Capítulo 7 #2
La puerta se abrió de golpe y Hugo pasó a grandes zancadas junto a un criado estupefacto, en cuyo rostro, redondo y pálido, destacaba una boca que formaba una «O» de sorpresa.
Me acomodó en un diván y se dio la vuelta para coger un decantador de plata y verter líquido en un vaso.
Se puso de rodillas y me lo acercó a los labios hasta que di un sorbo.
Era brandi, y muy bueno, por cierto. Continuó ayudándome a beber hasta que lo acabé.
Mi ritmo cardíaco empezó a disminuir y el zumbido de los oídos por fin se fue apagando.
La habitación permanecía en silencio excepto por mi respiración, que a mí todavía seguía sonándome muy fuerte.
Hugo parecía estar conteniendo el aliento cuando se inclinó sobre mí.
—¿Podéis oírme, señora? ¿Estáis malherida? —Su voz era como el brandi, suave y tranquilizadora, no se parecía en nada a lo que yo esperaba.
—Creo… creo que estoy bien —mascullé intentando incorporarme.
Hugo me empujó de nuevo con brusquedad hacia abajo mientras se ponía en pie.
—No intentéis levantaros, os dará vértigo. Descansad un rato. ¿Os ayudaría tomar un poco más de brandi?
Dadas las circunstancias, no tenía ni idea de lo que me ayudaría, pero asentí y él echó un dedo más en la copa.
Se la cogí de la mano y di pequeños sorbos entre bocanadas de aire, mientras él se quitaba el sombrero y lo arrojaba sobre una silla cercana, seguido de la peluca.
Ese sencillo gesto cambió al instante su aspecto, haciéndole parecer más joven y menos intimidante.
Siempre me había preguntado cómo llevaban los hombres el cabello debajo de aquellas ridículas pelucas y me sorprendió ver que el de Hugo era muy corto, llevaba unas ondas oscuras de apenas unos cinco centímetros de largo.
Acercó una silla de respaldo recto y se sentó a mi lado, tomándome la mano con suavidad.
—Hugo Everly a vuestro servicio. Os ruego aceptéis mis más sinceras disculpas por el percance.
No os vi caminando por allí, la verdad es que no esperaba que hubiera nadie en el camino y no estaba prestando atención a lo que me rodeaba por hallarme absorto en mis pensamientos.
Ha sido un gran descuido por mi parte. Confío en que no estéis malherida —dijo de nuevo, escrutando mi rostro para confirmar que no era el responsable de causarme un daño irreparable.
—Solo necesito recuperar el aliento, eso es todo. Estaré bien, gracias, lord Everly —murmuré, siendo repentinamente muy consciente de mi absurda posición.
—¿Os importaría decirme vuestro nombre?
—Neve Ashley. —Me sorprendió ver que Hugo me miraba con renovado interés, entrecerrando los ojos para estudiar mis facciones.
—¿La sobrina de Anthony Ashley Cooper, el conde de Shaftesbury? —preguntó, claramente atónito—. Pensé que el nombre de pila era Nell, pero debo de haberme equivocado.
Estaba a punto de negar cualquier parentesco con el conde de Shaftesbury, que había sido un ferviente partidario del duque de Monmouth, pero enseguida cambié de opinión. Si con eso ganaba algo de tiempo, ¿qué daño podía suponer? Tampoco es que planeara quedarme y hacerme pasar por la dama.
—Eh… sí —murmuré, desviando la vista. ¿Y si decidía llevarme a casa?
Estaba tan ocupada considerando lo que pudiera pasar que apenas me di cuenta de lo que decía Hugo Everly.
—Lo siento, ¿habéis dicho algo? —pregunté, sintiéndome aún más aturullada.
Hugo ladeó la cabeza para evaluar mi estado mental, que debió de encontrar lo bastante sano, ya que se reclinó y continuó con su hilo de pensamiento.
—Estaba diciendo que lamenté mucho enterarme de vuestra reciente pérdida —respondió, sin dejar de observarme como un halcón.
Era evidente que yo no tenía ni idea de a quién se refería, por lo que asentí con tristeza, con la esperanza de que cambiara de tema, pero no lo hizo.
—Sentía un gran respeto por vuestro tío y no creí ni una palabra de los que lo acusaban de traición. Desde luego, fue todo una invención. Es terrible que tuviera que morir en el exilio, tan lejos del hogar que tanto amaba.
—Sí, lo fue —afirmé, esperando no delatarme cometiendo algún error flagrante.
La aparición de un muchacho me salvó de seguir hablando de mi «tío».
Tenía doce o trece años y un rostro aún dulce e infantil, pero un atisbo de inminente madurez masculina rondaba por algún lugar detrás de sus ojos y en la sedosa pelusilla que oscurecía su labio superior.
Se detuvo en seco al verme en el diván, pero una mirada severa de Hugo puso fin a cualquier especulación que pudiera haber tenido al respecto.
—Señorita Ashley, permitidme presentaros a mi sobrino, Clarence Hiddleston.
Clarence se inclinó formalmente ante mí y desvió la vista, avergonzado. Había pensado que había interrumpido algún tipo de cita romántica. A juzgar por su sorpresa, no era algo habitual.
—¿Dónde está tu madre, Clarence? —preguntó Hugo con irritación—. ¿Sigue en la cama?
—Ya sabéis que sí —respondió Clarence con hosquedad, y le dirigió a su tío una mirada tan desdeñosa que casi me hizo reír. Está visto que todos los adolescentes son iguales, sean de la época que sean—. Rara vez se levanta antes del mediodía. ¿Queréis que vaya a buscarla?
—Sí, dile que tenemos una invitada, y date prisa.
Clarence le lanzó una mirada desafiante y salió de la habitación, caminando despacio con la esperanza de provocar a su tío. Me aparté de Hugo para ocultar mi sonrisa.
—¿Tenéis hambre? ¿Pido que le traigan algún refrigerio? —preguntó solícito, siendo de pronto consciente de lo comprometedora que parecía nuestra posición, una mujer tumbada sobre la que se inclinaba. No esperó mi respuesta y tiró de un cordón para llamar a un sirviente.
Una muchacha de unos catorce años apareció unos instantes después. Parecía intimidada por su señor, pero él se mostró muy cortés.
—Por favor, dile a la cocinera que nos suba algún refrigerio. Tenemos una invitada.
—Enseguida, milord —tartamudeó la joven .
—¡Y más brandi, Harriet! —le gritó mientras ella salía a toda prisa de la estancia.
Miré a la chica que se alejaba y decidí que sería el momento de escapar.
Había conseguido mi propósito y, aunque no tenía ni idea de lo que le acabaría sucediendo a Hugo, no tenía intención de averiguarlo.
Necesitaba volver a la iglesia y a mi propia época, ya que me sentía peor tras cada minuto que pasaba.
Estaba mintiéndole, fingiendo ser quien no era y aprovechándome de su hospitalidad.
No estaba bien, y me sentía avergonzada.
Se notaba que se moría de ganas por preguntarme qué estaba haciendo en sus tierras y por qué había llegado caminando sola.
Era demasiado educado para interrogarme, sobre todo porque pensaba que estaba emparentada con un conde, pero tarde o temprano preguntaría, y ninguna respuesta que yo pudiera darle tendría sentido. Debía irme.
Traté de sentarme, pero una oleada de vértigo me obligó a tumbarme de nuevo, recordándome que acababa de darme un golpe en la cabeza. El tobillo también me palpitaba de forma alarmante y emití un pequeño aullido al intentar moverlo.
—¿Adónde vais? —Hugo se acercó corriendo a mi lado—. Os habéis puesto blanca como la leche. Por favor, señorita Ashley, volved a tumbaros y descansad. ¿Deseáis que avise a un médico? Aunque podría tardar unas horas, ya que el más cercano está en Blackney.
—No, por favor, no os molestéis. Estaré bien. Solo necesito descansar un poco más.
—Lo que necesitáis es descansar durante varios días. Me aseguraré de que estéis cómoda y mi hermana hará de carabina, para que no os preocupéis por vuestra reputación.
Puede que tuviera una conmoción cerebral, pero al menos mi virtud estaría a salvo, pensé, riendo para mis adentros. La caballerosidad seguía vivita y coleando.
—Aquí está Jane —anunció Hugo con cierto alivio cuando la mujer apareció en el umbral.
Era unos años más joven que su hermano, estaría en torno a los treinta, y vestía un sobrio vestido de color gris carbón.
Llevaba el cabello recogido hacia atrás, con solo unos pocos rizos sueltos a los lados para cubrirle las orejas, pero era sin lugar a dudas la mujer que había visto en mi sueño.
Ahora era mayor, hacía tiempo que el rubor había desaparecido de sus mejillas y su cabello estaba salpicado de plata, pero no me cabía ninguna duda, sobre todo al ver sus ojos oscuros, como de cierva, y los labios carnosos, tan parecidos a los de su hermano y que en su día fueron bastante sensuales.
—Mi hermana ha enviudado hace poco —comentó Hugo mientras nos presentaba—. Extrañamos mucho a su esposo.
—Vaya, lamento mucho vuestra pérdida. —Y era cierto. Jane tenía aspecto afligido, y por un instante me pregunté si alguna vez habría llegado a casarse con su amante.
—Gracias. Es usted muy amable —respondió Jane. Tomó el asiento que Hugo había dejado libre unos minutos antes y cruzó las manos sobre el regazo, esperando que le explicaran qué hacía una mujer extraña tumbada en un diván del salón mientras su hermano revoloteaba ansioso a su alrededor.
—Jane, esta es la señorita Ashley. Iba caminando por el sendero cuando Ronan y yo pasamos y casi nos la llevamos por delante. Me temo que ha sufrido una mala caída. La he invitado a quedarse con nosotros unos días hasta que se recupere —explicó Hugo en un tono de gran culpabilidad.
—Ya te dije que ese caballo es un demonio —respondió Jane, ruborizándose—. Es solo cuestión de tiempo que mates a alguien.