Capítulo 9
NUEVE
Me quedé observando el alto dosel de la cama de cuatro postes, no podía dormir.
Jane se había ofrecido a cerrar las cortinas, pero yo le había pedido que las dejara abiertas, al igual que los postigos.
A ella le pareció extraño, pero accedió sin decir nada.
No soportaba la idea de quedar sepultada en la oscuridad más completa, rodeada de pesados cortinajes bordados que apenas dejaban pasar el aire o la luz de la luna, por débil que esta fuera y aunque estuviera distorsionada por los maineles de la ventana de dos hojas.
Había estado en aquella misma habitación hacía menos de dos días, pero entonces solo había sido una parte de la exposición, con una gruesa cuerda que atravesaba la puerta y permitía que los visitantes se asomasen a la estancia sin entrar.
En esa ocasión los muebles brillaban, impecables y pulidos, el hogar estaba frío y reluciente, llevaba décadas sin encenderse…
Toda la casa olía a viejos paneles de madera y techos tallados, a alfombras de lana y solo un poco al polvo atrapado en los tapices y el tejido todavía tupido de las cortinas y los cojines.
Ahora todo estaba en silencio, en cambio, antes, los sonidos de pasos, los aromas de la comida que llegaban desde la cocina y el agradable olor a leña quemada llenaban la casa de vida.
El crepitar de las llamas me había calmado, me resultaba hipnotizador.
No era solo una casa, era un hogar donde vivían y trabajaban personas reales, un hogar donde se amaba, se sufría y, en el caso de Hugo, se conspiraba.
Ni los detalles de época ni la meticulosa conservación podrían capturar el espíritu de las personas que la habían habitado hacía tanto tiempo y que murieron sin apenas dejar rastro, sus vidas se consideraron irrelevantes y cayeron rápidamente en el olvido.
Debía de ser cerca de medianoche cuando oí que Hugo subía las escaleras y cerraba la puerta de su cuarto, pero yo seguía sin poder dormir.
Me encontraba dolorida y cansada, y la cabeza me palpitaba por el golpe, pero era incapaz de descansar: estaba aterrorizada por la situación en que me había metido.
¿Y si me quedaba atrapada allí y no tenía forma de volver a mi propia época?
¿Qué haría? ¿Durante cuánto tiempo podría mantener la farsa?
Hugo no me parecía muy crédulo, haría averiguaciones y descubriría que no tenía ningún parentesco con el conde. ¿Qué haría entonces conmigo?
Tenía que salir de allí lo antes posible.
Lo único que quería en aquel momento era regresar a mi desordenada vida del siglo xxi .
Dejaría de mirar atrás y me centraría en el futuro, un futuro en el que encontraría un nuevo amor y tendría la familia con la que siempre había soñado.
Las idas y venidas con Evan se habían acabado, al igual que dejar que el aborto me atormentara.
No era culpa de nadie. Mi hijo se había ido, y ni la autoflagelación ni echarle la culpa a Evan lo traerían de vuelta.
Era hora de seguir adelante y lo haría en cuanto volviera a casa y me olvidara de esta idea demencial.
Sin embargo, tenía que admitir que me había gustado conocer a Hugo y a Jane.
Había dado por sentado que Hugo habría sido un hombre duro y cruel, pero vi la amabilidad en sus ojos y en la forma en que miraba a su hermana.
Era capaz de sentir un gran amor, de eso estaba segura.
¿Habría alguna mujer que le importara? Tenía unos treinta y cinco años, ¿no habría nadie?
A pesar de lo que Max había insinuado, estaba bastante segura de que Clarence no era su hijo.
No se parecía físicamente a él, ni siquiera a Jane, y la relación entre los hermanos parecía limitarse al cariño fraternal.
Una siempre captaba las corrientes sexuales subterráneas, sobre todo si se buscaban, pero no vi nada inapropiado en la forma en que interactuaban.
Por fantástico que fuera, mi sueño debía de tener alguna base de verdad.
Jane había ido a buscar la cesta de costura y se había quedado sentada a mi lado toda la tarde, haciéndome compañía a su manera tranquila.
No tenía más de treinta años, pero su comportamiento era propio de una mujer mucho mayor, de alguien que había experimentado un inmenso dolor.
La joven bonita y apasionada que había vislumbrado en mi sueño ya no existía, el fuego se había extinguido, había sido reemplazado por la suave calidez que irradiaban sus ojos amables.
—Debéis de echar mucho de menos a vuestro esposo —me había atrevido a decir, con la esperanza de que me contara algo sobre el hombre con quien se había casado. Un atisbo de cautela se asomó por un instante en sus ojos, pero Jane volvió a adoptar una expresión de duelo.
—Sí, Ernest era un buen hombre y un padre cariñoso para mi hijo.
—El empleo de «mi» en lugar de «nuestro» me había hecho aguzar el oído, así que me había quedado callada, dejándola hablar.
Siempre me sorprendía lo mucho que la gente revelaba sobre sí misma solo para llenar un silencio incómodo, y Jane no me decepcionó.
Al estar de luto, probablemente se habría sentido aislada y sola, por lo que unas pocas horas en compañía de una mujer de edad similar a la suya eran con toda probabilidad un regalo en lugar de una carga—.
Era mucho mayor que yo y no gozaba de buena salud —había dicho, clavando la aguja en su labor como si esta la hubiera ofendido profundamente—.
Los dos últimos años de su vida sufrió una parálisis parcial, le empeoró la vista y a menudo despotricaba y desvariaba sin ningún sentido.
Al principio, el médico dijo que tenía exceso de bilis negra, lo que le causaría melancolía, pero más tarde cambió de opinión.
Para entonces ya había demasiados síntomas físicos.
Le practicó sangrías en repetidas ocasiones, pero su estado no hizo más que agravarse.
Mentiría si dijera que no fue un alivio cuando por fin falleció.
No soportaba verlo sufrir, y su enfermedad también fue dura para Clarence.
—¿Os casasteis por amor? —había preguntado yo con aire inocente, deseando oír más.
—Oh, no. Conocía a Ernest de casi toda la vida, pero siempre lo había considerado un tío bondadoso, no una posibilidad romántica.
Había pasado mucho menos tiempo con nosotros después de casarse con su primera esposa.
Era una mujer calculadora a la que solo le interesaba mejorar su posición en la vida y con Ernest lo consiguió, desde luego.
Había fallecido poco antes de que nosotros nos casáramos dejando una hija de ocho años.
Hugo arregló el matrimonio —había añadido para explicar cómo había llegado a casarse con un hombre al que no amaba.
Apuñaló la tela de nuevo, se pinchó el dedo y chupó la sangre, sonriendo de repente como una chiquilla—. Hugo siempre me dice que no haga eso.
—¿No os importó que vuestro hermano concertara un matrimonio con alguien mucho mayor? —«Y a quien no amabas», añadí mentalmente. Nadie podría decir que tuviera tacto, pero me moría de curiosidad. ¿Me diría la verdad?
—No. Hugo siempre ha querido lo mejor para mí.
Ernest era un hombre bondadoso y amable que cuidaría de mí.
Yo había sufrido un golpe terrible, ¿sabéis?
El hombre al que amaba me había engañado.
Me había prometido un futuro cuando ya estaba comprometido con otra mujer.
Yo tenía el corazón roto y no quería volver a sentir ese tipo de dolor…
y sabía que Ernest me querría el resto de sus días —había respondido distraída mientras retornaba a la costura—.
Pasaba gran parte del tiempo fuera, en las tierras, así que solo estábamos Clarence y yo.
Y Magdalene, por supuesto —había añadido, recordando de repente a su hijastra—.
Clarence era un bebé precioso, siempre tenía hambre.
—Jane había sonreído con la serenidad que la caracterizaba al recordar cómo había sido Clarence de pequeño—.
A medida que se iba haciendo mayor, solíamos pasar horas juntos, jugando y paseando por los jardines, pero, cuando cumplió seis años, Ernest le buscó un tutor, así que casi no lo veía. Me sentía muy sola sin él .
—¿No os llevabais bien con Magdalene? —pregunté, cuestionándome cómo habría sido la vida de aquella niña a la que estaba claro que Jane no había querido.
—Lo intenté, de verdad, pero Magdalene era una obstinada, propensa a los ataques de ira y a la histeria, y sentía unos celos terribles hacia Clarence, así que intenté mantenerlos separados.
Pasaba al menos una hora al día a solas con ella, leyéndole la Biblia o enseñándole a coser.
Magdalene disfrutaba con las historias, pero la costura la frustraba. No tenía paciencia, ¿sabéis?
—¿Y dónde está ahora?
—En Londres. Se casó hace unos años, un buen partido.
Ernest estaba muy contento. Y debo decir que el matrimonio la ha cambiado, ama de verdad a su esposo y él parece corresponderle —había comentado Jane, que parecía asombrada de que alguien pudiera querer a la niña rebelde con la que había tenido tantos problemas.
—¿No tenéis más hijos, Jane?
—No, Clarence es el único —había respondido ella con tristeza—. Me habría gustado tener más.