Capítulo 36 #2
—Estupendo —dijo Ilya—. Nos gusta que nos subestimen.
—Menuda palabra —dijo Shane con una preciosa sonrisilla.
—Del mundo del hockey. Una de las primeras que aprendí en Boston.
—Tanto Montreal como Boston eran equipos de mierda cuando entramos en ellos. A veces se me olvida.
Ilya sonrió.
—¿Tengo que follarte otra vez en la sala de los trofeos para que te acuerdes?
A Shane se le oscurecieron las mejillas.
—Ojalá.
—No olvides lo que te debe ese equipo —le advirtió Ilya serio.
Shane se mordió el labio y asintió. Ilya sabía qué significaba esa expresión facial.
—¿Necesitas ayuda para relajarte antes de ir a la cama?
Shane asintió de nuevo.
—Por favor.
Ilya rebuscó en la maleta con una mano hasta encontrar el trípode plegable.
—Pues prepárate. En un minuto estoy contigo.
Ottawa calló la boca de los fans de Montreal al ganar el segundo partido, y entonces ambos equipos se desplazaron a Ottawa para el tercer y cuarto encuentros.
Ottawa hizo que la afición local rugiera al ganar el tercer partido, luego Montreal ganó el cuarto, de modo que la serie quedó en empate de momento.
Regresaron a Montreal y entonces los Voyageurs machacaron sin piedad a los Centaurs con un 6-1 y los pusieron contra las cuerdas.
Ottawa tenía que ganar el siguiente partido, de nuevo en Ottawa, o los eliminarían.
El estadio de Ottawa estaba a reventar para el sexto partido.
Desde hacía tres meses habían llenado por completo en casi todos los encuentros, pero esa noche Ilya pensó que el ruido era equivalente al de la afición de Montreal.
Cuando los Centaurs salieron a la pista, sus fans de la ciudad los aclamaron por todo lo alto.
—¿Te asusta el ruido? —le preguntó Shane mientras se preparaban para que lanzaran el puck —. Sé que no estás acostumbrado.
Ilya soltó un bufido.
—Esto no es nada. Espera a que marque.
—¿Ah, sí? ¿Y cuándo será eso?
Ilya se inclinó hacia delante.
—Ahora mismo.
Ganó el saque y lanzó el puck directo a Dykstra para ponerse de inmediato en formación con Troy y Bood, como habían practicado.
Observó a Troy mientras se libraba de Hayden y cogía el pase de Dykstra.
Ilya se aseguró de estar justo donde tenía que estar cuando Troy volvió a lanzarle el puck y, en cuanto tocó la pala de su stick , salió disparado.
Tenía delante a J. J., lo que sin duda era un reto, pero Ilya estaba preparado para enfrentarse a él.
Le pasó el puck otra vez a Bood, se desplazó a toda velocidad al lateral de la red y esperó el tiro de Bood.
Ilya estaba en el lugar ideal para recoger el puck y arrojarlo por encima del guante extendido de Drapeau.
Gracias a su jugada, el marcador se puso 1- 0 para Ottawa en menos de treinta segundos de partido.
Troy se abalanzó sobre Ilya contra el cristal, con la boca abierta en una amplia sonrisa.
—¡Vamos, joder! ¡Así se hace, hostia!
Ilya lo abrazó mientras Bood se unía a los dos con alegría.
—¡Esto sí que es puto divertido! —gritó Bood.
Ilya sonrió a la multitud, un mar de jerséis rojos de los Centaurs.
—Hay que seguir.
Montreal no se lo puso fácil, pero Ottawa acabó ganando el partido 4-3.
De ese modo, los Ottawa Centaurs, en su primera participación en los play-offs en más de una década, habían logrado alargar la serie hasta llegar al séptimo partido.
Contra el equipo número uno de la liga y actual campeón de la Copa Stanley.
—¡Que se vayan a la mierda todos! —chilló Bood en el vestuario después del encuentro—. Y una mierda iba a ser una victoria fácil para Montreal. ¡Acabamos de joder la porra de los play-offs de todos los que han apostado!
Los jugadores estaban de un humor excelente, incluido Ilya, pero tener que jugar el séptimo partido contra su novio iba a ser intenso, por decirlo suavemente.
El puto séptimo partido.
Shane solía disfrutar mucho en esa situación, pero aquella noche estaba hecho un manojo de nervios cuando entró en el vestuario justo antes de que empezase el partido.
El entrenador les gritaba sin parar y Shane apenas lo escuchaba.
Estaba inmerso en sus pensamientos e intentando calmar los nervios.
«Me pregunto cómo se sentirá Ilya».
Apartó ese pensamiento a toda prisa. Ahora mismo no le ayudaba en absoluto.
Uno de los dos estaba a punto de ganar y el otro estaba a punto de perder.
Shane sabía que su relación lo soportaría; habían sido rivales durante toda la carrera deportiva, no había motivos para ponerse picajoso ahora.
Pero, aun con todo, esa serie parecía mucho más importante que cualquier otro encuentro en el que se hubieran enfrentado.
La afición de Montreal se volvió loca, como siempre, cuando su equipo entró en el estadio.
Anunciaron la alineación inicial de cada equipo y Shane se colocó en su puesto, sobre la línea azul, para escuchar el himno.
Se concentró en los tres banderines más recientes de la Copa Stanley que colgaban de las vigas y no en el número 81 del jersey de Ilya que tenía enfrente.
—Ya es nuestro, chaval —dijo J. J. mientras esperaban que empezase el himno.
Shane se recompuso, asintió y dijo:
—¡A por todas!
El partido estuvo muy reñido y tuvieron que ir a la prórroga.
Porque, claro, no podía ser de otra manera.
Todos los jugadores de los dos equipos estaban hechos polvo pero desesperados por ganar.
Y ahora quedaban menos de cinco minutos del primer periodo de prórroga y Shane temía que hiciera falta otro.
Se inclinó para disputarse el saque con Ilya en la zona de Ottawa.
—Qué divertido —dijo Ilya como si tal cosa—. Se me había olvidado qué se siente cuando hay tanto en juego.
—No te parecerá tan divertido cuando marque en unos segundos.
Ilya sonrió como pudo con la protección bucal puesta y luego ganó el saque.
Shane no dejó que Ottawa se quedara con el puck mucho tiempo. Se lo robó a Zane Boodram, luego miró alrededor para ver a quién podía pasárselo y en estas lo arrolló Troy Barrett. Vio a J. J. y le mandó el puck para dar un respiro a Montreal y poder organizarse.
Shane logró librarse del golpe de Troy en el mismo momento en que veía que Ilya interceptaba el pase a J. J.
«¡Mierda!».
Ilya salió disparado y Shane fue como el rayo tras él.
En cuestión de segundos llegaron a la línea de centro, estaban los dos solos, y Shane se hallaba en una buena posición para arrebatarle el puck sin dificultad.
Estaba a punto de hacerlo cuando, sin querer, se tambaleó hacia delante y se desplomó en la pista hecho un ovillo frustrado.
Impotente, lo único que pudo hacer fue ver cómo Ilya llevaba el puck hasta la red y lo colaba entre las protecciones de Drapeau.
«¡Mierda, mierda, mierda!».
Shane no se lo creía. Las esperanzas de Montreal de repetir la victoria en la Copa Stanley —sus esperanzas de eliminar a los putos Ottawa Centaurs— acababan de esfumarse. ¡Porque Shane se había tropezado!
Tendría suerte si no lo apedreaban allí mismo.
De rodillas, observó desesperado cómo todo el banquillo de Ottawa entraba en la pista y se echaba en piña encima de Ilya para celebrarlo. Al final, notó una mano en el hombro y supo que era Hayden sin necesidad de mirar.
—Ya está, colega —le dijo Hayden—. Ven con el equipo para el apretón de manos.
Shane se puso de pie y patinó hasta donde sus compañeros estaban en un montón devastado, mientras esperaban a que Ottawa dejase de celebrar. La espera podía ser larga.
—Buen partido —dijo Shane a Drapeau, que parecía grogui detrás de la máscara—. No ha sido culpa tuya.
Drapeau perforó con sus intensos ojos de portero a Shane y dijo con frialdad:
—Ya lo sé.
Se alejó patinando y dejó a Shane con una sensación confusa y disgustada. Era evidente que Shane habría podido detener a Ilya si no se hubiera puto tropezado, pero no era propio de Drapeau el restregárselo por la cara.
Se pusieron en fila para los apretones de manos finales. A Shane todavía le daba mil vueltas la cabeza de la vergüenza, la confusión, la decepción y la rabia. Dio la mano a varios Centaurs en una nebulosa y entonces se dio cuenta de que todos le iban diciendo cosas buenas.
Con el primero con el que se dio cuenta fue con Troy Barrett. El otro hombre agarró fuerte la mano de Shane y luego tiró de él para darle un abrazo rápido entre colegas.
—Nos vemos este verano en los campamentos, ¿verdad?
—¿Irás?
Era la primera noticia que tenía Shane sobre el tema.
—Sí. —Troy se apartó y sonrió. Sus vivarachos ojos azules relucían con la emoción de la victoria—. Creo que Bood también. Nos hace mucha ilusión. —Soltó la mano de Shane—. Confío en que podamos ser amigos, ¿eh?
Sin saber cómo, Shane se había olvidado por completo de que Troy era gay, pese a su salida del armario por todo lo alto unas semanas antes y al hecho de que Ilya no paraba de hablar de la buena pareja que hacían Harris y él.
—Por supuesto —respondió Shane.
Troy le dio una última palmada en el brazo y continuó con los saludos. Shane estrechó la mano de unos cuantos jugadores más y recibió más palabras cariñosas. Entonces se encontró cara a cara con Ilya.