Capítulo 28
Ilya y Shane acababan de terminar juntos una aburrida rueda de prensa la mañana del partido del All-Star.
Cuando por fin pudieron salir de la sala, Ilya se sorprendió al ver al comisionado Crowell en el pasillo.
Estaba solo y mirando el móvil, e Ilya, sin siquiera pensarlo, se dirigió decididamente hacia él.
Shane lo detuvo poniéndole una mano en el brazo.
—Pero ¿qué haces?
—Voy a hablar con Crowell.
—¡Y una mierda! No seas idiota.
Ilya gruñó, apartó la mano de Shane y siguió caminando hacia Crowell.
—Comisionado —dijo Ilya cuando se encontraba a unos pocos centímetros de distancia.
Crowell le echó un vistazo y frunció el ceño.
—Señor Rozanov. ¿Cómo va el fin de semana?
—Bien. Pero, hablando con mi amigo Troy Barrett, me ha comentado que había recibido una llamada.
—Así es.
—Como su capitán —dijo Ilya, tratando de darle cierta importancia a su título—, estoy… preocupado.
Los labios de Crowell esbozaron algo parecido a una mueca de desprecio.
—¿Ah, sí?
Ahora que Ilya se encontraba frente a Crowell, no estaba del todo seguro de lo que quería decir. Y tenía la sensación de que sus frases en inglés podrían salirle más entrecortadas de lo habitual. Crowell resultaba intimidante.
—Barrett ha estado haciendo un buen trabajo. Intenta ayudar —dijo Ilya.
—Supongo que te refieres a su reciente actividad en las redes sociales —dijo Crowell. Su tono era casi aburrido, pero con un matiz peligroso—. Parece que de golpe se ha convertido en todo un activista.
—Sí. A eso me refiero. Lo está intentando. Después de lo que hizo Dallas Kent…
Crowell levantó una mano.
—Después de lo que se acusó a Dallas de hacer. De forma «anónima».
Ilya entrecerró los ojos.
—Barrett era su amigo. Lo conoce.
—¿Ah, sí? Porque cuando hablé con él, de hecho, me dijo que no sabía nada de las acusaciones.
No había visto nada. Ni siquiera se le había pasado por la cabeza que su mejor amigo fuera capaz de hacer algo así.
Es raro, ¿no? Yo diría que es más probable que la gente en internet se invente cosas que el hecho de que alguien no conozca en absoluto a su mejor amigo.
Ilya sintió como si el suelo se desmoronara bajo sus pies.
—Comisionado Crowell —dijo una voz a espaldas de Ilya.
Shane se había acercado. Joder. No necesitaba verse arrastrado a esta terrible decisión.
—Shane —dijo Crowell con un tono que resultaba cálido y frío a la vez—. ¿También estás aquí para defender la venganza personal de Troy Barrett contra Dallas Kent?
Ilya podía ver la ansiedad reflejada en el rostro de Shane, pero este enderezó los hombros y dijo:
—Creo que estaba actuando bien. Usa su voz para ayudar a la gente.
—Barrett debería usar sus habilidades en el hockey para ganar partidos de hockey —dijo Crowell—.
Para eso le pagan millones de dólares. No tengo paciencia para dramas innecesarios.
Vosotros dos siempre habéis mantenido vuestra rivalidad sobre el hielo.
Nada de estas tonterías insignificantes de las redes sociales.
—No creo que sean tonterías —razonó Shane—. Creo que a Barrett le preocupan de verdad los temas a los que está dando bombo. Está haciendo lo que debería estar haciendo la liga…
Joder. Ilya no podía creerse que Shane acabara de soltar eso. Dio un paso hacia él, como para protegerlo de cualquier respuesta que pudiera dar Crowell.
Crowell se lo quedó mirando con aire siniestro.
—¿Ah, sí? ¿Debería sacar tiempo de mi apretada agenda al frente de toda la puta Liga Nacional de Hockey para asegurarme de que publicamos algo sobre cada puñetero tema del mundo? ¿Sabes lo que pasa cada vez que un jugador decide hacerse el activista?
Pronunció la palabra «activista» como si fuera el peor insulto que pudiera decir.
—Los periodistas empiezan a indagar en la historia de la liga en relación con cualquier tema del que estén hablando.
Y, de golpe, un equipo con cien años de historia ya no es tan genial porque tuvo un entrenador que dijo una vez algo que quizá fuera un poco racista.
Es ridículo y no tengo tiempo para esas cosas.
—¿Como cuando Scott Hunter salió del armario? —preguntó Ilya, con una vez sorprendentemente firme—. ¿Eso le molestó?
Crowell pareció un poco desconcertado por la pregunta.
—Por supuesto que apoyamos a Hunter. Apoyamos a toda su comunidad. El hockey es para todos.
Ilya se contuvo para no poner los ojos en blanco.
—Pero le gustaría que Hunter se callara ahora, ¿sí?
—Yo no he dicho eso. Solo creo que hay un momento y un lugar adecuados para defender cuestiones personales. Hunter suele pasarse de la raya.
—Y usted no quiere que los demás lo hagan —dijo Ilya—. ¿Con un jugador gay ya es suficiente?
Crowell miró a Shane y luego volvió a mirar a Ilya.
—Hemos tenido a otros jugadores que han salido del armario.
—Se refiere a Baldwin y Lundin —dijo Shane pensando en los jugadores de Vancouver y Los Ángeles que salieron del armario poco después de que Scott Hunter lo hiciera—. A Baldwin nunca le ofrecieron otro contrato y Lundin acabó volviéndose a Suecia.
Crowell se burló.
—De todos modos, Baldwin estaba en el final de su carrera y, en cuanto a Lundin, muchos europeos deciden acortar sus carreras para volver a sus países de origen.
Ilya no conocía personalmente a ninguno de los dos jugadores en cuestión, pero sin duda sospechaba que su decisión de abandonar la NHL tenía más que ver con el trato que habían recibido por parte de sus equipos que con su habilidad o ganas de jugar al hockey.
Los únicos otros jugadores queer que conocía —Ryan Price y Eric Bennett— estaban ambos retirados y no habían hecho pública su sexualidad mientras jugaban.
Troy Barrett era el único otro jugador queer en activo en la NHL que Ilya conocía, aparte de Hunter. Y Shane.
Era un grupo bastante pequeño.
—Cualquiera que sienta la necesidad de salir del armario es libre de hacerlo —dijo Crowell—. Pero no veo por qué tiene que ser algo tan importante. —Se rio sin ganas—. Hoy en día ya casi no importa, ¿no? —Volvió a posar la mirada sobre Shane.
—Sí que importa —dijo Shane con firmeza. Tenía la mandíbula apretada. Ilya quería cogerlo de la mano.
Crowell los miró a ambos durante un momento de silencio y dijo:
—Bueno. Hoy tengo la agenda muy apretada, así que me temo que tengo que dar por terminada esta «inesperada» conversación.
Se ajustó la chaqueta del traje y les lanzó a ambos una última mirada fría antes de darse la vuelta e irse.
—Puede que haya sido una idea terrible —dijo Shane, una vez que Crowell ya estaba lo bastante lejos.
—Quizá —asintió Ilya—. Pero volvería a hacerlo.
—Yo también.