Capítulo 21
Diciembre
—¿Tienes muchos amigos? —preguntó Galina.
—Muchos —respondió Ilya rápido, un poco ofendido. Era su tercera sesión con su psicóloga y no estaba seguro de estar haciendo muchos progresos.
—Me refiero a si tienes mucha gente en la que puedas confiar. En la que confíes…
Esta vez, Ilya no respondió tan rápido.
—Quiero mucho a mis compañeros de equipo. Nos lo pasamos bien juntos y nos apoyamos mutuamente, pero no, no hablo con ellos de… mí.
—¿Qué haces cuando no estás jugando al hockey y tu novio no está por ahí?
Ilya se encogió de hombros.
—No mucho. Me quedo en casa. Veo la tele. Juego a videojuegos…
—¿Es así como siempre has pasado tu tiempo libre?
Negó con la cabeza despacio.
—No.
—¿Qué solías hacer cuando jugabas en Boston?
Ilya soltó una risita.
—Me acostaba con gente. Prácticamente siempre, vaya. Salía por ahí, ligaba. Iba a discotecas y a fiestas, y me lo pasaba genial.
—¿Pero ahora tienes una relación monógama?
—Sí. Y eso me parece bien. Me encanta estar con… él, y no echo de menos… —Hizo un gesto con una mano en el aire—. Acostarme con cualquiera. En su momento fue divertido, pero ahora solo quiero hacerlo… con él.
Ilya y Shane habían hablado sobre estar con otras personas.
Hacía un par de años, le había dicho a Shane, con la mayor naturalidad posible, que, si quería acostarse con otros hombres cuando estuvieran separados (lo cual era la mayor parte del tiempo), podía hacerlo.
Como Shane había descubierto que era gay más o menos al mismo tiempo que se había dado cuenta de que se había enamorado de Ilya, no sería descabellado que quisiera explorar su sexualidad más allá de lo que Ilya pudiera ofrecerle.
¿Qué más daba, siempre y cuando su corazón perteneciera a Ilya?
Eso era lo que Ilya se había dicho a sí mismo.
A Shane no le había sentado bien la propuesta de Ilya.
Había pensado que era una forma indirecta de Ilya de hacerle saber que le había sido infiel, o que quería serlo.
Ilya le había dicho que no creía en la infidelidad porque Shane no era de su propiedad.
Todo había terminado con Shane saliendo furioso de la casa de Ilya en Ottawa y conduciendo de vuelta a Montreal, lo que había sido un horrible desperdicio de una de las pocas noches que podrían haber disfrutado juntos.
Shane había pasado de los mensajes de Ilya durante los tres días siguientes.
Entonces, al cuarto día, había llamado a Ilya desde la habitación del hotel en Filadelfia y le había dicho:
—¿De verdad no te importaría que me acostara con otra persona?
Y fue entonces cuando Ilya se dio cuenta de lo mucho que le importaría.
Se había sentido mal ante la idea de que otra persona tocara a Shane y no había estado seguro de si Shane se lo preguntaba porque ya lo había hecho, si estaba a punto de hacerlo o qué.
Quizá alguien se dirigía a su habitación de hotel en Filadelfia en ese mismo momento.
Pero lo único que Ilya había dicho era:
—Claro que no. Si eso es lo que quieres.
—No quiero, maldito idiota —había espetado Shane. El alivio había sido tan intenso que Ilya casi se había caído de rodillas en el salón de su casa.
—Somos muy felices juntos —le dijo entonces Ilya a su psicóloga.
—¿Pero cuando estáis separados…?
—Me siento un desgraciado —admitió Ilya—. Más que él, creo.
—¿Y por qué crees que es eso?
—Él tiene amigos, familia. Vive cerca de donde creció, su mejor amigo sabe lo nuestro. Tiene otra amiga íntima que también lo sabe. No está solo.
Ella asintió y tomó algunas notas.
—¿Hay alguien en tu equipo, o quizá otra persona, con quien sientas que podrías abrirte? Quizá no decir toda la verdad, pero ¿alguien con quien pudieras compartir parte de ti mismo?
Ilya no lo tenía claro. Sin duda Harris era una posibilidad. Era abiertamente gay, muy simpático y alguien con quien resultaba fácil hablar. Pero también trabajaba para el equipo y era, la verdad, un poco cotilla.
Por alguna razón, le vino a la mente Troy Barrett.
Ilya se había dado cuenta, en las últimas semanas, de que quizá Troy no fuera del todo heterosexual.
Por un lado, su mirada se había detenido en el pecho desnudo de Ilya más de una vez (aunque Ilya no podía culparlo por ello) y, por otro, era bastante obvio que estaba pillado de Harris.
Era posible que Troy también necesitara a alguien con quien hablar.
—Quizá —dijo por fin Ilya—. Creo que estaría bien. Intentarlo.
Estaba seguro de que a ninguno de sus compañeros le importaría saber que Ilya era bisexual, pero también estaba convencido de que revelar esa parte de sí mismo haría que a la gente le resultara demasiado fácil averiguar el resto.
Si sabían que era bisexual y que Shane era gay (porque a estas alturas la mayor parte de la liga al menos había oído ese rumor), y sabían que Shane y él trabajaban juntos en verano…
Bueno. No hacía falta ser un genio para darse cuenta.
Mejor dejar que el mundo del hockey pensara que a Ilya solo le interesaban las chicas, y que él y Shane tenían una pequeña amistad basada sobre todo en dirigir juntos una organización benéfica. Hasta ahora había funcionado.
—Me parece un poco desequilibrado —dijo Galina—. Tu novio…
—Shane —dijo Ilya, al que de golpe le empezó a molestar la forma en que ambos estaban dando vueltas alrededor de lo obvio—. Ya sabes quién es. Se llama Shane.
—Shane —repitió la psicóloga— parece muy a gusto con su vida. Mientras que tú has hecho muchos cambios por él.
—Por los dos —la corrigió Ilya.
—Por supuesto. Pero quizá necesites más cosas en tu vida que sean específicamente para ti.
Ilya lo pensó un momento y luego resopló.
—Ayer estuve a punto de comprarme un coche. Un Lotus Evora. Azul cian. Es un coche totalmente ridículo para circular por Ottawa, y vendí la mayor parte de mi colección de coches cuando me mudé aquí. Pero solo quería… Ni siquiera lo sé. Sentirme como antes, quizá.
—¿Qué te hizo decidir no hacerlo?
—Supongo que sabía que no me haría feliz. Ya lo tenía todo elegido y estaba a punto de llamar a mi concesionario cuando decidí que estaba siendo un idiota. Seguiría estando triste, pero con un coche azul más en mi garaje.
—A mucha gente le resulta terapéutico ir de compras. Comprar cosas que no necesitamos. —Sonrió—. En mi caso, suelen ser sábanas nuevas, pero quizá nos encontraremos en niveles de ingresos diferentes.
Ilya le devolvió la sonrisa y dijo, en inglés:
—El dinero no compra la felicidad, ¿sí?
Ella se rio y luego continuó, en ruso:
—¿Por qué vendiste tu colección de coches cuando te mudaste a Ottawa?
—Los coches ya no me hacían feliz. Cuando pensaba en mi colección, me parecía asqueroso. Tanto dinero gastado en coches que apenas tenía oportunidad de conducir. Invertí todo el dinero que saqué de venderlos en la Fundación Irina.
—¿No tuvo nada que ver con lo que Shane pensaba de tus coches?
Ilya no podía decir con toda sinceridad que no fuera así.
Shane había pensado que la colección era una ridiculez, sin duda.
No entendía esa obsesión y le aterrorizaba que Ilya muriera en un accidente a alta velocidad.
Quizá Ilya los había vendido porque quería ser una mejor persona.
De esas que tienen un sensato todoterreno con tracción a las cuatro ruedas para el invierno.
—Quizá un poco.
—¿Has hecho muchos cambios basándote en lo que pensaba Shane sobre las cosas?
A Ilya no le gustaba el rumbo que estaba tomando la conversación.
—Él no es exigente. No me pidió que vendiera los coches ni que dejara de salir. Quiere que sea feliz.
—¿Sabe que no lo eres?
Ilya recordó aquella vez en que Shane había mostrado preocupación por su salud mental y lo rápido que lo había rechazado.
—No lo sé.
—¿Es algo de lo que podrías hablar con él?
—¿No es por eso por lo que estoy aquí? —preguntó Ilya con un atisbo de irritación—. ¿Para no tener que agobiarlo con esto? Pensaba que podría hablar contigo y arreglarme a mí mismo para poder ser lo suficientemente bueno para él.
Un silencio denso se apoderó de la habitación durante un momento. Entonces, Galina, con mucha delicadeza, dijo:
—¿Qué crees que diría Shane si oyera esas palabras? ¿Si supiera que no quieres agobiarlo o que no crees que seas lo bastante bueno para él?
Dios, Ilya podía imaginarse la cara de Shane con total claridad, con esa expresión de confusión que le deformaba la cara.
—Diría: «¿De qué cojones estás hablando? Para mí ya eres lo suficientemente bueno». —Ilya sonrió—. Y también: «Eres perfecto para mí». —Su sonrisa se desvaneció—. Pero él no lo entiende. Hay algunas cosas de las que no puedo hablar con él.
—Y eso está perfecto y es comprensible que no compartas con él todo lo que hablamos aquí, pero ocultarle tus sentimientos a Shane, dejar que crea que eres feliz cuando no lo eres, solo servirá para levantar un muro entre vosotros.
Él está a un lado, con sus amigos y su familia, mientras que tú estás al otro lado, solo.
Ilya tragó saliva con dificultad.
—No sería así.
Aunque ahora que ella lo había comentado, se daba cuenta de que ya estaba empezando a suceder.
—Creo que deberías hablar con él. ¿Sabe que has venido a verme?
—No.
—Ese podría ser un buen punto de partida.
Por supuesto, Ilya sabía que debía decirle a Shane que estaba yendo a terapia.
Lo más probable era que Shane se sintiera aliviado; al fin y al cabo, él mismo se lo había sugerido.
Pero ¿le haría preguntas Shane? ¿Querría saber de qué hablaban?
Ilya no podía volver a removerlo todo. Con una vez ya bastaba.
—Lo intentaré —dijo Ilya. Era lo único que podía prometer.
Hacía demasiado frío para dar un paseo por Ottawa después de la sesión, así que, en lugar de eso, Ilya se fue al pabellón deportivo a entrenar. Pensó que quizá le vendría bien ver a otras personas.
Al final, el único otro miembro del equipo que estaba allí era Luca Haas, haciendo balanceos con pesas rusas en una esquina. A Haas se le abrieron los ojos como platos al ver a Ilya, y casi se le cae una pesa.