El partido más largo (Game Changers 6) Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

Ilya lo saludó con un gesto de la cabeza y luego subió a una bicicleta estática para calentar. Se miró fijamente en el espejo que tenía delante, intentando sacarse de la cabeza lo que Galina había dicho sobre Shane.

«Él está a un lado, con sus amigos y su familia, mientras que tú estás al otro lado, solo».

No era verdad. Los padres de Shane estaban ahí también, con Ilya. Quizá hasta los veía más que su propio hijo. Ilya formaba parte de su familia ahora, lo sabía, y los quería. Y tenía amigos. Tenía…

… a un rarito suizo mirándolo fijamente. Podía verlo a través del espejo.

Ilya dejó de pedalear y se bajó de la bicicleta. Se volvió hacia Luca, que parecía aterrorizado.

—¿Hola? —dijo Ilya.

—Lo siento —dijo Luca con su marcado acento suizo-alemán. A diferencia de cuando Ilya era un rookie , el inglés de Luca era casi perfecto—. ¿Me he quedado mirándote?

Ilya sonrió.

—Me sienta bien la bicicleta. Lo entiendo.

El rostro pálido y suave como el de un bebé de Luca se sonrojó.

—¡No! No estaba…

—Era una broma. —Ilya se acercó a él—. ¿Estás aquí solo?

—Sí. A veces me gusta la tranquilidad.

Ilya se sentó en el banco de pesas a su lado.

—Te entiendo.

—Si quieres estar solo, puedo…

—No, no. No es eso lo que quería decir. —Ilya le sonrió—. Pareces tenerme un poco de miedo.

—Todavía no me puedo creer que estemos en el mismo equipo.

Ilya soltó una risita.

—¿Cuánto tiempo tardarás en creértelo?

—¿Años, quizá?

Ilya le tendió la mano.

—Ilya Rozanov. Un chico normal. Encantado de conocerte.

Tras dudar un instante, Luca le estrechó la mano.

—Luca Haas. Un fanático vergonzoso.

Ilya señaló el banco de pesas que había cerca, y Luca se sentó frente a él.

—¿Qué te parece Ottawa? —preguntó Ilya.

—En algunos aspectos me recuerda a Zúrich, pero en otros es muy diferente.

Ilya asintió. Había estado en Zúrich una vez y recordaba el río que serpenteaba por la ciudad, entre los edificios bajos y los museos. Podía ver las similitudes.

—¿Te resultó difícil? —preguntó Luca—. ¿Cuando te fuiste de casa?

Ilya respondió con sinceridad:

—No. Estaba deseándolo.

—Ah.

Lucas frunció el ceño mientras miraba sus manos entrelazadas.

—Pero —matizó Ilya— tuve… que adaptarme. No fue tan fácil, con el idioma y la cultura. No tenía compañeros de equipo rusos y, como tú, había muchas expectativas de que me fuera genial desde el primer momento.

Luca asintió.

—Sí. Es mucha presión.

—Me fue genial desde el principio. Eso hizo que todo fuese más fácil —bromeó Ilya.

Luca se rio.

—Eso ayudaría.

Ilya estiró un pie y le dio un golpecito a la zapatilla de Luca.

—Tú también lo estás haciendo genial. Los fans te adoran. Ya ves lo mucho que Harris publica sobre ti. No se cansan de ti. Veo camisetas de Haas por toda la ciudad.

Quizá era algo exagerado. Había visto dos.

—Gracias.

Se hizo el silencio entre ellos, que se vio interrumpido por el sonido favorito de Ilya: el ladrido de un perro.

Se puso de pie y miró hacia la puerta del gimnasio.

—¿Ese es Quirón? —gritó.

Un segundo después, el cachorro del equipo entró corriendo en la sala, seguido de Harris.

—Claro que sí —dijo Harris, sonriendo como de costumbre—. He oído que estabas aquí y he pensado…

—Sí —exclamó Ilya, agachándose para saludar a Quirón.

Nunca había necesitado tanto tener un cachorro en sus brazos. Dejó que Quirón le olisqueara y lamiera los dedos, luego lo cogió en brazos y lo acurrucó contra su pecho.

—¡Está enorme!

—Sí —asintió Harris—. Es una bestia.

Luca se acercó con cuidado.

—¿Puedo acariciarlo?

—Claro, tío —dijo Harris—. Adelante.

Luca le rascó la coronilla a Quirón con un dedo.

—Vale. Espera un momento —dijo Harris. Sacó el móvil del bolsillo—. Esto es demasiado cuqui.

Hizo unas cuantas fotos que Ilya sabía que arrasarían más tarde en Instagram.

—Hola, chicos —saludó una voz alegre desde la puerta.

El entrenador Wiebe entró tranquilo en el vestuario, vestido con ropa de deporte. Ilya no pudo evitar fijarse en lo bien que le quedaba.

—Entrenador —dijeron Ilya y Luca al unísono.

—Estoy seguro al noventa por cierto de que aquí no se admiten perros —dijo Wiebe—. Pero el noventa no es el cien, ¿no? —Tomó el relevo de Luca para rascarle la cabeza, solo que utilizó toda la mano.

—¿Te gustan los perros? —preguntó Ilya.

—Me encantan. Tenemos una golden retriever enorme en casa. Piruleta. Fueron los niños quienes le pusieron ese nombre, así que no me miréis a mí. La mayoría de las veces la llamamos Piru.

—Tengo que conocer a Piru —dijo Ilya con total seriedad—. Tráela al trabajo algún día.

—Se pone nerviosa con la gente nueva —dijo el entrenador—. La rescatamos de una mala situación, así que suele quedarse en casa y seguir su ruta habitual de paseo. Aunque es un amor.

Ilya casi se echó a reír. Su entrenador era, sin duda, el tipo más majo del mundo.

—¿Vais a ir al hospital esta semana, chicos? —preguntó el entrenador.

El equipo visitaba el hospital infantil local todos los diciembres. Ilya no se lo perdería por nada del mundo.

—Por supuesto —respondió Ilya—. He estado entrenando para mi revancha en Mario Kart .

El entrenador se rio.

—¿Y qué hay de nuestro rookie estrella?

—Sí —dijo Luca—. Iré.

—Espero que Barrett vaya —dijo el entrenador—. Sé que será una semana dura para él, con el partido en Toronto después, pero creo que le vendría bien.

Ilya estuvo de acuerdo y se aseguraría de que Troy también fuera.

Todos jugaron con Quirón durante unos veinte minutos, hasta que Harris se fue con el cachorro.

—¿Creéis que los otros perros son amables con él en su escuela? —preguntó Ilya sin dirigirse a nadie en particular.

—Solo los mejores de los mejores llegan a ese sitio —le aseguró el entrenador—. Es como la NHL de los perros.

—Sí, pero en la NHL hay auténticos capullos.

El entrenador se rio y le dio una palmada en el hombro.

—Sí, pero no en Ottawa.

—Le he contado a Troy Barrett que soy bisexual —dijo Ilya una semana después.

Shane casi se atraganta con el sorbo que acababa de dar a su smoothie .

—¡¿Qué?! —preguntó tras un ataque de tos. Se alegró de que aquello no fuera una videollamada.

—Que le he dicho que soy bisexual —dijo Ilya con calma, como si le hubiera dicho a Troy que le gustaba la pizza o algo así.

Como si hablara de su sexualidad a la gente siempre, cuando Shane sabía que apenas se lo había contado a nadie.

Ilya le había dicho a Shane que Troy no era tan mal tipo, ahora que lo estaba conociendo mejor, pero aun así le parecía una auténtica locura que Ilya lo hubiera elegido precisamente a él, de entre todas las personas, para compartir ese secreto tan bien guardado.

—¿Cuándo? ¿Por qué?

—Anoche. Quería contárselo a alguien.

De acuerdo. Shane no sabía que el tema le hubiera estado rondando a Ilya, y eso le hacía sentirse como un novio de mierda. Pero ya se preocuparía de eso más tarde.

—¿Por qué él?

Durante un momento, hubo silencio. Entonces Ilya dijo:

—No se lo puedes contar a nadie.

—¿Contarle el qué a quién?

—Prométemelo.

—Vale. Te lo prometo. ¿Qué?

—Él salió del armario primero —dijo Ilya.

Shane parpadeó.

—Perdona. ¡¿Qué?!

—Que me dijo que es gay. No creo que se lo haya contado a mucha gente. Quizá a nadie. Así que sentí que debía, ya me entiendes, compartirlo yo también.

—¡¿Troy Barrett es gay?!

Teniendo en cuenta que a Shane Troy siempre le había parecido un capullo homófobo, le estaba costando asimilarlo.

—Sí. Pero es un secreto.

Shane cerró los ojos. Vale. Troy Barrett era gay y, además, ahora era amigo de Ilya. Eso era raro.

—Por supuesto que no se lo diré a nadie.

—Lo sé.

—¿Por qué te lo ha contado a ti?

De golpe, a Shane se le ocurrió que la razón por la que Troy le había contado a Ilya que era gay era porque estaba interesado en él.

—Anoche salí con él. Al Kingfisher. Dijo que era su primer bar gay. —Entonces Ilya se echó a reír—. Te caería bien. A los dos se os da muy mal ser gais.

—Qué gracioso —dijo Shane con tono seco—. ¿Y qué pasó en el bar?

—Tuvimos una charla agradable con los jugadores de hockey gais de Nueva York.

—¿Estaban allí Scott y Eric?

—Sí. Son los dueños del bar.

—Ya lo sé, pero… —Shane suspiró—. Vale. Así que tuvisteis una reunión de jugadores gais de la NHL .

—¿Te sientes excluido?

—Bueno, sí. Más o menos. ¿Qué hacíais allí?

—Pues hablar. Beber cerveza. Pasarlo bien. A ti te habría horrorizado.

—¿Troy les contó a todos allí que era gay?

—No. Solo a mí. Fue después. Estábamos de camino al hotel.

—Suena romántico —refunfuñó Shane.

—Shane. Está enamorado de Harris. No de mí. —Hubo un momento de silencio, y luego Ilya añadió—: Eso también es un secreto. Aunque no es buen secreto, porque Troy deja muy claro que está pillado de él.

—A ver si lo entiendo bien —dijo Shane—. ¿Tu nuevo amigo Troy Barrett es gay y está enamorado del responsable de redes sociales de tu equipo?

—Sí.

—¿Te sorprendió cuando te lo contó? Porque a mí me ha sorprendido un montón.

—No. Por lo de que está pillado de Harris. Y también porque me había mirado de reojo un par de veces.

Shane exhaló despacio.

—No creo que me guste Troy.

—¿Por qué? Tenéis mucho en común. Los dos sois bajitos, gais y pensáis que estoy bueno.

—Tus cualidades favoritas en un hombre.

—Los dos sois muy guapos. Con melena oscura bonita. Además, Troy no tiene pelo en el pecho.

—Dejemos de hablar de Troy Barrett.

Ilya se rio.

—Es mono cómo te pones celoso.

—No estoy para nada celoso del puto Troy Barrett.

Excepto por el hecho de que Troy pudiera pasar tanto tiempo con Ilya, jugar al hockey en la misma línea que él y, al parecer, mirarlo de arriba abajo en el vestuario e ir a bares gais con él.

—Solo te lo digo —dijo Ilya en un tono más serio— porque me ha gustado. Hablar de esto con alguien, digo.

Espera.

—No le has contado lo nuestro, ¿no?

—¡Por supuesto que no le he contado una mierda de lo nuestro!

Entonces Ilya murmuró algo en ruso, enfadado.

Shane solo entendió la mitad de las palabras.

—¿Qué pasa?

—Solo tú puedes contarles a tus amigos lo nuestro, ¿no? ¿Así es como funciona?

—¿De qué cojones estás hablando? ¿Y desde cuándo es Troy tu mejor amigo?

Ilya exhaló fuerte al móvil.

—Tengo que colgar. Empiezo pronto a entrenar.