátrico más cercano.

Mientras me lamía las últimas migas de los dedos y me terminaba el café, mi euforia empezó a desvanecerse y mi mente lógica regresó al pasadizo.

¿Habría podido atravesarlo alguien del siglo xvii o sería yo la única?

Como en su época la iglesia aún no se había modernizado, ¿estaría allí la otra salida del pasadizo si alguien bajaba a la cripta?

Ambas salidas existían en mi época y yo podía ir de una a otra, de modo que suponía que cualquier persona moderna podría hacerlo.

¿Habría ido alguien más antes que yo? ¿Podría ser que ambas puertas estuvieran en una línea ley, si es que realmente existían, que pasara por debajo de la iglesia y por tanto abriera algún agujero de gusano hacia el pasado? ¿Y por qué a 1685?

Era evidente que ninguna de estas preguntas tenía respuesta, así que al final tuve que dejarlas a un lado y regresar a la mansión.

Había llegado el momento de volver a la vida real, responder llamadas y correos electrónicos y darme el baño que tanto necesitaba.

Al pensar en la fontanería moderna casi me desmayé de la emoción.

Al bajarme del coche vi a Tilly, la labradora, que se acercaba dando saltos por el camino de entrada, moviendo la cola a modo de saludo. Su dueño estaba unos pasos detrás de ella y no movía la cola, pero sí sonreía de oreja a oreja cuando me preguntó:

—¿Qué tal por Londres?

—Bueno, ya sabes… —respondí con una sonrisa, feliz de ver una cara amable.

Volvió a llamarme la atención su gran parecido con Hu go, pero la semejanza se limitaba a sus facciones.

Max parecía relajado con su ropa de tweed y las botas de agua crujían sobre la grava del camino mientras avanzaba hacia mí.

Intenté imaginarme a Hugo Everly vestido con ropa moderna y no lo conseguí, por lo que le permití que en mi recuerdo más reciente siguiera llevando su indumentaria cortesana.

—Hasta mi madre ha comentado que había demasiado silencio sin ti.

Nos hemos acostumbrado a tus llamadas telefónicas interminables, tus discusiones con el director y las peroratas de tu jefe.

No vuelvas a irte nunca. —Lo dijo en tono de broma, pero vi algo en sus ojos que me hizo darme cuenta de que detrás de su actitud insinuante había un hombre desesperado por que le dijeran que también lo habían echado de menos.

—Me alegro de verte, Max. Mucho. ¿Ibas a dar un paseo?

—¿Te apetece venir con nosotros? —preguntó mientras rascaba a Tilly detrás de las orejas. La perra se estaba impacientando, le vibraba el cuerpo por la necesidad de ejercicio.

—Me encantaría, pero tengo trabajo que hacer y me muero por darme un baño. Aunque, si quieres, podemos comer juntos en el pub . ¿Quedamos a mediodía?

—El pub está abarrotado los domingos por la tarde. Después de ir a la iglesia todo el mundo tiene que mojarse el gaznate. ¿Qué te parece si vamos a un sitio un poco más privado? Conozco un bistró encantador donde hacen una sopa de cebolla y un foie gras que te mueres. ¿Te interesa?

—Mucho. —Y era cierto.

—¡Nos vemos a mediodía! —gritó, mientras salía trotando detrás de Tilly.

Max no había mencionado que el bistró estaba a casi una hora de distancia, ni que el trayecto por el campo sería tan pintoresco. Aparté el plato, saciada y satisfecha tras una buena comida y un buen vino, y le sonreí.

—Gracias, Max. Ha sido maravilloso, el mejor domingo que he tenido en mucho tiempo. —Y era verdad. Había pasado los últimos meses en una espiral de desdicha y esta salida me recordaba lo mucho que me había perdido.

—Entonces, ¿ya me he ganado tu corazón? —preguntó como si nada, lo que me hizo reír. Era un ligón de categoría.

—¿Crees que basta con un poco de foie gras y vino? Mi corazón vale un poco más.

—Te sorprendería saber lo que harían algunas mujeres por un poco de foie gras —respondió él arqueando una ceja, y yo solté una carcajada—. Las invito a buenas comidas y buen vino hasta que caen rendidas a mis pies.

—¿Y esa técnica funciona? —pregunté, pensando que así sería en efecto.

—Por supuesto. Siempre. No pueden quitarme las manos de encima.

—Max, ¿hablas en serio alguna vez? —pregunté con una sonrisa. Era tan fácil estar con él…

—No, si puedo evitarlo. Por cierto, ¿te gusta la ópera?

—Sí. ¿Acaso hay muchas representaciones de ópera en el pueblo? —bromeé.

—Sí, nuestra compañía interpreta una función al año y la evito a toda costa, pero el próximo fin de semana se representa Tosca en el London Coliseum y da la casualidad de que tengo dos entradas. ¿Te apetecería acompañarme?

—¿Habrá más vino y más comida de por medio? —inquirí mientras me daba unas palmaditas en el estómago—. El confit de pato también me gusta bastante.

—Por supuesto.

—Entonces soy toda tuya —respondí, dejando colgar la cabeza en señal de rendición.

—¿Lo ves? Te dije que funciona.

Salimos del restaurante en un silencio amistoso, felices de disfrutar de la compañía mutua y muy conscientes de las posibilidades que se nos abrían.

No estaba preparada para otra relación, pero sí para empezar a pensar en el futuro, y Max me gustaba de verdad.

Era tan distinto a Evan… mi ex siempre estaba dándole vueltas a las cosas, lamentándose y buscando indicios de artimañas por parte de sus compañeros.

Era muy ambicioso y a la vez pesimista, en cambio, Max parecía ver la vida de color de rosa, y esa perspectiva me gustaba.

Lo que no quería era darle falsas esperanzas, en la conversación dejé caer varios comentarios para hacerle saber que, si llegaba a surgir algo entre nosotros, tendría que tener paciencia y darme tiempo.

No hablamos de ello abiertamente, pero sentí que lo entendía y con eso era suficiente por ahora.