El partido más largo (Game Changers 6) Capítulo 18
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Capítulo 18

Ilya no tenía ni la menor intención de comprar tabaco.

Simplemente había salido a dar un paseo. Mientras anochecía. Por Vancouver. Solo. Sin ningún destino concreto en mente. Quería disfrutar del aire fresco de la noche (más cálido que el de las de Ottawa en esa época del año) y dejar que el oxígeno puro de la montaña le llenara los pulmones.

Caminó hacia el puerto guiándose por las luces de las grúas de los muelles de carga. Le encantaba cómo las luces de la ciudad se reflejaban en el agua oscura por la noche. Le recordaba a las vistas desde su antiguo piso en Boston.

Encontró un pequeño parque con largos muelles de madera que se adentraban en el puerto y que tenían bancos. Caminó hasta el final de uno de ellos y luego sacó los cigarrillos y el mechero del bolsillo.

La voz de Shane le rondaba por la cabeza mientras daba la primera calada. Sonrió al exhalar el humo, agradeciendo la compañía. Quizá solo fumaba para poder oír esa voz en su cabeza.

Últimamente, Ilya casi nunca fumaba, y se sentía como un fracasado cada vez que cedía al impulso. Pero, durante los pocos minutos que transcurrían entre encender el cigarrillo y apagar la colilla humeante, se sentía superfeliz.

«Nunca te voy a puto perdonar si alguna vez te da cáncer de pulmón y te mueres».

Ilya vio cómo otra nube de humo se desvanecía en el cielo nocturno.

«Lo sé, cariño —respondió en silencio—. Lo sé…».

Imaginó que Shane sería igual de implacable si Ilya se quitara la vida. No es que Ilya fuera a hacerlo nunca… A menos que no pudiera evitarlo.

«Estoy intentando ponerme bien».

Se terminó el cigarrillo, apagó la colilla, la recogió y se la guardó en el bolsillo del abrigo. Fumar era una cosa, pero tirar colillas al suelo era un mal hábito que ya era demasiado.

Cuando volvió al hotel, se sentía algo mejor.

Antes, cuando estaba en su habitación, había empezado a darle vueltas a la cabeza y se había agobiado tras el largo viaje en avión.

Sin embargo, ahora ya era tarde, sobre todo si lo convertía a la hora de Ottawa, así que necesitaba dormir todo lo posible antes del partido del día siguiente.

Troy Barrett estaba junto a los ascensores, con una bolsa de papel que no podía ocultar de forma más evidente una botella de licor.

Ilya no había hablado mucho con Barrett desde que este se había incorporado al equipo a principios de esa semana.

Quizá debería hablar con él ahora, como capitán del equipo.

Las puertas del ascensor se abrieron y Barrett entró. Ilya no se movió. Sabía que estaba siendo irresponsable, pero se sentía demasiado cansado como para que le importara. Y le parecía hipócrita por su parte dar lecciones a nadie sobre vicios en ese momento.

A decir verdad, quería pedirle a Barrett que compartiera con él lo que fuera que hubiera en la botella.

Ilya esperó al siguiente ascensor, porque ya tenía bastante con preocuparse de sí mismo esa noche.

A la mañana siguiente, Ilya se despertó más tarde de lo que debería, pero no lo bastante como para perderse el desayuno. Se llenó el plato con huevos revueltos y varios embutidos del bufé y se sentó a la mesa con Wyatt y Bood.

—¿Acabaste metido en algún lío anoche o qué? —preguntó Bood.

Ilya sonrió con aire misterioso. Había aprendido que la mejor forma de ocultar sus secretos era fingir que ocultaba otros totalmente distintos.

—¿Has visto a tu hermana? —le preguntó a Wyatt—. ¿Y a tu sobrino?

—¡Sí! He visto a toda la pandilla. Estarán en el partido esta noche, así que tengo que dar un buen espectáculo.

Ilya echó un vistazo al salón de banquetes que habían habilitado para el desayuno privado del equipo.

—¿Habéis visto a Barrett?

—¿Hoy? —preguntó Bood—. No.

Wyatt negó con la cabeza.

—La última vez que lo vi fue ayer, cuando llegamos. ¿Por qué?

—Por nada.

Ilya no había sido un buen capitán la noche anterior al no haber impedido que Barrett se llevara una botella de alcohol a su habitación, pero quizá hoy pudiera ser un buen capitán respetando su privacidad hasta que tuviese una buena razón para no hacerlo.

Cuando terminó de comer, se dirigió al vestíbulo del hotel para ver qué tipos de chocolatinas vendían en la pequeña tienda que había ahí. Mientras cruzaba el centro del salón, donde estaban todos los sofás y sillones para que los huéspedes se relajaran, alguien lo llamó por su nombre.

—Ilya Rozanov.

Ilya se detuvo y se volvió hacia uno de los sofás. No se le ocurría nadie con quien quisiera hablar que lo llamara por su nombre completo en un lugar público tan concurrido. Se encontró con tres desconocidos (dos sentados y uno de pie) que le estaban sonriendo.

—¿Sí?

El hombre que estaba de pie se acercó a él con paso firme, como si fueran amigos.

Era mayor que Ilya, rondaba los cincuenta, con unos penetrantes ojos azules, pelo oscuro canoso y un físico bastante en forma para un hombre de su edad, aunque era varios centímetros más bajo que Ilya. Le tendió la mano al llegar junto a él.

—Curtis Barrett —dijo con voz fuerte y segura—. El padre de Troy.

—Ah. Vale —dijo Ilya, y le estrechó la mano—. Todavía no he visto a tu hijo hoy.

—Conociéndolo, lo más probable es que esté intentando echar a chicas de su habitación. —Se rio, y su risa fue terrorífica—. Se acabó la diversión, chicas, ¿no?

Ilya no estaba seguro de si le caía bien Troy, pero desde luego su padre no.

—Puedo decirle que estás aquí —se ofreció, sobre todo para alejarse de él.

—Claro, si lo ves… Llevo toda la mañana llamándolo y enviándole mensajes, pero supongo que se le ha olvidado cómo funciona un móvil.

Ilya fingió una sonrisa.

—Si lo veo, se lo digo.

Se fue rápido, continuando su camino hacia la tienda al otro lado del vestíbulo. Se compró una chocolatina Caramilk y, tras pensarlo un segundo, cogió también una botella de Gatorade.

Consultó la distribución de las habitaciones en el móvil mientras subía en el ascensor hasta la planta del equipo, luego se dirigió directamente a la habitación de Troy y llamó con fuerza a la puerta.

—Barrett. Despierta.

—¿Qué pasa? —preguntó la voz casi inaudible de Troy—. ¿Qué?

—Abre la puerta.

Ilya oyó gemidos, crujidos y pies arrastrándose, y entonces Troy Barrett, con los ojos legañosos y casi desnudo, abrió la puerta. Apestaba a alcohol y sudor, y su habitación era un desastre. Pero estaba, tal y como Ilya había sospechado, solo.

Ilya no esperó a que lo invitara a pasar. Empujó a Barrett a un lado, arrugando la nariz al asimilar todo lo que veía.

—Huele que apesta. Anoche te emborrachaste.

—Un poco.

—Muy mal, Barrett. —Ilya estaba realmente molesto. Troy se había incorporado al equipo hacía menos de una semana y ya les estaba fallando. Ilya le tendió el Gatorade—. Bébete esto.

Luego, como Troy parecía a punto de desmayarse, añadió:

—Siéntate.

Troy se dejó caer de golpe en la cama con un suspiro y abrió el Gatorade.

—Te vi en el vestíbulo con una bolsa de la licorería. Ibas a los ascensores —explicó Ilya antes de que Troy pudiera preguntarse cómo sabía lo que había estado haciendo la noche anterior—. Parecía que con prisa.

Ilya descubrió la causa del estado de Troy: una botella de vodka malo y barato en la mesita de noche, casi vacía.

—¿Es algo que haces habitualmente? —preguntó mientras examinaba la etiqueta de la botella. Olfateó el líquido que había dentro. Qué asco…

—No —respondió Troy con aire abatido.

—Esta noche jugamos.

—Lo sé. Fue una estupidez.

—Sí.

Ilya quería enfadarse con él, pero le resultaba difícil viendo lo patético que parecía Troy, sentado en la cama en ropa interior, encogido sobre una botella de Gatorade que agarraba con fuerza como si fuera algo precioso.

—No volverá a pasar —dijo Troy con voz débil y cansada. Ilya notó el brillo de las lágrimas en sus ojos antes de que Troy apartara la mirada—. Lo siento. Ha sido…

Se le quebró la voz y apretó los labios. El último atisbo de enfado que Ilya sentía hacia él se desvaneció.

—Esta es tu ciudad, ¿no? De donde eres.

—Sí —dijo Troy, en un susurro apenas audible.

—Tu vida privada es privada. Si no afecta a tu juego, a mí no me importa. El entrenador te dirá lo mismo.

Ilya estaba seguro de eso. El entrenador Wiebe era amable y justo. Sin embargo, Troy aún no lo conocía lo suficiente.

—¿Se lo vas a contar?

—Esta vez no.

Sonó un poco amenazador, pero Ilya no pudo evitarlo. Necesitaba que Troy entendiera que aquello no podía convertirse en una costumbre.

Troy no dijo nada. Se limitó a mirar fijamente la botella de Gatorade, seguro que con la esperanza de que Ilya se marchara.

—Tienes un aspecto de mierda —dijo Ilya—. El entreno de esta mañana es opcional. No vengas.

Troy no protestó.

—Vale.

Ahora Ilya tenía que darle la noticia que sospechaba que Troy no quería oír.

—Ah, y tu padre está en el vestíbulo.

El rostro de Troy se puso aún más pálido de lo que ya estaba.

—¡¿Qué?!

—Sí. Se ha acercado a mí para presentarse.

Lo más probable era que a Ilya se le notara lo que había sentido ante aquel encuentro. Pero, si Troy necesitaba a alguien que se deshiciera de su padre, Ilya podía soportar volver a hablar con aquel hombre.

—Sigue ahí, pero puedo decirle que…

Por suerte, Troy rechazó su oferta, insistiendo en que él mismo se encargaría de su padre. Ilya no estaba seguro de que fuera la mejor idea, dado el estado de Troy, pero no se lo discutió. Troy le dio las gracias por el Gatorade, e Ilya le sugirió que se pasara el día descansando antes del partido.

Antes de salir de la habitación, Ilya se detuvo y dijo, con cierta torpeza:

—La familia puede ser complicada. Los padres.

Troy pareció entenderlo.

—Sí. A veces.

Ilya asintió y se marchó. Era posible que tuviese más en común con Troy Barrett de lo que hubiera imaginado.