Capítulo 34
—¿Siguen tus padres aquí? —preguntó Ilya en cuanto terminó de besar a Shane a modo de saludo.
—No, les he dicho que podían irse a casa. Me ha encantado tenerlos aquí, pero es que, eeeh…
—¿Quieres que tu novio te folle?
Los ojos de Shane se oscurecieron.
—Joder, sí.
Sus bocas volvieron a fundirse. Ilya agarró a Shane por el pelo, que aún estaba mojado por la ducha que, estaba claro, se acababa de dar. Olía a champú de algas y gel de baño deportivo, y sabía a pasta de dientes. Ilya quería devorarlo.
—Haz que me olvide de todo —murmuró Shane.
Empezó a caminar hacia atrás, en dirección al salón, agarrando el abrigo de Ilya y atrayéndolo hacia sí.
Ilya interrumpió el beso para ver cómo estaba Anya. Había encontrado uno de sus juguetes en el suelo del salón y lo estaba mordisqueando alegremente en su camita.
Luego se quitó el abrigo y las zapatillas, dejándolos amontonados junto a la puerta.
—Por aquí —dijo mientras cogía la mano de Shane.
—¿Qué cojones? —dijo Shane cuando se dio cuenta de que Ilya lo había llevado a su sala de trofeos.
Ilya se limitó a sonreírle.
—Ni de coña —dijo Shane—. Es raro.
—¿Tú crees? —preguntó Ilya deslizando un dedo por la mandíbula de Shane—. Pensaba que necesitabas un recordatorio, antes de nuestra reunión de mañana.
—¿Un recordatorio de qué? —dijo Shane con voz débil, mientras ladeaba la cabeza y cerraba los ojos.
Ilya lo besó justo debajo de la mandíbula y luego delante de la oreja.
—De quién coño eres.
Shane jadeó y agarró con fuerza un puñado de la camiseta de Ilya, como para mantenerse en pie.
—Sí —susurró—. Recuérdamelo.
Ilya lo llevó hasta un sillón de cuero situado en medio de la habitación.
Estaba frente a una pared de estanterías de cristal en las que se exhibían versiones en miniatura de las tres Copas Stanley de Shane, así como de todos los trofeos individuales que había ganado a lo largo de su carrera.
En otras estanterías estaban expuestos diversos pucks de partido, montados y etiquetados con sus logros.
También había camisetas de la selección canadiense de los mundiales juveniles y los Juegos Olímpicos enmarcadas.
En una estantería más pequeña y baja, unas cajas mostraban sus anillos de ganador de la Copa Stanley y sus medallas de oro y plata.
—Mira todo esto —dijo Ilya mientras inclinaba a Shane sobre la silla, sujetándolo con firmeza entre los omóplatos—. Casi se necesitan dos habitaciones.
Shane no dijo nada mientras se agarraba con ambas manos a los robustos reposabrazos de la silla, pero su respiración se había acelerado.
Ilya le bajó de un tirón los pantalones cortos de deporte y los calzoncillos a la vez, y cayeron a sus pies.
Le subió la camiseta por la espalda hasta que se le amontonó en los hombros y la dejó ahí.
Ilya se inclinó sobre él, apoyando su peso en la espalda de Shane por un momento. Rozó con los labios la oreja de Shane y le dijo:
—Quédate ahí.
Luego se enderezó y se dirigió hacia la puerta.
—¿A dónde coño vas?
—A por lubricante —respondió Ilya con naturalidad—. A estas alturas ya sabes cómo funciona el sexo, ¿no?
—Pues date prisa —dijo Shane con tono malhumorado.
Ilya, obviamente, se tomó su tiempo. Subió al dormitorio, cogió un bote de lubricante y una toalla de manos limpia y, tras pensarlo un momento, volvió a la mesita de noche y sacó el anillo vibrador que le había regalado a Shane por su cumpleaños el año anterior.
Bajó las escaleras, pero no volvió al momento a la sala de trofeos. Fue a ver cómo estaba Anya, la encontró dormida en su camita y luego se dirigió a la cocina para servirse un vaso de agua. Se lo bebió despacio, intentando ignorar las ganas que tenía de volver corriendo a la habitación.
Pero ese no era el juego al que estaban jugando. Dejaría a Shane en aquella sala, desnudo e inclinado sobre un sillón, rodeado de sus momentos de mayor orgullo, porque era lo que Shane necesitaba.
Por fin, Ilya volvió a entrar con paso tranquilo en la sala de trofeos. Shane no había movido ni un músculo. Ilya tuvo que luchar por controlar su respiración, para no delatar lo exquisito que le resultaba ver a Shane tan obediente.
—Joder, por fin —gruñó Shane—. ¿Te has ido a la tienda a comprar o qué?
—No —respondió Ilya.
Untó un poco de lubricante en el anillo de silicona, ocultándolo de la vista de Shane. A continuación, aflojó el cierre para ensanchar el anillo y rodeó con el brazo el cuerpo de Shane para encontrar su polla obviamente dura.
—Ay, mierda —dijo Shane al darse cuenta de lo que estaba haciendo Ilya.
—Sería más fácil hacer esto si no estuvieras empalmado. Pero siempre lo estás, así que…
—A veces no —replicó Shane.
—No lo estarás cuando no estoy cerca.
Ilya se arrodilló a su lado para poder ver mejor lo que estaba haciendo. Una vez que colocó el anillo en su sitio, apretó el cierre detrás de las pelotas de Shane.
—Joder —suspiró Shane.
Ilya le acarició la polla con una mano, frotando suavemente con el pulgar una vena marcada.
—¿Qué tal se siente?
—Como si tuviera el corazón en la polla. Como si todo estuviera en mi puta polla.
—Mmm —murmuró Ilya.
Deslizó el pulgar sobre el glande enrojecido de la polla de Shane y apretó en la raja.
El cuerpo de Shane se estremeció y contuvo el aliento.
—Dios.
—¿Cuál es tu favorito? —preguntó Ilya en tono coloquial mientras seguía frotando la punta de la polla de Shane—. ¿De todos estos trofeos?
—El de rookie del año —respondió enseguida Shane con aire de suficiencia.
Ilya resopló.
—Capullo.
Le dio un golpecito en la polla a Shane, haciéndole gritar y luego gemir.
Ilya cogió el lubricante y se puso de pie. Se untó los dedos y, sin más preámbulos, presionó su pulgar contra el ano de Shane.
—Ay, joder —gimió Shane. Dio un paso atrás, estirando los brazos hasta que quedaron casi tan rectos como podían, para poder inclinarse más hacia delante y levantar el culo.
Ilya acarició con aprecio una de sus musculosas nalgas con la mano libre.
—¿Esto es para mí?
—Te lo juro por dios, Rozanov, que…
Ilya soltó una risita y luego se puso manos a la obra.
Solo tardó unos minutos en dejar a Shane relajado y listo para él, pero Ilya consiguió de todas formas que durara.
Acarició la próstata de Shane y disfrutó de los gemidos que le arrancaba.
Le encantaba cómo Shane ya se balanceaba hacia atrás contra él, tan ansioso.
Ilya extendió el brazo, encendió el vibrador y volvió a estimular la próstata de Shane.
—Joder —jadeó Shane—. ¡Joder, joder, jodeeer!
—¿Todo bien?
La espalda de Shane subía y bajaba en oleadas furiosas.
—Es solo que —dijo entre dientes— es demasiado.
Ilya murmuró en señal de comprensión y añadió un tercer dedo.
—¿Hay algo que quieras pedir? —preguntó al notar los temblores en los brazos y las piernas de Shane.
—Mé… Métemela.
—¿El qué? —Ilya le masajeó el culo a Shane con una mano mientras deslizaba los dedos tan adentro como podía y luego los sacaba por completo.
Eso pareció hacer que Shane perdiera lo que le quedaba de paciencia.
—Tu puta polla.
Ilya se rio y, acto seguido, se desnudó rápido. Se colocó justo detrás de Shane, en un lugar desde donde a este le resultaría difícil verlo sin estirar el cuello. Se contuvo el gemido de alivio que quería soltar cuando por fin liberó su polla dolorida.
Se lubricó mientras Shane respiraba lentamente y apretaba los dedos contra los reposabrazos de cuero de la silla.
Cuando Ilya rozó la punta de su polla contra el ano de Shane, este levantó el culo para animarlo.
Ambos dejaron escapar fuertes gemidos de alivio cuando Ilya empezó a penetrarlo poco a poco.
—Joder, sí —jadeó Shane—. Por fin.
Shane estaba apretado, perfecto y sexy, e Ilya sentía en la polla las fantásticas vibraciones del anillo que retumbaba detrás de sus pelotas. Ilya tuvo que hacer una pausa un momento, una vez que estuvo completamente dentro, solo para respirar y recomponerse.
—Venga, va —se quejó Shane.
Ilya se rio entre dientes y empezó a moverse con cuidado.
—Menudo guarro estás hecho —dijo tras un par de embestidas lentas—. ¿Te he puesto cachondo yo o la habitación?
—¿Qué dices? —espetó Shane.
—¿Te has excitado pensando en todos tus…? —Ajustó el ángulo y le dio a Shane dos embestidas rápidas y fuertes—. ¿Muchos…? ¿Logros?
—Es por ti. Solo por ti —jadeó Shane.
A Ilya le encantaba cuando Shane se ponía así, cuando estaba tan en las nubes como para no sentirse molesto ni avergonzado.
—¿Quieres saber un secreto? —Se inclinó sobre Shane para poder hablarle directamente al oído—. Ahora mismo siento que me estoy follando a un rey.
—Ilya…
Le agarró un puñado de pelo a Shane y le echó la cabeza hacia atrás.
—¿Sabes lo poderoso que se siente follar a un rey en su sala del trono?
—Ho… Hostia puta, Rozanov.
Ilya rodeó con un brazo el pecho de Shane y lo levantó, con la misma facilidad con la que lo haría si Shane fuera un muñeco y no un hombre de noventa kilos. Lo mantuvo apretado contra sí, con la espalda de Shane pegada al pecho de Ilya, mientras este lo penetraba con fuerza.
—Eres Shane Hollander, joder —gruñó Ilya—. Si alguna vez lo olvidas, te arrastraré de vuelta aquí y te follaré hasta que lo recuerdes.
—Algún día… compartiremos sala de trofeos —balbuceó Shane.
Ilya sonrió.
—Sí. Un puto imperio.
Shane echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en el hombro de Ilya.
—Una dinastía —susurró—. Ay, joder, Ilya. Te amo.
Ilya gruñó e, impulsivamente, hundió los dientes en el hombro de Shane. Shane gritó y luego se apretó alrededor de la polla de Ilya mientras el orgasmo lo sacudía. Su semen salpicó el sillón, algo que Ilya sabía que molestaría a Shane en cuanto se le bajara el subidón.
A Ilya le importaba una mierda el sillón. Siguió embistiendo a Shane con fuerza, sin querer parar nunca. Blasfemó en ruso, le dijo a Shane que era perfecto también en ruso y luego se corrió con fuerza dentro de él.
Al final, se dejó caer hacia delante, apoyando la frente en la espalda de Shane mientras ambos recuperaban el aliento. Se dio cuenta de que Shane debía de haber apagado el vibrador mientras Ilya estaba fuera de sí.
—Hostia puta —jadeó al final Ilya.
—Eso se ha puesto raro —dijo Shane.
Ilya se rio, lo que hizo reír a Shane. Ilya lo besó entre los omóplatos y luego se retiró con cuidado.
—Creo que he estropeado el sillón —dijo Shane, incluso antes de lo que Ilya esperaba.
—Ahora es otro trofeo —dijo Ilya.
—Qué asco.
—Aquí hay una toalla —le ofreció Ilya.
—No. Tengo unas toallitas para cuero que puedo usar.
Ilya sonrió.
—Cómo no ibas a tenerlas…