El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

DOS

Lady Everly no había resultado ser tan imponente como esperaba, pensé mientras me vestía a la mañana siguiente.

Tenía más de ochenta años y probablemente habría dado a luz al señor de la casa a una edad avanzada, lo que explicaba las miradas de adoración que le había dirigido durante la cena.

Me di cuenta de que, aunque no le entusiasmaba la idea de que se rodara una película en su propiedad, en el fondo comprendía muy bien los motivos de su hijo.

Tal vez podría pensar que hablar de dinero era vulgar, pero había vivido demasiado como para no darse cuenta de la necesidad de tenerlo o de la importancia de fingir que se era solvente.

Naomi Everly no hizo nada por disuadirme y se mostró muy amable, haciéndome muchas preguntas sobre mi trabajo y mi vida en Londres.

Sin duda, el hijo había sacado los buenos modales y el carisma de la madre.

Max Everly se reunió conmigo en el vestíbulo poco antes de las nueve de la mañana, vestido de tweed y listo para recorrer la casa y los terrenos.

El museo no abriría hasta las diez, había tiempo de sobra para visitar todos los rincones y recovecos de la antigua mansión antes de que llegaran los primeros visitantes del día.

Tenía que admitir que estaba emocionada, la había visto desde mi ventana aquella mañana y era tal cual esperaba.

Si las fotos le hacían justicia, sería el lugar perfecto para el rodaje.

Las botas crujían al pisar la grava del camino mientras avanzábamos hacia la casa.

Se había construido en su totalidad de piedra gris y tenía un tejado de pizarra muy inclinado y numerosas chimeneas que se alzaban hacia el cielo casi incoloro de marzo.

Los Everly debían de ser ricos cuando se edificó, ya que las ventanas de dos hojas, que solían ser estrechas por el coste del cristal, eran más anchas y estaban dispuestas en grupos de tres paneles.

Las vidrieras reflejaban la luz de la mañana e iluminaban la fachada del edificio, que por lo demás mostraba un aspecto austero.

La casa tenía la tradicional forma de E característica del estilo Tudor y su simetría la hacía agradable a la vista.

La puerta principal retranqueada estaba cubierta por un arco de piedra y decorada con pesadas bisagras negras de formas caprichosas, pero se abrió con suavidad, hacía poco que se habían engrasado.

—Había varias construcciones anexas, pero hice que las derribaran —explicó Max mientras entrábamos—.

Hemos convertido los antiguos establos en un salón de té.

A los visitantes parece gustarles el ambiente rústico del lugar, pero el resto se destruyó para crear un aparcamiento lo suficientemente grande para los autobuses turísticos.

Hay días en los que recibimos varios grupos al mismo tiempo, es una necesidad.

Sentí un escalofrío al entrar en el vestíbulo cuadrado, custodiado por una brillante armadura que parecía que iba a cobrar vida en cualquier momento.

Unos preciosos tapices de colores aún sorprendentemente vivos tras varios siglos decoraban las paredes a ambos lados.

Supuse que no estar expuestos a la luz eléctrica y permanecer colgados en el vestíbulo poco iluminado ayudaba a evitar su decoloración.

La mansión carecía de calefacción central, de modo que estaba tan fría como una tumba y era igual de silenciosa.

Justo a la derecha de la entrada se hallaba un enorme escritorio tallado y, sobre él, unos folletos apilados con pulcritud detallaban la historia de la casa y la familia, mostraban imágenes brillantes de los jardines en plena floración y ofrecían información general sobre el museo y la web.

—¿Es aquí donde se venden las entradas? —pregunté mientras ojeaba el folleto.

—No, las entradas pueden comprarse en el salón de té. La mansión no dispone de electricidad, de modo que no podemos procesar las compras con tarjeta de crédito ni imprimir recibos —respondió mientras me guiaba hacia el salón delantero.

Me detuve en el centro, sintiendo como si acabara de retroceder en el tiempo.

Era como si no se hubiera tocado nada y los dueños de la casa fueran a regresar en cualquier momento para seguir con sus asuntos.

Los muebles de madera parecían de todo menos cómodos, aunque su talla era de gran belleza y se habían dispuesto cojines bordados para mayor comodidad.

Me encontraba admirando la repisa de mármol de la chimenea cuando un joven entró en la estancia.

—Buenos días, Barry —saludó Max en voz alta—. Barry ha venido a encender el fuego. Los meses de invierno encendemos las chimeneas de todas las salas para que los visitantes no se quejen del frío. Además, le da a todo un aspecto más auténtico, ¿no crees?

—Por supuesto, y a mi parecer el calor no viene nada mal —respondí, tiritando bajo el abrigo.

De hecho, hacía más calor fuera que dentro.

Me acerqué a la chimenea mientras el fuego empezaba a crepitar y a inundar la estancia de un agradable olor a leña quemada.

El resto de la habitación seguía gélido, pero en mi sitio se estaba cada vez más calentito y no me atreví a moverme hasta entrar en calor.

Max tomó asiento en una de las sillas de respaldo duro, ignorando el cartel donde se pedía a los visitantes que no tocaran nada ni se sentaran en el mobiliario, y alargó las manos hacia el fuego.

—Barry habrá encendido todos las chimeneas enseguida y la temperatura será bastante más agradable. Siento no haberlo tenido en cuenta, pero quería enseñarte la casa antes de que llegara la gente —explicó a modo de disculpa .

—¿Recibís visitantes durante todo el año? —inquirí, echando un vistazo a la espléndida sala.

—Desde luego. Tengo un acuerdo con varias empresas turísticas grandes. Les hago un descuento en el precio y nos incluyen en su ruta. No les hará mucha gracia que cierre el museo durante varios meses, pero tendrán que esperar hasta que lo reabramos.

—Pareces muy seguro de que vas a conseguir el contrato —bromeé en tono desenfadado.

—Sé que lo firmaremos. Te lo noté en la cara en el momento en que entraste en esta habitación. Es justo lo que buscabas, ¿me equivoco?

—Tendría que ver el resto de la casa para responderte, pero sí, creo que sería adecuado. Este lugar tiene un aura especial, es como adentrarse en una época pasada —repliqué.

—En efecto. Por eso pensé que el museo sería una buena idea. El dinero tampoco viene mal, este lugar es una mina de oro. —Podía ver que se sentía muy orgulloso de su «bebé» y no lo culpaba, la casa era realmente una joya.

—Vamos, enséñame el resto.

—Será un placer —respondió Max mientras se ponía en pie de un salto y me guiaba de vuelta al recibidor.

El resto de la casa no me decepcionó. Las habitaciones eran grandes, bien proporcionadas, y estaban decoradas con pinturas de época y bellísimos tapices.

Los muebles brillaban, se notaba que los pulían con frecuencia, y los pesados cortinones y colgaduras de las camas seguían siendo de colores vivos, el paso del tiempo y la luz del sol apenas los habían descolorido.

Las prendas de ropa expuestas también eran espectaculares, abarcaban desde principios del siglo xvi hasta finales del xviii .

No quería mostrarme demasiado entusiasmada y que Max aumentara el precio inicial, pero en el set podríamos utilizar la mayor parte del mobiliario y algunas de aquellas prendas en lugar de traer nuestras cosas.

Eso reduciría considerablemente los costes de producción, lo cual siempre era una ventaja.

En mi mente, ya podía ver cómo podríamos transformar varias habitaciones en las dependencias del Palacio de Whitehall y los apartamentos privados de Carlos.

Era obvio que la fachada del palacio sería generada por ordenador, ya que el original había quedado destruido en el incendio de 1698.

Solo contábamos con algunos grabados y pinturas para recordarnos su aspecto, pero con la tecnología actual, bastaría con pulsar unas cuantas teclas para recrearlo.

Max y yo salimos de la casa y entramos en los jardines formales situados en la parte trasera. Por supuesto, en esta época del año no eran más que tocones marrones y setos de hoja perenne, pero al llegar la primavera estarían preciosos y serían perfectos para filmar varias escenas clave.

—Bueno, ¿qué te parece? —preguntó Max mientras se frotaba las manos, expectante. Podía ver la emoción contenida en sus ojos y me alegré de no decepcionarlo.

—Creo que es perfecto. Solo me gustaría echar un vistazo a la iglesia. Hay una escena que tiene lugar en la cripta… ¿hay cripta?

—Pues, casualmente, sí —respondió feliz—, y es muy siniestra, como cabría esperar. No creo que nadie haya bajado allí en años. Me encantaría acompañarte, pero tengo una reunión en el pueblo. ¿Te importaría ir sola?

—No, claro que no.

—Excelente. Te acompañaré hasta la iglesia —añadió, mientras saludaba con la mano a un empleado que estaba abriendo el salón de té.

Me pregunté cuánto costaría la entrada y me hice una nota mental para comprobarlo más tarde, y tal vez tomar un té y echar un vistazo a la tienda de regalos.

No pude evitar admirar la visión para los negocios de Max.

La vida le había presentado una oportunidad y la había aprovechado al máximo.