Capítulo 7
SIETE
He oído decir que una vez que una idea echa raíces en la mente es muy difícil sacársela de la cabeza y esta en particular siguió creciendo en mí durante más de una semana antes de sentirme obligada a hacer algo.
Necesitaba saber qué me había pasado aquel día en la cripta y demostrarme a mí misma que no lo había imaginado todo.
Llegué a la conclusión de que, mientras pudiera volver al presente como la vez anterior, no correría ningún peligro.
Me había pasado las últimas semanas investigando el siglo xvii por motivos de trabajo, así que pensé que podría pasar allí más o menos una hora y ver por mí misma cómo estaban las cosas antes de regresar a mi propia época.
Quería conocer a Hugo y hablar con él, saber que era real y no solo un producto de mi imaginación.
La idea de que dos personas separadas por siglos de distancia pudieran reunirse —aunque solo fuera durante un instante fugaz en el tiempo— y establecer una conexión imposible resultaba más tentadora de lo que me atrevería a admitir incluso a mí misma.
No buscaba validación ni gloria y no le contaría a nadie lo que había experimentado, pero tener la capacidad de hacer algo que nadie más había hecho antes me seducía demasiado como para dejarlo pasar.
No tenía ni idea de lo que le diría y todos los diálogos que creaba mentalmente sonaban falsos y forzados, pero sentía la necesidad física de conocer a Hugo, estar con él en la misma habitación, oír el sonido de su voz e intentar averiguar qué les había ocurrido a Jane y a él.
El sábado por la mañana, le dije a Max que me iba a Londres a pasar el día.
Era fin de semana, así que no tendría motivos para esperar que me quedara en la casa y, por lo que sabía, él tenía sus propios planes, lo que me venía de lujo.
Estacioné mi coche en un aparcamiento del pueblo, ya que no podría dejarlo en la mansión e ir caminando hasta la iglesia sin levantar sospechas.
El resto fue bastante fácil. El día anterior me había pasado por el museo y de uno de los baúles había cogido un vestido del siglo xvii , una camisa, medias, zapatos y una capa de terciopelo forrada de piel de color azul medianoche.
No me llevé uno de los elaborados vestidos expuestos, sino uno sencillo de damasco marrón con una falda interior del mismo tono crema que las aberturas de las mangas.
Era el vestido de una dama, pero no pretencioso ni caro, así que no me sentiría demasiado culpable si llegaba a estropearse.
La capa era un tanto extravagante, pero era lo único lo suficientemente abrigado para el frío del exterior, y me prometí cuidarla bien y traerla de vuelta en perfectas condiciones.
Saqué mi bolsa de viaje del maletero, cerré el coche y recorrí la escasa distancia que me separaba de la iglesia.
La mañana era fría y soleada, mi aliento formaba pequeñas nubecillas blancas.
Ahora que se acercaba el momento me sentía más nerviosa, pero mis pies me llevaban por inercia, moviéndose incluso más rápido a medida que me asaltaban las dudas.
«¿Estás loca?», me pregunté mientras atravesaba la verja cubierta de líquenes y me dirigía al pórtico de la iglesia.
¿Acaso una persona cuerda haría lo que yo estaba a punto de hacer?
Pero mi cerebro exigía respuestas y sentía la imperiosa necesidad de descubrir la verdad de lo que me había pasado aquel día.
Me detuve frente a la puerta y conté hasta diez para calmar el corazón desbocado.
Aún podía volverme atrás, pero, siendo sincera, no quería.
Empujé la puerta y entré. Alguien conversaba en la sacristía, distinguí claramente la voz del vicario Lambert que hacía un comentario antes de soltar una risita afable, pero no escuché ninguna respuesta, puede que estuviera hablando por teléfono.
Resultaba una bendición que la iglesia estuviera vacía, la luz de la mañana se filtraba a través de las vidrieras y llenaba el espacio con un arcoíris de colores.
Avancé por la nave, interrumpiendo el solemne silencio con el resonar de mis pasos sobre el suelo de piedra.
¿Por qué el silencio de una iglesia era tan distinto a cualquier otro sonido?
Si hacías el más mínimo ruido, sentías como si estuvieras molestando al mismísimo Dios.
Me apresuré hacia las escaleras que llevaban a la cripta y bajé de un salto antes de que alguien se percatara de mi presencia.
La cripta tenía un aspecto muy similar al de la otra vez, pero todavía más lúgubre porque no encendí la luz.
El caballero mantenía su silenciosa vigilia sobre el resto de los residentes con las manos aferradas a la empuñadura de la espada que descansaba sobre su peto.
—¿Qué opinas, Bruce?— le pregunté mientras me ponía rápidamente mi elegante atuendo—.
¿Se me ha ido del todo la olla? Me siento como Alicia justo antes de caer por la madriguera del conejo.
Seguro que Hugo Sombrerero Loco Everly me está esperando en su casa, listo para servir el té y charlar con Su Excelencia, el Conejo Blanco.
De alguna manera, me sentía aún más idiota por hablarle a una efigie, así que dejé de decir tonterías y me puse manos a la obra.
Metí la ropa moderna en una bolsa que escondí detrás del sarcófago del caballero y pulsé con cuidado el botón de la flor.
Me temblaba la mano por los nervios y contuve la respiración, casi esperando que no sucediera absolutamente nada.
Me habría sentido como una tonta allí de pie, con mi atuendo del siglo xvii , frente a un muro de piedra maciza, pero la roca empezó a deslizarse, esta vez haciendo menos ruido.
Eché un vistazo a los escalones envueltos en la oscuridad .
—A ver qué pasa —le dije al caballero, y me dirigí hacia la puerta de madera de la parte superior.
Por suerte, la iglesia también estaba vacía por el otro lado.
Miré a mi alrededor para asegurarme de que todo tuviera el mismo aspecto de la última vez y así era, pero antes de irme, me acerqué al altar y ojeé el registro que descansaba abierto sobre el púlpito.
Había líneas y líneas de matrimonios, nacimientos y defunciones, todo pulcramente anotado con la misma letra, del año 1685.
Esto parecía coincidir con lo que había visto antes, así que me envolví en la capa y salí al exterior, preparándome mentalmente para el paseo hasta la casa.
Temblaba como una hoja, más de ansiedad que de frío, pero era una mañana bastante gélida y la fina capa de nieve helada que cubría el suelo me dejó entumecida en cuestión de minutos.
La ropa moderna era mucho más calentita y práctica.
Un viento glacial se colaba a través de la capa, carecía de botones que la mantuvieran cerrada.
El lazo con que se ataba al cuello dejaba que ondeara a mi alrededor como una vela desplegada.
La capucha se me caía constantemente de la cabeza por culpa del viento, que me silbaba en los oídos durante la caminata hacia Everly Manor.
La casona se alzaba entre la niebla, sobria y orgullosa, sin dejarse empequeñecer por la mansión victoriana que la había jubilado en el siglo xix .
Llevaba un discurso preparado de antemano, pero se me olvidó por completo a medida que me iba acercando, mientras la mente me gritaba que diera media vuelta y regresara a mi propia época y a mi propio lugar.
Apenas oí el sonido de unos cascos detrás de mí hasta que fue demasiado tarde y sentí el aliento caliente de un caballo al galope a escasos centímetros de mi cara cuando el animal me derribó y me hizo salir volando hacia un lado del estrecho camino.
El jinete me gritó algo mientras yo caía patas arriba y me golpeaba la cabeza contra la tierra helada, torciéndome dolorosamente el tobillo al aterrizar.
Por un momento, todo quedó en silencio e inmóvil mientras miraba hacia el cielo incoloro, donde un cuervo solitario volaba en círculos.
«¿Sería un mal presagio?», me pregunté, aturdida.
El enorme caballo golpeaba inquieto el suelo con los cascos, tenía las fosas nasales dilatadas y sus ojos redondos se movían de un lado a otro presa del pánico mientras el hombre desmontaba y corría a mi lado.
El rostro de Hugo Everly apareció sobre el mío, con la mirada rebosante de preocupación, y me pasó las manos por las extremidades para comprobar si me había roto algo.
Sus labios se movían, pero no podía escuchar nada de lo que decía por el zumbido de los oídos y el rugido de la sangre que palpitaba en mis venas.
Intenté articular palabras, pero no me salió nada.
No creía estar gravemente herida; no obstante, mis pensamientos eran confusos, y de repente me sentí muy mareada y desorientada.
Ay, Dios, ¿habría sufrido una conmoción cerebral?
Cerré los ojos, en parte para evitar que la cabeza me diera vueltas y en parte para esconderme de esa mirada oscura que me atravesaba sin piedad, y a continuación volví a abrirlos.
Los rizos de Hugo ondeaban al viento y el sombrero le ensombrecía la mitad superior de la cara, dándole un aspecto todavía más amenazador.
Me levantó del suelo sin esfuerzo y me llevó hacia la casa, con el mismo ceño fruncido que había quedado inmortalizado en su retrato.
De vez en cuando movía los labios, pero yo seguía sin oír nada aparte del latido de mi propio corazón, que parecía haberse multiplicado por mil y que borraba cualquier otro sonido.
Exasperada, cerré los ojos. Por fin lo había conocido y ni siquiera podía hablar con él.
Qué estúpida había sido al marcharme de aquel modo.
El pasado estaba repleto de peligros, y que apareciera un caballo al galope de la nada era uno de ellos.