El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Caminamos en silencio durante unos minutos, ambos embargados por una profunda emoción, pero reacios a hablar. Al fin, Evan rompió el silencio:

—Neve, vuelve a casa. Por favor. Sé que he sido un auténtico cabrón, pero no puedo vivir sin ti.

El piso está muy vacío y nada va bien. Hasta Natasha te echa de menos.

—Me habría creído la mirada de auténtica tristeza que me lanzó si no se la hubiera visto en los tribunales para ganarse al jurado y hacer que sintieran lástima de su cliente.

—No puedo —respondí, deseando que lo entendiera.

—¿Por qué? Has perdido al niño, ya no hay ningún problema, podemos empezar de nuevo.

—No era un «problema», Evan, era un ser humano, y lo deseaba con todas mis fuerzas. Tengo claro que queremos cosas distintas, ¿podemos dejar de fingir que seguimos siendo pareja? Ya no siento lo mismo. —No quería ser directa y decirle que ya no lo quería, pero mis intenciones estaban claras.

—Te lo compensaré. ¿Qué te parece ir París en primavera o a la Toscana en verano? Sé lo que te gusta viajar. Será como una luna de miel. Tendremos cenas con mucho vino, pasearemos por jardines a la luz de la luna y pasaremos las noches haciendo el amor en alguna posada pintoresca. Piénsalo.

—Evan, ni las comidas ni los paseos aliviarán lo que siento.

Me dejaste muy claro lo que te importa, y no soy ni yo ni mis necesidades.

Ni siquiera quisiste hablar del embarazo, solo querías que me deshiciera del bebé, como si fuera una bolsa de basura.

¿Seguirías queriendo irte de viaje si estuviera embarazada de un bebé que no quieres?

¿Estarías conmigo cuando me pusiera de parto o trajera a nuestro bebé a casa?

—Dejé de hablar y me quedé mirándolo fijamente, instándolo a responder.

—No, no estaría contigo. Lo dejé claro —contestó, abandonando por fin la farsa y devolviéndome la mirada.

—Pues permíteme que yo te deje algo claro a ti: hemos terminado. Recogeré mis cosas del piso cuando vuelva a Londres. Hasta entonces, por favor, no me llames ni me envíes mensajes. No hay nada que decir, y no quiero alimentar ningún rencor entre nosotros.

Giré sobre mis talones y salí del jardín dando grandez zancadas, dejando a Evan de pie entre los parterres marchitos, con la escarcha brillando como diamantes bajo la neblinosa luz del sol.

Se quedó allí hasta que llegué al museo y desaparecí en su interior tras lanzar una última mirada al hombre al que había amado durante los últimos cuatro años.

No me alegraba, pero me sentía satisfecha por haber pasado página, lo cual, dadas las circunstancias, era todo lo que podía esperar.

Al entrar en el vestíbulo del museo me encontré con Max, que salía de la biblioteca con una expresión tremendamente avergonzada.

—Neve, te estaba buscando —dijo, y me hizo señas para que lo acompañara a la biblioteca—.

Quería disculparme por lo de anoche. Mi madre piensa que, si me humilla delante de los invitados, de algún modo me convencerá para procrear bajo demanda —afirmó con una expresión testaruda que casi me hizo reír.

—¿Tan horrible sería casarse y tener familia? —No era asunto mío, pero tenía curiosidad por saber por qué Max seguía soltero a su edad: era guapo, agradable, aristócrata y, presuntamente, rico.

—No, no lo sería si pudiera hacerlo a mi manera.

Hace unos años estuve comprometido con una chica maravillosa, pero a «mami» —pronunció la palabra con un sarcasmo amargo que mostraba claramente cómo se sentía— no le gustaba.

Hizo lo indecible para que rompiéramos y, al final, mi prometida me dejó, aduciendo que el matrimonio ya era bastante complicado de por sí como para que además mi madre se entrometiera en todos los aspectos de nuestra vida.

No puedo decir que la culpe. Intenté recuperarla, pero se mantuvo firme.

Y tenía razón, mi madre le habría hecho la vida imposible.

—Lo siento. Debe de haber sido difícil para ti —comenté, poniéndome secretamente del lado de su prometida. A mí tampoco me gustaría lidiar con Naomi Everly.

—Bueno, ya me estoy acercando a los cuarenta —declaró Max con cierto drama—, así que mi madre es algo más flexible en lo que respecta a mi elección de novia, pero desde Lauren no he conocido a nadie con quien quisiera compartir mi vida.

Por cierto, ¿quién era el tipo con el que te vi hablando en el jardín?

—Era Evan, mi ex. Lo nuestro se acabó.

—Pobre hombre. No me gustaría estar en su pellejo —bromeó Max mientras se acercaba un poco más a mí—. ¿Qué hizo para que le dieras la patada?

—Es una larga historia. En realidad tengo trabajo que hacer, si no te importa… —No quería parecer grosera, pero, al pensar en Evan y el bebé, no pude evitar que se me llenaron los ojos de lágrimas.

—Lo siento mucho. No quería entrometerme.

Qué falta de tacto por mi parte —tartamudeó Max al percatarse de mi angustia—.

Te pido mil disculpas. Parece que lo estoy haciendo mucho últimamente.

¿Me acompañarías más tarde a tomar algo?

Nada de preguntas personales ni comentarios inapropiados de ningún tipo, lo prometo.

—Se puso la mano en el corazón y no pude evitar sonreír. La verdad es que era muy dulce.

—Claro, me encantaría —respondí, esperando que fuera en un pub y no en Everly Manor.

—¿Te parece bien sobre las seis en el Richard Onslow? —preguntó mientras se volvía hacia la puerta.

—Sí. Allí nos vemos.