Capítulo 10
DIEZ
Hugo se despertó con un dolor de cabeza sordo.
Necesitaba vaciar la vejiga, pero tenía el miembro duro como una piedra y los restos de un sueño bastante agradable con Neve Ashley seguían rondándole por la cabeza.
No había sido nada ilícito, sino más bien de anhelo y deseo.
Cada vez que él intentaba abrazarla, Neve se ponía fuera de su alcance.
Ella le suplicaba con los ojos que se acercara, pero siempre huía, riendo en voz baja y haciéndole arder con una pasión que no sentía desde hacía tiempo.
Casi había olvidado lo que era estar enamorado o sentir lujuria.
Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que había estado con una mujer, sobre todo con una a la que deseara.
De vez en cuando había compartido lecho con Liza, pero no desde la llegada de Jane.
Su hermana no aprobaría que se acostara con una sirvienta, aunque esta estuviera dispuesta a hacerlo.
A diferencia de algunos hombres que conocía y cuyas criadas vivían aterrorizadas por sus abusos, él no acostumbraba a acostarse con sirvientas, pero Liza era diferente: no ocultaba sus intenciones y, aunque algunos señores la habrían despedido por disimular tan mal sus intentos de seducción, Hugo sentía que aquello lo absolvía de cualquier responsabilidad hacia la muchacha.
Si Liza lo deseaba, él accedía de muy buen grado, pero como la iniciativa había sido de ella no sentía ninguna obligación más allá de proporcionarse placer mutuo.
Liza le agradaba, se aseguraba de que no le faltara de nada y le regalaba alguna que otra cinta y baratija para hacerla sentir apreciada, pero ninguna palabra de afecto salió nunca de sus labios.
Había estado ciego al no darse cuenta de que la muchacha estaba enamorada de él, pero ya era demasiado tarde para volver atrás, lo único que podía hacer era mostrarse amable y asegurarse de que no quedara encinta.
No quería causarle más sufrimiento del que ya le había provocado.
Miró por la ventana mientras salía de la cama y enseguida soltó un improperio.
—Maldita sea —murmuró mientras se ponía las calzas y las botas, cogía el abrigo y salía disparado de la habitación.
Neve Ashley le llevaba una ventaja considerable, pero era evidente que se dirigía a la iglesia y él conocía un atajo por el bosque.
No impediría que la joven se fuera, pero necesitaba ver con quién iba a reunirse, pues estaba seguro de que tenía una cita secreta.
¿Por qué otra razón iba a ir a la iglesia al amanecer?
No la perdió de vista en ningún momento mientras avanzaba al trote por el sendero cubierto de maleza, sin dejar de maldecirse por haber sido un idiota confiado.
Se las había apañado para arreglarse la ropa de forma que no pareciera que acababa de salir de la cama de alguna mujer, pero con las prisas había olvidado el sombrero.
De todas formas no importaba, ya que en la iglesia habría tenido que quitárselo en señal de respeto.
Neve volvió la vista justo antes de desaparecer tras el grueso muro de piedra que rodeaba el cementerio, pero Hugo no andaba muy lejos.
Le concedió unos minutos antes de colarse por la puerta y recorrer con la mirada la iglesia vacía, girando la cabeza de un lado a otro.
No había nadie, ni siquiera el reverendo Snow andaba por allí.
Con toda certeza seguiría en la cama a esa hora.
Hugo recorrió la iglesia, se asomó a cada rincón y miró detrás del altar para asegurarse de que Neve no estuviera escondida, pero allí no había nadie.
Incluso bajó a la cripta, pero solo había oscuridad y silencio.
Salió por la puerta lateral y pasó el siguiente cuarto de hora deambulando entre las lápidas, su mente se negaba a aceptar que la mujer se hubiera desvanecido.
Al cabo de un rato, regresó a casa para desayunar.