El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

OCHO

Hugo Everly salió del patio galopando, rumbo a Nash House.

Había percibido la breve mirada de reproche de Jane cuando anunció que se iba, pero su hermana no lo conocía tan bien como creía.

No huía por un sentimiento de culpa o responsabilidad, necesitaba ver a Brad por una razón completamente distinta.

Bradford Nash era su amigo más antiguo y el de mayor confianza, la única persona en la que podía confiar.

Ya tenía la intención de ir a verlo, pero ahora la visita cobraba una urgencia muy distinta.

Su mente trataba de desenredar el dilema, pero, a pesar de aplicar todos su razonamiento, no se le ocurría ninguna explicación.

—Hugo, un placer verte —exclamó Bradford cuando su amigo entró en la casa.

Iba vestido tan impecable como siempre, pero parecía que se había estado pasando los dedos por el espeso cabello rubio y mostraba arrugas de preocupación alrededor de los ojos—.

¿Has almorzado? Estaba a punto de sentarme a comer.

Acompáñame, tengo un buen vino que quizá te guste, es de una añada excelente.

—Bradford lo condujo al comedor y le ofreció asiento.

—¿Y Beth? ¿Se encuentra indispuesta? —preguntó Hugo, refiriéndose a la esposa de Bradford, que no estaba presente en la mesa.

—Ha empezado el confinamiento —respondió este frunciendo el ceño—.

No se me permite acercarme a la alcoba hasta mucho después de que nazca el bebé.

Dios quiera que todo salga bien —murmuró mientras servía el vino—.

No lo admitirá, pero está muy asustada. Tanto su madre como su hermana murieron de parto, Beth piensa que ella podría ser la siguiente.

Yo no dejo de repetirle que todo va a salir bien, pero está en manos de Dios.

Lo único que conseguirá pasando un mes en completo aislamiento es aumentar sus miedos, pero ayer vino la partera y me dio las instrucciones pertinentes: debe guardar reposo en cama hasta el parto, tener las cortinas echadas para alejar los malos espíritus y velas encendidas de la mañana a la noche y no sufrir ningún tipo de sobresalto.

Solo tienen permitido entrar su doncella y la partera.

No puedo imaginar siquiera cómo va a soportarlo —añadió, poniendo los ojos en blanco.

Hugo y Brad conocían a Beth desde que era pequeña y nunca había sido de las que se quedaban quietas más de unos minutos.

Era una presencia vivaz y andaba siempre de un lado para otro, ya fuera para ayudar a los ancianos y enfermos del pueblo, visitar a madres primerizas o cortar fruta para hacer conservas en la cocina.

Costaba imaginar que iba a permanecer encerrada en una habitación a oscuras durante al menos un mes.

—Beth es fuerte y lo superará, Brad —lo animó Hugo, sabiendo que sus palabras sonaban vacías.

Las mujeres morían de parto todos los días y ni la fe ni la esperanza podían evitarlo.

Si la perdiera, Brad quedaría destrozado.

La había amado desde que eran niños, ella era su razón de vivir y de respirar, su media naranja, pero necesitaba un heredero y no había otra manera de conseguirlo.

—Por un parto fácil y un bebé sano —declaró Hugo, alzando su copa para brindar.

—Que Dios te oiga —suspiró Bradford, y vació el vino de un trago.

Después de eso, cambiaron de tema por acuerdo tácito.

No había más que decir, lo que les ocurría a las mujeres a puerta cerrada era un misterio que a ninguno de los dos le interesaba explorar, para eso estaban las parteras.

Lo único que podían esperar era un desenlace favorable y un hijo varón que perpetuara el apellido de la familia.

—Brad, me hallo inmerso en una especie de dilema —dijo Hugo mientras se servía un poco de carne asada. Tenía hambre, pero no podría comer hasta haber hablado de la situación con su amigo.

Brad arrancó un trozo de pan y rebañó un poco de salsa antes de metérselo en la boca y masticarlo despacio.

—¿Es por una mujer? —preguntó con una sonrisa, inclinándose hacia adelante para escuchar los jugosos detalles.

Hugo rio ante el entusiasmo de su amigo. Un devaneo romántico sería el menor de sus problemas, pero, en efecto, su problema era una mujer.

—De hecho, sí. Hoy casi mato a una.

—¿Que hiciste qué? ¿Por qué? —exclamó Brad, olvidándose de la comida.

—Fue un accidente. Iba andando por el camino y no la vi hasta que estuve casi encima. No esperaba que estuviera allí y ella tampoco esperaba que yo apareciera a la velocidad del rayo. Ha tenido una mala caída, pero se recuperará.

—Entonces, ¿cuál es el dilema? —preguntó Brad mientras volvía a comer—. ¿Es hermosa? ¿Está casada? ¿Ha dedicado su vida y su virtud a Dios?

—¿Qué sabes de Nell Ashley, la sobrina de Anthony Ashley Cooper?

—preguntó Hugo, dando por fin un bocado.

Ahora que estaba hablando con Brad, se sentía mejor.

Entre los dos lo solucionarían todo, como siempre.

Bajo la actitud despreocupada de su amigo hacia la vida y el amor se escondía una mente aguda que siempre llegaba al fondo del asunto en menos de lo que canta un gallo.

—No gran cosa. Creo que murió en la gran peste de Londres, alrededor de 1665.

Tendría diecisiete o dieciocho años. Su madre y su hermana menor también fallecieron, pero podría estar equivocado.

¿Por qué lo preguntas? —Brad parecía intrigado.

Tomó un sorbo de vino y siguió observando a Hugo. Aquello prometía ser interesante.

—La mujer a la que casi atropello se presentó como la señorita Ashley. Me hizo creer que es la sobrina del conde —añadió Hugo.

—¿Le preguntaste si era su sobrina o te lo dijo ella?

—Se lo pregunté yo, pero no lo negó. Dijo que era su tío. ¿Qué opinas de eso? ¿Por qué iba a mentir? —Hugo dio un largo trago al vino para calmar los nervios. En el fondo de su ser sabía que algo no encajaba, pero ¿era lo que él pensaba?

—Hugo, ¿estás sugiriendo que Monmouth envió a esa mujer para espiarte?

¿Para poner a prueba tu lealtad? Ambos sabemos lo desconfiado que puede llegar a ser, sobre todo desde el estrepitoso fracaso de su último intento, pero ¿por qué iba a enviar a una muchacha desconocida?

¿Crees que es su querida? ¿Una ramera? ¿Qué?

—No es una ramera. Es culta, habla bien y viste con modestia —respondió Hugo, y sus palabras le sonaron ridículas incluso a él. Había muchas prostitutas caras que tenían todas esas cualidades.

—¿Es hermosa? —preguntó Brad mientras se servía otra ración de carne.

—Sí, pero no tan joven como podrías esperar. Unos veinticinco años como mínimo.

—Mmm… ¿y por qué no te acuestas con ella para que te revele todos sus secretos?

—Bradford, ponte serio. Ya sabes lo que está en juego.

Si Monmouth descubre la verdad, puedo darme por muerto.

Me atravesará el corazón con una espada sin vacilar.

Debo andar con mucho cuidado para conservar su confianza y seguir siendo leal a nuestra causa.

Tenemos mucho que ganar si triunfamos, pero, si fracasamos, lo perderemos todo.

—Hugo, ojalá no te hubieras involucrado en esto. Ya sabes lo que puede pasar. Espero que hayas hecho testamento por si te ocurre algo. Al menos asegúrate de que a Clarence no le falte de nada, o ese llorica de tu primo se quedará con todo.

—Clarence heredará las tierras y el título, suponiendo que no se los arrebaten si me descubren. Entre tanto, ¿qué hago con la señorita Ashley? —Hugo volvió a llenar su copa de vino y miró a su amigo. Brad siempre pensaba de manera estratégica, incluso cuando no era necesario.

—Puedes enviarla de vuelta por donde ha venido o mantenerla cerca y descubrir de qué pie cojea.

Te sugiero lo segundo. Si la hubiera enviado Monmouth, tarde o temprano descubrirás su propósito.

Si se quiere ir, déjala marchar y síguela a una distancia prudencial.

Mira adónde va y con quién se reúne. Ya sabes lo que dicen: «mantén cerca a tus amigos, pero más cerca aún a tus enemigos».

A la larga acabará delatándose, siempre lo hacen.

—Brad asintió con aire de sabio, lo que casi hizo reír a Hugo.

—¿Por qué? ¿Acaso muchas mujeres han intentado ganarse tus favores? Aparte de Beth, quiero decir.

—No, pero estaré preparado para cuando vengan.

Hugo soltó una carcajada. Brad siempre sabía cómo ver las cosas con perspectiva.

Cuando regresó a casa, Hugo había alcanzado cierto grado placentero de ebriedad y se alegró al ver que las mujeres se habían retirado.

Según el ama de llaves, Jane había instalado a la señorita Ashley en un aposento contiguo al suyo y se había asegurado de que la dama estuviera cómoda y bien atendida.

Al menos Hugo no tendría que enfrentarse a ella de nuevo aquella noche.

Ya vería qué le depararía el mañana. Estaba cansado, pero no preparado para acostarse, de modo que cogió una botella de vino de la bodega y reavivó las brasas moribundas del fuego de la sala.

La noche era fresca y oscura y las estrellas brillaban como fragmentos de cristal esparcidos por el firmamento.

Una luna creciente se suspendía del punto más elevado del cielo y proyectaba un rayo de luz sobre el oscuro paisaje que se extendía al otro lado de la ventana.

Se sirvió una cantidad generosa de vino y dio un sorbo mientras estiraba las piernas frente al fuego.

La charla con Bradford había sido útil, Hugo estaba siendo demasiado desconfiado.

James Scott, el duque de Monmouth, podía ser muchas cosas, pero no era estúpido.

Si hubiera decidido enviar a alguien a espiarle, desde luego no habría sido una mujer insulsa y tan tonta como para dejarse arrollar por un caballo al galope.

Y él tampoco tenía pensado dejar escapar nada de sus planes delante de ella.

En aquel momento, Monmouth continuaba en su exilio autoimpuesto en los Países Bajos, pero pronto zarparía hacia Inglaterra y lo más probable es que desembarcara en el suroeste.

El West Country sería el mejor lugar para reunir una hueste de granjeros, artesanos e inconformistas varios.

Lo más probable es que no tuvieran ninguna oportunidad contra el ejército del rey, pero nunca era sensato subestimar al pueblo llano.

Le había encomendado a Hugo la tarea de evaluar las lealtades de los nobles de su zona y reclutar simpatizantes para su causa, sobre todo aquellos que pudieran proporcionar un amplio apoyo económico.

En cambio, el verdadero propósito de Hugo no tenía nada que ver con la ambición de Monmouth de ocupar el trono y deshacerse de su tío, el rey Jacobo II, y Monmouth nunca debía enterarse de la verdad.

Hugo sabía que Jacobo no era demasiado popular ni tampoco muy buen rey, pero había sido el siguiente en la línea sucesoria y eso nadie podía negarlo, con independencia de sus opiniones religiosas y políticas.

Sin embargo, cada vez más gente apoyaba a Monmouth y, dadas las circunstancias, este tenía bastantes posibilidades de llevar a cabo una rebelión con éxito.

Tras el intento fallido de asesinar a su padre y a su tío en Rye House, estaba siendo más cauteloso y pretendía reunir a sus seguidores antes de desafiar al rey.

Lo cierto era que, a pesar de su condición de bastardo, muchos lo apoyaban, creyendo que era el verdadero heredero al trono y deseando que se restaurara una monarquía protestante.

Hugo le dio otro trago al vino y se quedó mirando las llamas danzantes del fuego mientras sus pensamientos se tornaban sombríos.

Monmouth era arrogante, autocomplaciente, demasiado autosuficiente y ridículamente desconfiado.

Si el más mínimo rumor sobre su lealtad llegara a sus oídos, Hugo se encontraría en peligro de muerte.

Un hombre dispuesto a matar a su propio padre y a su tío no se ponía demasiado sentimental con sus amigos, aunque los conociera desde la adolescencia.

Los años que habían pasado juntos en la Corte no contarían en absoluto si el duque encontraba algún motivo para desconfiar de él, cualquier sospecha de traición borraría de un plumazo su larga amistad.

Esta vez, Monmouth no toleraría ningún error, no admitiría discusiones.

Era un hombre dispuesto a apostarlo todo por la recompensa final. Era matar o morir.

Hugo rellenó la copa y atizó con fiereza las brasas moribundas, quería que duraran hasta que estuviera listo para retirarse.

De repente se preguntó si la señorita Ashley estaría dormida.

Era encantadora, tenía que reconocerlo. Tal vez no tuviera nada que ver con Monmouth, pero sería mejor para todos que se marchara por la mañana.

Por supuesto, la seguiría para ver adónde iba, pero la verdad es que se alegraría de perderla de vista, por muy tentadora que resultara la visión de esa retaguardia.

Al día siguiente se ofrecería a llevarla a donde necesitara ir, lo que con toda probabilidad la haría levantar el vuelo.

Tras llegar a esta satisfactoria conclusión, apuró el vino, se puso en pie con dificultad, sofocó el fuego y se dirigió arriba con paso vacilante.