Capítulo 29 #2
—El hockey va genial. Me estoy divirtiendo de nuevo. —Le apartó la mirada—. Pensaba que, tal vez, con eso ya bastaría.
—Pensaste que ya no tenías que venir a verme porque te sentías más feliz.
—Sí. —Se obligó a mirarla—. Una tontería. Lo sé.
Sus labios esbozaron una sonrisa.
—Ojalá fuera tan fácil.
—Ya.
—¿Entiendo que tu buen humor no ha durado mucho?
—No exactamente, no. Sigo divirtiéndome cuando juego al hockey, y me encanta el tiempo que Shane y yo pasamos juntos. Y estoy… —Hizo una pausa, pero decidió que quizá debería decírselo—. Estoy comprometido. Me pidió que me casara con él y le dije que sí.
—Enhorabuena.
Ilya asintió.
—Es todo lo que quiero, y estamos planeando salir del armario este verano y quizá casarnos entonces también. Se acabó esperar a que los dos nos retiremos.
Galina tomó notas y dijo:
—Eso supone un gran cambio para vosotros.
—Enorme —asintió Ilya—. Estoy emocionado y feliz, pero también tengo miedo.
—¿De cómo reaccionará la gente?
Ilya apretó con los dedos el anillo que llevaba escondido bajo la camiseta.
—Tengo miedo de que Shane cambie de opinión. O de que no lo haga, y eso afecte a su carrera, y me odie por ello. Quizá no al principio, pero con el tiempo.
—¿Te parece probable que cambie de opinión?
—No lo sé —respondió Ilya con sinceridad—. A veces se asusta con facilidad. Le entra el pánico.
—Pero te pidió matrimonio. Probablemente no fue una decisión que tomara a la ligera.
Ilya recordó con alegría cómo Shane se había arrodillado, rodeado de las velas que había comprado y con las que había decorado con cuidado el salón.
—No. Creo que iba muy en serio.
—¿Te parece más probable la segunda posibilidad? ¿Que te guarde rencor?
Ilya cogió uno de los cojines decorativos que tenía al lado y se lo apretó contra el abdomen.
—No lo sé. Mi cerebro me dice que es probable pero, claro, mi cerebro ya me ha mentido antes.
—Los cerebros pueden ser unos capullos en ese sentido.
Ilya esbozó una pequeña sonrisa.
—Sí. —Apretó los dedos contra el cojín—. Hay otra cosa. Uno de mis compañeros de equipo acaba de salir del armario como gay. O sea, ante el equipo. Pero tiene pensado hacerlo público el día de nuestro partido de la Noche del Orgullo, la semana que viene.
—Guau. Qué emocionante. ¿Cómo te hace sentir eso?
—Me alegro mucho por él. Está saliendo con el responsable de redes sociales del equipo. Un chico estupendo. Me alegro por los dos. Todo el equipo los apoya. Ha sido muy bonito.
Galina no dijo nada, solo esperó a que Ilya continuara.
—Pero —añadió Ilya— supongo que estoy celoso. Me ha hecho pensar que en realidad será mucho más difícil para Shane y para mí.
—¿Te acuerdas de que en una de nuestras primeras sesiones te pregunté por tus otros amigos? —preguntó Galina con sutileza.
—Sí.
—¿Le has contado ya a alguien lo de Shane?
—No —admitió Ilya.
—Parece que estás atrapado en ese círculo vicioso de querer decir abiertamente que estás con Shane, pero al mismo tiempo temer hacerlo. Creo que te ayudaría contárselo a un amigo, a alguien en quien confíes. Alguien que esté de tu parte.
—Quizá —dijo Ilya, aunque también le parecía una buena forma de perder a un amigo.
—Inténtalo —lo animó ella—. Un compañero de equipo o un viejo amigo. Solo una persona, y ya verás cómo te sientes después.
—Vale —dijo él—. Lo intentaré.
—¡Que te jodan, Rozanov!
Lo más probable es que fuera la millonésima vez que Ilya había oído esa frase, o algo parecido, durante el partido de la tarde en Boston. Esta vez procedía de una encantadora mujer de mediana edad situada detrás de la caja de castigo, donde estaba él cumpliendo una sanción menor de dos minutos.
A su lado, Dykstra, que también estaba sancionado, dijo:
—Uf, hay que querer a Boston.
—Lo más seguro es que antes llevara mi jersey —dijo Ilya—. Que me adorara.
—Pero eso fue antes de que te convirtieras en un traidor —se rio Dykstra—.
¿Has visto al tipo que incluso ha añadido «puto» en la espalda de su jersey de Rozanov?
Está sentado por ahí, cerca de esa esquina.
—Señaló con el stick —. Hay que reconocer que es admirable lo en serio que se toman lo de odiar.
Ilya se echó un chorro de Gatorade en la boca. Si se ofreciera a firmar la camiseta de «Puto Rozanov», apostaría a que el tipo que la llevaba se quedaría encantado. En el fondo, probablemente esta ciudad todavía lo quería.
—Estábamos hablando de ir a cenar a algún sitio después del partido —dijo Dykstra—. Se nos ha ocurrido que tú conocerías todos los buenos locales de Boston.
—Puedo sugeriros algo, pero no podré ir con vosotros. He quedado con alguien.
—¿Ah, sí? ¿Con alguien o… «alguien»?
Ilya se limitó a sonreír.
—Así que sigues vivo.
Ilya le dedicó una sonrisa a su vieja amiga y la abrazó.
—Sigo vivo.
Svetlana le dio un golpecito en el hombro.
—Entonces ¿por qué coño no te he visto en tres años?
—Lo siento —dijo Ilya con sinceridad. Pasó a hablar en ruso—. Es una larga historia, pero sobre todo se debe a que soy terrible como amigo.
—Siempre lo has sido, pero en la cama eras fantástico y te echo de menos.
—Yo también te he echado de menos.
Ilya le ofreció el brazo. Se había encontrado con ella en la acera, cerca del restaurante de Beacon Hill al que iban a cenar. Ella había salido del taxi y parecía una estrella de cine, con un largo abrigo negro ribeteado de piel y el pelo rubio platino recogido en un elegante moño en la nuca.
—Estás impresionante.
—Me lo creo.
—¿Y te resultan prácticas esas botas para los inviernos de Boston? —preguntó Ilya, fijándose en los tacones altos y estrechos de las botas de cuero hasta la rodilla.
—Por supuesto. Son como picos para el hielo. Y no cambies de tema. Seguimos hablando de lo horrible que eres.
—Creía que estábamos hablando de lo bueno que soy en la cama.
—De lo bueno que eras. Han pasado años, Ilya. Años.
—Lo sé —dijo Ilya, serio. Abrió la puerta del restaurante y se la aguantó para que pasara—. Pidamos unas copas. Luego te cuento.
Una vez que se sentaron en la mesa más apartada de aquel elegante restaurante italiano y pidieron unos martinis, Svetlana lo miró fijamente, expectante.
Ilya suspiró.
—Si te hace sentir mejor, no eres la única con la que he perdido el contacto.
—No me hace sentir mejor —respondió ella con brusquedad.
—He estado… un poco encerrado en mí mismo desde que me mudé a Ottawa.
—¿Y eso qué significa? ¿Ya no te paseas por toda América del Norte acostándote con cualquiera?
Ilya soltó una risita.
—No. Ya no.
El camarero les trajo los martinis. Ilya nunca se había alegrado tanto de ver un cóctel.
—Las mujeres de todo el mundo están de luto —dijo Svetlana con ironía.
—Espero que puedan superarlo. —Ilya dio un sorbo a su martini, que estaba perfectamente frío y fresco—. ¿Cómo te ha ido? ¿Dónde trabajas?
—He terminado el máster en Administración de Empresas. —Sonrió—. Me han ofrecido un trabajo en los Boston Bears.
—¡Magnífico!
Svetlana sabía más de hockey que nadie. Más que Shane. Posiblemente más que Yuna.
—¿Vas a aceptarlo?
—Creo que sí. Están encantados de que la hija de Sergei Vetrov trabaje para ellos.
Vetrov había sido una superestrella de Boston en la década de los noventa.
—¿Y qué opina Sergei?
—Que soy una princesa que debería conseguir todo lo que quiera. En eso coincidimos.
Ilya se rio.
—¿Estabas en el partido de hoy?
—Sí. ¿No me has oído abuchearte?
—No, con todos los demás haciéndolo también… Boston ahora me odia.
—No puedes esperar menos. Te fuiste.
Y eso podría ser una transición hacia el motivo por el que se marchó, pero le costaba mucho decidirse a sacarlo a colación.
Shane sabía y apoyaba la decisión de Ilya de contarle a Svetlana lo de su relación, e Ilya sabía que podía confiar en ella, pero le resultaba difícil encontrar las palabras adecuadas.
En lugar de eso, cogió la carta que tenía al lado.
—¿Qué recomiendas de aquí?
Svetlana se inclinó sobre la mesa y le apartó la carta con un dedo que tenía la manicura impecable.
—¿Por qué fichaste por Ottawa, Ilya? —preguntó con su habitual franqueza—. Nunca lo he entendido. Nadie lo entiende.
Ilya se tomó su tiempo para responder.
—Para estar más cerca de alguien.
Luego, como un cobarde, dio otro sorbo a su bebida.
Los vivos ojos azules de Svetlana se abrieron como platos.
—¿Alguien? ¿Tipo, alguien con quien sales? ¿De verdad estás con alguien? ¿Tienes una relación de verdad?
—Sí.
Su rostro se iluminó.
—Dios mío. Debe de ser espectacular. ¿Quién es? ¿Dónde la conociste? ¿En Ottawa? ¿Es rusa?
El camarero volvió para tomarles nota.
—Necesitamos unos minutos más —dijo Svetlana sin malicia, pero con cierta impaciencia.
El camarero se marchó con un cortés «por supuesto».
Svetlana apoyó un codo en la mesa y se tamborileó con las uñas rojas sobre los labios rojos.
—¿Por qué nunca he oído que salieras con alguien? ¿Es un secreto?