El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1) Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

Debería haberme marchado sin más, pero la curiosidad pudo conmigo, así que eché un vistazo al interior del pasadizo.

Unos escalones de piedra subían hasta una puerta de madera.

Vi que no parecían tan gastados como los que había bajado antes, pues la piedra seguía uniforme y sin grietas.

Seguro que se trataba de otra entrada a la iglesia o una salida al exterior.

En otra época, la gente solía buscar asilo en los templos y una puerta secreta podría haber servido para entrar o salir en secreto o llevarles mensajes y comida del exterior.

Examiné la puerta de piedra para asegurarme de que no fuera a cerrarse detrás de mí y subí con cautela.

La puerta de madera se abrió con bastante facilidad, parecía que habían engrasado las bisagras hacía poco.

Entré en la iglesia por el lado opuesto al que había bajado antes y me encontré en un hueco sombrío que me había pasado desapercibido al sacar las fotos, pero no había tenido nada de especial.

Salí del hueco y me quedé paralizada: no era la misma iglesia que había abandonado hacía veinte minutos.

Los bancos y las vidrieras que proyectaban haces de luz de colores sobre el suelo habían desaparecido y en su lugar se alzaban sólidos muros de piedra solo interrumpidos en su parte superior por unas ventanas estrechas como saeteras.

A pesar de que era temprano, el interior estaba en penumbra.

La escasa iluminación procedía de las estrechas ventanas y de varias velas gruesas que despedían un fuerte olor a cera de abeja.

El aire gélido convertía mi aliento en nubes de vaho que se disipaban al instante, como volutas de humo.

Tras el altar, decorado con un paño bordado, había un retablo de tres paneles que representaba el nacimiento, la crucifixión y la resurrección de Cristo.

Miré a mi alrededor de forma frenética. ¿Había entrado en una parte diferente de la iglesia?

No era posible, la había visto por fuera y el interior coincidía con el tamaño del edificio, o eso creía.

Estaba a punto de sacar una foto cuando me di cuenta de que la cámara no tenía batería y que lo mismo le ocurría al móvil, aunque lo había cargado esa misma mañana.

Me disponía a ir a la sacristía para ver si el vicario estaba allí cuando la pesada puerta de madera que daba al pórtico se abrió y un hombre entró dando zancadas, caminando con determinación hacia el altar.

Su aspecto me produjo tal asombro que regresé al hueco con premura: llevaba calzas hasta la rodilla y medias; una casaca estrecha con un intrincado bordado y encaje que le caía por las muñecas y la garganta; zapatos de punta cuadrada decorados con grandes lazos y una peluca de rizos negros.

En la mano derecha sostenía un sombrero con plumas y la ornamentada vaina de una espada colgaba de su cadera izquierda mientras avanzaba por la nave, con los tacones resonando en el suelo empedrado.

A pesar de mi estupor, fui capaz de calcular que aquella vestimenta era propia de finales del siglo xvii .

Las calzas más ajustadas, la casaca que casi llegaba a la rodilla y la peluca rizada alcanzaron su popularidad durante el reinado de Carlos II y perduraron hasta principios del siglo xviii .

El hombre se arrodilló ante el altar con la cabeza gacha y movió los labios durante unos minutos mientras rezaba.

Escuché un «amén» apagado y a continuación hizo una genuflexión y se puso en pie.

No tenía claro si me sorprendía más su aspecto o el hecho de que acabara de santiguarse en una iglesia protestante, ya que este era un gesto particularmente católico.

Contuve la respiración con la esperanza de que se marchara, pero tomó asiento en el segundo banco y se quedó mirando hacia el retablo con cara de concentración, inmerso en sus pensamientos.

Tenía la esperanza de que se fuera para poder abrir la puerta y regresar a la cripta, pero el hombre parecía estar esperando algo o a alguien .

Unos momentos después, su acompañante llegó con otra ráfaga de viento.

Iba vestido de forma similar, pero bajo los rizos color miel de su elaborada peluca, un rostro surcado de arrugas indicaba que era notablemente mayor.

Llevaba un gran anillo de cabujón en el dedo y, cuando se sentó, varias joyas brillaron en la empuñadura de la espada.

Exudaba una arrogancia que solo podía significar que era algún tipo de noble de alto rango, el hijo de una gran casa.

Los dos hombres susurraron con urgencia durante unos minutos, en claro desacuerdo sobre algún asunto importante.

El primero mostraba deferencia en sus modales, aunque también una evidente disconformidad con lo que se le estaba pidiendo.

Finalmente, el mayor se levantó con brusquedad tras dar algún tipo de orden y salió de la iglesia con paso firme mientras su compañero se despedía:

—Que tenga un buen día, Excelencia.

Aguardó unos instantes y a continuación se marchó, con lo que la iglesia quedó sumida en el silencio.

Apreté la espalda contra la pared, respirando con dificultad.

¿Qué acababa de presenciar y cómo era posible?

¿Quién era el hombre al que se dirigían como «Excelencia»?

Era innegable que se trataba de alguien de gran importancia.

¿Y por qué seguía yo allí? Atravesé la puerta corriendo, bajé los escalones hasta la cripta y regresé a la iglesia por donde había venido antes.

La suave luz del sol se filtraba a través de las vidrieras y el olor a abrillantador y a ramas de hoja perenne me llenó los pulmones.

El móvil sonó para alertarme de un nuevo mensaje y la lente de la cámara se retrajo a la vez que el obturador se cerraba, resucitando de repente.

Respiré hondo unas cuantas veces y me obligué a caminar con calma hasta la sacristía.

El reverendo Lambert estaba sentado tras un pequeño escritorio y anotaba algo con un bolígrafo.

Llegados a este punto, no me habría sorprendido demasiado verlo con una peluca de rizos y escribiendo con pluma en un pergamino.

Dejó el bolígrafo, me invitó a tomar asiento y apartó el hervidor del fogón.

—¿Ya ha terminado? —preguntó mientras vertía el té en la tetera y me ofrecía una galleta de chocolate—. ¿Qué le ha parecido nuestra cripta?

—Es muy impresionante. Todavía sigo asustada —respondí con sinceridad. El té estaba dulce y caliente y me templó el cuerpo, más congelado por la experiencia que acababa de vivir que por el frío casi ártico del despacho.

—Casualmente, la iglesia fue erigida sobre un antiguo lugar de culto celta. Algunas de las piedras se utilizaron para construir la cripta —me informó el vicario mientras cogía una tercera galleta.

—¿Cómo era la iglesia antes de la época de la Restauración? —pregunté, sabiendo que la describiría exactamente como la acababa de ver.

—Había un magnífico retablo de tres paneles que representaba el nacimiento, la crucifixión y la resurrección de Cristo.

Fue encargado por el primer lord Everly a principios del siglo xvi y se lo entregó al obispo como regalo.

El fondo estaba hecho íntegramente de pan de oro y el marco era de oro macizo.

En el siglo xix lo retiraron y se lo llevaron a un museo, ya que el clima estaba acabando poco a poco con la obra.

Fue una verdadera lástima, era precioso.

Pero conseguimos la ventana del Jubileo, que lo compensa con creces —concluyó, triunfante—. Es impresionante, ¿verdad?

—Sí, desde luego.

Creo que fue la descripción del retablo lo que me llevó al límite.

No me lo había imaginado, había sido real, al igual que el hombre que me había causado tal impresión.

No tenía ni idea de lo que me había ocurrido, pero sentí una necesidad imperiosa de huir y alejarme todo lo posible de aquel extraño lugar.

Me disculpé con rapidez y salí corriendo de la iglesia antes de que el bienintencionado vicario pudiera hacerme ninguna pregunta.

El teléfono empezó a vibrar en cuanto salí, pero lo ignoré, no me sentía capaz de hablar con nadie.

El aire frío resultaba revitalizante y respiré hondo mientras contemplaba la cresta Greensand y la imponente fachada de Everly Manor.

Todo parecía haber vuelto a la normalidad … excepto yo.

Mientras comenzaba a ascender hacia la cresta, una fatiga abrumadora se apoderó de mí y me dejó con las rodillas temblorosas y sudando profusamente, a pesar del aire helado que parecía abrirse paso dentro de mi abrigo y secarme el sudor al instante, lo que me hacía temblar de frío.

Cuando llegué a la mansión, me sentía física y emocionalmente agotada, de modo que entré por la puerta lateral, que dejaban abierta durante el día, y subí a hurtadillas a mi habitación, donde me quité el abrigo, me metí en la cama sin desvestirme y me tapé la cabeza con la manta.