Capítulo 16
Unos días más tarde, Shane estaba sentado en la sala de espera que había junto al despacho de Crowell.
Nunca había estado en la sede principal de la NHL en Manhattan, y el elegante vestíbulo que lo recibió cuando salió de los ascensores, con la vista desde el piso cuarenta al río Hudson, era impresionante. E intimidante.
—El comisionado Crowell ya puede recibirlo, señor Hollander —dijo la recepcionista.
Shane asintió con la cabeza sin que se miraran a los ojos. Eso también le resultó intimidante.
Cuando Shane entró, Crowell lo saludó con efusividad.
—¡Shane! Pasa, pasa. Gracias por reunirte conmigo. Sé que te avisé con poco tiempo.
Roger Crowell era un hombre alto y robusto, con tupido pelo canoso y unas pobladas cejas por encima de unos calculadores ojos azul pálido.
Nunca había sido jugador de hockey, pero sí había jugado al fútbol americano en la universidad, allá por los años setenta, y se notaba que se mantenía en forma.
Joder, si no diera tanto miedo, Shane lo consideraría guapo.
—No pasa nada —dijo Shane mientras estrechaba la mano que le ofrecía Crowell—. Qué oficinas tan bonitas.
—¿No habías estado nunca?
—No.
El rostro de Crowell adoptó una expresión confundida que a Shane le pareció algo teatral.
—¿En serio? Me sorprende mucho. Bueno, bienvenido.
—Gracias.
Crowell señaló una de las butacas de piel que había enfrente de su escritorio y Shane se puso en el borde del asiento. Crowell se sentó en su silla de despacho de ejecutivo con el respaldo alto y se reclinó en ella con comodidad.
—Montreal ha empezado con muy buen pie esta temporada.
—Sí. No está mal.
—Siempre es duro defender un título —dijo Crowell. Como si supiera de qué hablaba.
—Puede serlo, sí.
—¿Y qué tal va la organización benéfica? ¿La que montaste con Rozanov?
—Bien. Hemos podido financiar unas cuantas organizaciones e iniciativas que valen la pena.
Shane sabía que sonaba como si leyera directamente de la página web de la Fundación Irina, pero estaba tan nervioso que le daba igual. ¿A dónde coño quería llegar el comisionado con esa conversación?
—Me alegro de oírlo. Vuestros campamentos también hacen una buena labor. Son muy… inclusivos.
—Sí. Nos esforzamos para que sea así. Es importante para los dos.
—Muy bien. Muy bien. Me gusta saberlo. La diversidad es importante.
—Desde luego —dijo Shane con cautela.
—A veces puede costar encontrar el equilibrio —continuó Crowell—. No sé si me explico.
La verdad era que Shane no sabía a qué se refería.
—¿El equilibrio?
—Por supuesto, nosotros, como liga y como deporte, queremos hablar sobre la inclusión y la diversidad en el hockey. Queremos ver que las cosas avanzan en la dirección correcta. Pero hablar demasiado de esas cosas puede ser… una distracción.
—Ajá.
Crowell levantó una mano.
—Ha llegado a mis oídos, y no tienes por qué confirmármelo, pero ha llegado a mis oídos que eres… homosexual.
—Eh… —Shane notó que se le encogía el estómago.
Sí que era homosexual, pero la forma en la que lo había dicho Crowell hacía que pareciera algo asqueroso.
—Como te decía, no hace falta que me lo cuentes. Pero pongamos que el rumor es cierto.
No era tanto un rumor cuanto algo que el propio Shane había contado a sus compañeros de equipo y que había admitido encantado a cualquiera que le hubiera preguntado. Pero delante del comisionado mantuvo la boca cerrada.
—En fin, tal vez se lo hayas contado a tus compañeros, a tus amigos, a tu familia. Tal vez tengas pareja, no sé. El caso es que no hace falta que yo lo sepa, ni tienen por qué saberlo los demás.
—Vale.
—No tengo nada en contra de Scott Hunter, por supuesto. Es un jugador fabuloso y un embajador del deporte fabuloso, pero esa forma de enfocarlo es un poco excesiva, ¿sabes?
—¿Forma de enfocarlo? ¿Se refiere a su activismo?
—Activismo, claro. O gritar a los cuatro vientos los asuntos personales. Lo que digo es que valoro mucho cómo tratas tú los tuyos, Shane. Sé que pones el hockey por delante de todo y que mantienes en privado tu vida privada. Así todo el mundo se siente cómodo y puede concentrarse en el hockey.
Shane no tenía ni puta idea de qué estaban hablando. ¿Le estaba diciendo Crowell que no saliera del armario en público? ¿Para eso se había reunido con él?
—Admiro a Scott Hunter —dijo Shane—. Lo que ha hecho a lo largo de los últimos años ha sido importante para los jugadores de hockey y los fans LGBTIQ +, sobre todo para los jugadores del colectivo más jóvenes.
—Por supuesto. Como te he dicho, la NHL apoya por completo a Scott Hunter y a la comunidad LGBTIQ +.
Al cien por cien. —Crowell dijo « LGBTIQ +» despacio y a conciencia, como si repitiera un número de teléfono que tuviera que memorizar—.
¿Sabías que ahora vendemos merchandising del Orgullo durante todo el año en nuestra web?
—¿Y el dinero va a organizaciones benéficas en favor de la comunidad queer ?
—Y hemos ampliado las Noches del Orgullo —dijo Crowell, pasando por alto la pregunta de Shane—. Ahora las celebran todos los equipos, y tenemos previsto jugar el primer partido conjunto de la Noche del Orgullo.
—Es un buen primer paso, pero…
—Sé que históricamente el hockey no ha sido el deporte más inclusivo de todos, pero, como es natural, cualquiera puede llegar a lo más alto si se esfuerza lo suficiente. O sea, tú eres la prueba.
Shane no estaba seguro de si Crowell se refería a los rumores sobre su homosexualidad, a su origen japonés o a las dos cosas. Se moría de ganas de salir de aquel puto despacho.
—Lo que quería decirte, Shane, en persona, es que la liga está orgullosa de lo que hacéis con la organización benéfica. La salud mental es muy importante. Y también puedes decírselo a Rozanov. Hacéis una labor fantástica, los dos.
—Vale. Gracias.
—Y, si quieres ser más explícito sobre tu… vida personal, tal vez la NHL pueda ayudarte con el tema. Podemos organizar algo juntos. Nos encantaría hacerlo contigo. Para ti.
—Eh…, lo pensaré.
Crowell sonrió como una pantera.
—Fantástico. —Se incorporó, así que Shane también se puso de pie—. Siempre es un placer charlar con uno de los mejores jugadores de la liga, Shane. ¿Sabes qué? Eres el favorito de mi sobrino.
—Ah, es genial.
—Buena suerte esta temporada. Lydia te acompañará a la salida.
—Vale. Gracias. Eh…, sí, gracias. Adiós.
Shane siguió a Lydia —la recepcionista— hasta los ascensores medio aturdido; tenía el estómago encogido y la piel de gallina por el asqueo. Quería ducharse o subirse a la cinta de correr o meterse en una habitación insonorizada y ponerse a gritar.
Entró en el ascensor y miró con tristeza cómo se cerraban las puertas y le tapaban el enorme logo de cristal de la NHL que había al otro lado.
Cuando Ilya se despertó de la siesta previa al partido, se encontró con un centenar de mensajes de Shane en el móvil. En casi todos le pedía que lo llamara cuanto antes. Pero también le aseguraba que estaba bien. Pero que lo llamara. Rápido. Ahora, a poder ser.
Ilya lo llamó.
—Por dios. Menos mal —dijo Shane.
—Estaba durmiendo. ¿Qué pasa?
—He hablado con Crowell.
Ilya se apoyó en un codo.
—¿Ah, sí?
—Ha sido raro.
—¿Raro en qué sentido?
—En pocas palabras me ha dicho… Ni siquiera sé lo que me ha dicho. Intimida un montón.
—Cuéntame algo concreto.
Shane soltó el aire con fuerza.
—Para empezar, me ha dicho que hacíamos una buena labor con la Fundación Irina. Me ha pedido que te lo dijera.
—Vale.
—Pero también me ha dicho, tipo, que no saliera del armario, o algo así.
Ilya se sentó más erguido.
—No lo entiendo.
—Decía que había oído «rumores» sobre que yo era gay y, en resumidas cuentas, que prefería que siguieran siendo rumores.
—¿Te ha dicho eso?
—No con esas palabras. Ya te he dicho que ha sido raro. Habla de una manera que es amable e intimidante al mismo tiempo. Lo he pasado fatal.
Ilya se estaba enfadando. Sobre todo con Crowell. Un poco también con Shane.
—¿Qué te ha dicho?
—Creo que no quiere otro Scott Hunter. No parece que sea muy amigo del activismo en el hockey. O de cualquier cosa que no sea hockey en el hockey, en realidad.
—Es amigo del dinero en el hockey —dijo Ilya.
—Se ha puesto a hablar de lo fantástica que es la diversidad y de las iniciativas de la liga en defensa del colectivo LGBTIQ +, pero también ha dicho que odia las distracciones que entorpecen el juego.
Toda la reunión me ha parecido una amenaza indirecta.
Tipo, quería asegurarse de que yo no iba a sorprender a nadie saliendo del armario en las redes sociales o algo así.
—O besando a tu novio en la tele.
—Exacto. O sea, obviamente no voy a hacer ninguna de las dos cosas.
—Obviamente —dijo Ilya con amargura, pero Shane no pareció darse cuenta.
—Pero a la vez era como si me retara a acusar a la liga de no ser, tipo, defensora de la comunidad queer o algo así. Se ha puesto a enumerar todas las cosas que hacen.
—Qué asco.
—Un poco, la verdad. Sí.
—Entonces ¿qué vas a hacer?
—Nada. No pensaba hacer nada de todos modos, pero aun así me siento mal después de la reunión.
Ilya tensó la mandíbula. Sabía mejor que nadie que Shane no tenía intención de anunciar públicamente su relación, pero si había existido una mínima posibilidad y Crowell la había aniquilado…
—En fin —dijo Shane—, solo necesitaba contárselo a alguien. Conque gracias.
—No hay problema.
—Buena suerte esta noche, ¿vale?
—Claro. A ti también.
—Te quiero.
Ilya notó un peso inmenso en el corazón.
—Yo también te quiero.
—La última vez que nos vimos —dijo la doctora Galina Molchalina en ruso—, me hablaste bastante sobre tu madre. ¿Te gustaría hablar hoy de tu padre?
—No —respondió Ilya sin dudarlo. Y luego—: Me alegro de que se haya muerto.
Si a Galina le sorprendió la afirmación, su rostro no lo reflejó en absoluto.
—Murió hace unos años, ¿verdad?
—Sí. No me pilló por sorpresa. Tenía alzhéimer y se había ido deteriorando a pasos de gigante. Mi hermano fingía que no pasaba nada.
—¿Tu hermano y tú estáis muy unidos?
Ilya soltó una risotada que sonó como un ladrido.