Capítulo 1 #2
Mi cuarto daba a la parte trasera de la casa y tenía unas magníficas vistas del parque. Estaba decorado en un tono amarillo mantequilla muy suave, lo que le daba un aspecto soleado a pesar del cielo gris exterior. Una cama con dosel dominaba el espacio y de repente me pareció muy tentadora.
—Tiene su propio baño privado, señorita Ashley —me informó la señora Harding mientras dejaba la bolsa y echaba un vistazo a su alrededor, como un general que se prepara para la batalla, pasando revista a las superficies sin polvo y las esponjosas toallas de baño, apenas visibles a través de la puerta—.
Avíseme si necesita algo. Enseguida le traeré algo de comer.
—No se moleste, señora Harding. He desayunado tarde, así que no tengo mucha hambre. La verdad es que preferiría darme un baño y echarme un rato.
—Muy bien, señorita. ¿Le preparo un baño, entonces? Tenemos sales de baño Yardley —añadió, como si compartiera un gran secreto.
—Se lo agradezco, pero puedo arreglármelas sola.
No estaba acostumbrada a tener sirvientes y no había querido sonar despectiva, pero la señora Harding pareció tomárselo mal.
Me dedicó un leve asentimiento y se retiró, cerrando la puerta con suavidad.
Se me hacía raro que me trataran con tanta deferencia, pero más me valía disfrutarlo mientras pudiera, me dije mientras rebuscaba la bata en la bolsa y abría los grifos.
Lord Everly ya estaba abajo cuando llegué y empezó a servir el té como el mejor de los anfitriones, sonriendo mientras me invitaba a probar un trozo de tarta Victoria.
—Mi favorita, sin duda. Nadie la hace como Stella… la señora Harding, quiero decir. —Le guiñó un ojo a la escandalizada ama de llaves y me puso una gran porción en el plato.
Estaba realmente deliciosa. Le di un sorbo al té y lo dejé hablar mientras lo observaba con detenimiento.
Max Everly tenía un aspecto cuidado, vestía con ropa cara y resultaba encantador.
Sus ojos castaños destilaban buen humor y era de sonrisa fácil, un rasgo que yo encontraba muy atractivo en las personas, sobre todo cuando se reflejaba también en los ojos.
Tras haber pasado varios años rodeada de actores cuyos egos requerían halagos constantes y que, por lo general, actuaban incluso cuando no estaban frente a las cámaras, quizás había adquirido cierta habilidad para captar las técnicas utilizadas para hacer que la gente se sintiera a gusto y ganar su confianza, y lord Everly estaba empleándolas, a propósito o no.
A pesar de su rango y riqueza, se dirigía a mí como si fuera su igual, sirviéndome él mismo en lugar de permitir que fuera el ama de llaves quien lo hiciera y me hablaba de una manera que solo podría describir como confidencial, como si fuera una amiga de toda la vida y no una mujer a la que había conocido hacía tan solo unas horas.
Parecía todo un experto en ganarse a la gente.
—Espero que las demás localizaciones no encajen con lo que está buscando —dijo con una sonrisa maliciosa—.
O, si encajan, seguro que Everly Manor las supera.
Como le comenté por teléfono, tenemos dos casas: la laberíntica mansión georgiana en la que nos encontramos y la de la época de los Tudor, que es ahora el museo.
La «casa nueva», como la llamamos, fue construida a finales del siglo xviii , después de que mi trastatarabuelo ganara una fortuna vendiendo pólvora al ejército durante la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos.
Trasladó aquí a la familia y dejó que la vieja casona se desmoronara.
Yo mandé que la restauraran y la abrí al público hace casi una década.
Dejé la taza y me recliné en la silla, sintiéndome agradablemente saciada.
—Antes mencionó que su madre no es partidaria del museo… —Dejé la frase en el aire, con la esperanza de que él la terminara.
—Sí, así es —replicó mientras se servía otra taza de té, cogía un segundo trozo de tarta y me ofrecía otro a mí en silencio.
Sabía que no debía, pero acepté de todos modos y me lo comí, disfrutando de aquella delicia que me hacía la boca agua. Era tan jugosa y ligera que no te hacía sentir llena, tan solo sentaba bien, lo que provocaba una sensación de absoluta satisfacción.
—Mi madre es una mujer orgullosa, criada en otra época y con otros valores.
Lo crea o no, en su círculo de amistades todavía hay quien ve cualquier tipo de negocio como un «intercambio comercial» y lo considera algo «vulgar».
No sé de dónde piensa esta gente que sale el dinero, aparte de las herencias y los fondos fiduciarios.
La verdad es que, y no me avergüenza admitirlo, aunque haga que mi madre se ponga roja de rabia, mantener una casa como esta exige una fortuna.
Solo somos nosotros dos y tenemos veinte habitaciones.
Siempre hay algún techo con goteras, podredumbre seca, termitas o moho, de todo.
Me gustaría venderlo todo y mudarme a mi piso de Londres, pero mi madre no quiere ni oír hablar de ello, dice que esta es la casa familiar y todo eso.
No se morirá hasta que le deje un heredero, así que no hay descanso para los malvados.
No pude evitar reírme. Era de trato tan fácil y tan divertido que esperaba fervientemente que me gustara su oferta y poder trabajar con él durante los meses siguientes.
—¿Puede enseñarme el museo ahora? —pregunté, dejando el plato vacío y rechazando con rotundidad otra ración de tarta.
—Preferiría hacerlo mañana, si no le importa.
El museo cierra al público a las cuatro de la tarde, pero después todavía queda gente en la tienda de regalos y el salón de té, y me gustaría que estuviera vacío cuando lo visitemos.
Como anochece tan temprano, necesitaríamos velas, lo que lo haría bastante auténtico…
es que no hay electricidad. La casa está igual que en su época dorada.
Está completamente amueblada y hay montones de baúles de ropa, a los que tendría acceso en caso de elegir Everly.
Algunos vestidos son bastante elaborados y he hecho que los limpiaran y conservaran.
En el piso de abajo se exponen algunos de los más interesantes.
—Lord Everly… —comencé, pero enseguida me interrumpió.
—Por favor, tutéame y llámame Max. Lord Everly era mi padre.
—Está bien, Max, ¿tendrías inconveniente en cerrar el museo al público durante unos meses? —Sabía lo que iba a decir, pero de todas formas tenía que preguntárselo.
—En absoluto. Los turistas vendrán en masa cuando se enteren de que se rodó aquí una película, sobre todo si participó alguien famoso en el reparto.
Digamos que nos dará una publicidad abrumadora y muy necesaria.
La casa y los terrenos estarían a vuestra completa disposición, igual que el aparcamiento.
Los habitantes del pueblo también agradecerían la llegada de clientes, y lo que es bueno para ellos es bueno para mí.
Me temo que todavía me ven como una especie de señor feudal, ya que poseemos algunas propiedades en el pueblo y se sienten como si trabajaran para mí.
—De acuerdo, mañana entonces. —Eché un vistazo por la ventana, la luz del exterior se había vuelto de un tono violeta intenso mientras hablábamos.
Oscurecería en unos minutos y agradecí el té caliente y el alegre fuego que crepitaba en la chimenea.
La habitación del hostal en que había dormido la noche anterior tenía corrientes y resultaba incómoda, me alegraba sentirme calentita y a gusto.
—Espero que me acompañes luego a cenar. Le pedí a Stella que preparara algo especial en tu honor —dijo Max, dedicándome una sonrisa cálida.
—No era necesario, de verdad. Un sándwich en la habitación me habría bastado —respondí, algo avergonzada por ser objeto de tanta atención. No esperaba que me agasajaran, pero Max Everly parecía decidido a tratarme como una invitada de honor.
—Por supuesto que era necesario, no aceptaré un no por respuesta. Cenamos a las ocho en punto —anunció—, y creo que mi madre bajará a conocerte, pero puedes estar tranquila, ya sabes: perro ladrador, poco mordedor. En realidad, cuando se lo propone es un encanto, os llevaréis de maravilla.
—Estoy segura. Hasta la cena, entonces. —Tenía la esperanza de no tener que vestirme de gala para la cena.
Solo había traído un vestido elegante por si acaso.
Mientras tanto, daría un pequeño paseo por el jardín invernal.
Por las ventanas se filtraba luz suficiente para iluminar el camino y desde la siesta me sentía inquieta.
Subí corriendo las escaleras, cogí el abrigo y los guantes y salí al jardín.
Los macizos de flores no eran más que círculos oscuros y habían podado y cubierto los rosales para el invierno, parecían pegotes amorfos en la oscuridad casi absoluta.
El frío cortante me enrojeció rápidamente la nariz y las mejillas, pero me arrebujé más en el abrigo y seguí caminando.
La negrura del firmamento estaba plagada de estrellas, que palidecían en comparación con la luna casi llena que brillaba como una linterna eléctrica en el cielo ensombrecido .
Incliné la cabeza hacia arriba, me llené los pulmones de aire invernal y cerré los ojos, me acaba de dar cuenta de repente de que habían pasado varias horas desde la última vez que había pensado en algo que no fuera el próximo proyecto.
Esto era sin duda un avance, sonreí para mis adentros y me volví hacia la puerta, dispuesta a arreglarme para la cena y conocer a lady Everly.