El partido más largo (Game Changers 6) Capítulo 25
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Capítulo 25

A la mañana siguiente, mientras Shane volvía a meter en la maleta las pocas cosas que había desempaquetado, alguien llamó con firmeza a la puerta de su habitación de hotel. Cuando abrió, se encontró allí a J. J., con dos cafés en la mano.

—¿Eso es para mí? —preguntó Shane dando un paso atrás para dejarle entrar.

—Si no lo quieres, me puedo beber yo los dos.

Shane cogió el café y lo dejó sobre la cómoda.

—Gracias.

No estaba seguro de por qué J. J. estaba ahí, ni de por qué le había traído café. Era uno de los amigos más cercanos de Shane, pero esa situación en concreto no era habitual.

—Bueno. —J. J. se apoyó contra la pared con su café en la mano—. Anoche parecías un poco hecho polvo. Por lo del avión de Ottawa.

Shane sacó una camiseta mal doblada de la maleta y la volvió a doblar.

—No, no lo estaba. Es solo que, ya sabes, fue una sorpresa.

Se dio cuenta de que tenía los hombros encogidos, así que hizo un esfuerzo por relajarlos.

—Ajá —dijo J. J.—. ¿Me vas a contar la verdad ahora?

Shane frunció el ceño al mirar la camiseta que acababa de doblar, luego la sacudió y empezó a doblarla de nuevo.

Una parte de él quería contárselo todo a J.

J. Otra parte lo necesitaba. Necesitaba contárselo al mundo entero porque tener que ocultarlo de repente le parecía injusto, joder.

Shane no estaba seguro de poder contárselo, pero podía contarle algo.

—No es nada. He recibido unos mensajes de… de Ilya. Rozanov.

—Sé de qué Ilya hablas —dijo J. J. con aire divertido.

—Me los envió cuando el avión estaba…, cuando pensó que se iban a estrellar.

Un silencio sepulcral invadió la habitación, lo que dio a Shane un momento para darse cuenta de lo extraño que debía de haberle sonado aquello a J. J. Como Ilya pensaba que estaba a punto de morir, había escrito a Shane.

—Es, eeeh —empezó Shane, pero ¿cómo narices podía explicarlo sin admitirlo todo?—. Es…

Shane apretó los ojos con fuerza. Estaba puto hartísimo de mentir.

Ahora mismo podría estar de luto. Si ese avión se hubiera estrellado, J.

J. estaría ahora mismo sentado en la habitación de hotel de Shane viéndolo derrumbado por completo.

No habría habido forma de que Shane pudiera ocultar su agonía.

—Está bien —le recordó J. J.

—Lo sé.

J. J. le quitó la camiseta de las manos antes de que Shane pudiera empezar a doblarla de nuevo.

—Mira, sé que sientes algo… por Rozanov.

A Shane se le hizo un nudo en el estómago.

—¿A qué te refieres?

J. J. le sonrió con pena.

—¿Por qué crees que sigo intentando emparejarte con alguien? Enamorarse de un hombre heterosexual no es nada bueno, colega.

Espera. ¿Qué?

Shane estaba ahora completamente atónito y necesitaba pensar rápido. Esa era una mentira tras la que no se le había ocurrido esconderse antes: un cuelgue no correspondido. Pues tenía sentido.

Joder, dolía, pero tenía sentido.

—¿Tanto se nota? —preguntó Shane sentándose en la cama. La angustia en su voz era real, pero no por la razón que J. J. pensaba.

J. J. dejó el café sobre la cómoda y se sentó en la cama junto a Shane.

—Lo siento, colega. No digo que todo el mundo lo vea, pero a mí no se me escapa casi nada, ¿sabes?

—Ya —dijo Shane, mientras asentía con vehemencia.

J. J. le dio una palmada con su enorme mano en el hombro a Shane.

—La buena noticia es que puedes aspirar a alguien mucho mejor que Rozanov.

Shane apretó los labios para no echarse a reír.

—Entiendo que es atractivo, pero vamos… Ese tío es un pesado de cojones.

Shane ya no pudo contener la risa.

—Tienes razón. Debería apuntar más alto.

—Y, de todos modos, no es como si pudierais salir juntos ni nada así. Es que sería imposible.

Shane dejó de reírse.

—Lo sé.

—¿Te lo imaginas? ¿Salir con tu rival? Menudo puto escándalo.

Shane bajó la mirada al suelo y no dijo nada.

—Oye —dijo J. J. con dulzura. Bajó la mirada para que ambas miradas se cruzaran. Siguió en francés—: No me estoy riendo de ti. Duele amar a alguien que no puede corresponderte, y siento que hayas tenido que pasar por eso. Siempre puedes hablar conmigo del tema.

Se mostraba tan sincero y comprensivo que Shane se sintió como una mierda por haberle mentido.

—Gracias.

—Y si necesitas a alguien que te saque de casa, que te haga de compinche o lo que sea…

Shane volvió a sonreír.

—Me lo pensaré.

J. J. se levantó y abrió los brazos de par en par para darle un abrazo. Shane se puso de pie y su amigo lo envolvió rápido entre sus brazos.

—Me alegro de que Rozanov esté bien —dijo J. J. cuando se separaron—. En serio. No es tan mala persona.

—No siempre, no.

—Y Wyatt, madre mía. Él también debía de estar en ese avión. Me encanta ese tío. —J. J. frunció el ceño—. Voy a llamarlo.

A J. J. nunca le habían gustado mucho los mensajes de texto. Le encantaba demasiado hablar.

—Seguro que Wyatt está esperando tu llamada —dijo Shane, irónico.

—Sé fuerte, colega —dijo J. J. mientras abría la puerta para salir—. Te ayudaremos a superar esto y a seguir adelante, ¿vale?

—Es que no tienes por qué…

Pero J. J. ya se había ido.

Hostia puta. «Seguir adelante». Shane quería abrir la puerta de un tirón y decirle a J.

J. que para él seguir adelante sería poder compartir la vida con Ilya.

Que no había ningún enamoramiento no correspondido.

Que estaba tan puto enamorado de Ilya que a veces sentía que el corazón le iba a estallar, y que Ilya sentía lo mismo por Shane.

Que cuando Shane volviera a ver por fin a Ilya, en dos días, con suerte, iba a… Dios, ni siquiera sabía lo que quería hacer.

Excepto que sí lo sabía. Sabía exactamente lo que quería. Por supuesto que quería «seguir adelante». Quería esa vida juntos. No dentro de diez años, sino ahora. Porque, de repente, diez años le parecían una espera imposible.

Ilya entró en el camino de acceso a su casa poco después de las dos de la tarde del día en que su equipo volvió en avión desde Florida. Estaba tan agotado que le parecía que fueran las dos de la madrugada.

Pero el Jeep Cherokee de Shane estaba ahí, al menos una hora antes de lo que Ilya esperaba, lo que le dio un repentino subidón de energía.

Aparcó su todoterreno junto al de Shane, sin molestarse en meterlo en el garaje, y corrió hacia la puerta principal.

Esta se abrió en cuanto llegó a ella, y ahí estaba Shane, impecable con unos bonitos pantalones y un suave jersey azul oscuro.

—Nuestro avión llegó antes de lo previsto…

Pero eso fue todo lo que Shane logró decir antes de que Ilya le agarrara la cara con ambas manos y lo besara con toda la pasión del mundo.

Y Shane se dejó llevar. Ahí mismo, en el umbral de la casa de Ilya, bastante apartado aunque visible en parte desde la calle. Shane le devolvió el beso con la misma urgencia y, si sentía lo mismo que Ilya, con alivio.

Ilya quería decirle tantas cosas, pero parecía incapaz de dejar de besarlo. Hacía un frío glacial a su alrededor, pero la boca de Shane estaba cálida y nada en aquel lugar le recordaba a Florida, así que Ilya se habría quedado ahí felizmente para siempre, besando a Shane en la nieve.

Al final se separaron y Shane solo logró decir: «Entra», antes de que volvieran a besarse.

¡Por fin! Por fin, Shane cogió a Ilya de la mano y lo llevó dentro. Solo entonces Ilya se dio cuenta de que Shane no llevaba abrigo.

—Lo siento —dijo Ilya—. Debes de estar helado.

—Estoy bien.

Shane lo observó mientras se quitaba la ropa de abrigo, mordiéndose el labio y metiendo y sacando las manos de los bolsillos de sus pantalones de vestir. Parecía inquieto.

Ilya intentó besarlo de nuevo, pero Shane dio un paso atrás y dijo:

—¿Me sigues?

Ilya sonrió.

—A donde sea.

Shane soltó una risa extrañamente nerviosa, lo que hizo que Ilya se riera. Entonces Shane lo volvió a coger de la mano y caminaron juntos hasta el salón de Ilya, donde…

—¿Qué es esto? —preguntó Ilya.

Las cortinas cubrían las grandes ventanas que normalmente daban al río, y la habitación estaba a oscuras. Excepto por el resplandor de aproximadamente un millón de velas.

Estaban por todas partes: sobre las mesas, en el suelo, en la repisa de la chimenea, incluso en los brazos de los muebles. Era precioso… y extraño.

—¿Estás intentando quemar mi casa? —Fue lo que Ilya dijo al final.

Los labios de Shane esbozaron una sonrisa.

—Son eléctricas. Relájate, joder, Rozanov.

El corazón de Ilya empezó a latir con fuerza, pero no porque le preocupara la seguridad contra incendios.

Una vez, hacía años, le había dicho a Shane que algún día cubriría el muelle de su cabaña con velas.

Que llevaría a Shane allí y le pediría que se casara con él.

Había sido una broma, más o menos. Pero ahora estaba realmente de pie en una habitación llena de velas y…

Shane hincó la rodilla ante él.

A Ilya le había gustado ver a Shane de rodillas ante él muchas veces a lo largo de los años, pero supo de inmediato que esta vez era diferente. De repente se sintió sin aliento. Y mareado. Y quizá un poco indispuesto.

—¿Qué es todo esto? —susurró.

Shane lo miró fijamente, con expresión serena y decidida, y dijo:

—He estado pensando mucho.

Ilya tragó saliva. ¿Por qué le costaba tanto tragar? Era como si no tuviera saliva.

—Hemos perdido tanto tiempo —continuó Shane—. Años de negación, y luego años ocultando lo que significamos el uno para el otro.

—Shane…

—¿Podrías no interrumpirme? —dijo Shane con una sonrisa burlona—. ¿Por una vez en tu vida?

Ilya apretó los labios.

—No tengo ningún plan para lo que venga después de esto —confesó Shane—, pero sé lo que quiero. No hay nada en mi vida que me importe más que tú, Ilya.

Volvió a meter la mano en el bolsillo del pantalón. Tuvo que inclinarse torpemente hacia un lado para poder meter las manos dentro.

De pronto, Shane sostenía un anillo, sujeto entre dos dedos, en el espacio que lo separaba de Ilya.

—Shane —repitió Ilya, incapaz de contenerse.

—Te elijo a ti, Ilya. Te prometo que siempre, siempre te voy a elegir a ti. —Los ojos de Shane comenzaron a brillar. Respiró hondo y dijo—: Ilya Grigoryevich Rozanov, ¿quieres casarte conmigo?