El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1)
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Prólogo
Surrey, Inglaterra
Justo en el momento en que un toque de color lavanda teñía el inmaculado azul del cielo primaveral, los soldados volvieron a reunirse en la plaza del pueblo, tenían los rostros sudorosos y los pies doloridos por tantas horas de marcha.
Los aldeanos los miraban con curiosidad, pero apartaban la vista antes de que se estableciera contacto visual por temor a que se les acusara de cómplices.
El pueblo era un hervidero de comentarios, todos hablaban en susurros, se apretaban los unos contra los otros para comunicarse las noticias, negaban con la cabeza y especulaban sobre lo que podría haber ocurrido.
El capitán Humphries miró los rostros cansados y sintió una punzada de lástima por sus hombres.
Llevaban horas de pie peinando el campo, poniendo la mansión patas arriba, recorriendo el pueblo de casa en casa e intimidando a los lugareños con la vana esperanza de hallar algún rastro del desaparecido, pero no encontraron nada.
—Fue cosa de magia, créeme —le susurró Dawson, un joven soldado, al que estaba a su lado. Para su desgracia, el capitán lo oyó.
—La magia no existe, Dawson —ladró el capitán Humphries, aunque en el fondo no estaba tan seguro. Su padre, un hombre instruido, siempre le había dicho que casi todo tenía una explicación razonable, pero, visto lo visto, no había ninguna para lo sucedido aquel día.
—Sí que existe, señor —insistió Dawson—. Una vez vi cómo una liebre se convertía en cuervo. Echó a volar batiendo las alas y dio tres vueltas sobre mi cabeza. Pensé que estaba a punto de morir —confesó el joven con un escalofrío.
—Cuánta necedad e ignorancia, Dawson. Sois todos iguales.
Esto no tiene nada de magia. Ha sido una fuga bien planeada, una afrenta a su majestad y otro clavo en el ataúd de ese traidor.
¡Encontradlo! —Humphries lanzó un rugido y observó como sus hombres se alejaban hacia los caballos marchando a pasos cortos.
Habían tenido la esperanza de poder tomarse una cerveza y comer algo, en cambio, tendrían que fingir que buscaban al hombre cuando todos sabían que no lo encontrarían.
Humphries se dirigió a la taberna, ató el caballo y, tras tomar asiento en un rincón oscuro, le hizo un gesto al tabernero para pedirle una jarra de cerveza.
Necesitaba entender cómo funcionaban las cosas para darle sentido al mundo que lo rodeaba, pero lo que había presenciado aquella mañana iba contra toda lógica.
El hombre estaba allí y, un instante después, había desaparecido, se había esfumado.
No había ningún lugar donde pudiera haberse escondido, ninguna puerta por la que pudiera haber huido.
¿Cómo era posible a menos que existiera de verdad la magia?
El capitán Humphries le dio un largo trago a la cerveza fresca y se frotó el puente de la nariz, le lloraban los ojos por el cansancio.
¿Qué iba a decirles a sus superiores? ¿Cómo iba a explicarles que cuatro soldados de la guardia de su majestad habían permitido que un hombre desarmado se les escurriera entre los dedos?
Alguien tendría que asumir la culpa, y ese alguien era él.
Por una fracción de segundo deseó poder desaparecer también, sin duda, algo preferible a lo que le esperaba en Londres.