El partido más largo (Game Changers 6) Capítulo 23
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Capítulo 23

Shane no tenía ni idea de cómo había vuelto a Montreal. No recordaba ni un solo minuto del trayecto, pues había estado absorto en un torbellino de ira, conmoción, miedo y vergüenza.

«Yo ya te he elegido a ti, Hollander».

Esas palabras no dejaban de repetirse en su cabeza, incluso mientras entraba en su casa, subía las escaleras y, al final, se desplomaba sobre la cama.

Debería haberse quedado. Debería haberse quedado y haberse defendido o…

Joder.

Sería ridículo decir que era su primera pelea (a veces, toda su relación parecía una pelea interminable), pero esa era la primera que había dejado a Shane aterrorizado.

Obviamente, la había cagado. No había prestado atención a Ilya, ni a lo que Ilya había sacrificado por él, y ahora se daba cuenta de que Ilya había sacrificado un montón de cosas por Shane. Por ellos.

Por supuesto que le guardaba rencor a Shane. Ilya había dejado su país natal, a su familia (aunque solo le quedara un hermano al que odiaba), a su equipo, a sus amigos de Boston, toda su puñetera vida entera, en realidad. Lo había cambiado todo.

Mientras tanto, Shane estaba a gusto en Montreal, jugando en el mismo equipo en el que había empezado.

Ganando Copas Stanley. Tenía amigos con los que podía hablar de Ilya —incluso un compañero de equipo— y sus padres vivían cerca.

Había instalado a su novio en su ciudad, no muy lejos de Montreal, porque le venía bien.

Todos sus seres queridos, reunidos en un círculo perfectamente ordenado.

Y en verano iban a la cabaña de Shane. Dios, toda su relación giraba en torno a que Ilya se integrara en su vida con la mayor facilidad posible.

Pero Shane en realidad no había tenido ningún motivo para creer que Ilya le guardaba rencor.

A Ilya le encantaba la cabaña, le encantaban los padres de Shane, ¡amaba a Shane!

Le caían bien sus compañeros de equipo en Ottawa y le decía a Shane constantemente que era un entorno estupendo, mejor de lo que había sido Boston.

También había sido él quien le había dicho a Shane, mucho antes de que hablaran de hacer ningún gran cambio en sus vidas, que quería convertirse en ciudadano canadiense. Ottawa tenía sentido.

Pero, aun sabiendo todo esto, Shane se había perdido claramente algo importante.

No sabía qué hacer. Quería volver enseguida a Ottawa y pedirle perdón, pero Ilya había dejado claro que necesitaba espacio y Shane debía respetarlo. Quizá podrían hablar al día siguiente. O esa noche. O…

Mierda. Shane tenía muchas ganas de llamarlo ahora mismo. O al menos enviarle un mensaje. La temporada se reanudaba al día siguiente y no podrían verse hasta quién sabe cuándo. Al menos una o dos semanas.

Escribió un mensaje a Ilya:

Shane: Lo siento. Llámame cuando quieras hablar. Por favor.

Dios, ¿había sido demasiado insistente? ¿Debía dejar en paz a Ilya y ya?

A la mierda. Shane pulsó «enviar». Ilya podría ignorarlo si quisiera, pero Shane esperaba de verdad que no lo hiciese.

Esperó unos minutos, por si acaso Ilya decidía llamarlo al momento. Pero Ilya ni siquiera le mandó un mensaje, y a Shane se le encogió el corazón.

Como necesitaba hablar con alguien, llamó a su madre.

—La he cagado —dijo Shane en cuanto su cara llenó la pantalla del móvil.

—¿Qué? ¿Con tu entrenador? Hoy es festivo. ¿Cómo has podido…?

—No. Con Ilya.

La preocupación desapareció de su rostro al instante. Incluso sonrió.

—No hay nada que puedas hacer para estropear las cosas con él. ¿Qué ha pasado?

Shane se incorporó y dejó caer las piernas al borde de la cama.

—He dado todo por supuesto. Todo lo que ha dejado atrás y todo lo que ha cambiado. —Se frotó la frente con frustración—. Se siente solo, ¿sabes? Y yo sigo con mi vida, feliz como nunca, dando por hecho que los pocos momentos que pasamos juntos le bastan.

—¿Te lo ha dicho él?

—Más o menos. Bueno, no. Pero me ha dicho lo suficiente como para que me haga una idea del resto. —Exhaló—. Soy el peor novio del mundo.

—Eso no es verdad. E Ilya estaría de acuerdo conmigo, así que no empieces.

Shane apretó los labios, tratando de combatir el nudo que se le había formado en la garganta.

—No lo merezco.

Su madre lo miró con una mirada exasperada.

—Shane.

—Va a romper conmigo —dijo Shane con aire abatido—. Es imposible que lo nuestro funcione. Es demasiado difícil. Le estoy pidiendo demasiado.

—Es adulto —dijo su madre—. Y te quiere.

Contra todo pronóstico, vosotros dos estáis haciendo que esto funcione.

Sé que no es lo ideal, pero estoy orgullosa de lo mucho que os habéis esforzado ambos por estar juntos.

Es algo muy poderoso. —Se rio con ternura—.

Ojalá pudiera presumir de ello ante todo el mundo con el que me cruzo.

Shane negó con la cabeza.

—Ahora no hay nada de lo que presumir. Me he comportado como un auténtico gilipollas. Joder, soy tan egoísta… Pensaba que estar más cerca mejoraría las cosas para nosotros, pero él era más feliz antes.

—Esta es una conversación que debes tener con él. Por si sirve de algo, a Ilya le gusta estar en Ottawa. Nos ha dicho que le gusta más este equipo que el anterior. Adora a sus compañeros y a su nuevo entrenador.

A Shane se le alegró un poco el corazón.

—¿Os ha dicho que le gusta Ottawa?

—Más de una vez. Y, la verdad, creo que se iría a vivir al vertedero de la ciudad si eso significara estar más cerca de ti. Está locamente enamorado.

—¡Ese es el problema! Si está tomando todas sus decisiones basándose en mí, acabará resentido conmigo. De hecho, ya lo está.

—Habla con él —dijo su madre, siendo paciente.

—No quiere hablar.

—¿Lo has intentado? ¿Te lo ha dicho él?

—No me ha hecho caso al mensaje.

—Ajá —dijo su madre con tono seco, claramente poco convencida—. ¿Cuándo se lo has enviado?

A Shane se le sonrojaron las mejillas.

—Hace unos veinte minutos.

—Por favor, Shane… Podría estar duchándose. O en la cinta de correr. O durmiendo. O cargando el móvil… ¡Relájate!

Shane soltó una risita.

—Suenas como Ilya.

—Porque coincidimos mucho en nuestras opiniones cuando se trata de ti.

—Los dos pensáis que soy un aguafiestas tenso.

—Los dos te queremos muchísimo y queremos que seas feliz. Y los dos sabemos que puedes ser tu peor rival.

—Bueno. Tenía otro, pero luego me enamoré de él.

Su madre se rio.

—Habla con él. Dale tiempo para que te responda y, si no lo hace, vuelve a intentarlo. Y, por el amor de dios, escucha lo que quiera decirte.

—Lo haré. Y, si no quiere hablar conmigo, iré… en coche hasta Ottawa y me quedaré delante de su puerta hasta que…

—O podrías simplemente tomártelo con calma por una vez en tu vida.

Shane se quedó boquiabierto.

—¡Dios mío! ¡Ilya es una mala influencia para ti!

—Te llamará. Te lo prometo. Ten paciencia.

—Vale.

—Te quiero.

—Y yo a ti.

—E Ilya también te quiere.

Shane asintió, esperando que esas palabras siguieran siendo verdad.

—Gracias. Adiós.

Se quedó mirando fijamente el móvil durante varios minutos después de que terminara la llamada, intentando con todas sus fuerzas que Ilya le respondiera al mensaje.

Al no recibir respuesta, Shane abrió Instagram y se puso a ojear las publicaciones de Ilya.

Nunca les había prestado mucha atención, sobre todo porque Ilya solía publicar fotos de cosas aleatorias que veía y rara vez subía selfis.

La publicación más reviente era del día anterior, Navidad, y era de la mesa de futbolín que Shane le había regalado.

Sin pie de foto. Siguió desplazándose y encontró una foto de la pelota de ejercicios sobre la que Shane se había mantenido en equilibrio en el gimnasio de Ilya.

Una del último puzle que Ilya había completado con el padre de Shane.

Una de los tatuajes de Ilya con un colimbo.

Una de los anillos de plástico con forma de corazón, juntos sobre la cómoda de Shane.

Shane se dio cuenta de que la mayoría de las publicaciones de Ilya trataban, de formas extrañas y crípticas, sobre él. Toda su cuenta era como un diario secreto de su relación, llena de bromas privadas y pequeñas referencias que solo Shane podría entender.

Y Shane ni siquiera se había molestado en echarle un vistazo antes. No de verdad.

Ahora lo miró. Se desplazó por la pantalla hasta que se le nubló tanto la vista que tuvo que dejar de mirar fotos y llorar con las manos sobre la cara. ¿Cómo había podido Shane dudar ni por un segundo de lo muchísimo que Ilya lo quería?

—Esto no está funcionando —dijo Ilya en cuanto Galina cerró la puerta de la consulta tras él.

—¿Te refieres a nuestras sesiones?

—Sí. Me siento peor que nunca. Todo está hecho una mierda.

Sabía que no estaba actuando con calma, pero habían sido veinticuatro horas muy duras y apenas conseguía mantener la compostura.

El día anterior había apagado el móvil en cuanto Shane se había marchado de su casa.

Se había pasado un par de horas tumbado en la cama, mirando al techo e intentando echar una siesta.

Después se había ido al gimnasio de su sótano y había pedaleado con fuerza en la bicicleta estática.

Tras eso, había dado una buena paliza al saco de boxeo durante un rato.

No había visto el mensaje de Shane hasta esa misma mañana, y aún no le había contestado.

No sabía qué decir. Ya tenía concertada su cita con Galina para hoy, así que había decidido hablar con ella antes de hacerlo con Shane.

No le importaba que alguien le dijera qué hacer, porque estaba superperdido.

—¿Por qué no te sientas? —dijo Galina con calma.

—No —espetó Ilya. La señaló con el dedo acusador—. Dijiste que me sentiría mejor. Se supone que tienes que curarme.

Galina no reaccionó ante la rabia de su voz ni ante aquel absurdo gesto de señalar con el dedo. Se limitó a mirarlo con tranquilo interés y, tal vez, un atisbo de diversión.

—Llevas menos de dos meses viniendo a verme. Soy buena, pero no tan buena.

Ilya bajó el dedo, pero, a pesar de sentirse ridículo, necesitaba que ella entendiera lo urgente que era la situación.