Capítulo 1
UNO
Surrey, Inglaterra
¿Era posible cambiar la historia o evitar algo que ya había sucedido?
En circunstancias normales no me haría esas preguntas, pero si hubiera sabido que mi vida estaba a punto de cambiar de forma irreversible y que, en menos de una semana, estaría cuestionándome todo lo que había creído hasta aquel momento, tal vez lo habría hecho.
No obstante, mientras conducía por la autopista durante esa soleada y gélida mañana de marzo, no pensaba en enigmas filosóficos, sino únicamente en la promesa de una noche de sueño reparador.
Siempre me había costado dormir en lugares extraños y la semana anterior había sido muy agotadora porque apenas había dormido, aunque más por preocupaciones personales que por hacerlo en camas de hostales rurales apartados.
Mi trabajo como ojeadora de localizaciones para una productora de cine independiente me obligaba a visitar muchos sitios diferentes, pero, para mi alivio, al menos esta vez me había tocado quedarme en Inglaterra.
El nuevo proyecto era una serie de ocho capítulos basada en la vida de Carlos II, a quien se le había invitado a regresar a Inglaterra tras la muerte de Oliver Cromwell y la caída del Protectorado que siguió a la abdicación de Richard, hijo de Cromwell.
Tras la ejecución de su padre, Carlos I, la familia real había huido a La Haya, donde Carlos pasó la mayor parte de su juventud.
Finalmente regresó a Inglaterra por su trigésimo cumpleaños y poco después fue coronado rey, dando comienzo a un período que en la historia británica se conoce como la Restauración.
Personalmente, siempre había sentido debilidad por Carlos II: era el rey apuesto, tolerante y divertido que quería vivir, amar y que lo dejaran gobernar en paz.
Había sido un milagro que hubiera tenido tiempo para reinar, ya que había tenido varias amantes y había engendrado un considerable número de hijos bastardos, a doce de los cuales había reconocido.
Por desgracia, su esposa, Catalina de Braganza, no había podido proporcionarle un heredero legítimo, una tragedia cuyas consecuencias se sufrieron durante décadas y que dio lugar a numerosas rebeliones, ya fuera para deponer a un rey católico o para volver a entronizar a uno.
Tras años de sangrientos conflictos, luchas políticas y una monotonía triste perpetuada por los puritanos, Carlos reabrió los teatros y devolvió la música y la alegría al pueblo, lo que le hizo ganarse el título de «el Alegre Monarca».
Los tonos negros, blancos y grises de la época puritana fueron reemplazados por colores vivos, encajes vaporosos y un exceso de ornamentación.
La moda, extravagante y exagerada, tenía mucho que ver con el hombre que ocupaba el trono y, por primera vez en décadas, el pueblo se mostraba feliz.
El rodaje de la serie iba a ser muy divertido, teniendo en cuenta el enorme gusto de Carlos II por la fornicación y el indudable efecto que esto iba a provocar en el reparto y el equipo.
Lo habitual era que una producción larga diera como resultado, cuando menos, un embarazo, a veces más, así como incontables romances que rara vez se prolongaban más allá de la fiesta de fin de rodaje.
Ya habían empezado los castings para los distintos papeles y mi trabajo consistía en encontrar la ubicación perfecta para nuestra producción: tenía que ser asequible, históricamente adecuada, en la que no hiciera demasiado mal tiempo —si eso era posible en Inglaterra— y que estuviera lo suficientemente cerca de un pueblo que ofreciera alojamiento.
También era un requisito necesario que hubiera un pub decente, lo bastante grande para dar cabida a un grupo sediento de actores, directores, cámaras, diseñadores de vestuario, escenógrafos y diversos asistentes que se dejarían caer allí tras un día de rodaje, así como espacio de aparcamiento suficiente para todos los vehículos y el equipo, y un propietario amable y dispuesto a permitirnos que invadamos su propiedad sin entrometerse ni quejarse demasiado.
Ya había visitado tres localizaciones la semana anterior y todas me habían parecido inadecuadas por diversos motivos.
Había dejado Everly Manor para el final con la esperanza de que fuera la elegida.
Tenía que admitir que, sin querer reconocerlo, estaba predispuesta a ello, ya que se hallaba en el pueblo de Cranleigh, donde se había rodado uno de mis episodios favoritos de todos los tiempos de Doctor Who .
Everly Manor cumplía todos los requisitos en cuanto a ubicación y entorno.
La mansión «vieja» y los jardines correspondían a la época correcta y se abrían a los turistas cinco días a la semana.
Ya solo quedaba echar un vistazo al pueblo, acordar un precio, redactar los documentos legales, sacar muchas fotos y tomar medidas, algo necesario para diseñar los decorados y otros preparativos previos.
Lord Everly no quiso ni oír hablar de que me quedara a dormir en el pub , por lo que me ofreció alojamiento y comida mientras trabajaba, contando con llegar a un acuerdo con el que ambas partes estuviéramos conformes.
Salí de la autopista y me dirigí hacia el pueblo de Cranleigh.
En la distancia, sobre el austero encaje formado por las ramas desnudas que cruzaban el cielo en su esplendor natural, se divisaba el tejado puntiagudo de Everly House.
Jamás me había gustado el invierno, pero sabía apreciar la belleza árida del paisaje y la inmensidad del cielo, que nunca parecía tan envolvente durante los meses de verano como en un día frío de invierno, en esa amplitud gris blanquecina, infinita e impenetrable para los débiles rayos de sol.
Reduje la velocidad cuando un enorme autobús turístico atravesó la verja de la finca y avanzó por el camino en mi dirección.
A través de las ventanillas, varias personas seguían sacando fotos de la mansión que se alejaba.
Los turistas podrían suponer un problema, pero estaba segura de que lord Everly lo habría tenido en cuenta.
Aparqué el coche y contemplé la mansión «nueva», un buen ejemplo de la arquitectura palladiana del siglo xviii .
La casa constaba de tres bloques, y el central estaba presidido por un gran pórtico con seis columnas corintias y una majestuosa escalera.
Subí los escalones y, como por arte de magia, la puerta principal se abrió de par en par para dar paso al mismísimo lord Everly, que apareció sonriendo de oreja a oreja como si yo fuera la respuesta a todas sus plegarias.
Me quedé bastante desconcertada, esperaba que fuera mayor, pero tenía unos treinta y pico, melena oscura, cálidos ojos castaños y un físico atlético que sugería horas de gimnasio y, a juzgar por su tez, mucha actividad al aire libre.
—La señorita Ashley, ¿verdad? —preguntó mientras salvaba de un salto la distancia que nos separaba y me arrebataba la bolsa de viaje de la mano—.
Max Everly. Un placer conocerla por fin.
Pase, por favor. Tenemos mucho de qué hablar, pero estoy seguro de que primero le gustaría descansar y tomar algo.
Me temo que mi madre se encuentra algo indispuesta, o tal vez solo esté enfurruñada porque no le gusta nada que vayan a rodar una película aquí ni que hayamos tenido que abrir la casa vieja al público, pero la necesidad obliga, así que aquí estamos.
Su efusivo encanto me hizo sonreír. Percibí un ligero nerviosismo bajo su apariencia despreocupada y me pregunté a qué se debería.
Tal vez las cosas con su madre fueran más difíciles de lo que me había hecho creer, pero, mientras la oferta siguiera en pie, decidí no darle más vueltas.
Era algo que tendría que resolver por sí mismo.
—Me temo que andamos bastante escasos de personal —explicó lord Everly en tanto dejaba mi bolsa sobre el suelo de baldosas blancas y negras del vestíbulo—.
En su época dorada, esta casa contaba con un gran servicio, incluido el mayordomo, el ama de llaves y todo tipo de sirvientes, desde fregatriz hasta limpiabotas, pero ahora tenemos que apañárnoslas con solo un ama de llaves y una chica para todo.
Hoy en día no hay tantas mujeres dispuestas a trabajar en el servicio doméstico como antes de la Primera Guerra Mundial, ahora tienen oportunidades mucho mejores.
—Debe ser muy difícil para dos personas cuidar de algo tan grande —rumié mientras echaba un vistazo al espacioso vestíbulo.
—En realidad, al ser solo nosotros dos, solo utilizamos el ala este.
Los salones de aparato llevan un tiempo cerrados y el ala oeste también está vacía, para que a la señora Harding le resulte más fácil manejarse.
—Encogió los hombros a modo de disculpa al ver aparecer por una puerta de la parte trasera del vestíbulo a una mujer de mediana edad con el rostro enrojecido de vergüenza.
—Perdóneme, lord Everly. No he oído el timbre. ¿De modo que esta es la señorita Ashley? —preguntó, intentando disipar la incomodidad de que el señor de la mansión hubiera tenido que abrir la puerta como un mayordomo corriente.
—No se preocupe, señora Harding, no se preocupe.
La señorita Ashley no llegó a tocar el timbre, la vi desde la ventana del salón y salí a recibirla.
¿Por qué no la acompaña a su habitación?
—sugirió lord Everly, volviéndose hacia mí con una sonrisa—.
Estoy seguro de que le gustaría descansar y refrescarse —añadió, como si llevara días viajando.
De hecho, no había estado más de una hora y media en la carretera, poco tiempo para cansarme—.
Podemos vernos en el salón para tomar el té y luego centrarnos en los asuntos que nos ocupan.
—Me hizo una leve reverencia y desapareció en el interior de una estancia que había justo a la derecha, tal vez la biblioteca, a juzgar por las estanterías abarrotadas que había entrevisto a través de la puerta.