Capítulo 36 #3
Shane no sabía qué hacer. Quería rodear a Ilya con los brazos e inspirar su olor. Decirle que estaba orgulloso de él. Pero también estaba tan furioso que le costaba mirar la cara radiante de Ilya en ese momento.
Aunque, en realidad, Ilya no parecía radiante; parecía preocupado y quizá tan inseguro como Shane sobre cómo comportarse.
Shane sabía que estarían haciéndoles un millón de fotos. Los fotógrafos profesionales de la pista, miles de fans con el móvil y gente en casa haciendo gifs que quedarían en internet para siempre. Lo sabía, pero lo único que veía en ese momento era la expresión preocupada de Ilya.
Al final, Shane sacó la mano e Ilya se la estrechó. Con eso no les bastaba en absoluto.
—Os lo merecéis —dijo Shane—. Habéis jugado una serie increíble, joder. Estoy supercontento por ti.
No mentía. Lo que más rabia le daba era no poder formar parte de esa victoria.
—Pensaba que me ibas a pillar —dijo Ilya.
—Y así era. Debí de tropezarme con algún borde o algo. Qué puta vergüenza. —Shane suspiró—. ¿Vuelas de vuelta esta noche?
—Sí. Y mañana a Nueva York.
—Vaya.
Shane estaba a punto de proponerle ir en coche hasta Ottawa esa noche y quedar con Ilya en casa más tarde.
Este debió de advertirlo en sus ojos.
—Esta noche será mejor que descanses.
Shane quería replicar que necesitaba a Ilya más de lo que necesitaba dormir. O comer. O respirar. Pero, en realidad, sabía que se quedaría roque en media hora, agotado por completo después de esa serie tan emocionante.
Asintió con la cabeza y dijo:
—Dale una patada en el culo a Scott Hunter, ¿vale?
Ilya sonrió, provocador y sexy.
—Me muero de ganas.
El último de la fila era Wyatt, que tiró de Shane para darle un abrazo.
—Siempre es un placer verte jugar, Hollander. Nos vemos en julio.
—Lo mismo digo, Wyatt. Buena suerte en Nueva York.
—Ay, mierda. ¿Tenemos que ganar otra serie de estas?
Shane se rio y dio una palmada en la inmensa protección del pecho de Wyatt.
—Os voy a animar.
Hasta que Shane no volvió al vestuario, no empezó a ser consciente de que Drapeau no era el único que parecía enfadado con él.
—Joder, no puedo creerme que me haya tropezado —le dijo Shane a J. J. mientras echaban los jerséis del partido al cubo de ropa sucia.
—Pero ¿te has tropezado?
Shane se puso tenso.
—¿A qué te refieres?
J. J. se lo quedó mirando fijamente unos segundos y luego negó con la cabeza.
—No sé, Hollander. Es que… Joder, dime que fue sin querer.
—¡¿Qué?! —Shane no podía puto creerse lo que oía—. ¿Crees que me caí a propósito? ¿Crees que dejé marcar a Ilya?
Comeau se levantó de su sitio, donde llevaba un rato encorvado.
—Yo sé lo que he visto. Lo que ha visto todo el mundo. Y no me ha parecido un accidente.
—Bueno, pues lo ha sido. ¿Qué cojones…? —Para entonces, todos los jugadores del vestuario lo miraban a la cara. Shane se dio la vuelta para quedar frente al mayor número de compañeros posible—. No estaréis pensando en serio que me he tirado al suelo a propósito, ¿verdad?
La respuesta fue un silencio casi general, salvo por algún murmullo tanto en francés como en inglés. Al final, J. J. suspiró y dijo:
—Yo no.
De pronto, Hayden se puso junto a Shane.
—Joder, claro que no pensamos eso. Venga, tíos. Shane nunca traicionaría a su equipo.
Pero Hayden y J. J. parecían los únicos que estaban seguros de eso.
—A la mierda —murmuró Shane, y empezó a quitarse enfadado el resto del equipamiento.
Se suponía que esos eran los tíos que tenían que respaldarle.
Habían ganado una copa juntos el año anterior y habían peleado como locos durante toda la temporada para ganar otra.
Algunos de esos hombres habían jugado más de diez temporadas con Shane.
Le revolvía el estómago pensar que les costara tan poco creer que era un traidor.
Cuando salió, una vez duchado y cambiado, sus padres lo esperaban junto al vestuario. Ni se había molestado en despedirse de sus compañeros. Si alguno de ellos quería disculparse, que lo llamara por teléfono.
—Si quieres quedarte un rato más —le dijo su madre—, podemos ir a casa sin ti.
—No. Quiero salir de aquí. Ya.
Caminó deprisa por el pasillo hacia el aparcamiento subterráneo y sus padres tuvieron que correr para seguirle el paso. Sabía que era una falta de educación, pero tenía la impresión de que sería incapaz de respirar hasta que saliera del puto estadio.
Cuando llegó al coche, se apoyó en él de espaldas y contempló el feo techo del aparcamiento. Le ardían los ojos con lágrimas de rabia.
—Creen que me he caído a propósito.
—¡¿Qué?! —preguntó su madre—. ¿Quién ha dicho eso? Quiero nombres.
Shane negó con la cabeza.
—Lo he dado todo por este equipo y…
Hizo una mueca de aflicción.
Su padre lo arropó en sus brazos.
—Lo siento, Shane. Las últimas dos semanas han sido muy duras.
Shane sorbió por la nariz.
—Solo puede ir a mejor, ¿verdad? —Miró por encima del hombro de su padre y vio a su madre consultando el móvil con el ceño fruncido—. Ay, dios. Y ahora ¿qué?
Su madre obligó a sus labios a esbozar la menos convincente de las sonrisas que Shane había visto en su vida.
—Nada importante. Vamos a casa.
—Estabas mirando Twitter, ¿verdad? ¿Qué dice la gente?
Su madre se metió el móvil en el bolsillo.
—Como te decía, nada importante.