El partido más largo (Game Changers 6) Capítulo 33
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Capítulo 33

Entrar en el vestuario de los Montreal Voyageurs en las instalaciones donde entrenaban fue lo más difícil que Shane se había obligado a hacer en toda su vida.

Durante un largo rato, se quedó paralizado justo al cruzar la puerta, mientras todos los que estaban en la sala —los tíos a los que quería como a hermanos— lo miraban con evidente repugnancia.

Se sentía mal. O como si el corazón le fuera a estallar.

La única cara amable de la sala era la de Hayden, cuya expresión parecía sobre todo de disculpa.

—Hola… —intentó decir Shane.

Nadie hizo ningún ruido, excepto J. J., que resopló y se dio la vuelta.

Mierda.

Shane se dirigió a su taquilla, intentando parecer normal.

Seguía siendo Shane Hollander. Seguía siendo el capitán de ese equipo.

Seguía siendo el mismo que la última vez que lo habían visto.

Se quitó el abrigo y lo colgó de la percha dentro de su taquilla, con la optimista esperanza de poder ponerse el equipamiento y salir a la pista sin mucho alboroto.

—Hollander —ladró una voz a sus espaldas. Shane se volvió y vio al entrenador Theriault en la puerta—. Ven conmigo.

Shane mantuvo la cabeza gacha mientras salía del vestuario y seguía a su entrenador por el pasillo hasta su despacho. El entrenador señaló una de las sillas frente a su escritorio y Shane se sentó.

—¿Era una broma? —preguntó el entrenador. Su voz sonaba fría y seria. Shane sabía que decir que sí en ese momento era la única respuesta que aquel hombre aceptaría.

—No —respondió Shane.

El entrenador apretó la mandíbula. Miró al techo y chasqueó los dientes, claramente furioso.

—¿Desde cuándo? —preguntó.

Una vez más, Shane sabía que la única respuesta posible que se iba a aceptar sería «fue la primera vez».

—Desde hace años —dijo Shane, sin dar más detalles.

El entrenador inspiró bruscamente.

—Vete a casa. Hablaré con la directiva y decidiremos qué hacer contigo.

—¿Me…, me dejáis en el banquillo?

—¡Sí, te quedas en el puto banquillo, Hollander! —rugió el entrenador—. ¿Qué te creías que iba a pasar?

Shane se quedó completamente rígido. Quería gritarle a la cara a su entrenador. También quería desaparecer.

El entrenador suspiró.

—Esta orden viene directa de Crowell. Para Rozanov… —pronunció el nombre de Ilya como si fuera un insulto especialmente soez— y para ti. Hasta que se resuelva esto, los dos os quedáis en el banquillo.

—¿Hasta que se resuelva?

—Y ni se te ocurra publicar nada sobre esto en internet. Nada de declaraciones. Ya estás metido en suficientes problemas.

—Pero…

—Vete a casa —repitió el entrenador.

Al darse cuenta de que discutir no serviría de nada en ese momento, Shane se fue rápido. Pensó en dejar el abrigo en el vestuario, pero llevaba las llaves del coche en el bolsillo.

Todos lo miraron fijamente cuando volvió a entrar en el vestuario. Nadie intentó siquiera disimular.

Shane abrió los brazos de par en par.

—Vale. Ahora ya lo sabéis. Lleva años pasando y nunca me ha impedido contribuir a este equipo. —Utilizó deliberadamente la palabra «contribuir»; un tremendo eufemismo—. El año pasado ganamos la puta copa.

—Pues es una putada —dijo alguien.

Shane se volvió. Era Comeau.

—¿Crees que no lo sé? —dijo Shane—. Por eso lo he estado ocultando durante tanto tiempo.

—No a todo el mundo —dijo J. J. enfadado.

Shane dio un paso hacia él.

—J. J., he…

—No quiero oírlo —le respondió J. J.—. ¿El entrenador te ha mandado a casa?

—Sí, pero…

—Pues mira, te vas a casa y, de paso, a la mierda.

Se oyeron murmullos de acuerdo por toda la sala. A Shane se le llenaron los ojos de lágrimas. Se lo esperaba, pero también… había esperado algo mejor de ese grupo de chicos a los que quería tanto.

—Escuchad —dijo Hayden levantándose—. Sé que ahora mismo todo el mundo está la hostia de desconcertado, pero intentad recordar quién coño es. Shane es nuestro puto capitán. Nuestro líder.

—Es un puto mentiroso —dijo J. J.

—Es nuestro amigo, joder —dijo Hayden con brusquedad—. Así que quizá todos os sintáis raros ahora mismo o, bueno, totalmente asqueados. Lo entiendo. Es Rozanov.

—Vale, gracias, Hayden —dijo Shane.

—Pero esa sensación extraña se pasará, y entonces tendréis que vivir con lo mal que os portasteis con Shane cuando más necesitaba a sus putos amigos. Así que pensad en eso.

Se oyeron algunos murmullos que no parecían precisamente darle la razón.

—No pasa nada —dijo Shane—. Me voy. Si alguien quiere hablar conmigo, ya tenéis mi número. —Miró fijamente a J. J.—. Sabéis dónde vivo.

J. J. bajó la vista al suelo, pero luego asintió una vez.

Shane se fue.

Eran pasadas las diez de la noche cuando el móvil de Ilya por fin se iluminó con un mensaje de Shane:

Shane: Me he comido un Snickers.

Al momento, Ilya le envió una solicitud de FaceTime.

—¿Siguen ahí tus padres? —preguntó Ilya en cuanto apareció el rostro agotado de Shane.

—Sí —suspiró Shane—. Creo que se han ido a la cama. No lo sé. Estoy en mi habitación. He estado bastante asocial.

Shane llevaba el pelo recogido en un moño desordenado y las gafas puestas. Ilya tenía tantas ganas de abrazarlo que casi le dolía.

—¿Te ha sentado bien el chocolate?

—No —refunfuñó Shane—. Quizá. Estaba la hostia de bueno, aunque hiciera tiempo que rondaba por aquí. Creo que era uno que me compraste hace mucho tiempo. —Suspiró—. ¿Vas a regodearte con eso?

Ilya no se sentía victorioso. Sabía que comer dulces era, básicamente, tocar fondo para Shane.

—No.

—¿Por qué no? ¿No es esto lo que quieres? «Relájate, joder, Hollander» —dijo imitando fatal a Ilya—. ¿No?

—Cariño… —dijo Ilya con dulzura.

Shane suspiró.

—Lo siento. ¿Cómo está Anya?

—Dormida —respondió Ilya echando un vistazo a su cama, situada frente a la chimenea.

Había usado la chimenea más en las dos semanas desde que tenía perro que en todo el tiempo que llevaba viviendo ahí antes.

—¿Qué te ha dicho tu equipo?

—Solo he hablado con Wiebe —dijo Ilya—. Pero se ha portado bien. Se ha mostrado comprensivo.

Ya había decidido guardarse para sí mismo lo que Wiebe le había contado. Wiebe no conocía a Shane.

—¿En serio? Theriault estaba putísimo enfadado.

—Porque es un capullo.

Shane hizo una mueca de dolor. Ilya sabía que le costaba oír hablar mal del gilipollas de su entrenador.

—Es que, ya sabes, es de la vieja escuela.

—De la vieja escuela —se burló Ilya—. Una forma elegante de decir que es un capullo.

—Pero funciona.

—Mi entrenador no es un capullo y estamos en racha —señaló Ilya.

—No puedo discutir eso. Aunque sin ti lo van a pasar mal. —Shane negó con la cabeza—. Es una auténtica mierda. Deberíamos estar jugando.

Durante un buen rato, se quedaron mirándose con pena, deseando que hubiera alguien a quien culpar que no fueran ellos mismos.

—¿Qué crees que estarán diciendo los fans? —preguntó Shane.

—No lo sé. ¿Has mirado en internet?

—Claro que no.

—No. Yo tampoco. Pero algunas personas me han escrito. Harris. Troy. Wyatt. Max. Svetlana me ha llamado. Ha sido un detalle.

—¿Ah, sí? —dijo Shane—. A mí también me ha escrito Max. Y Rose. Supongo que tenía razón en que hacía falta un plan B. Fuera cual fuese.

La verdad era que el plan A, el B o el de cualquier otra letra serían lo mismo: harían lo que la liga les dijera que hicieran. Porque eran jugadores de hockey profesionales y, además, querían seguir siéndolo.

—Ya veremos qué dice el comunicado de Farah.

Shane se pasó una mano por el pelo, deshaciendo la mitad del moño.

—El entrenador me ha dicho que no publique nada.

La ira se encendió en el pecho de Ilya.

—Pues él no es mi entrenador.

—Lo sé. Y, por si sirve de algo, odio que haya dicho eso.

—Bien —dijo Ilya. Y añadió—: Puedo volver allí mañana. Mi equipo está de viaje, así que… No tengo motivo por el que quedarme aquí.

—¿Sí? Dios, me encantaría. Te necesito.

—Iré a primera hora por la mañana. Después de sacar a pasear a Anya.

Shane sonrió al oír eso.

—Me alegro de que hayas adoptado un perro.

Ilya le devolvió la sonrisa.

—¡Y yo! ¡Es genial! Ahora te mandaré más fotos suyas.

—Vale. —Shane hizo una mueca—. Me siento fatal.

—Prueba a comerte otro Snickers.

—No debería haberme comido el primero. O quizá debería haberlos comido desde el principio. Joder, ¿qué coño estoy haciendo con esta dieta?

—Pensaba que intentando vivir para siempre.

—¿Contigo? No, gracias.

—Come lo que te dé la gana. Si son solo cosas sanas, no pasa nada. Y, si te apetece darte un capricho, tampoco pasa nada. Es tu vida, Hollander. No la de la NHL . Ni la de los Montreal Voyageurs.

—¿Estás seguro de eso?

—Creo que los dos tendremos que decidirlo pronto.

A la mañana siguiente, Ilya se despertó con dos correos electrónicos.

Uno era de Farah e incluía el comunicado que había redactado para ellos.

El segundo procedía de la oficina de Crowell, en el que informaba a Shane e Ilya de que al día siguiente estaría en la sede de la NHL en Montreal y que quería reunirse con ambos allí.

«Joder».

Ilya volvió al correo electrónico de Farah y leyó el comunicado.

El primer párrafo describía con claridad los hechos tal y como habían ocurrido: se había difundido un vídeo en el que, sin querer, aparecían Shane e Ilya en un momento íntimo, y Hayden no se había dado cuenta de lo que se veía al fondo cuando lo había enviado.

El segundo párrafo era más interesante.

Aunque no es ideal que la decisión de hacer pública nuestra relación la hayan tomado otros por nosotros, nos gustaría anunciar, oficialmente, que mantenemos una relación romántica y estable, y que llevamos así desde hace unos años.

Nos hubiera gustado poder contároslo a nuestra manera, pero no creemos que Hayden sea el culpable de este desafortunado accidente.

Ilya pensó que estaba bien. Iba al grano y dejaba claro que no culpaban a nadie (excepto al puto Brad, pero en fin…).

Sabemos que a mucha gente le resultará difícil aceptar y comprender nuestra relación.

Nunca hemos dejado que lo nuestro interfiera en la competitividad que hay en la pista, y creemos que nuestros logros profesionales lo demuestran de un modo muy claro.

Siempre hemos mantenido separadas la vida personal y la profesional, y esperamos que nuestros equipos, nuestros aficionados y la liga puedan hacer lo mismo.

Genial. Mejor de lo que él mismo habría escrito, que probablemente habría sido algo así como «Estamos enamorados, que os den por culo».

En cuanto Ilya terminó de leer la declaración de Farah, apareció un mensaje de Shane:

Shane: Reunión con Crowell. Joder.

Ilya: Irá bien.

Shane: ¿Tú crees?

Ilya: ¿Debería estar Farah también?

Shane: Quizá, pero… creo que prefiero que vayamos solos. Aunque te pueda parecer una tontería.

Ilya entendió lo que Shane quería decir. Si las cosas se torcían, podrían involucrar a Farah más adelante. Pero esto iba más allá del hockey o de sus carreras. Era algo personal, e Ilya, al igual que Shane, quería librar esa batalla por su cuenta si podían.

Ilya: No es una tontería.

Shane: Le diré a Farah lo de la reunión, pero le voy a comentar lo que queremos hacer.

Ilya: Vale.

Shane: ¿Cuándo llegas?

Ilya tenía muchas ganas de ver a Shane pero, antes de ponerse en marcha, tenía que sacar a pasear a Anya.

Ilya: Enseguida.

Mientras caminaba por las aceras cubiertas de nieve derretida de su barrio, Ilya pensó que quizá debería concertar otra cita con Galina. Habían pasado un par de semanas y no quería dejarlo pasar por pereza. Sin duda, ahora tenía algo de qué hablar.

Curiosamente, se había sentido bastante tranquilo desde que se había hecho público lo suyo.

Sabía que Shane estaba hecho una mierda, pero Ilya estaba preparado para afrontar lo que fuera a ocurrir a continuación.

Aunque lo que fuera a pasar a continuación fuese una reunión con Crowell.

Debería estar nervioso por eso, pero en realidad lo que más sentía era curiosidad.

Tenía curiosidad y estaba listo para pelear.

Ilya pasó por delante de la casa de los vecinos, donde vivían Willa y Andrew, y se quedó clavado en el sitio. Había un gran cartel dibujado a mano colgado del árbol cerca del final de su camino de entrada: «¡ Te queremos, Ilya !».

Debajo del cartel había una pequeña repisa en la que había dos figuras Funko Pop: una de Ilya y otra de Shane.

Ilya buscó a tientas el móvil que, por suerte, había decidido meter en el bolsillo de su abrigo antes de salir. Lo encendió, hizo una foto y se la envió a Shane.

Shane: ¡Ay, jo! ¿Esa es la casa de tus vecinos?

Ilya: Sí. Creo que no estamos solos.