Capítulo 14
Noviembre
Ilya deambulaba por la sala de espera de la consulta de la doctora Galina Molchalina.
Estaba solo, pero aun así llevaba la visera de la gorra lisa negra bien calada sobre los ojos y la cabeza agachada.
Había probado a sentarse, había probado a leer una de las revistas que había en la mesita de centro baja que estaba delante del alegre sofá azul con los cojines amarillos y blancos.
Había analizado las obras de arte abstracto que decoraban las paredes.
Había hecho todo lo que se le había ocurrido para distraerse y no pensar en las ganas que tenía de marcharse.
Ni siquiera estaba seguro de si la doctora Molchalina era una buena psicóloga. Simplemente había resultado ser la única en Ottawa que hablaba ruso. Y, durante su breve conversación telefónica, había reconocido que sabía quién era Ilya sin hacer aspavientos por ello. Eso le había hecho ganar puntos.
Por fin, la puerta se abrió e Ilya se levantó de espaldas a la persona que salía de la consulta, para evitar que lo reconociera y, de paso, ofrecer algo de privacidad a la otra persona. Fingió quedarse fascinado por una planta alta que había en el rincón.
Oyó que la puerta principal se abría y se cerraba, y luego su nueva psicóloga le dijo en ruso:
—Lo siento, pero la planta es de plástico.
Ilya se volvió para mirarla.
—Supongo que tiene sentido —dijo también en ruso. Señaló las paredes—. No hay ventanas.
—A veces es mejor no tener distracciones del mundo exterior —comentó ella con una sonrisita—. Y, además, da más intimidad.
—Ah.
Le tendió la mano.
—Soy Galina. Me alegro de conocerte, Ilya.
Ilya le dio la mano. Era una mujer menuda, que rondaba los cuarenta, con el pelo rubio oscuro recogido en una pulcra coleta. Ilya se preguntó cuándo habría salido de Rusia y por qué.
—Qué gusto poder hablar con alguien en ruso.
—¿Hace mucho que no lo hablas?
Ilya reflexionó. No recordaba la última vez que había mantenido una conversación entera en su lengua materna.
No había vuelto a Rusia desde que su padre había muerto, hacía ya unos cuantos años, y no había hablado más con su hermano.
En Ottawa no había más jugadores rusos y tampoco tenía amigos de allí.
La única persona con la que de vez en cuando hablaba en ruso era su amiga Svetlana, que antes había sido su amante, pero vivía en Boston y no se trataban mucho desde que Ilya se había mudado a Ottawa.
Casi a diario se sentía mal por eso. La echaba de menos.
—Sí, hace mucho tiempo. —Sonrió con amargura—. No sé si sabré callarme.
—Para eso estoy. ¿Te apetece entrar?
La psicóloga dio un paso hacia la puerta abierta de la consulta.
—Sí, claro.
Pasó por delante de ella y entró en la sala pequeña y acogedora.
Tal como ya se había dicho, carecía de ventanas, pero sí tenía una iluminación muy agradable y un sofá gris claro de aspecto cómodo con un sillón a juego y más plantas falsas.
Se parecía bastante a la imagen que se había formado Ilya de cómo sería una consulta psicológica.
—Me siento aquí, ¿verdad? —preguntó Ilya señalando el sofá.
—Casi todo el mundo lo hace. ¿Estás nervioso?
Ilya supuso que tumbarse no sería la mejor manera de empezar su viaje terapéutico.
—Estoy muy nervioso. ¿Es raro?
—En absoluto. Aunque confío en que pronto veas que no hay motivos para estar nervioso. Por favor, ponte cómodo.
Ilya se sentó en medio del sofá con las manos recogidas entre las piernas y las rodillas separadas. Tenía todos los músculos del cuerpo tensos y procuraba respirar hondo y de forma acompasada.
—¿Muchos de tus clientes son rusos? —preguntó Ilya.
—Unos cuantos. Me parece que soy la única psicóloga que habla ruso de la ciudad. Como seguro que sabes, la salud mental no es un concepto muy extendido entre nuestra gente.
Ilya era más que consciente de eso.
—No, desde luego. Entre los jugadores de hockey tampoco.
—Tienes razón. Pero tú eres un jugador de hockey ruso y te has volcado en temas relacionados con la salud mental. La organización benéfica que habéis montado hace una gran labor. He seguido vuestros avances. Estoy muy impresionada.
Ilya retorció los dedos.
—Ay, gracias.
—Me comentaste que nunca habías ido a terapia, aunque parece que sabes mucho sobre salud mental. ¿Qué te hizo decidirte a concertar una sesión?
Vale, así que había llegado el momento de… empezar. Ilya intentó no pensar demasiado la respuesta y dijo lo primero que le vino a la cabeza.
—Creo que puede que esté deprimido. A veces.
La doctora esperó a que dijera algo más, pero no lo hizo. Nunca había pronunciado aquellas palabras en voz alta, en ninguna lengua, así que se limitó a dejar que se asentaran como un yunque.
—Tu madre tuvo depresión —dijo la psicóloga.
Ilya asintió. Ya no era un secreto. No desde que Ilya había hablado de su enfermedad durante la conferencia de prensa con la que Shane y él habían anunciado la inauguración de la organización benéfica que habían montado en su honor.
—¿Te gustaría hablar de ella? —le preguntó Galina con tacto—. Podría ser un buen punto de partida.
Ilya esperaba tener que enfrentarse a algo así, pero aún no estaba seguro de estar preparado. Se fijó en las manos entrelazadas y vio que tenía los nudillos blancos de la fuerza con la que apretaba los dedos.
—Lo intentaré.
Empezó a hablar y no paró durante casi cuarenta minutos.
Transcurrido ese tiempo, tenía las mejillas mojadas por unas lágrimas que ni se había dado cuenta que estaba derramando hasta que Galina le había ofrecido en silencio una caja de pañuelos.
Entonces Ilya vio que había una montañita de pañuelos de papel usados y arrugados en el sofá.
La gorra estaba junto a la pila, porque había empezado a pasarse los dedos por el pelo mientras divagaba.
Jamás había hablado tanto sobre su madre.
Había compartido sus recuerdos más queridos de ella y de cómo había intentado ocultar la gravedad de su depresión, siempre con una sonrisa tranquilizadora para Ilya en los labios.
Pero, incluso de niño, él se había dado cuenta de que con frecuencia su madre lucía una sonrisa triste.
Le contó a Galina cómo se había sentido al encontrarse el cuerpo inerte de su madre cuando tenía doce años.
Que había pensado que estaba descansando como tantas veces, hasta que se había acercado más.
En lo primero en lo que se había fijado había sido en su mano.
Cómo caía por un lateral de la cama, con los dedos colgando.
Le contó que su padre le había dicho, muy serio, que la muerte de su madre había sido un accidente. Se había tomado demasiadas pastillas para dormir, nada más.
—¿Te lo creíste? —preguntó Galina.
—No. En absoluto. Pero no dije nada. —Respiró hondo y despacio—. Mi padre enseguida pasó página. Quería olvidarse de ella. Quería que Andrei y yo también nos olvidásemos de ella. Era como… si le diera asco. —A Ilya se le hizo otro nudo en la garganta—. Yo la echaba tanto de menos. Todavía…
Se tapó la boca con la mano mientras toda la sala se volvía borrosa.
—Lo siento —dijo Galina—. Es horrible tener que pasar por una experiencia así. Y más de niño.
Ilya se limitó a asentir con aflicción, no podía hacer nada más. Sabía que era así. Intentaba no pensar mucho en el tema, porque ¿de qué le iba a servir?, pero lo sabía.
La psicóloga le dio tiempo para recomponerse un poco. Por fin, cuando ya tenía los ojos secos y la garganta relajada, Ilya dijo:
—Creo que ya basta por hoy. Ha sido muy intenso.
—Estoy de acuerdo. ¿Cómo te sientes ahora?
Ilya se paró a observarse antes de responder.
—Cansado. Pero creo que mejor. Me gustaría repetirlo.
Buscaron una fecha para la siguiente sesión de Ilya y luego este recogió el montón de pañuelos usados y los tiró a una papelera que había en el rincón. Se detuvo junto a la puerta antes de salir y soltó:
—¿Crees que me pasa algo malo?
—¿Malo?
—¿Estoy deprimido? ¿Enfermo mental? ¿Voy a… ponerme peor?
Cerró los ojos, porque le daba vergüenza haber preguntado esas cosas, pero necesitaba saberlo.
—Estás aquí —dijo Galina con afecto—. Me temo que es pronto para que pueda darte respuestas, pero haber venido ya es un paso importante en la dirección adecuada.
—Despacito y con buena letra, ¿eh? —dijo Ilya en inglés, con un intento de sonrisa.
—Exacto.
Suspiró.
—Odio que las cosas vayan despacio.
Eso la hizo reír.
—He oído que te encantan los coches rápidos. Quizá te lo puedes plantear como si fabricaras un Ferrari, en lugar de conducirlo.
Ilya confiaba en ser más parecido a un Ferrari que necesitaba una puesta a punto y no tanto uno que hubiera que fabricar de cero, pero comprendía lo que la doctora quería decirle. Lo importante era evitar el desguace.
Al salir de la sesión, Ilya se dedicó a pasear por Ottawa durante un buen rato.
Confiaba en que hablar con alguien profesional le diera claridad mental, pero en lugar de eso notaba la cabeza hecha un lío y sentía una especie de hueco en el pecho.
Se subió la capucha de la sudadera por la cabeza para protegerse del frío viento otoñal y para ocultar la expresión abatida.
¿Se suponía que tenía que sentirse así? ¿Servía de algo la terapia? No estaba seguro de verse con ánimo de hacer muchas sesiones si iba a quedarse tan tocado después de cada una.
Mientras caminaba, analizó con cuidado sus sentimientos, en busca de una mejoría. Tal vez le hubiera ido bien hablar de su madre, por mucho que le hubiese removido. Tal vez la terapia, como tantas cosas que valían la pena, dolía al empezar. Ilya sabía lo que era abrirse paso a través del dolor.
Al día siguiente por la tarde vería a Shane.
Pasarían la noche juntos. Ilya tenía muchas ganas, aunque ahora también se sentía raro por eso.
No creía que estuviera preparado para hablarle a Shane de la psicóloga.
Todavía no. Pero le preocupaba que Shane se diera cuenta de que Ilya tenía las emociones a flor de piel.
No quería contarle la verdad a Shane: que hacía tiempo que se había derrumbado y que la cosa iba empeorando.
Que las cosas que solían ayudarle ya no le servían.
Que le preocupaba que fuera así como había empezado la enfermedad de su madre.
Que algunos días echaba tanto de menos a Shane que era como si unas garras se le clavaran en el corazón.
Al final llegó caminando hasta el canal, de espaldas al viento. En Ottawa ya hacía frío en noviembre, pero, como nunca había vivido en un lugar cálido, no le importaba.
Mantenía la cabeza gacha al andar, pero aun así lo iban reconociendo algunos fans que, por suerte, solo querían gritar su nombre y no le pidieron hacerse fotos con él. En ese momento Ilya no tenía una cara digna de un selfi.
Había un banco solitario de cara al agua, así que Ilya decidió sentarse allí.
Sacó el móvil y miró la carpeta de fotos guardadas.
No tenía las fotos muy organizadas, pero sí tenía un álbum que había titulado «Aburrido».
Lo abrió y fue pasando por las seis fotos que contenía.
Todas eran muy parecidas, tomadas años atrás durante los Premios NHL .
Ilya y Shane habían presentado un premio juntos y el guion exigía que Ilya le pidiera un selfi a Shane.
Ilya había empleado su móvil y había hecho fotos de verdad. Seis en total.
En aquella época, Ilya llevaba el pelo más largo y esa noche se lo había recogido en una coleta.
Shane aparecía con el pelo corto y bien peinado.
Parecía molesto en la foto, con los labios casi fruncidos, los ojos oscuros llenos de impaciencia.
Ilya le había pasado el brazo por encima de los hombros y sonreía de oreja a oreja, dándolo todo para el público.
Ilya habría sido incapaz de calcular la cantidad de veces que había mirado esas fotos en los años transcurridos desde que las habían hecho.
Tenía otras fotos de Shane. Más nuevas. Algunas que habían hecho después de que por fin tuviera el valor necesario de decirle a Shane que lo amaba, y de que Shane le dijera que él también.
Ya no sentía la necesidad de aferrarse a esas antiguas, como le pasaba antes, como si fueran lo más cerca que pensaba que llegaría a estar alguna vez de ser el novio de Shane.
Sin embargo, esas fotos le recordaban a Ilya aquella noche.
Le recordaban que Shane había montado un espectáculo privado, más tarde, en la intimidad de la habitación de hotel de Ilya.
Se había acariciado, se había metido los dedos y retorcido en la cama, mientras Ilya lo observaba desde una silla a los pies de la cama.
Saltaba a la vista que Shane estaba nervioso, pero lo había hecho.
Porque Ilya se lo había pedido. Seguía siendo una de las cosas más excitantes que Ilya había experimentado en su vida.
También le encantaban esas fotos porque le recordaban a cómo se sentía entonces.
El sobrecogedor e inconveniente anhelo de estar con Shane que le invadía en secreto.
Cómo había tratado por todos los medios de convencerse de que no sentía nada extraordinario por Shane.
Que solo quería tontear con él porque estaba prohibido y era sexy.
Ilya miró a los ojos a su yo más joven en las fotos y se rio.
—¿A quién querías engañar? —dijo en voz baja, en ruso.
Qué idiota había sido. En cierto modo todavía lo era, en lo que tenía que ver con Shane Hollander.
De forma impulsiva, le mandó a Shane una de esas fotos. Nunca se las había enseñado; tal vez porque le daba vergüenza conservarlas todavía.
Menos de un minuto después, Shane respondió:
Shane: Guau. Me había olvidado de esas fotos. ¿Aún las tienes?
Ilya: Pues claro.
Shane: ¿Crees que debería cortarme el pelo? ¿Me quedaba mejor así?
Ilya resopló. Por supuesto que esa iba a ser la reacción de Shane cuando Ilya le demostrara lo colado que estaba por él.
Lo colado que había estado siempre. Ilya había llevado esas fotos encima como si fueran un tesoro muy valioso desde hacía años, se las había transferido al móvil nuevo cada vez que se lo había cambiado.
Y Shane iba y se preocupaba por su pelo…
Ilya: No. Me gusta tu pelo ahora.
Shane: Vale.
Shane: ¡Acabo de acordarme de qué noche fue!
Ilya: Fue una noche genial.
Shane: Me alegro de que no tengas fotos de ESO.
Dios, ya le gustaría a Ilya…
Shane: ¿Vamos a ver el documental mañana?
Ilya: Si quieres.
Shane: Sí. Veámoslo.
Shane: Tengo que prepararme para el partido. ¡¡¡¡¡Nos vemos mañana!!!!!
Ilya le mandó un emoticono de un corazón, seguido de varias berenjenas y unos melocotones. Acabó con una carita que daba un beso. Entonces se levantó y empezó a caminar hacia el coche aparcado. Se sentía mucho mejor. Decidió parar en una tienda rara de productos saludables de camino a casa.