Capítulo 22
—Es puta Navidad, Hollander —gruñó Ilya—. Cómete una galleta.
Shane se preparó todo un discurso sobre cómo incluso una sola galleta echaría por tierra todo su esfuerzo. No estaba a dieta para adelgazar, sino que seguía un complicado régimen nutricional diseñado para mejorar su rendimiento físico.
Pero no quería volver a explicárselo todo, así que, en lugar de eso, puso los ojos en blanco con todas sus fuerzas.
—No quiero una galleta.
Era mentira. Era una puta mentira. Se moría de ganas de comerse una galleta.
—Déjalo en paz —respondió Yuna desde… la habitación en la que estuviera en ese momento. Se movía tanto que era difícil seguirle la pista—. Queremos a Shane incluso sin carbohidratos.
A Shane le encantaría que todo el mundo dejara de hablar de su dieta.
No era para tanto. Era un deportista profesional que cuidaba su cuerpo precisamente por eso.
Su nutricionista había trabajado con algunos de los mejores deportistas del mundo, y todos confiaban ciegamente en él.
Quizá Ilya se salía con la suya comiendo como un perro hambriento, pero pronto iba a cumplir los treinta, y eso cambiaría.
Shane prefería detener cualquier deterioro físico antes de que apareciera.
—Pero si tú ni siquiera celebras la Navidad —dijo Shane gruñendo.
—Celebro las galletas —dijo Ilya, y se metió una galleta rellena de mermelada en la boca.
—Qué asco.
—¡Que tiene mermelada! —dijo Ilya con la boca llena de galleta.
A Ilya le encantaba la mermelada. Sobre todo, la de frambuesa. Tenía una mancha en la mejilla, pero Shane decidió no decírselo.
—Toma —dijo Yuna al salir del garaje. Le lanzó algo que Shane cogió al vuelo de rebote—. Te he traído un caprichito.
Shane frunció el ceño al ver la granada que tenía en las manos.
—Gracias.
Ilya se rio.
—¡Dale un bocado!
—Las granadas no se muerden, idiota.
—¿Ah, no? ¿No tiene como fibra y nutrientes importantes en la…, eh…, cáscara?
Shane resopló y se llevó la granada a la cocina. Todo el día de Navidad, hasta ese momento, había sido raro y un poco tenso. Llevaban picándose el uno al otro desde que Shane había llegado a casa de Ilya el día anterior por la mañana.
Se habían despertado juntos tras una velada un tanto competitiva jugando al futbolín en la nueva mesa que Shane le había comprado a Ilya como regalo de Navidad. La habían entregado ese mismo día por la mañana e Ilya estaba encantado con ella. Así que eso había ido bien.
Su acalorada batalla de futbolín se había convertido en un apasionado beso, y luego en sexo, lo cual también había ido bien. Normal. En general, una Nochebuena decente.
Por la mañana, Ilya se había quejado de que no era divertido prepararle el desayuno a Shane, y Shane le había dicho que él no le había pedido a Ilya que le preparara el desayuno.
Habían discutido un rato mientras Shane se preparaba un smoothie e Ilya se hacía unos huevos revueltos con tostadas y salchichas.
Luego se habían mirado raro desde ambos lados de la mesa de la cocina mientras comían.
Antes de ir a casa de los padres de Shane, Ilya había murmurado algo sobre darle el regalo a Shane más tarde, y Shane no sabía qué significaba eso. Ilya no parecía muy ilusionado con el tema, eso estaba claro.
Shane sospechaba que había cosas que Ilya no le estaba contando, lo cual le ponía nervioso y lo enfadaba un poco.
¿Por qué Ilya iba a ocultarle algo a Shane?
Creía que ya habían superado esa etapa. Si Shane no supiera que no era así, pensaría que Ilya le estaba engañando o alguna historia por el estilo. O que quería romper con él.
Pero Shane se repetía una y otra vez que él sabía que no era así. Quizá el mal humor de Ilya se debiera solo al hockey. Sin duda, Shane también estaría de mal humor si su equipo fuera tan malo como los Ottawa Centaurs.
Fuera lo que fuese, Shane se estaba cansando de aquello. Si Ilya tenía algún problema con Shane, o con cualquier otra cosa, deberían hablarlo. No meterse con él por su dieta, sus amigos o lo que fuera de lo que Ilya decidiera que se quería burlar.
Ilya entró en la cocina justo cuando Shane estaba sacando con irritación los granos de la fruta.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó.
Shane suspiró para liberar parte de la tensión de sus hombros. Quizá se estaba enfadando con Ilya sin motivo.
—No, gracias. —Apretó un grano entre el índice y el pulgar y se lo ofreció—. ¿Quieres?
Ilya abrió la boca y Shane le deslizó la semilla dentro. Ilya cerró los labios alrededor de los dedos de Shane durante un segundo, cosa que hizo que Shane sonriera. De verdad que quería muchísimo a Ilya.
—Está buena —dijo Ilya cuando se la tragó—. No tan buena como las galletas, pero está buena.
—Sí, sí…
Ilya abrió la nevera y sacó un cartón de ponche de huevo. Miró de reojo a Shane mientras se dirigía al armario donde estaban los vasos, como si esperara a que él dijera algo sobre los horrores nutricionales del ponche de huevo.
—¡¿Qué?! —preguntó Shane con irritación.
—¿No vas a echarme la bronca?
Shane dejó caer con fuerza la mitad de la granada con la que estaba trabajando sobre la tabla de cortar. El zumo salpicó por todas partes.
—¿Te podrías ir a tomar por culo, por favor? Me importa una mierda lo que comas tú o cualquier otro, Ilya.
Ilya resopló.
—Eso no es verdad. Siempre te picas con eso.
—¡Porque siempre eres tú quien empieza!
Ilya no respondió. En lugar de eso, sacó un vaso grande del armario y se sirvió como una tonelada de ponche de huevo.
Los dedos de Shane, manchados de granada, se cerraron en puños. No iba a decir nada.
Ilya levantó el vaso para brindar y dio un largo trago de ponche de huevo, algo que resultaba repugnante de ver. Shane lo miró fijo de todos modos.
Ilya terminó con un «aaah» ruidoso y molesto, y luego se limpió la boca con el dorso de la mano. Shane le dio la espalda, cogió un paño de cocina y empezó a limpiar las salpicaduras de zumo de granada de la encimera.
—Tus padres quieren dar los regalos ahora —dijo Ilya.
—Vale.
—Ven al salón cuando hayas terminado, ¿vale?
—Ya sé dónde damos los regalos en Navidad.
Dios, Shane sabía que sonaba como un auténtico capullo, pero no podía evitarlo.
Oyó a Ilya salir de la cocina mientras él seguía limpiando la encimera con agresividad.
La tensión los acompañó de vuelta a casa, sin que ninguno de los dos le dirigiera muchas palabras al otro. Poco después de llegar, Ilya le tendió a Shane un regalo cuidadosamente envuelto y luego se dejó caer de mal humor en un extremo del sofá.
Shane se sentó en el extremo opuesto, miró a Ilya con una mezcla de aprensión y disculpa, y desenvolvió con cuidado el regalo.
Era una fotografía enmarcada que nunca había visto antes.
Sin embargo, supo de inmediato de cuándo era.
Era una toma descartada de su primera campaña publicitaria juntos, la que habían rodado en la lúgubre pista de patinaje de Toronto el verano anterior a su temporada de rookies .
El día en que acabaron liándose por primera vez. En que se besaron por primera vez.
En la foto aparecían cara a cara, con el equipamiento completo de hockey, en un primer plano desde los hombros hacia arriba, simulando un saque neutral.
Sin embargo, a diferencia de la foto intensa y seria que se utilizó en la campaña, en esta ambos se estaban riendo.
Shane tenía la nariz arrugada e Ilya los ojos entrecerrados, pero seguían mirándose fijamente a los ojos.
—¿Cómo la has conseguido? —preguntó Shane en voz baja.
—Averigüé el nombre del fotógrafo y su correo electrónico. Le pregunté si aún conservaba esas fotos. Me envió varias y esta fue la que más me gustó.
Shane recorrió con un dedo su propia cara, que en la foto mostraba una expresión de euforia.
En aquel momento se había sentido avergonzado y poco profesional por no haber sido capaz de mantener la seriedad.
Pero ahora sintió un escalofrío de emoción al recordar todos los detalles de aquel día: la tensión entre ellos, la guerra que se había desatado en el interior de Shane mientras luchaba por ignorar su atracción hacia Ilya.
El precipicio del que estaban a punto de saltar juntos.
—Nunca se me había ocurrido que existieran —dijo Shane entonces.
—Siempre me lo había preguntado.
Shane apartó la mirada de la foto para fijarse en el Ilya de ahora. Estaba tan guapo como siempre, sin esfuerzo alguno, pero también parecía ansioso y un poco triste.
—Ilya —dijo Shane.
Dejó la foto con cuidado sobre la mesita del salón y luego abrió los brazos para recibir a su novio. Ilya se acercó a él de inmediato.
—Gracias —dijo Shane al oído de Ilya.
—Es difícil hacerte un regalo.
—Lo sé. Pero esto me encanta. La llevaré a la cabaña.
Ilya se tensó un poco sus brazos.
—La cabaña. Sí —dijo en voz baja.
Shane sintió la necesidad de explicar por qué podría ser arriesgado exponer fotos como esta en su casa de Montreal, lo cual era ridículo.
Por supuesto, Ilya sabía las razones. Así que, en lugar de eso, lo besó, y la cosa fue a más, como solía pasar.
Subieron al dormitorio y se acostaron, pero Shane seguía sintiéndose al borde del abismo, esperando que algo les hiciera saltar.
Como si hubiera algo importante latente en el aire, y ambos estuvieran esperando a que el otro lo dijera, pero ninguno de los dos supiera el qué.
Ilya se pasó la mayor parte del día después de Navidad armándose de valor para hacerle una sola pregunta a Shane. Por fin, a primera hora de la tarde, sacó el tema.
—Bood va a dar una fiesta esta noche.
Ilya lo dijo con naturalidad, como si no hubiera ninguna razón en particular para contárselo a Shane. Como si no tuviera el estómago hecho un lío mientras anticipaba la reacción de Shane.
—¿Zane Boodram? ¿Va a dar una fiesta justo después de Navidad?
—Sí. No es una fiesta grande. Será algo tranquilo. Sobre todo el equipo y sus parejas. Bood da fiestas divertidas.
—Ah.
Ilya contuvo la respiración.
—¿Querías ir o algo así? —preguntó Shane, claramente confundido—. Podría quedarme aquí, supongo. O volver a…