Capítulo 3
TRES
En el camino de vuelta a Everly Manor casi había logrado convencerme de que lo que había experimentado era el resultado de algunas hormonas del embarazo rebeldes que todavía circulaban por mi cuerpo, pero sabía que no podía ser cierto.
Había pasado más de un mes desde el aborto, así que esas hormonas ya habrían desaparecido hacía tiempo.
El cuerpo me había vuelto a la normalidad, aunque mi corazón no se había recuperado del todo de la pérdida.
Al dejar a un lado la extraña experiencia de la iglesia y recordar aquellos dos meses que habían convertido mi relación, por lo demás estable, en un campo de batalla, se me llenaron los ojos de lágrimas.
Sabía que la noticia no lo entusiasmaría, pero el ataque que inició contra mi embarazo fue algo totalmente inesperado.
Sus palabras seguían resonando en mis oídos día tras día, haciéndome sentir a veces enfadada, a veces triste.
—Neve, quiero que interrumpas este embarazo lo antes posible para que podamos dejar atrás todo este sinsentido y volver a la normalidad —me había exigido, mostrando un rostro deformado por la ira.
—¿Y qué pasa si quiero tenerlo? —había preguntado yo, con la voz temblorosa por la emoción y las lágrimas deslizándose por las mejillas.
La verdad es que sí lo quería, más de lo que nunca habría creído posible.
Nunca había intentado quedarme embarazada, la idea de ser madre me aterrorizaba después de lo que había sufrido a manos de la mía, pero una vez pasada la sorpresa inicial, había sentido un amor feroz por el pequeño ser que llevaba dentro , un amor tan intenso que me dejaba sin aliento.
De repente, el mundo ya no parecía tan vacío y tan frío, sino lleno de promesas y cosas maravillosas.
Me quedaba despierta por las noches, soñando con la pequeña llama de vida que crecía dentro de mí, preguntándome si sería niño o niña y a quién se parecería.
Sin quererlo, me venían a la mente todo tipo de imágenes, imágenes que antes me habrían hecho sentir amenazada y me habrían obligado a cerrarme emocionalmente, pero que ahora me parecían la misma idea del paraíso.
Yo no sería como mi madre, que siempre había dado prioridad a sus necesidades y sentimientos y que a quien finalmente la bebida se llevó a la tumba, sino el tipo de madre que siempre había querido: cariñosa, empática y protectora.
Mi bebé sería lo primero y le daría la vida con la que yo siempre había soñado.
Sabía que para Evan ser padre no era una prioridad, pero nunca habría esperado la profunda repulsa que pareció sentir ante la idea de tener un bebé conmigo.
Había sido un golpe para él, aunque la verdad es que pensé que en unos días entraría en razón e incluso llegaría a aceptar la idea de volver a ser padre, pero su resentimiento fue aumentando con el tiempo, al igual que su determinación de deshacerse del niño.
—Entonces lo tendrás sola —me había espetado, cada vez más enfadado—.
Yo ya tengo una hija; una hija que cada dos por tres me dice que soy una basura como padre; una hija que apenas me mira a la cara mientras juega con el móvil o que se tapa los oídos con auriculares para no hablarme —había rugido mientras golpeaba la mesa de cristal con la mano y la hacía vibrar peligrosamente.
—Eso es lo normal, tiene dieciséis años. Ya se le pasará. —Había intentado razonar con él, pero no me escuchaba.
—Neve, soy candidato a consejero de la reina. Si se aprueba mi solicitud y lo consigo, estaré cerca de convertirme en juez. Ni deseo ni necesito la responsabilidad que implica otro hijo. Ni siquiera quiero a la que ya tengo, deshazte de él —había bramado, rompiéndome el corazón.
A pesar de la horrible relación que Evan tenía con su hija, era padre, pero no conmigo.
Natasha era el resultado de su primer matrimonio, que se desmoronó después de tres años.
Evan y Deborah, su primera mujer, tenían ahora una relación más civilizada que cuando estaban casados, Natasha pasaba mucho tiempo en nuestro piso, tumbada en pijama en el sofá y, en general, volviendo loco a Evan con su insolencia.
Podía ser un encanto cuando no estaba enfurruñada, discutiendo o ignorándonos, y estaba segura de que bajo esa fachada de adolescente huraña quería a su padre.
De hecho creo que a mí también me quería un poco, aunque nunca lo admitiría.
Sin embargo, yo estaba muy unida a Deborah, que me invitaba a comer al menos una vez al mes y me escuchaba hablar de su exmarido al tiempo que negaba con la cabeza y sonreía ante mi ingenuidad.
—Neve, Evan no va a cambiar nunca —había dicho mientras me servía quiche de espinacas y queso feta—.
Su prioridad será «siempre» él mismo. Es listo, encantador, inteligente y un hacha en la cama, pero siempre será egoísta hasta la médula.
Quiere ser juez y nada lo detendrá. No tiene instinto paternal, si es que tal cosa existe.
Solo quiere hacer lo que le da la gana. Para él, un bebé es una molestia y una carga.
—¿Y qué hago? —había gimoteado yo, apartando la quiche al sentirme invadida por una inesperada oleada de náuseas matutinas que me dejó sudorosa y sin aliento.
—Aborta. Si deseas un bebé, tenlo con una persona que quiera una familia, no con alguien que lo único que hará será dejarte tirada y desentenderse de su hijo.
Pagará las facturas, de eso no hay duda, pero su implicación llegará hasta ahí.
Solo tienes veinticinco años y todavía eres joven, o bien aceptas a Evan tal como es, o te buscas a otro —me había aconsejado sabiamente.
Y tenía razón, por supuesto, siempre la tenía cuando se trataba de Evan. Antes no la había escuchado de verdad, pero ahora sabía que me hallaba en una encrucijada y Deborah me había pintado una imagen muy clara de lo que pasaría si decidía tener el bebé. Y eso fue lo que decidí.
Volví a mudarme a mi piso, que había estado alquilado todos los meses.
Por suerte, la joven ejecutiva de publicidad que me lo había alquilado estaba tratando de irse a vivir con su novio, perder el piso le dio la oportunidad perfecta para forzar la situación.
Se me hacía raro vivir sola de nuevo, pero también había una cierta serenidad en regresar a casa, un lugar que era totalmente mío, y disfrutar del silencio relajado en vez de lidiar con los ataques y el mutismo malintencionado de Evan.
Había seguido llamándome y acosándome por el embarazo, pero me mantuve firme.
Cuando conseguí calmarme, pude comprender su punto de vista, pero no me dejé convencer por sus argumentos.
Si duda alguna y por muy anticuado que pudiera parecer, el hecho de que sus colegas se enteraran de que iba a tener un hijo fuera del matrimonio no mejoraría sus posibilidades de formar parte del consejo.
Si quería que le aprobaran la solicitud, o bien se casaba conmigo —y rápido— o me convencía para abortar.
Había dejado de contestar sus llamadas y me concentré en estar tranquila y cuidarme, tanto física como emocionalmente.
Había cambiado el alcohol y todos los alimentos procesados por productos ecológicos y acudía de forma puntual a clase de yoga al menos dos veces a la semana para centrar la mente y encontrar algo de paz en mi confusa situación, pero el destino parecía conspirar con Evan y al tercer mes perdí al bebé, cuando solamente faltaban dos semanas para llegar al segundo trimestre.
Me había despertado en mitad de la noche, sin saber muy bien qué me había perturbado el sueño.
La casa estaba en silencio y esa noche de enero era tranquila y silenciosa, como suele ocurrir a las tantas de la madrugada, justo antes de que la gente que se dirige al trabajo convierta las calles vacías en un mar de humanidad y el atasco de las horas punta transforme la ciudad durmiente en una masa repleta de maquinaria que acelera, toca el claxon y suelta humo.
Sentí una tirantez en la parte baja del abdomen, pero no era nada que no hubiera experimentado antes.
Había tenido unos dolores agudos y repentinos y sensación de tensión, pero el manual de embarazo afirmaba que todo formaba parte del proceso de implantación del embrión y que el útero empezaba a estirarse y a distender los intestinos.
Me había llevado las piernas al pecho y había rodeado las rodillas con los brazos mientras esperaba a que la sensación pasara, pero entonces empecé a sentir calambres en la barriga, como si estuviera a punto de bajarme la regla.
Me sentí como si la tuviera cuando noté un río de humedad entre las piernas que me obligó a correr al baño.
De repente, los calambres se convirtieron en una presión insoportable y el dolor era tan intenso que temblé al ver la sangre que me corría por las piernas.
Ni siquiera había tenido tiempo de llamar a una ambulancia cuando el bulto sanguinolento que había sido mi bebé se deslizó hasta el suelo de baldosas del baño.
Ante esa imagen solo sentía arrepentimiento.
Durante lo que parecieron horas, había permanecido tumbada en el suelo del baño junto a lo que había sido mi bebé, hasta que por fin me había obligado a levantarme, limpiarlo todo y vestirme para acudir una cita de urgencia en la clínica de la mujer.
La doctora se había mostrado empática y me confirmó que mi embarazo había llegado a su fin.
Puso la mano sobre la mía y me obligó a mirarla a los ojos.
—Neve, no fue culpa tuya —había dicho la doctora Eastman en voz baja—.
Estas cosas pasan, no fue por nada que hicieras.
Casi el veinte por ciento de las mujeres abortan de manera natural en el primer trimestre.
Es la forma que tiene la naturaleza de corregir errores, pero eso no significa que vaya a volver a pasar.
«Volver a pasar», unas palabras extrañas, dadas las circunstancias.
Después de cómo me había tratado, no regresaría con Evan, quién sabe si habría una próxima vez.
Quizás había sido mi única oportunidad y la naturaleza había decidido corregir su error pensando que no sería una buena madre para mi bebé.
Y una vez más me hallaba sola en mi cuerpo, sola en el mundo.
Las dos primeras semanas tuve que recordarme constantemente que ya no estaba embarazada y que ya no había ningún bebé.
Volví al trabajo, acepté el encargo para esta película y me sumergí de lleno en la investigación, anotando diversos detalles sobre la época y buscando localizaciones adecuadas a menos de dos horas de Londres.
Necesitaba salir de la capital y alejarme de Evan y de mis agobiantes amigas, que seguían asegurándome que todo volvería a la normalidad. Lo único que quería era estar sola.
Me tapé la cabeza con la manta y dejé que las lágrimas fluyeran. Daba igual dónde estuviera, seguía doliendo.