Capítulo 9 #2
No pude evitar preguntarme si habría llegado alguna vez a compartir lecho con su marido.
Estaba claro que no lo amaba ni lo deseaba y, puesto que no engendraron más hijos, cabía la posibilidad de que nunca se hubieran acostado.
¿Por qué aceptaría Ernest semejante unión?
Ojalá pudiera preguntarlo, pero eso habría sido pasarse mucho de la raya.
Además, tal vez Jane nunca hubiera conocido los detalles del acuerdo.
Parecía, al menos basándome en mi sueño, que Hugo había cumplido su promesa de conseguir que conservara el bebé, pero ¿a qué precio?
¿Habría conocido alguna vez el amor esta pobre mujer?
¿Tendría la oportunidad de volver a casarse ahora que su esposo había fallecido o se pasaría la vida siendo una viuda solitaria cuyo hijo crecería y la abandonaría para vivir su propia vida y seguir sus propios sueños?
Había tantas cosas que deseaba saber sobre Hugo y Jane…
pero había abusado de su hospitalidad y nunca descubriría qué habría sido de ellos.
La idea de que a Hugo pronto fuera a ocurrirle algo te rrible hizo que casi me mareara, pero me recordé que no podía cambiar la historia, ni tampoco tenía derecho alguno a involucrarme.
Fuese lo que fuese en lo que estuviera implicado, él había creado la situación y en breve tendría que lidiar con las consecuencias.
Se me encogió el corazón al recordar que esas consecuencias eran una tumba sin nombre.
Mis pensamientos se vieron interrumpidos por la suave voz de Jane.
Apenas podía verla a través de la puerta entreabierta.
Me había instalado en la habitación contigua a la suya y había dejado la puerta comunicante ligeramente entornada por si necesitaba algo durante la noche.
Llevaba un largo camisón blanco, igual que el que me había prestado, y el cabello suelto sobre los hombros mientras se arrodillaba y juntaba las manos a modo de oración, con el rostro vuelto hacia el cielo invisible.
La luz de las velas jugaba suave con sus facciones y hacía que desaparecieran las canas del pelo, pareciéndose mucho a la muchacha que había visto en mi sueño.
En mi época, Jane seguiría siendo una mujer joven en pleno apogeo de su poder y sexualidad, pero en esta época ya había dejado atrás sus mejores años para convertirse en una mujer con pocas perspectivas por delante.
Jane rezaba en voz baja y, aunque me sentía como una voyeur , no pude evitar escuchar lo que decía.
Encomendó el alma de su esposo a Dios y le pidió que cuidara de Clarence antes de centrar su atención en Hugo:
—Señor amado, por favor, ayuda a mi hermano a entrar en razón y detener esta locura antes de que sea demasiado tarde.
Tú sabes en qué anda metido con Su Excelencia el duque de Monmouth y no puede acabar bien.
Él cree saber lo que hace, pero temo que corra peligro de muerte.
Por favor, sálvalo, es la única familia que me queda aparte de Clarence, y no soportaría perderlo.
In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti.
Amén. —Jane se santiguó, besó el rosario y se puso en pie con el aire de alguien que acaba de pasarle sus problemas a otro.
Eran católicos en secreto, pensé, contenta de que al menos me hubieran dado una pieza del rompecabezas.
Pero mi satisfacción duró poco. Aunque no lograba recordar las complejidades de la situación política de aquella época en Inglaterra, sí sabía que Monmouth era protestante y el hijo ilegítimo mayor de Carlos II y que el rey Jacobo era católico.
¿Por qué se aliaría Hugo con el protestante Monmouth?
Estaba claro que desconocía en gran medida en qué estaban involucrados, pero, por las palabras de Jane, parecía algo muy serio.
Peligro de muerte, había dicho, y tenía razón.
Según los registros familiares, algo le ocurriría a Hugo en un plazo de dos meses, puede que mucho antes, y Clarence heredaría.
No me había dado cuenta de que estaba llorando hasta que una lágrima se deslizó por la sien y se perdió entre el pelo.
Hugo era tan joven y lleno de vida… y era evidente que Jane dependía de él.
Entre los hermanos existía un inmenso cariño y a ella se le rompería el corazón.
Cerré los ojos e intenté obligarme a dormir, pero mi mente se negaba a obedecer, así que pasé el resto de la noche mirando hacia el dosel oscuro de la cama y llorando la pérdida de personas que todavía seguían muy vivas.
En cuanto la luz nacarada del inminente amanecer se abrió camino a través de la oscuridad del dormitorio, me levanté, me vestí y, con los zapatos en la mano, caminé de puntillas hacia las escaleras. Aún me dolía el tobillo, pero no podía permitirme perder tiempo.
Oí movimiento y los inconfundibles sonidos de los criados ocupados en sus quehaceres en la cocina, pero no había nadie en la planta baja.
Abrí con cuidado el pesado cerrojo y me escabullí por la puerta, cerrándola con suavidad a mis espaldas.
Entonces me calcé y corrí a toda velocidad hacia la iglesia.
El tobillo me palpitaba, pero intenté ignorar el dolor, sabiendo que disponía de un tiempo limitado para escapar.
Era domingo por la mañana y no tenía ni idea de a qué hora empezaría a llenarse la iglesia para el servicio.
Todavía me dolía la cabeza, estaba exhausta por la noche de insomnio y magullada por la caída, pero aparté la incomodidad de mi mente, así como la terrible culpa que sentía por salir huyendo sin despedirme ni dar las gracias a Hugo y a Jane por cuidarme.
Esperaba que no pensaran demasiado mal de mí, pero no tenía otra opción.
Si le hubiera dicho a Hugo que quería ir a la iglesia, tal vez habría insistido en acompañarme y me vería desaparecer en la cripta. Y no podía permitir que eso sucediera.