El partido más largo (Game Changers 6) Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

Shane apoyó la frente en el hombro de Ilya y sonrió.

—No tan bueno como tú.

Ilya resopló.

—No todo tiene que ser una competición entre los dos.

—Encontraríamos la manera de hacer que la paternidad fuera una competición.

Unos brazos fuertes ciñeron a Shane.

—No. Lo haremos juntos. En paz.

En un ataque de valentía, Shane admitió:

—Hoy ha habido momentos en los que he tenido la sensación de estar viendo nuestro futuro.

Ilya se apartó para mirar a Shane a los ojos.

—¿Y era bonito?

—Era fabuloso.

Shane vio el júbilo en los ojos de Ilya por un instante, y luego ya no vio nada más, porque Ilya empezó a besarlo con pasión.

Se perdió en los besos, disfrutando del calor familiar pero aun así embriagador de la boca de Ilya.

Lo tocó por todas partes: la rasposa barba de tres días que siempre llevaba, los suaves rizos de pelo alborotado, la larga línea del cuello y los montículos de sus hombros musculosos.

Deslizó una mano por debajo de la camiseta de Ilya y apoyó la palma en sus abdominales, su ombligo perfecto y la definida línea de vello que había debajo.

Luego subió a su ancho pecho, por encima del pelo y de los pezones duros, hasta dejarla apoyada por fin en el corazón y en el ridículo tatuaje del oso.

—Te amo —murmuró Ilya pegado a los labios de Shane.

—Yo también te amo.

—Pero no vamos a tener cuatro hijos.

Shane se rio.

—No, por dios. Claro que no.

—Sería demasiado. Con los perros.

—Eh, supongo que te refieres al gato.

—No me refiero al gato. Te juro que no.

—¿Cuántos perros exactamente?

—Varios. Quizá uno para empezar. Y luego necesitará un amigo, así que dos. Aunque puede que no se caigan bien, así que adoptaremos el número tres para que haga de…

—¿Mediador?

—Exacto. Quizá, sí.

—¿Y si no les cae bien ese?

—El cuarto perro hará…

Shane se apartó de los brazos de Ilya.

—No.

Ilya se echó a reír.

—Un perro.

—Un perro —coincidió Shane.

—Querrás más. Espera y verás.

«Espera y verás». Esas palabras resonaron en los oídos de Shane mientras iba a la cocina. Creía en su relación y confiaba en que podrían tener todo lo que deseaban en el momento adecuado. Pero a veces deseaba que el momento adecuado fuese ahora.

—¿Tienes hambre? —preguntó Shane.

—Sí.

—Tengo una lasaña precocinada. Solo hace falta meterla en el horno.

La cara de Ilya se iluminó con interés. Luego, igual de rápido, le cambió la expresión.

—¿Lleva láminas de pasta?

—Calabacín.

—¡No!

—Está rico, te lo juro. Ni te darás cuenta de la diferencia —mintió Shane.

Encendió el horno y decidió no contarle a Ilya cuál era el sustituto del queso.

Ilya se quejó al sentarse en el sofá de Shane y este lo miró preocupado.

—¿Qué tal llevas la rodilla?

—Se me ha caído —dijo Ilya con sequedad, harto de que Shane le preguntara lo mismo una y otra vez.

—Deja que le eche un vistazo.

—La has visto esta mañana. —Ilya estiró la pierna dolorida encima del sofá—. Solo está magullada.

Shane ya se había puesto a su lado. Intentó subirle la pernera del pantalón a Ilya, pero el corte ajustado de los pantalones de deporte de moda hacía que fuese imposible.

—Bájate los pantalones.

—Qué mal se te dan los preliminares —dijo Ilya, pero levantó las caderas y se bajó la cintura del pantalón hasta las espinillas. Tenía toda la parte exterior de la rodilla izquierda hinchada y de color morado oscuro.

—Dios mío —dijo Shane. Pasó los dedos por encima del hematoma—. Quizá sí deberías ir al médico hoy.

—Ya me lo vio el médico del equipo anoche. Está magullado. ¿Es que nunca has tenido un moretón?

—Voy a por hielo.

Ilya soltó una especie de gruñido que Shane tradujo por «el hielo me iría genial, pero no voy a admitirlo por nada del mundo».

Shane se marchó y regresó con una bolsa de hielo, un ibuprofeno y un vaso de agua. Colocó el hielo con cuidado sobre la rodilla de Ilya mientras este se tomaba la pastilla.

—Gracias, moya gazonokosilka .

A Ilya le gustaba jugar a decir palabras en ruso al azar como si fueran apelativos cariñosos, para poner a prueba a Shane. Este se quedó pensando un momento con mucha concentración, intentando adivinar qué significaba esa expresión, pero al final se rindió.

—Ni idea de qué significa.

—Es, eh…, para cortar la hierba.

—¿Un cortacésped?

—Sí.

—Qué raro.

Shane notó que algo se le clavaba en la cadera cuando se inclinó para besar a Ilya a toda prisa, y entonces recordó los anillos de plástico con forma de corazón que las niñas habían insistido en que se quedaran.

Se los sacó del bolsillo y los dejó en la mesita.

Estaba a punto de volver a la cocina cuando Ilya dijo en voz baja:

—A los críos no les importó.

—¿El qué?

—Lo nuestro. Se dieron cuenta y no les importó.

—Sí. Fue una sorpresa.

Shane no tenía la menor idea de cómo habían estado tan seguras Ruby y Jade de que Ilya y Shane eran pareja —estaba convencido de que sus padres no se lo habían contado; sería arriesgado darles esa información a unos chiquillos—, pero lo habían sabido y aceptado y habían insistido en que los dos se comportaran con sinceridad.

—Quizá hubiera más gente a la que le daría igual —dijo Ilya—. Si lo supiese.

—Creo que a la mayor parte de la gente le importaría una puta barbaridad —dijo Shane con desprecio.

La expresión de Ilya se ensombreció y entonces se puso a recolocarse el hielo con gesto agresivo.

Shane sintió que había dicho algo malo, pero ¿qué otra cosa podía decir?

En realidad, no creía que mucha gente fuera a aceptarlos como pareja.

Lo único que podían hacer era seguir el plan previsto, que era continuar en secreto hasta que los dos se retiraran.

O por lo menos hasta que lo hiciera uno de ellos, pero Shane confiaba en que pudieran dejar el deporte a la vez.

La idea de jugar en una liga sin Ilya le parecía extraña y vacía.

Shane apoyó una mano en el hombro de Ilya con cautela.

—¿Qué ocurre?

Ilya se cruzó de brazos por delante del pecho y murmuró algo en ruso.

—¿Eh?

—Creo que te preocupas demasiado, joder.

—¿De qué? ¿De nosotros?

—No. Del resto del mundo. De las opiniones.

—¿No es algo que nos preocupe a los dos?

Ilya no respondió y Shane tuvo la sensación de que se le escapaba algo importante.

—Podemos hablar del tema si…

—No —refunfuñó Ilya—. No es nada.

—Vale.

No era la primera vez que Ilya parecía ponerse triste de repente por algo de lo que se negaba a hablar. En ocasiones, a Shane le preocupaba que hubiera muchas cosas que Ilya no le contaba.

Ilya suspiró.

—Lo siento. Estoy cansado. Olvídate de lo que he dicho.

Shane rozó la mejilla de Ilya con el pulgar.

—Te amo.

Ilya esbozó una sonrisa.

—Bien. Porque ahora estamos casados.

Sin saber todavía de qué iba la cosa, Shane cogió el mando a distancia de la mesita de centro y se lo pasó a Ilya.

—Podemos comer en el sofá. Ponemos una peli o algo.

Se puso a preparar una ensalada con la banda sonora de una música heroica y fuertes explosiones procedente de la sala de estar.

A Ilya le encantaban las películas de acción.

A la lasaña todavía le faltaba un poco de horno cuando Shane terminó de hacer la ensalada, así que se reunió con su novio en el sofá y dejó que Ilya apoyara los pies en su regazo.

—¿Qué peli es?

—No lo sé. Pero sale Rose.

Shane entrecerró los ojos para enfocar mejor la televisión y lamentó no llevar las gafas.

—Ah, sí. Ya la he visto. Es medio mala.

—Pero Rose sale muy guapa.

—Siempre sale guapa.

Vieron la película en silencio mientras Shane le masajeaba los pies a Ilya con aire ausente.

—Podrías haberlo tenido todo —bromeó Ilya cuando Rose salió en la pantalla con un vestido de noche especialmente sexy.

Shane se acurrucó más contra él. Hacía semanas que una pregunta le rondaba la cabeza. No quería estropear ese momento casero, pero no podía aguantarse más.

—¿Ilya?

Este debió de advertir la cautela en la voz de Shane, porque tensó el cuerpo.

—¿Sí?

—¿Estás… bien?

—Sí. No es más que un golpe.

—No, me refiero…

Shane se mordió el labio inferior, inseguro de cómo seguir.

—¿Shane?

Decidió lanzarse.

—Me da la impresión de que, no sé, no estás bien. A veces.

Ilya apartó el brazo y se volvió hacia él.

—¿En qué sentido?

Shane se sentó más erguido y lo miró a la cara.

—Has pasado por muchas cosas y sé que nuestra… cosa… no es fácil. Y me preguntaba si te iría bien acabar de procesar algo o tratarlo. —Se armó de valor—. Me refiero a ir a terapia.

Ilya entrecerró los ojos.

—¿Por qué me dices eso?

Shane le apoyó una mano en el brazo e Ilya se estremeció ante el contacto. Mierda, Shane la estaba cagando. Volvió a intentarlo.

—Nunca había pensado mucho en, ya sabes, la salud mental y esas cosas, antes de que montásemos la organización benéfica. Pero a veces te veo… triste. O, no sé, introvertido.

—¿Intro qué?

—Introvertido, tipo, muy callado.

—Todo el mundo está callado a ratos. —Ilya volvió a concentrarse en la película—. Deberías probarlo.

Shane soltó un suspiro exasperado.

—Vale. No tenemos por qué hablar del tema. Solo quiero que sepas que, si quieres hablar o te apetece ir a ver a alguien para tratarlo, te apoyaré. Y, si no quieres, te apoyaré también. Pero hay veces en las que me preocupo.

Ilya se quedó un buen rato sin decir nada. Shane advirtió que se le tensaba la mandíbula. Sus labios se convirtieron en una línea fina.

—No deberías preocuparte —dijo Ilya al fin, con la mirada fija en la televisión—. Estoy bien.

Shane le cogió de la mano y se la apretó.

—No tienes por qué superarlo todo solo, ¿de acuerdo?

Ilya tragó saliva.

—Sí. Vale.

Le temblaba la mano.

—Hablo en serio —dijo Shane.

Ilya se puso de pie y apartó la mano.

—Si me pasa algo, ya te lo contaré. Pero no hay nada. Así que vamos a comernos esa lasaña tan mala y a dejar el tema, ¿vale?

Desde luego, eso no sonaba a que no hubiera nada que preocupase a Ilya, pero Shane había prometido apoyarlo incluso si no quería hablar. Se puso de pie también.

—La lasaña no está mala.

Ilya logró sonreír un poco ante el comentario.

—Ya lo veremos.