Capítulo 29 #3
—Estás haciendo muchas preguntas.
—Responde primero a la última.
—Deberíamos echar un vistazo a la carta…
—Ilya.
Debajo de la mesa, los dedos de Ilya se tensaron contra sus pantalones de traje.
—Sí, es un secreto.
—Qué intrigante. ¿Tienes una aventura? ¿Es la mujer de algún compañero de equipo?
—No —dijo Ilya enseguida, ligeramente ofendido—. No es nada de eso. Claro que no.
—¿No me contaste una vez que te habías acostado con la novia de un compañero de equipo? ¿Allí en Moscú?
—Sí, pero él se portaba como un capullo con ella, y además yo tenía diecisiete años. Ahora nunca haría algo así.
Svetlana murmuró pensativa.
—Es un secreto, pero no una aventura. ¿Quizá la hija de tu entrenador?
—La hija de mi entrenador tiene once años.
—Entonces, la hija del dueño. ¿O la dueña? ¿No había una mujer entre los propietarios de los Centaurs?
—No es ninguna dueña de nada.
Sonrió por encima del borde de su copa de martini.
—Este juego es divertido. Me gusta. —De golpe, abrió mucho los ojos. Se inclinó hacia delante y susurró—: ¿Es un hombre?
Pues vaya… No había tardado mucho. Ilya respondió con un ligero movimiento de cabeza mientras se llevaba la copa a los labios.
Svetlana se tapó la boca con una mano, con los ojos aún muy abiertos. Sin embargo, él se dio cuenta de que estaba sonriendo.
—Ilya —dijo por fin—. Hostia puta.
—Sí.
Ella le sonrió, pícara.
—¿Te has acostado con todas las mujeres de Canadá y has tenido que pasarte a los hombres?
Ilya puso los ojos en blanco.
—No funciona así.
—¿Y quién es?
A Ilya se le sonrojaron las mejillas, aunque esperaba que no se notara con la tenue iluminación del restaurante.
—Te estás poniendo rojo —dijo Svetlana, encantada—. Ilya Rozanov, ¿estás enamorado?
Ilya no pudo evitar la sonrisa que se dibujó en su rostro.
—Muchísimo.
En ese momento volvió el camarero, así que Ilya y Svetlana echaron un vistazo apresurado a la carta y pidieron. Ilya no estaba del todo seguro de lo que había elegido, pero llevaba vieiras, así que no podía estar mal.
—Bueno —dijo Ilya con naturalidad, una vez que el camarero se había ido—, ¿cómo está tu padre?
—Que te jodan, Rozanov —dijo Svetlana—. No hemos terminado de hablar de que te has enamorado de un hombre.
—¿Tan interesante es?
—¿Quién es?
Ilya miró de reojo.
—No lo conoces.
—Claro que no. Porque nunca he estado en Ottawa. ¿Cómo se llama?
Vale. No había manera de esquivar esa pregunta.
A menos que Ilya quisiera mentir, cosa que no quería hacer.
¿Qué sentido tenía, en realidad? Pronto se lo iban a contar a todo el mundo, y Svetlana era una amiga.
Quizá se quedaría sorprendida por lo que estaba a punto de contarle, pero Ilya no creía que fuera a acudir a la prensa del corazón ni nada por el estilo.
—Se llama —dijo Ilya con calma— Shane.
—Entonces no es ruso. Qué pena. ¿Y a qué se dedica Shane?
Ilya se las arregló de algún modo para no echarse a reír.
—Es deportista.
Svetlana entrecerró los ojos.
—¿Y qué deporte practica?
Ilya hizo rodar el tallo de su copa de martini entre el pulgar y el índice.
—Hockey.
Svetlana resopló.
—No lo entiendo. A menos que estés enamorado de Shane Hollander, no se me ocurre a nadie… —Se detuvo y, a continuación, se inclinó hacia delante, apoyando prácticamente todo el torso sobre la mesa—. ¡¿Es Shane Hollander?! —siseó.
—Eso me temo. Sí.
—¿Les traigo otra copa? —preguntó el camarero, que había reaparecido de repente.
Svetlana pareció darse cuenta de que prácticamente estaba tumbada sobre la mesa y se deslizó de nuevo hacia su silla con toda la elegancia posible.
—Creo que necesitaremos varias botellas de vino.
Ilya esbozó una sonrisa.
—Empecemos con una.
Tres horas más tarde, Ilya y Svetlana esperaban cogidos del brazo a la salida del restaurante a que llegaran sus respectivos taxis.
—Me da mucha pena que no nos vayamos a acostar —suspiró Svetlana.
Estaba recostada contra él, con la cabeza apoyada en su hombro. Ambos habían bebido mucho.
Ilya se rio entre dientes.
—No vas a convencerme de que estás tan necesitada de sexo.
—No lo estoy —admitió ella—. Pero los hombres son tan aburridos… ¿Por qué sois todos tan aburridos?
—Pensaba que yo era emocionante.
—Lo eras. Ahora te vas a casar con un canadiense. Aburrido.
—No sé cuánta gente describiría como aburrida mi relación secreta con mi rival.
Ella se rio.
—Imagino que no tendrás un cigarrillo.
—Lo he dejado.
—Claro que sí. Aburrido.
Se detuvo un coche.
—Este es el tuyo —dijo Ilya, y se adelantó a abrirle la puerta.
Ella le puso una mano en el hombro y se quedó cara a cara con él.
—Me alegro de que hayamos podido ponernos al día. Te he echado mucho de menos y quiero que seamos amigos, aunque no follemos.
—Me encantaría. Ven a Ottawa alguna vez. Te presentaré a Shane.
Ella sonrió.
—Lo haré. Hasta entonces, escríbeme. Mantengamos el contacto.
—Lo prometo.
Svetlana le dio un beso en la mejilla y después se subió al coche. Ilya sonrió para sus adentros, sintiendo como si hubiera recuperado una parte de sí mismo, mientras esperaba que llegara su propio coche.