Capítulo 4
CUATRO
Hacia las siete de la tarde, me arrastré fuera de la cama, me di una ducha caliente y empecé a vestirme para cenar.
Me habría gustado irme a dormir, pero no bajar sería una falta de educación hacia mis anfitriones, me puse algo de maquillaje y saqué unos pantalones de vestir y un jersey de cachemir.
Me había puesto el vestido la noche anterior, de modo que, a menos que quisieran que llevara todas las noches lo mismo, los pantalones y el jersey tendrían que servir.
Me miré en el espejo. Tenía los ojos castaños afligidos y el pelo rubio, normalmente abundante, un aspecto deslucido a pesar del champú que había utilizado.
Me lo recogí en un moño elegante y me puse los zapatos.
Tendrían que aceptarme tal como estaba: cansada y deprimida.
Al bajar hacia el segundo piso, me encontré con Max.
Llevaba un traje azul marino con raya diplomática y una corbata de seda color lavanda, de aspecto elegante, revelaba un discreto lujo.
Estaba segura de que lady Everly también iría vestida como si fuera a cenar con su majestad la reina, ya que la familia parecía tomarse las cenas muy en serio.
De haber estado en casa sola con mi madre de acogida, me habría puesto unos vaqueros y una camiseta.
La cara de Max se iluminó al verme .
—Neve, ¿estás bien? Esperaba verte después de volver del pueblo, pero la señora Harding me dijo que estabas descansando.
No tenía ni idea de cómo lo había sabido la señora Harding, pero no me apetecía hablar sobre la extraña experiencia que había tenido por la mañana. A decir verdad, estaba empezando a pensar que me lo había imaginado todo y mi reacción me avergonzaba un poco.
—Me dolía la cabeza —respondí, con la esperanza de que no insistiera.
—Vaya, lo siento. Espero que te encuentres mejor. —Asentí a modo de confirmación, y Max prosiguió—: ¿Qué te pareció nuestra cripta?
—Es justo lo que buscaba. Le envié varias fotos a Lawrence Spellman y me contestó dándome su aprobación —añadí mientras Max me guiaba a través de la galería.
Cuadros de diversos tamaños cubrían las paredes: generaciones de Everly nos observaban con esa mezcla de arrogancia y aburrimiento que suele caracterizar a los retratos de otra época, cuando la gente rara vez sonreía por miedo a parecer frívola.
La mayoría de los retratos eran de hombres; las mujeres no eran ni de lejos tan importantes para la posteridad como sus homólogos masculinos, a pesar de ser las esposas y madres de los representados.
Gran parte de los Everly parecían tener los ojos oscuros, que me seguían mientras avanzaba por el interminable pasillo—.
Conocí al vicario. Me habló de las personas enterradas en la cripta —dije, consciente de súbito de la pausa que se había producido en la conversación.
Max apartó la vista de los retratos y se volvió hacia mí con una sonrisa de disculpa.
—Es un anciano encantador, ¿verdad? Seguro que te ofreció té y galletas. Tiene montones de cajas en la sacristía. Alguien debería recordarle que la gula es pecado.
Solté una risita a modo de respuesta, pero me pareció fingida.
Era extraño, me sentía nerviosa, como si los rostros de las imágenes fueran personas vivas que me juzgaran, y no para bien.
De repente me paré en seco y me quedé mirando la pared que tenía justo enfrente mientras las rodillas me fallaban.
Me agarré a Max para no caerme, este me lanzó una mirada de alarma y me sujetó con habilidad para mantenerme erguida.
Un hombre de unos treinta y cinco años me fulminaba con la vista desde el retrato, clavaba su ojos en los míos y estiraba los labios en una mueca sarcástica.
El artista había hecho un trabajo tan impecable que el cuadro parecía más bien una fotografía y el hombre, demasiado real.
—¿Quién es ese? —grité, alarmada.
—No te preocupes, lleva mucho tiempo muerto, te lo aseguro —respondió Max, sorprendido por mi reacción.
—Lo siento, no sé por qué me ha asustado —musité mientras soltaba a Max y me apartaba del retrato.
Pero sí lo sabía. Era el hombre que había visto en la iglesia esa mañana. Llevaba la misma peluca oscura y rizada y sus ojos de ébano parecían burlarse de mi mirada desafiante. Era real. Había vivido y había muerto, según Max.
—Es Hugo Everly. En mi opinión, tiene toda la pinta de padecer una enfermedad venérea en fase aguda —añadió con una risita—. Mira ese ceño fruncido. Aunque era un tipo bastante interesante.
—¿En qué sentido? —Notaba cómo el estómago me hacía complicadas acrobacias mientras luchaba por articular las palabras.
—Lo más interesante sobre nuestro querido Hugo es que nadie sabe realmente qué le sucedió. Desapareció un día de repente. Se esfumó sin dejar ni rastro ni heredero. El título pasó a su sobrino Clarence, mi antepasado.
—¿Qué pudo haberle ocurrido? —pregunté, sintiendo de pronto lástima por el hombre que había visto. Parecía tan vivo y viril… ¿cuál habría sido su fatídico destino?
—Supongo que pudo ser cualquier cosa. Quizá contrajo la peste en Londres y lo arrojaron a una fosa común, o tal vez unos bandoleros lo asaltaron, lo robaron y lo asesinaron mientras viajaba.
Nadie sabe exactamente cuándo desapareció, pero fue en algún momento de mayo de 1685.
Se rumoreaba que era un gran partidario del duque de Monmouth, pero se desvaneció antes incluso de que este desembarcara en Inglaterra, así que dudo que su desaparición tuviera algo que ver con la rebelión.
Toda su correspondencia se esfumó también.
Debió de quemarla él, o quizás otra persona, por miedo a lo que pudiera descubrirse.
Tardaron un tiempo en declararlo legalmente muerto y en ese momento su sobrino ya había alcanzado la mayoría de edad.
Fue bastante positivo para mi rama de la familia —me informó con divertida complacencia.
—Desde luego que sí. ¿Y cuándo se pintó este retrato?
—Unos años antes de que Hugo desapareciera.
—¿Estaba casado? —Seguía observando el cuadro, intentando hacerlo encajar con el hombre que había visto antes.
—No, que nosotros sepamos —respondió Max, mostrándose aburrido con el tema.
—¿Qué significa eso?
—Que no hay constancia de ningún matrimonio, lo que no quiere decir que no se hubiera producido. Incluso podría haber tenido un hijo por ahí, o tal vez más, pero nunca apareció ninguno, legítimo o bastardo.
—Pobre hombre —suspiré, apartándome de la imagen.
—No me cabe duda de que, fuera lo que fuera lo que le sucedió, se lo buscó él mismo.
Por lo visto, no era un tipo especialmente adorable.
¿Cenamos? La verdad es que me muero de hambre, y tenemos carne asada, patatas y pudin de Yorkshire.
—Max sonrió como un niño pequeño al que le han prometido una ración extra de tarta.
Me hacía sentir más ligera y se lo agradecía, sobre todo en un día como este.
Hasta mediada la cena no me di cuenta de repente de algo que me había estado rondando la cabeza desde que salimos de la galería.
Las piezas encajaron cuando Max frunció el ceño ante un comentario de su madre y le lanzó una mirada sombría de advertencia que lady Everly ignoró por completo para continuar deleitándome con historias de las hazañas infantiles de su hijo en el internado.
Max se parecía mucho al hombre del retrato.
Aunque no usaba peluca y llevaba ropa moderna, los rasgos eran muy similares, sobre todo cuando estaba molesto, como en aquel preciso instante.
—Ay, era un pequeño sinvergüenza —relató lady Everly con una sonrisa y los ojos aguados por los recuerdos—.
De hecho, lo expulsaron por intentar besar a la profesora de francés.
Fue un gesto bastante tierno. En aquel momento solo tenía ocho años, pero el director se lo tomaba todo demasiado en serio, ¿verdad, cariño?
—le preguntó a Max, que miraba fijamente al plato, avergonzado—.
Claro que no lo consiguió hasta los diecisiete años…
con la misma profesora, por cierto. En aquella época era su amor platónico, y ella andaba por los treinta. Una monada. ¿Cómo se llamaba, Max?
De repente tuve la impresión de que lady Everly estaba intentando humillar a su hijo a propósito.
¿Sería un castigo por invitar a tantos turistas a su casa?
Tal vez no fuera tan inofensiva como yo pensaba, o quizá solo era la típica madre que se divertía contando las travesuras infantiles de su hijo.
Max levantó la vista hacia ella con una expresión tan similar a la de Hugo Everly que casi me caigo de la silla ante el parecido. Me quedé tan asombrada que no pude evitar hacer un comentario sobre mi descubrimiento.
—Max, cuando frunces el ceño así te pareces mucho a tu antepasado Hugo —dije en tono burlón—. Con una peluca rizada y una espada en la cadera, podrías ser su hermano.
—Vaya, veo que se ha dado cuenta —intervino lady Everly—.
Siempre he dicho que Max se parece a Hugo.
Una de las teorías que se plantearon en mis tiempos era que el sobrino de Hugo era en realidad su hijo, pero mi esposo, que descendía de ese sobrino, rechazaba la idea, ya que el chico era hijo de la hermana de Hugo.
Obviamente, era muy posible que Jane Hiddleston, la hermana de la que hablo, adoptara al niño y lo criara como suyo, ya que Hugo no estaba casado.
Jane nunca tuvo más hijos, tal vez fuera estéril y el bastardo de Hugo fuera un regalo del cielo, o bien el niño podría haber sido el fruto de un incesto entre ambos.
Se decía que estaban muy unidos. Jane quedó destrozada cuando Hugo desapareció.
Había varias cartas en las que le confesaba a una amiga que se le había roto el corazón y se sentía muy sola sin su querido hermano.
¿Qué opinas tú, Max? —Le brillaban los ojos de malicia y por un instante pude ver cómo debía de haber sido en su juventud: despreocupada y un poco salvaje, una niña rica y mimada que siempre se salía con la suya.
—¿Qué más da, mamá? —bufó Max—. Hace siglos que están muertos, me importa bastante poco de qué Everly descendamos.
—No, a ti no te importan ese tipo de cosas, ¿verdad, cariño?
De lo contrario, ahora ya tendrías un heredero, pero estás demasiado ocupado persiguiendo chicas en Londres.
No te creas que no me entero de lo que haces.
—El tema del heredero había cambiado el ambiente de la habitación de forma notable.
Era algo delicado entre madre e hijo, y pensé que lo mejor sería dejarlos solos.
—Si me disculpan, estoy un poco cansada —mascullé mientras me levantaba de la mesa.
—Ay, no se vaya por mi culpa, querida —dijo lady Everly con una sonrisa agradable—.
Le guste o no, tarde o temprano Max cumplirá con su deber.
Y lo hará mientras yo siga viva. —Percibí un deje de dureza en su voz y sentí una repentina punzada de lástima por Max.
Habían pasado siglos, pero para la gente como él, las cosas no habían cambiado demasiado.
Max alzó la voz, alterado, mientras yo salía del comedor para darles la intimidad que necesitaban para discutir.