Capítulo 37 #2
La ilusión relució en los ojos de Scott.
—¡Exacto! Ahora mismo da miedo alzar la voz, sobre todo si una persona lo hace sola, por su cuenta.
Pero, si tenemos un grupo organizado que pueda lanzar comunicados, dará mucho menos miedo.
Es una herramienta poderosa. —Se inclinó hacia delante—.
Tengo más de cincuenta jugadores de hockey dispuestos a unirse. Creo que podemos conseguirlo.
Ilya estaba impresionado. Era una idea fabulosa, la verdad.
—Me apunto.
—Yo también —dijo Shane—. Cien por cien seguro. Y sé que J. J. y Hayden también querrían entrar.
—Tal vez mi entrenador se una —dijo Ilya pensativo—. Es un tío genial.
—¿Ah, sí? Sería brutal. Me encantaría poder contar con algunas personas del otro lado del banquillo. —Sonrió—. Perdonad por haber llevado el tema a mi terreno… Sobre todo había venido para deciros que, bueno, os apoyo. Y enhorabuena, supongo.
—Ya nos darás la enhorabuena cuando nos hayamos casado —contestó Ilya sin poder contenerse.
Scott levantó mucho las cejas.
—¿Y cuándo será eso?
—En julio —intervino Shane, aunque no lo habían decidido del todo. Miró a Ilya—. Tiene sentido, ¿verdad? ¿Qué te parece la semana anterior a cuando empiezan los campamentos?
—Claro —dijo Ilya como si tal cosa—. Cuando sea.
Scott suspiró.
—Madre mía. Qué raro es todo esto. Perdón.
—¿Por qué? —preguntó Ilya—. ¿Porque somos dos hombres?
—¿Qué? —soltó Scott—. ¡No! Porque…, ¿sabes qué? Vete a la mierda, Rozanov.
Ilya se rio, luego se levantó y le tendió la mano a Scott.
—Eres un buen tipo, Hunter. —Cuando Scott le tomó la mano, Ilya lo ayudó a incorporarse y, sin pensarlo mucho, lo abrazó. Scott soltó un «oh» de sorpresa cuando su enorme cuerpo se topó con el de Ilya.
—Vaya, vaya —dijo Shane—. Nunca pensé que vería algo así.
Scott se rio y deshizo el abrazo.
—Qué gracia. Dije exactamente lo mismo cuando os vi besaros en aquel vídeo.
—Quiero que seamos amigos —se limitó a decir Ilya.
Lo cierto era que siempre había respetado mucho a Scott y no había motivos para fingir otra cosa. Ser sincero sentaba de maravilla. Tendría que contarle lo ocurrido a Galina.
—Yo también —dijo Scott. Luego sonrió y añadió—: Después de que acabe esta ronda de play-offs , claro.
Ilya sonrió a su vez.
—Entonces estaré ocupado con las semifinales.
—En tus sueños, Rozanov.
Al final, Nueva York ganó la serie contra Ottawa por cuatro partidos a uno, así que eliminó a Ottawa de los play-offs . Los Centaurs y sus fans se quedaron decepcionados, pero también veían con optimismo el futuro del equipo.
En el vuelo de vuelta desde Nueva York, justo después del partido, Ilya entró en una espiral sin querer.
Estaba frustrado por haber perdido, pero había algo más.
Quería desaparecer del mapa. No quería que sus compañeros de equipo lo miraran, no quería hablar con nadie.
Estaba agotado y no recordaba cómo era el no sentirse agotado.
Era un pelín desmoralizante asimilar que ninguno de los cambios que había hecho en su vida —la terapia, la victoria, la perra, salir del armario ante sus amistades y sus compañeros de equipo sobre su sexualidad y sobre su relación con Shane, comprometerse— lo había curado.
Incluso con tantos motivos para estar feliz, casi se le pasó por la cabeza que sería mejor que esta vez el avión se estrellara de verdad.
No. Por supuesto que no quería eso. Solo necesitaba llegar a casa, meterse en su cama y quedarse ahí para siempre.
—Oye —dijo una voz, y cuando Ilya volvió la cabeza de la ventanilla vio a Troy inclinado sobre el asiento vacío que quedaba entre Ilya y el pasillo—. ¿Puedo sentarme un minuto?
—Sí, claro.
—¿Vas a quedarte por Ottawa este verano? Me refiero a cuando no estés en el campamento de Montreal.
Ilya estuvo a punto de contarle los planes de boda, pero no le apetecía compartir esa información en aquel momento. En lugar de eso contestó:
—Solemos ir a la cabaña de Shane. Está junto a un lago, a unas dos horas de Ottawa.
—Qué bien suena.
—¿Y tú qué harás? ¿Te quedas en Ottawa? ¿Vuelves a casa en Vancouver?
Troy arrugó la nariz.
—A Vancouver seguro que no voy. Quiero buscar casa a las afueras de Ottawa. Algún sitio donde Quirón pueda correr a sus anchas.
Ilya enarcó las cejas.
—Entonces ¿vas a ir a vivir con Harris?
Troy se sonrojó.
—Sí… Sé que es superpronto, joder, pero sí.
Ilya sonrió.
—Es Harris. ¿Por qué esperar? Es perfecto para ti.
—Sí que lo es. —El rostro de Troy adoptó una expresión soñadora que se sacudió enseguida—. Conque, bueno, si Anya necesita a alguien con quien jugar, Harris y yo nos pasaremos aquí todo el verano.
Dios, era genial tener por fin amigos que supieran lo suyo con Shane.
—Gracias —dijo con sinceridad Ilya—. Oye, ¿por qué no venís los dos a la cabaña de visita? Es muy chula. Y, tipo, enorme.
Troy sonrió.
—Suena guay.
Poco después se levantó e Ilya se sintió algo más aliviado durante unos minutos. Ojalá supiera cómo hacer que los sentimientos agradables durasen.
Cuando Ilya por fin llegó con el coche a casa, eran casi las dos de la madrugada, pero Shane lo esperaba justo al otro lado de la puerta, con Anya ladrando contenta a sus pies.
—Te ha echado de menos —dijo Shane—. Pero se porta superbién, ¿eh?
—Porque es la mejor. —Ilya se inclinó para rascarle la cabeza. Por algún motivo le temblaba la mano—. También te he echado de menos, bonita. Se acabaron los viajes durante una buena temporada.
Se incorporó para saludar a Shane, que analizaba su cara con clara preocupación.
—¿Qué?
Shane abrió los brazos.
—Ven aquí.
Ilya se desmoronó antes de llegar a abrazarlo. Sollozó contra el hombro de Shane, sin saber siquiera por qué. Shane lo sujetó, le acarició el pelo y le dijo que no pasaba nada cuando este se disculpó.
Cuando ya no le quedaron más lágrimas, Ilya se sintió vacío y muerto de cansancio. Shane lo llevó a la cama. Anya los siguió.
—No —dijo Shane con firmeza cuando Anya saltó a la cama. Señaló la camita de la perra, que estaba en el rincón—. Todas las noches quería dormir conmigo. Creo que me odia porque no le dejo.
—Seguro que es mejor así. —Ilya suspiró—. Soy muy blando con ella.
Shane apoyó una mano en la mejilla de Ilya.
—Eres blando con todos los seres a los que quieres.
Ilya sonrió.
—No se lo digas a nadie.
Los dos se desnudaron, se asearon y se metieron en la cama. Shane besó a Ilya en las mejillas y en la frente, y luego por fin en las comisuras de los labios.
—Cuánto te he echado de menos —susurró.
—Sí. Yo también.
Se miraron el uno al otro, a pocos centímetros de distancia en la cama.
—Me gusta volver a ver la barba que te dejas para los play-offs —dijo Shane, mientras acariciaba el tupido pelo que cubría ahora la mitad inferior de la cara de Ilya—. Hacía tiempo que no la veía.
—¿Crees que debería dejármela?
—Quizá un tiempo. Es sexy.
Ilya cerró los ojos y disfrutó de las tranquilizadoras caricias de las yemas de su novio.
—Shane —dijo en voz baja al cabo de un par de minutos—. Si nos casamos…
—¿«Si»? Claro que vamos a casarnos.
Ilya tragó saliva.
—Entonces, tienes que saber algo.
—¿Qué tengo que saber?
Ilya abrió los ojos.
—No estoy bien.
—¿En qué sentido?
—Estoy… un poco como mi madre. Deprimido. A veces. Y no me he curado. Puede que no me cure nunca.
Shane se sorprendió, pero enseguida lo disimuló.
—Vale.
—No te culpes si… va a peor.
Shane se apoyó en un codo.
—Ilya. ¿Me estás diciendo que piensas en, tipo…?
—No. En realidad, no. No lo sé. Creo que podría llegar a pensar en hacerlo, ¿vale?
Shane parpadeó unas cuantas veces.
—Vale —susurró.
—La terapia me ayuda y hemos barajado la posibilidad de probar con algo de medicación.
La psicóloga me ha dicho que al principio puede ser duro y tener efectos secundarios.
Cuesta dar con las pastillas y la dosis adecuadas.
Aunque tengo que ir al médico para que me las recete.
Creo que hablaré con Terry… Es el médico del equipo.
—¿Crees que le parecerá bien recetarte antidepresivos? —preguntó Shane.
—Sí. Por supuesto.
—Creo que el médico de nuestro equipo no lo vería con buenos ojos.
—Pues entonces es un imbécil.
—Sí. —Shane suspiró—. Puede.
Acarició el pelo a Ilya, a quien empezaron a cerrársele los párpados.
—Siento mucho que a veces te sientas así, Ilya —dijo Shane en voz baja—. Siento mucho que tengas que luchar contra algo así. Pero nunca vas a hacer que me asuste y te deje, ¿vale? Nunca pienso tirar la toalla contigo, ni con nuestra relación. Así que, para lo que necesites, aquí me tienes.
—¿Y si no puedes hacer nada por mí? —preguntó Ilya en voz baja y asustada—. ¿Y si no puedes ayudarme?
Las facciones de Shane adoptaron la expresión de Capitán de Hockey: decidida y valiente.
—Entonces me quedaré a tu lado hasta que sí pueda hacer algo. —Le dio un beso en la frente a Ilya—. Voy a casarme contigo, Ilya. Quiero tener hijos contigo. Quiero ser tu pareja cuando entremos en el Salón de la Fama. Te quiero muchísimo.
Se besaron y luego Shane dijo:
—¿Qué necesitas ahora mismo?
—Dormir —respondió con sinceridad Ilya—. Por la mañana, supongo que café. —Sonrió con picardía—. Y puede que cinco o seis mamadas.
Shane sonrió tanto que se le arrugaron los ojos.
—Las mamadas no curan la depresión, Ilya.
—¿Desde cuándo eres médico?
Shane se echó a reír y lo besó de nuevo.
—Anda, duérmete, tonto.