El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

SEIS

Pasé los días siguientes sumida en un torbellino de actividades, interrumpido por las comidas y los paseos con Max.

Su actitud relajada me hacía sentir cómoda y, por primera vez en varios meses, más ligera de espíritu.

La conversación con Evan también había ayudado, pues había cerrado un capítulo de mi vida y podía pasar página sin mirar atrás constantemente.

Todavía lloraba por el bebé, pero estaba asumiendo la pérdida y comenzaba a pensar en el futuro.

Tarde o temprano, tendría que empezar a tener citas de nuevo, me resultaba abrumador nada más pensarlo, pero por el momento no necesitaba tomar ninguna decisión ni comprometerme, podía vivir la vida día a día y ver hacia dónde me llevaba.

Max llegó incluso a comentar mi nueva determinación, diciendo que en cierto modo parecía más feliz.

También había percibido un cambio a nivel físico: una mirada más tranquila y resuelta había reemplazado la aflicción y la piel y el pelo parecían estar adquiriendo un nuevo brillo, ya fuera por la mejora emocional o por el hecho de estar pasando un tiempo alejada de la polución de Londres, respirando el aire puro del campo de Surrey.

No había tenido más sueños extraños, pero aquel se me había gravado en la memoria.

Aún sentía la angustia de la chica ante la idea de tener que separarse de su hijo y me preguntaba si, en el reino psicodélico de los sueños, me representaba a mí, luchando por aceptar el hecho de que su bebé no podría quedarse con ella.

Tal vez mi mente buscaba formas de superar el dolor y seguir adelante.

Eso esperaba, porque era una persona alegre por naturaleza y ya no podía seguir soportando la tristeza paralizante que me había acompañado durante los últimos meses.

A menudo me sorprendía pensando en Hugo Everly y preguntándome qué le habría ocurrido cada vez que pasaba junto a su retrato de la galería.

Sus ojos oscuros, tan hábilmente capturados por el artista y que mostraban una mezcla de diversión y arrogancia, parecían seguirme, inmortalizados en el hermoso rostro que nunca llegaría a envejecer.

¿Qué había visto realmente aquel día? Creía que había sido real, pero mi mente no podía aceptar la posibilidad de haber viajado atrás en el tiempo.

La idea era absurda, por no decir completamente inverosímil.

Sin mucho entusiasmo, investigué un poco sobre los viajes en el tiempo y encontré algunas teorías sobre las líneas ley; nada concreto, claro, ya que viajar en el tiempo era científicamente imposible… ¿o no?

También había intentado investigar sobre el emplazamiento de la iglesia.

En internet no encontré gran cosa, así que decidí preguntarle al vicario Lambert, que se mostró entusiasmado por ayudar.

Había sacado un paquete nuevo de galletas de chocolate para la ocasión y el hervidor silbaba en el fogón mientras preparaba las tazas y los platillos con gran pompa, rebosante de alegría por el deseo de cooperar.

Tenía la sensación de que la información se usaría de alguna manera en la película y decidí no desilusionarlo, ya que la falsa creencia le producía un enorme placer.

Cuando el té estuvo listo, cogió una taza y se acomodó en su silla, reclinándose mientras le daba un delicado mordisco a la galleta y me observaba por encima del borde de la taza.

—No me importa contarle, querida Neve, que esta iglesia fue construida sobre un antiguo lugar de culto pagano.

Creo que ya se lo había mencionado. En la época medieval era algo bastante común, hasta cierto punto para aprovechar la estructura y los materiales que ya estaban allí y para atraer a los miembros paganos de la comunidad a la iglesia.

Personalmente, creo que también se hizo con el propósito de anular el lugar sagrado original para disuadir a la gente de seguir frecuentándolo.

Algunas de estas antiguas creencias estaban tan arraigadas que la única forma de evitar que la población continuara practicándolas era tratar de eliminarlas por completo.

—¿Y funcionó? —interrumpí, preguntándome cómo reaccionaría la gente al ver profanado su lugar de culto.

—No, no de inmediato. Aún había quienes se adherían a las viejas costumbres, pero con el tiempo el cristianismo triunfó, como siempre —añadió con pompa y boato—, y los paganos vieron la luz de Cristo, que brillaba con tanta fuerza que quemaba hasta los pecados pasados.

El Buen Señor nunca castigaría a alguien por su ignorancia.

Después de todo, las pobres criaturas eran ignorantes, ¿no cree?

Aunque tuvieron la sabiduría suficiente para aceptar a Cristo en sus corazones, que es lo único que importa.

Sentí que se avecinaba un largo sermón y me sentí reacia a escucharlo.

Estaba claro que el vicario Lambert no llenaba la iglesia los domingos, por lo que desperdiciaba sus elocuentes sermones con los valiosos y escasos fieles que aún seguían asistiendo.

Yo no iba a ser una de ellos y necesitaba buscar la manera de cambiar de tema educadamente sin ofender al buen hombre.

—Vicario, por favor, hábleme más sobre la cripta —le pedí, esperando que se entusiasmara con la idea… y así fue.

—Pues resulta que la cripta forma parte de la antigua estructura pagana que estaba aquí mucho antes de que se construyera la iglesia. Los constructores aprovecharon con habilidad el suelo y los muros de piedra, pero añadieron las columnas y el techo abovedado antes de edificar la iglesia en sí.

—¿Sufrió alguna alteración la cripta desde que se construyó la iglesia?

—pregunté, tratando de encontrar alguna explicación a mi experiencia.

¿Por qué había viajado al siglo xvii si la cripta pertenecía a la época de los pictos?

Si lo intentara de nuevo, ¿acabaría en el mismo año?

No sabía a qué año había ido, pero Hugo desapareció en 1685 y entonces contaba con unos treinta y cinco y, a juzgar por su aspecto, lo había visto unos años antes de esa fecha.

No podía tener menos de treinta y tres años ni más de treinta y cinco.

—De hecho —añadió el vicario Lambert en tono confidencial, inclinándose hacia adelante y bajando la voz, como si pudiera oírnos algún druida que por casualidad anduviera por allí desde la Edad Media a la espera de recibir este pequeño dato—, a mediados del siglo xvii tuvieron que reforzarla.

Los muros se estaban agrietando, supongo que por el peso de la iglesia, así que se añadió otra capa de piedra al interior de la cripta, además de unas bonitas tallas.

Estoy seguro de que las ha visto. Antes de eso, los muros eran de piedra natural, sin tallar.

—¿Se añadieron entonces salidas adicionales o algún túnel que condujera al exterior? —Nadie podría acusarme de rendirme con facilidad.

—No creo. ¿Por qué lo pregunta? —Su rostro se iluminó de repente al caer en la cuenta, aunque no era en absoluto a lo que yo quería referirme—. ¿Hay alguna escena en la película en la que alguien escape de la iglesia por un túnel secreto?

—No que yo sepa, pero si hubiera un túnel, podría incluirse en el guion. A los espectadores les encanta el romanticismo que crea ese tipo de escenas —improvisé, sintiéndome un poco culpable por engañar al pobre vicario.

—Le diré una cosa, tómese otro té y buscaré los planos originales de la iglesia. Estoy bastante seguro de que no hay salidas a túneles secretos, pero debemos asegurarnos, ¿no cree? Por amor al arte.

Levanté mi taza a modo de brindis:

—Por amor al arte —repetí mientras cogía otra galleta.

Para gran decepción del vicario, los planos no mostraban ningún pasadizo secreto ni aberturas olvidadas que salieran de la cripta, pero se recuperó rápidamente y me preguntó si había tenido la oportunidad de hablar con el director sobre su papel.

Le había preguntado a Lawrence si podría tener algo para él, pero se había negado en rotundo, diciendo que para eso estaban los actores.

Odiaba decepcionar al alegre anciano, pero el reparto no dependía de mí.

Le di las gracias por el té al vicario Lambert, que se mostraba abatido, y salí de la iglesia para adentrarme en la engañosa y apacible tarde de marzo.

Me alegraba que el invierno por fin hubiera terminado.

Siempre lo había odiado, y la promesa de la primavera me levantó el ánimo mientras ascendía por la ladera de regreso a Everly Manor.