Capítulo 16 #2
—¿Andrei? No. En absoluto. No he hablado con él desde que fui a casa para el funeral. Es un clon de mi padre.
Galina se reclinó en la silla y cruzó las piernas, a la espera. Ilya suspiró. Supuso que sí necesitaba hablar sobre su puñetero padre.
—Mi padre era poli. Con muchas condecoraciones, muy orgulloso. Fue subiendo de cargo hasta llegar a un puesto importante en el Ministerio. Tenía cerca de cincuenta años cuando nací. Andrei tiene cuatro años más que yo. Y mi madre todavía tenía veintitantos cuando nací, así que haz cuentas.
—Tus padres se llevaban bastantes años.
—Sí. —Ilya odiaba imaginarse qué circunstancias habían hecho que su joven y guapa madre tuviera que casarse con un viejo sin ilusión y darle hijos—. Creo que mi padre la aborrecía. Siempre pensaba que ella le ponía los cuernos, o que quería dejarlo. Ojalá lo hubiera abandonado.
No quería entrar en algunos de sus recuerdos más negros de su padre extorsionando a su madre, y Galina debió de percibirlo.
—¿Tu padre estaba orgulloso de tu carrera en el hockey? —le preguntó.
—No mucho. Era un fan absoluto de la KHL .
Pensaba que la liga rusa era superior a la NHL , y no quería que me fuera a Norteamérica.
Nunca seguía de cerca mi carrera en la NHL , pero siempre le interesaba cuando jugaba para el equipo de Rusia en algún torneo.
Si Rusia ganaba el oro, estaba orgulloso de mí.
Cualquier otra cosa le parecía bochornosa.
—Debió de ser muy duro para ti —dijo la psicóloga, e Ilya se preguntó si estaría pensando en las desastrosas Olimpiadas de Sochi.
—A mi madre le encantaba verme jugar cuando era pequeño. Y me gustaba jugar para ella. Después de su muerte, el hockey se convirtió en mi válvula de escape. Me permitía salir de casa, y supongo que también era una forma de canalizar la rabia. —Sonrió—. Y se me daba muy bien.
Galina también sonrió.
—Me alegro de que tuvieras eso. ¿Había otras cosas que te ayudaran a desahogarte en aquella época?
Bueno. Sí. Ilya supuso que no había motivos para hacerse el tímido. No en ese contexto.
—El sexo —dijo sin tapujos—. Cuando tuve edad suficiente, el sexo pasó a ser otra cosa que hacía para mantener mi mente y mi cuerpo ocupados. «Sexo y hockey» podría ser el título de mi autobiografía. Soy muy básico.
Extendió los brazos sobre el respaldo del sofá, intentando mostrar lo relajado y simple que era. En realidad, no debió de resultar muy convincente.
—¿Puedo preguntarte a qué te refieres con «edad suficiente»?
—Catorce, creo. Algo así. —Vaciló un momento, dudando de si estaba preparado para confesarlo, pero luego decidió soltarlo—. Al principio lo hacía solo con chicas. Luego también con chicos. No muchos, pero sí algunos.
Una vez más, la cara de Galina no mostró sorpresa. Garabateó algo en la libreta que sostenía en el regazo y luego volvió a alzar la mirada.
—Debía de ser arriesgado, sobre todo en Rusia —comentó.
—Creo que en parte por eso me gustaba.
—¿Esos deseos no te daban miedo?
Ilya reflexionó antes de responder.
—No. Nunca. Solo lo veía como una oportunidad de tener más sexo.
Era cierto; quizá si no le hubieran atraído las chicas antes, habría tenido miedo, pero sentirse atraído por los chicos también siempre le hizo sentir como si hubiera… evolucionado.
La doctora apuntó algo más mientras Ilya la observaba.
—Soy bisexual. Para que quede claro —lo dijo de pasada, como si utilizara esas palabras todo el tiempo. Casi nunca las había pronunciado.
Ella asintió.
—¿Qué se siente al ser un jugador bisexual en la NHL ?
Ilya se encogió de hombros.
—Nada especial. No lo proclamo.
—¿Nunca te ha supuesto un problema?
—No. —Ilya frunció el ceño. Era mentira, y le pareció que allí no tenía sentido mentir—.
Bueno, sí. Ha hecho que sea más difícil…
—No estaba seguro de cuánto podía revelar en la sesión.
Su terapeuta debía mantener el secreto profesional.
Estaba en un espacio seguro. Pero aun así sentía que debería tener el permiso de Shane para hablar de su relación con alguien más.
Así pues, solo dijo—: Salgo… con alguien. En secreto.
—Un hombre —adivinó Galina.
—Sí.
—¿Desde hace cuánto?
A Ilya casi le dio un ataque de risa.
—Diez años, más o menos.
Por primera vez durante la sesión, Galina mostró un atisbo de sorpresa.
—No sé decirte con exactitud —explicó Ilya—. Durante años fue algo desenfadado. Quedar para follar, ese tipo de cosas. Pero luego me enamoré de él.
—Y… ¿él sentía lo mismo?
Ilya no pudo evitar que una sonrisa bobalicona le llenara el rostro.
—Sí. Y aún lo hace.
La psicóloga hizo aprecio a la sonrisa con otra por su parte.
—¿Cómo va la relación ahora?
—Nos vemos cuando podemos. Vive… en una ciudad que no está muy lejos. Los dos estamos muy ocupados, pero pasamos juntos todo el tiempo que podemos. Sobre todo en… —Ilya se detuvo. Estaba dándole demasiada información.
—¿En verano? —se aventuró a preguntar Galina—. ¿Cuando no jugáis al hockey?
—Exacto. Sí.
Un silencio llenó la sala, pesado y lleno de comprensión mutua. Ella sabía quién era su novio y sabía que él lo sabía. Y no hizo falta que nadie pronunciara su nombre.
—Así que —dijo Ilya— esa es otra de las cosas que pasan. En mi vida.
—¿Alguien lo sabe?
—Unas cuantas personas. Sus padres lo saben. Puede que otras cinco personas más. Sobre todo, amigos de Sh… —Apretó los labios justo a tiempo—. Sobre todo, amigos suyos.
—¿Ningún amigo tuyo?
—No, todavía no.
—No parece muy equilibrado. Él tiene más apoyo que tú en esto.
Ilya lo sabía. Por supuesto que se le había ocurrido. A veces incluso se enfadaba.
—Ya lo sé.
—¿A quién se lo contarías si pudieras?
A todo el mundo. Ilya se lo contaría al mundo entero si pudiera.
—No lo sé. Puede que mis compañeros de equipo no lo entendieran. Y no tengo muchos amigos que no sean del hockey.
—Hay otros jugadores queer en la NHL —dijo la psicóloga—. Y exjugadores también. ¿Eres amigo de alguno de ellos?
—De alguno. Más o menos. Creo que incluso ellos se mosquearían al saber…
—Se detuvo. Sin embargo, tras un momento de duda decidió que no tenía sentido fingir que Galina no sabía la siguiente parte— que dos jugadores rivales salen en secreto.
Un jugador de hockey gay sigue siendo un jugador de hockey, y hay reglas no escritas. Un código de conducta.
—¿Y hay reglas sí escritas sobre esto?
—No lo creo. No lo sé. Seguro que la liga se inventaría alguna norma a toda prisa si se enterase de lo nuestro. En cualquier caso, las cosas serían muy difíciles para nosotros.
—¿Qué crees que es lo peor que podría pasar?
Ilya se tomó unos segundos para pensar antes de responder.
—Mi mayor miedo es tener que regresar a Rusia. Sobre todo porque, en ese supuesto, habría salido del armario.
—¿Crees que es probable que ocurra?
Ilya suspiró.
—No lo sé.
—¿Qué tendría que pasar para que te vieras obligado a marcharte de Canadá?
—Supongo que…, si no me dejaran seguir jugando al hockey, me quedaría sin trabajo. Y no llevo suficiente tiempo viviendo aquí para pedir la nacionalidad.
—Pero hay otras vías —dijo ella con sensatez—. Y es poco probable que te prohibieran jugar en la NHL , sobre todo teniendo en cuenta quién eres.
Tenía razón. Ilya se había planteado la posibilidad de que, incluso si ocurría lo peor y los echaban a Shane y a él de la liga —o los rechazaban todos los equipos, aunque no los echaran oficialmente—, podría buscar otros métodos mediante los cuales quedarse en Canadá.
Podía buscar otro empleo. Podía… casarse.
—Lo peor que podría pasar —dijo despacio—, lo peor que podría pasar siendo sincero y realista: se acaba nuestra carrera en la NHL , pero podemos casarnos y vivir tranquilos y juntos en Canadá.
—¿Cómo te hace sentir eso?
—Enfadado de ver nuestras carreras deportivas cortadas de cuajo.
Pero también…, no sé. Aliviado, quizá. A veces me resulta tan difícil mantenerlo en secreto que me entran ganas de gritar.
Me encanta el hockey y merezco tener la carrera que deseo durante tanto tiempo como quiera.
Me lo he ganado. Pero, si tuviera que elegir… , lo elegiría a él.
Galina apuntó otra frase rápida.
—Pero —dijo Ilya en voz baja— lo ideal sería no tener que elegir.
—¿Y qué es lo mejor que podría pasar? —preguntó entonces la doctora.
Ilya soltó el aire.
—Ni idea. ¿Que anunciemos que estamos juntos y todo el mundo brinde por nosotros? ¿Que gane tres Copas Stanley más y pueda celebrarlas todas mientras mi marido me mira? No lo sé.
—¿Y lo mejor que puede pasar siendo realista?
Ilya lo pensó y sonrió.
—Que sigamos como hasta ahora, pero que todo el mundo sepa que estamos juntos y dé igual. Sin grandes aspavientos.
—¿Es eso lo que queréis los dos?
Bueno, esa era la gran pregunta. Ilya pensaba que eso era lo que deseaba Shane, pero al mismo tiempo estaba bastante seguro de que a Shane no le importaría ocultar la relación hasta que ambos se retiraran del deporte.
—Confío en que sí.