Capítulo 37
A la mañana siguiente, Ilya sintió asco al ver que la prensa del hockey estaba llena de artículos de opinión que se preguntaban si Shane había dejado a propósito que Ilya marcara el gol.
—También es insultante para mí —se quejó Ilya por teléfono a Shane—. ¿Es que creen que no puedo ganarte si no hacemos trampas?
—No me habrías ganado si no me hubiera tropezado —señaló Shane sin que viniera a cuento.
—Shane. —Ilya suspiró—. Ahora no. Y claro que te habría ganado.
—Qué cabreado estoy, joder —dijo Shane—. No me lo merezco.
Ilya se alegró de oírle decir eso.
—Ahora ya no estás atado por el contrato con el Montreal. Eres libre. Sal cagando leches de ahí. Vete a un sitio donde te valoren.
Shane bufó.
—¿Dónde, por ejemplo? ¿Ottawa?
Ilya contuvo el aliento. Porque claro que sí. Ottawa.
—O sea, no podría, ¿no? —dijo Shane.
—Para eso tienes a Farah. Pregúntale.
—No tienen margen para pagar mi prima. No, teniendo en cuenta que estáis Troy, Wyatt y tú. ¿Y no le subieron mucho el sueldo a Bood la temporada pasada? Haas también pedirá más en un par de años.
—¿Cuánto dinero necesitas? —preguntó Ilya.
—No lo sé. Solo quiero que me paguen lo que merezco, ¿sabes?
—Por supuesto. Pero puedes pensar en tu riquísimo marido.
Shane soltó una risotada.
—Supongo que tienes razón. —Se quedó callado un momento—. Pero ¿hay sitio para mí en la alineación?
—Necesitamos más caña en el centro. Y tener a Ilya Rozanov y a Shane Hollander juntos sería la caña, desde luego.
—Dios, podríamos ganar una copa con Ottawa.
—¡Oye! —se quejó Ilya—. ¡Estoy intentando hacerlo ahora mismo!
—Perdón. No quería… Confío plenamente en ti.
—Ajá.
—De todos modos, esto es demasiado. Estoy que echo humo y me entran ganas de hacer cosas drásticas. Pronto me calmaré.
Ilya estaba seguro de que sería así, y por eso no quería alimentar la esperanza de que Shane se uniera a él en los Centaurs. A Shane le encantaba Montreal y haría falta algo más que unos cuantos artículos de opinión idiotas y unos tuits enfadados para hacer que se marchase de allí.
—Tengo que ponerme en marcha. El avión sale dentro de nada.
—Vale —dijo Shane—. Buena suerte. Estaré pendiente. Y llámame. Y mándame fotos. Y, joder, ya te echo de menos.
—Yo también te echo de menos. Ven a Ottawa. Os conseguiré entradas a tus padres y a ti para el tercer y el cuarto partido.
Shane pareció alegrarse al oírlo.
—¿Sí? Podría alojarme con ellos para no distraerte ni nada.
—Lo hablamos dentro de unos días.
—Muy bien. Eh, mmm. Nadie de tu equipo piensa que me tropecé a propósito, ¿verdad?
Ilya resopló.
—Nadie con dos dedos de frente piensa eso.
Los primeros dos partidos eran en Nueva York, y Ottawa perdió ambos.
Luego Ottawa ganó el tercero, que jugaron en casa.
Los tres miembros de la familia Hollander estuvieron entre el público en ese encuentro, algo que fue muy emocionante para Ilya.
Nunca había tenido tanta gente a la que quisiera viendo en directo uno de sus partidos.
La tarde siguiente, durante el día que quedaba entre partidos, Ilya y Shane estaban viendo el tenis juntos en el sofá de Ilya.
O por lo menos así fue como empezó la cosa.
Al cabo de media hora Shane estaba despatarrado y jadeando mientras Ilya lo torturaba con la mamada más lenta y perezosa de la historia.
—¿Se…, se te ha olvidado cómo se hace o algo así? —jadeó Shane.
Ilya dejó de pasarle la lengua despacio por debajo del capullo a Shane y sonrió.
—¿Tienes prisa? ¿Hay algún partido de play-offs para el que debas prepararte?
Shane se quedó boquiabierto.
—¡Vete a la mierda!
Ilya se rio mientras Shane lo golpeaba varias veces con un cojín. De ahí pasaron a pelear en broma y de ahí a besarse.
Y entonces fue cuando el móvil de Ilya le avisó de que había alguien en la puerta de su casa. Agarró el móvil de la mesita de centro y miró por la cámara de seguridad. Entonces soltó una risa sorprendida.
—¿Qué? —preguntó Shane.
—Es Scott Hunter.
—¿Aquí?
Shane se escabulló del sofá y se metió la polla aún medio dura en los pantalones de deporte.
—Sí.
Ilya apretó el botón con el que se abría la puerta.
—¿Por qué? ¿Qué quiere? Mierda… Tengo que… Necesito unos minutos.
Shane corrió escaleras arriba y se dirigió al cuarto de baño.
Mientras tanto, Ilya recuperó la compostura, se alisó la camiseta y caminó hasta la puerta principal.
Miró hacia la cama de Anya para asegurarse de que no iba a correr hacia la puerta, pero seguía profundamente dormida después del paseo largo que habían dado por la mañana.
Abrió la puerta justo cuando Scott llegaba a los peldaños de la entrada.
—Hunter. Estás en mi casa.
Scott parecía algo aturdido, como si no se hubiera dado cuenta de que estaba en casa de Ilya o algo así. Su puñetera cara perfecta miró alrededor como si lo hubieran soltado ahí unos extraterrestres.
—Sí, es que, eeeh, Wyatt me dio la dirección. Primero se aseguró de que mis intenciones fueran buenas.
Ilya no acababa de entender qué «intenciones» podía tener el capitán del equipo rival —el hombre contra cuyo equipo estaban jugando en esa serie los Centaurs— al plantarse en la puerta de su casa.
—Podrías haberme escrito un mensaje.
—Parece que te gusta aparecer en cosas sin avisar. Tal vez quisiera ver qué se siente.
Ilya sonrió ante el comentario.
—Pasa.
Y entonces Scott Hunter entró en casa de Ilya.
Shane había vuelto a la sala de estar, todavía algo desaliñado, pero bastante más presentable.
—Hola, Scott.
Scott lo saludó con la cabeza.
—Shane. Bien. Confiaba en encontrarte aquí.
—Suele estar —dijo Ilya, con un innecesario tono engreído.
Había algo en Hunter que siempre le hacía sentir territorial y casi adolescente.
Y dios, qué bien sentaba ser capaz de decir a la gente que Shane Hollander era suyo. Sabía que Scott estaba felizmente casado y no miraba a Shane de ese modo más de lo que miraba a Ilya de ese modo, pero aun así. Ilya estaba orgulloso de sí mismo por haberse ligado a un novio tan impresionante.
—Ay, ¿estabais viendo el Open de Madrid? —preguntó Scott echando un vistazo al televisor.
—Eh, sí —dijo Shane.
—Más o menos —añadió Ilya.
Scott se sentó en un sillón, apoyado justo en el borde del cojín.
—Sé que es raro porque estamos en mitad de la serie de play-offs , pero quería hablar con vosotros dos sobre…, ya sabéis.
Señaló con una mano a Ilya y a Shane.
—Vaya, vaya —dijo Ilya—. ¿Papá va a darnos una charla?
Scott miró a Shane.
—¿Es capaz de dejar de ser un capullo durante cinco minutos?
—No —respondió Shane. Se sentó en el sofá, de cara a Scott—. Bueno, ¿y de qué querías hablar en concreto?
—Bueno, para empezar, siento que tuvierais que salir del armario de esas maneras. Es horrible.
—No fue ideal —coincidió Shane.
—Estropeó nuestro plan de besarnos por televisión —añadió Ilya con sequedad.
Scott entrecerró los ojos y lo miró, pero dirigió las siguientes palabras a Shane.
—Cuando me enteré de lo que había ocurrido, se me revolvió el estómago, en serio. Que alguien me obligara a salir del armario fue mi mayor miedo durante años. No tendrían que haberos robado esa decisión.
Ilya se unió a Shane en el sofá.
—¿Fue esa la única razón por la que se te removió el estómago?
Scott lo miró con cautela.
—Me quedé bastante alucinado. No os miento.
—Si has venido para decirnos si te parece bien o mal nuestra relación, nos da igual —dijo Ilya sin tapujos.
—Por favor, Ilya —murmuró Shane.
—No es eso —le aseguró Scott a Ilya—. No tengo ni idea de cómo ha funcionado lo que os lleváis entre manos, pero está claro que habéis encontrado la manera de sacarlo adelante. Desde luego, nunca ha interferido en cómo jugabais al hockey.
Ilya entendió lo que significaba eso: Scott no creía que Shane se hubiera tropezado a propósito. Bajó la guardia y dijo:
—Gracias por decirlo.
—¿Cómo reaccionó Crowell ante vuestra relación?
Ilya resopló.
—Te lo puedes imaginar —respondió Shane—. Creo que, si dependiera de él, los dos estaríamos fuera de la liga.
La expresión de Scott se volvió peligrosa, como solía ocurrir en la pista.
—Creo que le pasó lo mismo cuando salí del armario.
—Y con Troy Barrett —añadió Ilya—. Troy recibió un correo después que era tipo…, ¿cómo se dice? ¿Amable pero que suena enfadado?
—Pasivo-agresivo —dijo Shane.
—Sí. Vale. Eso.
—Crowell es un dinosaurio —dijo Scott—. Se interpone en el camino del progreso, y en parte por eso quería hablar con vosotros.
Carter Vaughan y yo estamos intentando crear un grupo de jugadores de la NHL .
—Hizo una pausa—. No. De jugadores de hockey en general…
Ya me he puesto en contacto con Max Riley y Leah Campbell, a quienes les interesa combatir la cultura tóxica del hockey.
No solo la homofobia, sino todo tipo de prejuicios: racismo, sexismo, la cultura de la violación, transfobia, masculinidad tóxica.
Sé que suena a enorme e imposible, pero por algún sitio hay que empezar.
—¿Como un club? —preguntó Ilya—. ¿De jugadores de hockey buenos?
—En pocas palabras —dijo Scott—. Cuando salí del armario pensé que mi gesto sería un ejemplo para otros jugadores de hockey queer .
—Creo que lo fue —dijo Shane. Miró a Ilya—. Por lo menos, para nosotros.
Ay, dios mío. Qué vergüenza… Pero era cierto; lo más probable era que Ilya no se hubiese lanzado a intentar estar con Shane si Scott no hubiera besado a su novio por televisión después de ganar la Copa Stanley.
—¿Sí? —preguntó Scott, con tono de sorpresa, pero también algo emocionado—.
Me alegro de oírlo. Pero, cuando me enteré de la historia de Troy, me di cuenta de que los jugadores queer de la NHL siguen sin sentirse seguros a la hora de salir del armario.
Y ese es solo uno de los problemas con la cultura del hockey.
—Suspiró—. A veces todo parece tan podrido que no sé si tiene arreglo. Pero quiero intentarlo.
—Entonces sería, en plan —dijo Shane despacio— que, si hay alguien del mundo del hockey que dice o hace algo horrible, ¿actuaríamos como un frente unido contra eso? ¿Es en eso en lo que estabas pensando?