Capítulo 7 #3
—Solo es joven y brioso, nada más. —Hugo intentaba defenderse, pero Jane se limitó a fulminarlo con la mirada, como si fuera un colegial travieso.
—En realidad todo ha sido culpa mía —intervine, sin querer verlos discutir—. No estaba prestando atención y había bastante niebla, por lo que lord Everly no me vio hasta que ya fue demasiado tarde.
—No os culpéis, querida —respondió Jane, sin dejar de mirar a su hermano—. Ese caballo suyo es un peligro. No hay nada malo en una buena yegua inglesa, pero mi hermano tiene que tener un semental árabe. —Me di cuenta de que ahora se estaba burlando de él, había olvidado ya su enfado.
—Se lo gané en una partida de cartas a Henry Howard, el duque de Norfolk —explicó Hugo con una sonrisa culpable—. No quería separarse de él. Ronan es bastante inestable, pero eso es lo que lo convierte en un verdadero reto.
—Ronan no parece un nombre demasiado apropiado para un semental árabe —comenté mientras observaba a Hugo. Se notaba que le tenía cariño al caballo, quizás porque se lo había ganado a un duque. No pude evitar preguntarme si sería el duque de Norfolk el hombre con quien lo había visto en la iglesia.
—No. Su nombre original era Aamir, pero Norfolk lo rebautizó como Ronan, ya que el mozo de cuadra se negaba a acercarse al «demonio sarraceno», como él decía. En este país hay mucha superstición contra todo lo extranjero.
—Y está bien que así sea —rebatió Jane—.
Aquí tenemos todo lo que necesitamos. —Parecía por fin dispuesta a cambiar de tema y dejar en paz al caballo de Hugo, y se volvió hacia mí de la manera más solícita—.
¿Puedo hacer algo para que os sintáis más cómoda?
—preguntó—. Espero que Hugo haya tenido el acierto de pedir un refrigerio.
—Sí, ha sido muy amable —respondí, con la esperanza de que dejara de preocuparse.
Unos minutos más tarde, Harriet entró afanosamente en la habitación con otro decantador de brandi y una especie de panecillos que olían de maravilla.
—Recién salidos del horno, milord —anunció, dejando la bandeja y haciendo una leve reverencia.
—Ah, gracias —respondió Hugo distraído. Nos miró a Jane y a mí, como si de repente se sintiera enjaulado y necesitara una excusa para irse—.
Jane, tengo que salir un rato. ¿Te ocuparás de la señorita Ashley mientras no estoy?
Volveré antes del anochecer, pero si me necesitas con urgencia, envía a Jem con un mensaje a Nash House.
—No te preocupes, Hugo. Estaremos bien, ¿verdad?
Soy muy buena enfermera. Cuidé de mi esposo durante dos años antes de que nos dejara, que en paz descanse —me explicó—.
¿Os apetece un panecillo con salchicha? A nuestra cocinera le salen de maravilla, sabe que a Hugo le gustan.
Todas las mujeres de esta casa se desviven por hacerlo feliz.
Hugo se limitó a sonreír, sabiendo que le estaba tomando el pelo. Casi podría apostar que Jane era una de esas mujeres. Parecía tenerle un inmenso cariño, y la mirada de él se suavizaba mucho cuando la observaba.
—Vamos, márchate ya —dijo Jane, echándolo de la habitación—. Estaremos bien, ¿verdad, señorita Ashley?
—Seguro que sí —respondí, deseando poder huir, pero dándome cuenta de que tendría que pasar al menos unas horas en Everly Manor antes de recuperarme lo suficiente para emprender el camino de vuelta a la iglesia.
Hugo cogió la peluca y el sombrero de la silla, me hizo una reverencia un tanto forzada y salió con premura de la estancia.
—Típico de los hombres —comentó Jane con una sonrisa indulgente mientras lo observaba por la ventana.
—¿Por qué lo decís? —pregunté, sintiendo simpatía por ella al instante. Había dicho lo que yo misma pensaba.
Jane apartó la vista de la ventana y me dedicó una sonrisa cómplice:
—Bueno, es obvio, ¿no? Hugo se siente culpable por el daño que os ha causado, de modo que en lugar de afrontarlo prefiere quitárselo de la cabeza y beber y jugar a los dados con su amigo. Cuando regrese, le aseguraré que estáis bastante bien y se perdonará a sí mismo y olvidará el incidente.
No pude evitar soltar una risita ante lo bien que había resumido la situación.
Puede que tuviera razón, pero mejor así.
No había motivo para que Hugo se sintiera culpable.
No esperaba que hubiera nadie en el camino y con la niebla no me vio hasta que estuvo casi encima de mí.
Yo debería haber oído el ruido de los cascos, pero estaba tan sumida en mis propios pensamientos que no me aparté a tiempo.
Había sido un accidente, y gracias a él pude conocer a Hugo Everly y a su hermana.
Tenía que admitir que no eran en absoluto como los había imaginado y me habría gustado conocerlos mejor, sin embargo, tal y como estaban las cosas, debía volver a mi propia época, y lo haría en cuanto pudiera arreglármelas para regresar a la iglesia.
Hasta entonces, pasaría un rato con Jane.
Desprendía una tranquilidad que me resultaba reconfortante y entablamos conversación con facilidad, como suelen hacer las mujeres.