El partido más largo (Game Changers 6) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Evan Dykstra bailaba a su lado, vestido de abeja.

No estaba tan irresistible. Su mujer, Caitlin, bailaba con él disfrazada de mariposa.

Tenía un brazo alrededor del cuello de Evan y se sonreían como si fueran las únicas personas de la sala.

Para ellos era una noche especial, porque apenas contaban con oportunidades de salir de fiesta ahora que tenían a un bebé en casa.

Ilya decidió dejar de bailar un rato. Le pesaba mucho el disfraz, que además le daba demasiado calor en una fiesta casera con tanta gente, y se le había enredado la capa.

—Voy a que me dé el aire —dijo a nadie en concreto hacia donde estaban Evan y Caitlin.

Ni siquiera lo miraron. Mientras se alejaba, se fijó en que la pista de baile improvisada estaba plagada de parejas. Debía de ser el único que bailaba solo.

Tuvo que ir apartando como moscas varios esqueletos y murciélagos de plástico mientras se dirigía a la parte posterior de la casa.

Se había pasado con la decoración de Halloween.

Bueno, se había pasado un montón con todos los elementos de la fiesta, porque Ilya pensaba que no se relacionaba lo suficiente con sus compañeros.

Pese al aire frío, el porche trasero de la casa de Ilya estaba lleno de invitados que hablaban y se reían.

Encontró un sitio libre en una esquina del sofá modular que tenía fuera, entre Zane Boodram y Wyatt Hayes, y allí se hundió.

Wyatt iba disfrazado de un superhéroe que Ilya no reconoció.

Zane iba vestido de pirata o algo así. Un disfraz sin mangas para poder alardear de tatuajes.

Llevaba un pañuelo que seguro que era de su mujer atado en la cabeza.

—Menuda fiesta, Maximus —dijo Bood con una sonrisa perezosa—. Deberías montarlas más a menudo.

Ilya extendió los brazos por el respaldo del sofá.

—No lo haré.

—Tienes este puto casoplón y nunca invitas a nadie… —se quejó Tanner Dillon, el compañero de línea de Ilya y Bood, desde un sillón que había enfrente del sofá.

—¿Y a ti qué más te da? —preguntó Ilya con apatía.

Wyatt se echó a reír y le pasó el porro que estaban compartiendo.

—¿Has visto a los críos? Alucinan con estar ¡en casa de Ilya Rozanov! Ni se lo creen…

—Haces que me sienta viejo —se quejó Ilya, aunque, si era sincero, los jugadores más jóvenes del equipo sí le parecían unos críos.

Había menos de una década de diferencia entre Luca Haas y él, pero daba la sensación de que se llevaban mucho más tiempo.

Ilya se removió y levantó las piernas para apoyarlas en el regazo de Wyatt.

Las sandalias atadas hasta la rodilla que llevaba eran espléndidas, pero también incomodísimas.

Wyatt ni siquiera se quejó, sino que se limitó a sonreírle mientras Ilya le daba una calada al porro.

Ilya inclinó la cabeza hacia atrás para mirar las estrellas un momento mientras saboreaba la fuerte sensación del humo llenándole los pulmones.

—¿Dónde has dejado el escudo? —preguntó Wyatt.

—No lo sé. Por ahí —respondió Ilya, y sacó el humo a la par que volvía a bajar la cabeza—. ¿Qué se supone que eres?

—Soy Adam Strange —dijo Wyatt emocionado—. Era un arqueólogo a quien Zeta-Beam teletransportó al planeta Rann y entonces…

—No —dijo Ilya mientras levantaba una mano—. Ya vale. En serio.

Dio otra calada larga al porro y luego se lo pasó a Tanner, quien ya tenía el brazo extendido, a la espera.

—Vaya, este pase sí lo coges, ¿eh? —le soltó Ilya mientras le entregaba el porro.

Wyatt y Bood se partieron de risa.

—Capullo —dijo Tanner.

Lisa, la mujer de Wyatt, se acercó al sofá y le dio unos golpecitos en las espinillas a Ilya, que todavía tenía las piernas apoyadas en el regazo de su marido.

—Te has puesto en mi sitio —comentó la mujer.

Ilya movió las piernas y Lisa se sentó en la rodilla de Wyatt. Iba disfrazada de Wonder Woman, una superheroína que Ilya sí reconoció, menos mal. Frunció el ceño al ver el porro que Tanner acababa de pasarle a Wyatt.

—¿No le parece bien, doctora? —sugirió Ilya.

Lisa, doctora en el hospital infantil de la ciudad, dijo:

—Lo que me preocupa es el intercambio de gérmenes, no la marihuana. Pero sois repugnantes en cualquier situación, así que en el fondo da igual.

—No somos repugnantes —se quejó Bood.

—Tío —dijo Lisa—, si te vi sacarte la protección de la boca con el guante de hockey sucio, pasearla un minuto por ahí y luego volver a metértela en la boca. Anoche.

Bood se encogió de hombros.

—Estaba en la pista de hielo. El hielo está limpio. Y mis guantes solo tenían mi sudor. Todo forma parte de este precioso cuerpo.

Todos se echaron a reír. Desde luego, Zane Boodram tenía un cuerpo precioso, con la piel morena clara y unos abdominales de los que estaba muy orgulloso, además de unos brazos musculosos cubiertos de tatuajes en honor de su origen de Trinidad.

—No puedo creer que vayas a ser padre —bromeó Lisa.

—Mira, yo ni siquiera puedo creer que esté casado —dijo Bood con una sonrisa.

Echó un vistazo al otro lado del patio, donde su esposa, Cassie, embarazadísima, hablaba con Selena, la mujer de Nick Chouinard—.

Pero, como todo el mundo lo hacía, pensé ¿y por qué no? —Dio un codazo a Ilya—. Salvo este tío.

—Roz nunca sentará la cabeza —dijo Tanner en tono divertido—. Es una puta leyenda.

—Qué va. Algún día encontrará a la persona ideal —dijo Bood—. Y ¡boom! De cabeza. No sabrá ni qué ha pasado.

Se rieron un poco más y luego la conversación siguió otro rumbo. Al cabo de unos minutos, Ilya se dio cuenta de que ya no estaba prestando atención, y de pronto lo sobrecogió la necesidad de estar solo. Se puso de pie.

—Voy a… —dijo mientras señalaba con la mano hacia la casa en general.

Se marchó sin esperar a que reaccionaran.

Pasó por delante de la fiesta sin detenerse y subió a su dormitorio. Cerró la puerta al entrar. Volvió a ver su reflejo en el enorme espejo que había en el rincón, pero ya no le pareció que estuviera irresistible. Pensó que estaba ridículo. Y triste.

Se quitó la capa y la tiró a la cama antes de coger el teléfono, que se estaba cargando en la mesilla. Había un mensaje de Shane de una hora antes.

Shane: No te quites el disfraz.

Vale. A saber qué quería decir eso.

Ilya: ¿Qué tal llevas la noche?

Esperó varios minutos por si le respondía y luego se rindió.

Suspiró y se dejó caer bocarriba en la cama.

Hizo una mueca al clavarse la espada de plástico.

Se la quitó y la arrojó a la otra punta de la habitación, como si fuese el origen de todos sus problemas.

Solo necesitaba unos minutos a solas y luego podría volver a la fiesta.

Ya había conocido al amor de su vida y había perdido la cabeza por él, pero no se lo podía contar a nadie, menuda mierda.

Se recreó en su pena veinte minutos y luego se obligó a levantarse, corrigió la expresión para que no pareciese tan lamentable y bajó al comedor.

Dejó la capa y la espada en la habitación.

De todas formas, el disfraz era todavía más sexy así, solo con la coraza en el pecho y las tiras que se cruzaban en la espalda desnuda.

Hacia medianoche la mayor parte de los invitados ya se habían ido.

Había que relevar a los canguros y que prepararse para los turnos de entrenamiento matutinos.

Los rezagados (casi todo críos) hicieron planes para después de la fiesta y llamaron a taxis cuando se dieron cuenta de que Ilya los miraba con fijeza.

Tal vez hubiera acabado con su reputación de tío superfiestero, pero le daba igual.

A las doce y veinte, Ilya recibió un mensaje de Shane.

Shane: ¿Aún dura la fiesta?

Ilya: No. Ya se han ido todos.

Diez minutos más tarde, sonó el timbre de su casa.

Shane estaba en el umbral con una cazadora mullida y aspecto algo apurado.

—No quería entrar con mi llave para no darte un susto de muerte —dijo—. Guau. Ese disfraz es aún mejor en persona.

Ilya parpadeó, incapaz de encontrar las palabras.

Shane soltó el aire, tembloroso.

—Seguro que es una locura. Tengo que estar de vuelta en Montreal para el entreno de mañana por la mañana. Y…

No llegó a terminar la frase, porque Ilya tiró de él para que entrara en casa a la vez que lo besaba.

Aplastó a Shane contra una pared en cuanto cruzó el umbral y lo devoró mientras Shane pasaba las manos por toda la espalda casi desnuda de Ilya.

No podía creerse que estuviera allí. Había estado toda la noche anhelando eso, deseando poder tener a su lado al hombre a quien amaba.

Deseando tener a Shane en sus brazos, en su regazo, con un disfraz ridículo, delante de todo el mundo.

—Hueles a marihuana —dijo Shane cuando Ilya por fin le dejó respirar.

—Qué sabrás tú.

—Sé cómo huele la marihuana —dijo Shane no muy convencido.

Ilya sonrió de oreja a oreja.

—Estás aquí.

—Sí. —Shane sonrió con timidez—. ¿Te parece bien? Me has mandado esa foto y me he pasado el rato… Mierda, te echaba mucho de menos.

Ilya lo besó de nuevo y luego dijo:

—¿Quieres que te folle un gladiador, Hollander?

Shane levantó la vista para mirarlo a través de las espesas pestañas.

—Me he puesto un plug antes de salir de casa.

Hostia puta.

Ilya soltó un gruñido mientras le arrancaba a Shane la cazadora acolchada y luego el resto de la ropa.

—Joder, ayúdame —masculló Ilya a la par que tiraba de los pantalones de deporte de Shane.

Shane se rio y apretó con los labios sonrientes en el cuello de Ilya mientras se quitaba las zapatillas y luego salía de los pantalones y la ropa interior.

Una vez que estuvo desnudo, Ilya lo agarró por los muslos y lo levantó hasta que las fuertes piernas de Shane quedaron alrededor de la cintura de Ilya.

Después lo llevó hasta la sala de estar así, sin dejar de besarlo en todo el camino.

Bajó una mano para ponerla en el culo de Shane, encontró la base del plug y la apretó.

—Uf, joder —jadeó Shane.

—¿Has conducido hasta aquí con eso metido?

—Ajá.

—Eso es —dijo Ilya mientras tiraba con cuidado del juguete— muy provocador.