El partido más largo (Game Changers 6) Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

La puerta se abrió a sus espaldas y salió Harris. Quirón, Mac y la nueva perrita lo siguieron hasta el porche. La nueva perrita se acercó a toda prisa hacia Ilya y le olisqueó las zapatillas.

—Le caes bien —dijo Harris.

Ilya se agachó y le dio unas palmaditas.

—Soy difícil de resistir.

Era mona de verdad. Y suave. Y parecía que sabría escuchar bien.

—Bueno —dijo Harris despacio—, probablemente tendremos que buscarle un nuevo hogar. —Troy y él se miraron, y Harris añadió—: Aquí nos encantan los perros, pero de momento no tenemos sitio para uno más.

Ilya entrecerró los ojos.

—Harris. ¿Estás intentando tenderme una trampa? ¿Esto es una cita a ciegas con un cachorro?

Harris sonrió.

—No tengo ni idea de qué me estás hablando, colega. Esto es solo una cena amistosa con una perrita encantadora que necesita a alguien que la quiera y le dé una casa grande y lujosa para explorar.

Ilya bajó la mirada hacia la encantadora perrita en cuestión, que lo miraba con la lengua colgándole de la boca. ¿Podría hacerlo? Tenía que haber una forma de que eso funcionara. Existían las guarderías para perros, ¿no? Ilya no sabía si eran una buena opción, pero podía informarse.

—¿Cómo lo hago? —preguntó—. Nunca he tenido un perro.

—Pues entonces menos mal que soy tu amigo —dijo Harris con alegría—. Soy un experto. Y podemos quedárnosla aquí en la granja un tiempo hasta que estés listo para llevártela a casa.

La perra apoyó las patas delanteras en la espinilla de Ilya, con una sonrisa en el hocico, como si supiera lo que Ilya estaba pensando.

—Anya —dijo Ilya devolviéndole la sonrisa—. Creo que se llama Anya.

Shane no tenía ni idea de qué esperarse cuando entró en el camino de acceso a la casa de Ilya, casi dos semanas después de haberlo visto por última vez.

Ilya le había dicho que tenía una sorpresa para él, y el tono de emoción en su voz sugería que se trataba de algo grande.

Si no estuvieran ya comprometidos, Shane habría pensado que quizá estaba a punto de recibir una propuesta de matrimonio.

La puerta principal de Ilya se abrió cuando Shane se acercó. Ilya estaba allí de pie, vestido con pantalones de chándal, una camiseta holgada y una enorme sonrisa.

—¿Cuál es la gran sorpresa? —preguntó Shane.

Entonces oyó un ladrido curioso detrás de Ilya. Un segundo después, una perrita pequeña y peluda salió trotando entre las piernas de Ilya.

—¿De quién es? —preguntó Shane mirando a la perrita con recelo. No se le daban muy bien los animales—. ¿Estás cuidando a la perra de alguien?

—No —respondió Ilya, y luego se agachó para coger a la perrita en brazos.

La acurrucó contra su pecho y ella le lamió la mejilla con cariño.

—Se llama Anya. Es mía.

—¿Que es tuy…? ¿Cómo?

—Alguien la abandonó. En el frío. Unos monstruos —gruñó Ilya. Luego le dio un beso en la coronilla a Anya.

—Necesitaba un hogar. Y yo un perro.

Había una lista de razones tan larga como el canal Rideau por las que ese no era el mejor momento de la vida de Ilya para convertirse en dueño de un perro…

Shane estaba a punto de enumerarlas, pero la boca de Ilya se estiró en una de sus raras sonrisas espontáneas, y eso hizo que todas las razones se esfumaran.

Shane extendió una mano vacilante y acarició una de las orejas de Anya.

—Uy. Qué suavecita es.

—Acaba de darse un baño —dijo Ilya—. La he llevado al spa para perros. Le han hecho un tratamiento integral.

Shane sonrió.

—La vas a mimar muchísimo.

—Ay, sí. Es terrible. Ven a ver todos los juguetes que le he comprado.

No eran pocos juguetes. En cuanto Shane llegó al salón de Ilya, vio al menos una docena de objetos de colores llamativos en el suelo y en el sofá, y en la mesita de centro había lo que parecía un trozo de cuerda. También había una lujosa cama para perros cerca de la chimenea.

—Bueno, eh… —dijo Shane—. ¿Cuándo te hiciste con Anya?

—Ayer.

Shane se rio.

—Me alegro de que no te hayas pasado comprándole cosas ni nada por el estilo.

—En el spa para perros venden juguetes.

Ilya dejó a Anya en el suelo, y ella corrió al instante hacia una foca de peluche y empezó a morderla alegremente. Shane no sabía mucho de mascotas, pero habría esperado que un perro que hubiera sido abandonado fuese más tímido y tuviera un aspecto más desaliñado.

Shane abrazó a Ilya por detrás.

—Te amo, pero te lo tengo que preguntar: ¿estás seguro de que no le has robado el perro a nadie?

—¡No! Verás…

Ilya le contó a Shane que habían encontrado a Anya en el campo y cómo la familia de Harrias la había cuidado. Habían seguido cuidándola después de que Ilya decidiera, casi de inmediato, adoptarla, hasta que tuvo tiempo libre suficiente para acostumbrarla como es debido a su casa.

Pasaron el resto de la mañana jugando con Anya en el suelo del salón.

Ella era incansable: perseguía alegre cualquier cosa que le lanzaran y lo devolvía con orgullo.

Cuando se tomaban un descanso, se colaba en el regazo de uno de ellos para que la acariciaran, sin ningún pudor y de una forma adorable.

Shane se dio cuenta de que le gustaban los perros más de lo que pensaba.

La llevaron a dar un paseo, lo que significaba dar una vuelta juntos por el barrio de Ilya, pero no pasaba nada.

Shane sonrió al ver las botitas rojas que Ilya le había puesto a Anya en las patas.

—Es para protegerla de la sal —explicó Ilya—. Y para mantener calentitas sus patitas. En el spa dijeron que no necesita jersey porque tiene el pelo largo. Es una pena, porque había uno con forma de fresa que era monísimo.

—¿No tenían uno de tu talla? —bromeó Shane.

Caminaban uno al lado del otro por las aceras cubiertas de una costra de sal.

Shane se moría de ganas de cogerle la mano a Ilya, así que se metió las manos con fuerza en los bolsillos del abrigo.

Pronto, se recordó a sí mismo. Pronto serían…

, bueno, una familia, supuso. Ahora que Anya también estaba ahí.

—Entonces —preguntó Shane con cautela—, cuando estés de viaje…

—Hay un sitio donde la pueden acoger —dijo Ilya—. Es como un hotel para perros.

—¿Una residencia canina?

—Un hotel para perros. Ya he hablado con ellos y he reservado una plaza. Fui hace unos días a verlo. Está muy bien. Allí estará bien.

Parecía una solución bastante sencilla. Aunque Shane sospechaba que Ilya se preocuparía por Anya cada vez que estuvieran separados.

—¿Y ese hotel tiene una cámara en directo para que puedas verla?

—Por supuesto —dijo Ilya.

—Sabes que no puedes usar los iPads de los entrenadores para ver cómo está durante los partidos, ¿verdad?

Ilya se quedó en silencio unos segundos de más y luego dijo:

—Sí.

Aquella noche no follaron porque, cuando Shane intentó acercarse, Anya empezó a lloriquear detrás de la puerta del dormitorio de Ilya.

Shane se detuvo en medio del recorrido que estaba trazando con sus besos por la parte interior del muslo de Ilya.

—Ve a por ella —dijo sonriendo y suspirando a la vez.

Ilya se levantó de un salto de la cama y abrió la puerta.

—Anya, pequeña. ¿Qué te pasa? ¿Te sientes solita?

La cogió en brazos y la llevó a la cama.

Shane estaba convencido de que aquello sentaba un mal precedente, pero Ilya estaba tumbado bocarriba con la cabeza de Anya apoyada en su bíceps y le resultaba muy difícil preocuparse por las normas.

Shane se tumbó de lado, perpendicular a Ilya, y apoyó la cabeza en el estómago de Ilya.

Se unió a él y acarició a Anya, disfrutando de la relajante sensación del pelaje suave y del calor de la perrita bajo sus dedos.

Le puso una mano en la espalda y sintió el suave subir y bajar de su diminuto cuerpo al respirar.

La habitación estaba en silencio y tan llena de amor que resultaba casi asfixiante. Y, si alguien le hubiera dicho a Shane aquella mañana que prefería acariciar a una perrita hasta que se durmiera antes que follar con su novio, nunca se lo habría creído. Pero la vida estaba llena de sorpresas.

—Creo que se ha quedado dormida —susurró Shane.

La única respuesta de Ilya fue un suspiro que sonó un poco como un ronquido. Shane levantó la cabeza y sonrió a su novio dormido, que parecía más feliz y en paz de lo que Shane lo había visto en meses.