Capítulo 23 #2
—No puedo seguir con las sesiones si me voy a sentir peor. Tengo que centrarme en el hockey y tengo que ser un buen novio, y no puedo hacer ninguna de esas cosas si estoy tan puto triste.
—Ilya —dijo ella con firmeza—. Siéntate.
Ilya se sentó, suspirando profundamente al hacerlo.
—¿Qué me pasa?
Galina se sentó en su silla y cruzó las piernas.
—Eres un ser humano con muchas responsabilidades y mucha presión.
Te ganas la vida practicando un deporte físicamente exigente y peligroso.
Estás ocultando un secreto muy grande, al tiempo que vives tu vida bajo los focos.
Estás enamorado de un hombre del que no te está permitido estar enamorado.
Arrastras un trauma de tu infancia que nunca te has permitido procesar de manera adecuada.
Y además sientes las cosas de forma muy intensa.
Más intensa de lo que quizá nadie se dé cuenta.
Ilya parpadeó. En realidad, no esperaba una respuesta. Y menos aún una tan… exhaustiva.
—¿Eso es todo? —dijo con tono seco.
—Creo que estás deprimido.
Ilya se abrazó el pecho en un gesto protector.
—Como mi madre.
—No necesariamente. La depresión es complicada y se manifiesta de muchas formas distintas. Y hay muchas formas de tratarla.
—Medicamentos.
Ilya no quería medicamentos. Aparte de los analgésicos que fueran absolutamente necesarios, evitaba las pastillas. Las pastillas podían ser un arma.
—De nuevo, no necesariamente. Los antidepresivos pueden ser muy útiles para algunas personas, pero no son lo único que ayuda. —Hizo un gesto con la mano en el aire, señalando su consulta—. Esto ayuda. Estar aquí. Hablar. Algunas personas responden bien a cosas como hacer ejercicio.
Ilya resopló.
—No puedo hacer más ejercicio del que ya hago.
—No —asintió ella—, pero puedes hacer actividad física que sea exclusivamente para ti. No para el hockey. Una excursión por el monte o un largo paseo en bicicleta. Jugar al tenis con un amigo. Ese tipo de cosas…
—¿En Ottawa? ¿En invierno?
Ella sonrió.
—No tiene por qué ser ejercicio. No nos conocemos desde hace mucho, pero creo que, en general, necesitas hacer más cosas que sean solo para ti. Tus prioridades parecen estar divididas entre el hockey y tu novio.
—Me gusta eso —replicó Ilya.
—La última vez que nos vimos te sugerí que hablaras con Shane sobre las cosas a las que has renunciado por él. ¿Lo has hecho?
—¡Sí! —dijo prácticamente gritando—. ¡Por eso estoy tan jodido!
—¿No se lo tomó bien?
—Discutimos. Ayer. No he hablado con él desde entonces porque no entiende nada. Me preguntó si lo elegiría a él antes que al hockey y no me podía creer que me preguntara eso, ¿sabes?
—¿Qué le llevó a preguntarte eso?
Ilya se mordió el interior de la mejilla durante un momento, deseando callarse lo que iba a decir a continuación:
—Yo se lo pregunté primero —murmuró.
Galina arqueó ligeramente las cejas.
—¿Y por qué se lo preguntaste?
—Porque… —Uf. Qué vergüenza—. Me hizo sentir mal.
Le pregunté si quería ir a una fiesta en casa de un compañero de equipo.
—Suspiró—. Fue una tontería. Por supuesto que tenía razón al decir que no.
Nunca habíamos hecho nada así antes, y habría sido ridículo llevarlo, pero…
yo quería hacerlo. Quiero presentárselo a mis amigos como mi novio.
—Eso supondría un paso enorme —dijo Galina—. Uno que requeriría un debate serio previo, me imagino.
—Sí, bueno. No lo hablamos. Se lo pregunté, me dijo que no y me enfadé.
Galina tomó algunas notas mientras Ilya se revolvía en su propia humillación durante un momento.
—Entiendo que Shane no está preparado para hacerlo público —dijo al final.
—No. Ni siquiera sé si yo lo estoy. Pero hay días en los que creo que voy a gritar o morir si tengo que seguir guardando este secreto.
—¿Y él lo sabe?
—No. Es que… Todavía no he hablado mucho con él sobre mis sentimientos.
Todavía no le he dicho que estoy viniendo aquí.
—A Ilya se le llenaron los ojos de lágrimas—.
No sé cuándo volveré a verlo. Al menos no hasta dentro de una semana.
Los dos tenemos agendas muy apretadas y viajes con el equipo.
—Tragó saliva—. Creo que lo he echado todo a perder. No debería haber mencionado esa fiesta.
—Creo que tienes que hablar con él. Hablar de verdad. Apuesto a que os habéis estado ocultando cosas importantes el uno al otro porque no queréis estropear el tiempo precioso que pasáis a solas juntos.
Ilya asintió.
—Sí. Exacto.
Ella sonrió.
—Puede que tengas que pasar por una conversación difícil. Sospecho que los dos os sentiréis mejor una vez que la hayáis superado.
Ilya sabía que tenía razón, pero no se imaginaba cómo iniciar la conversación con Shane. Al mismo tiempo, sentía una fuerte necesidad de marcharse de la sesión y llamarlo de inmediato.
—¿Qué le querrías decir? —preguntó Galina—. Si pudieras decirle cualquier cosa.
Ilya pensó en esa pregunta durante un buen rato, repasando mentalmente la larga lista de cosas que quizá debería compartir con Shane.
Sus labios se curvaron hacia arriba, por un lado.
—¿Vas a hacerte pasar por Shane?
Ella le devolvió la sonrisa.
—No exactamente.
—Bien. Tendrías que ser mucho más pesada.
—Dudo que eso sea lo que quieras decirle.
—No. Ya le digo que es pesado todo el rato.
Galina esperó paciente a que Ilya se lo tomara en serio. Al final, Ilya respiró lento, inspiró y espiró, cerró los ojos y empezó a hablar.
Shane estaba a punto de ir al estadio para jugar su partido contra Toronto cuando Ilya por fin lo llamó.
—Dios mío. Hola. —Shane ni siquiera fingió estar tranquilo—. Ilya, escucha…
—No pasa nada —dijo Ilya—. Debería haberte dejado quedarte. Creo que tenemos que hablar.
Shane suspiró aliviado.
—Claro, claro. ¿Podemos hablar por FaceTime? Quiero verte.
—Sí.
Apareció una solicitud de FaceTime y Shane hizo clic en ella, dándose cuenta solo cuando se abrió la videollamada de que probablemente tenía un aspecto horrible. Apenas había dormido, llevaba puestas las gafas y se había recogido el pelo en un moño hecho a toda prisa.
Pero dejó de preocuparse por todo eso en cuanto la cara de Ilya llenó su pantalla. Parecía tan cansado, pero a la vez tan tierno, con los labios ligeramente curvados hacia arriba, por un lado. Tenía las mejillas y la punta de la nariz sonrosadas, como si acabara de entrar de la calle.
—Ilya —dijo Shane porque no se le ocurría nada más.
—Siento haberte pedido que fueras a la fiesta —dijo Ilya—. Y siento haberme enfadado porque dijeras que no. Fue… poco razonable.
—No. No pasa nada. Bueno, sí, me sorprendió y me dejó desconcertado, pero me porté como un capullo contigo. Has renunciado a tantas cosas y no lo valoro lo suficiente. Lo entiendo.
—Renunciaría aún a más —dijo Ilya con sencillez—. Cualquier cosa por ti.
—No quiero que lo hagas. Dios, ¿estás bien? Sé que odias hablar de tus sentimientos, pero estoy preocupado.
Ilya movió la mandíbula un momento, como si estuviera tratando de decidir qué decir. Luego dijo:
—He estado yendo a terapia.
—Ah —dijo Shane, sin saber muy bien si eso era una buena o una mala noticia. —¿Te refieres a una psicóloga?
—Sí. No la del equipo. Una que habla ruso. Es buena. Me ha ayudado, creo.
—¿Habla ruso? Eso es genial.
—Sí. Así es mucho más fácil hablar.
No era la primera vez que Shane se sentía fatal por tardar tanto en aprender ruso.
—Entonces ¿te va… bien?
—Creo que sí. Despacio, pero bien.
—¿Cuánto tiempo llevas yendo?
—Un par de meses.
Dios. ¿Por qué no se lo había contado Ilya? Shane quería preguntárselo, pero quizá sonaría como una acusación.
—Me alegro de que estés recibiendo ayuda. Si la necesitas. Y de que hayas encontrado a alguien con quien hablar.
No pudo disimular el dolor en su voz, aunque no tenía motivos para sentirse dolido.
—Shane —dijo Ilya con delicadeza—, te he contado cosas que no le he contado a nadie. Tú me conoces. La terapia es… diferente.
—Lo sé —dijo Shane.
Y lo decía en serio. Tan solo estaba enfadado consigo mismo por no haber sabido escuchar mejor.
—Hay una cosa que debería contarte. —De repente, Ilya parecía nervioso—. Ella lo sabe. Lo nuestro. Se lo he contado.
Shane no pudo evitar la sorpresa que, estaba seguro, se le notaba claramente en la cara.
—¿Se lo has contado? ¿O sea, has dicho mi nombre?
—Sí. Lo siento, pero… no quería mentir en esa consulta como lo hago en todas partes.
Shane supuso que podía entenderlo. ¿De qué servía ir a terapia si tenías que mentir?
—Vale. Quiero decir, ella está, tipo, obligada a guardarlo por secreto profesional o como sea. Así que no debería haber problema.
—Sí.
Shane se sentó en su cama.
—No tienes por qué contármelo si no quieres, pero ¿qué te llevó a decidir ir a terapia?
Ilya esbozó una sonrisa tensa.
—Menuda pregunta.
—Lo sé. Lo siento. Olvida que te lo he preguntado.
—No. Quiero contártelo todo, pero… quizá no ahora.
Shane asintió.
—Lo entiendo.
—Son muchas cosas, ¿sabes?
Shane no lo sabía, pero dijo:
—Sí. Claro.
—Pero siento haberte dicho que te fueras. Pasé una Navidad muy bonita con tu familia, como siempre. Y he desperdiciado un día y una noche que podríamos haber pasado juntos.
—Siento prácticamente todo lo que dije. Joder, lo siento muchísimo. Te quiero.
—Lo sé, moya lyubov .
Shane esbozó una sonrisa.
—Eso lo he entendido.
—Ah —dijo Ilya fingiendo desesperación—, entonces ya conoces mi secreto.
—¿Que me quieres?
—Que por dentro soy muy sentimental.
Shane se rio.
—Eso también lo sabía. —Echó un vistazo al reloj que había junto a su cama—. Mierda. Tengo que irme.
—Vale.
—Ojalá nuestros horarios no fueran una mierda. Pero quizá un poco de distancia nos venga bien ahora mismo.
—Creo que sí. Sí. Hablaremos cuando volvamos a estar en la misma habitación.
Se sonrieron con pena durante unos segundos. Shane tenía el corazón oprimido y le inquietaba pensar en la conversación que les esperaba, pero estaba más seguro de que las cosas seguían bien entre ellos.
—Intenta no ganar demasiados partidos —bromeó Ilya.
—Tú también.
Ilya le guiñó un ojo.
—Nunca lo hacemos.