El partido más largo (Game Changers 6) Capítulo 10
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Capítulo 10

—¡Hostia! ¿Tú te has visto, corazón?

Shane agachó la cabeza para que Rose no viera cuánta vergüenza le daba.

—Sí, ya…

—¡Hablo en serio! Mírate en el espejo. —Rose lo agarró del brazo y lo llevó delante de un espejo de cuerpo entero—. ¡Mira!

Shane miró. Rose lo había convencido para ir de compras con ella durante su día libre en Los Ángeles, y salir de compras con una de las estrellas del cine más importantes del mundo no quería decir, como había supuesto Shane, ir a un centro comercial.

Significaba sesiones de compras privadas en boutiques diminutas de diseño.

También se había dado cuenta enseguida de que Rose apenas miraba ropa para ella y sobre todo se dedicaba a vestir a Shane como una muñeca.

Así pues, ahora llevaba una camiseta de seda color marfil que era prácticamente transparente y costaba más de lo que la mayor parte de la gente ganaba en un mes. Se parecía más a la ropa que usaba Ilya.

—Tienes un cuerpo flipante —dijo Rose—. ¡Mira ese culo!

Los pantalones de vestir marrón oscuro eran un poco elásticos y se abrazaban a sus muslos y su culo de una forma que Shane tenía que admitir que resultaba atractiva.

—Los pantalones me quedan bien.

—¡Todo te queda bien! Confía en mí. Pruébatelo con esto. —Le tendió una cazadora de cuero en un tono marrón rojizo—. Es corta, para que no escondas ese culazo que tienes.

—Déjalo ya —dijo Shane mientras se ponía la cazadora.

Nunca había sido de los que llevan cazadoras de cuero, pero quizá…

—Me encanta cómo te queda el pelo así, un poco más largo —comentó Rose—. Pareces más liante.

Shane se miró de un lado y de otro en el espejo y se estudió bien. Sí que parecía distinto, pero sin dejar de ser él. Era solo… más guay.

—Me gusta —admitió—. ¿Tienen los pantalones en más colores?

Una hora después, Rose y él salieron de la boutique con varias bolsas, todas llenas de ropa para Shane. Rose había insistido en pagarlo todo, lo cual era completamente innecesario, pero Shane le dejó hacerlo porque parecía que le hacía mucha ilusión.

Shane se fijó a medias en que había personas —seguro que paparazzi— que les hacían fotos mientras recorrían la escasa distancia entre la tienda de ropa y el coche con chófer de Rose, pero, como ella no lo mencionó, él tampoco dijo nada.

Shane no sabía cómo gestionaba su amiga tal nivel de escrutinio público.

Hacía que su vida como superestrella del hockey en Canadá pareciera algo discreto.

—Me muero de hambre —anunció Rose cuando entraron en el coche—. ¿Quieres unos tacos?

Shane sí quería unos tacos, pero…

—Sigo una dieta muy estricta —dijo—. Para rendir más y tal.

Rose se echó a reír.

—Por dios… Y yo que pensaba que por fin iba a salir con alguien con quien tomar comida de verdad. Vale, ¿y qué puedes comer?

Después de que Shane enumerase de memoria una lista tan larga que daba vergüenza de alimentos prohibidos, Rose le pidió al conductor —con quien parecía mantener una relación muy amistosa— que los llevara a un sitio en el que, según ella, hacían el mejor poke de la ciudad.

—¿Qué tal va todo? —preguntó Rose una vez que estuvieron sentados a una mesa de la terraza con los boles de poke —. Con… Ya sabes.

—Genial —respondió Shane a toda prisa—. Genial de verdad.

—¿Sí? ¿Y tenéis pensado hacerlo público?

—En realidad, no.

—¿Y cómo lo llevas?

Shane aprovechó que acababa de meterse un trozo de atún en la boca para tomarse su tiempo para contestar.

La mayor parte de los días, pensaba que no le importaba el tener que esconderse.

Habían hecho un plan a largo plazo y Shane quería ceñirse a él.

Así era más fácil y organizado. Y menos arriesgado. Pero algunos días…

—Sería bonito poder ser sinceros sobre nuestra relación.

En general no me importa que sea secreta, pero algunas veces me parece tan injusto que me cabreo.

Los otros tíos del equipo hablan cuando quieren de sus mujeres y sus novias, y las invitan a los eventos del equipo y esas cosas.

Tienen hijos y, no sé, vidas más allá del hockey de las que pueden estar orgullosos. Yo quiero eso.

—¿Y qué quiere él?

—No lo sé. Lo mismo, supongo. —Shane mareó un trozo de pescado con los palillos.

El restaurante le había dejado cambiar el arroz por extra de kale, lo cual era un detalle, pero también era una mierda—.

Me dijo que quiere esperar, pero también me dijo que saldría del armario cuando fuera si yo quería.

Rose alargó la mano por encima de la mesa y le dio un golpecito en el brazo.

—¡Te quiere muchísimo!

Shane se puso del color del atún crudo.

—Ya lo sé. Tengo suerte.

—¿Quieres que te dé un consejo? ¿De parte de alguien cuya vida entera está bajo un microscopio?

—Claro.

—Haz lo que te haga feliz. Vive como quieras, ama a quien quieras.

La gente te juzgará, te odiará, te criticará, pero habrá mucha más gente que te apoye y te quiera.

Y, en definitiva, las únicas personas que de verdad cuentan son las que son importantes para ti.

Tus padres te apoyarán, tus mejores amigos también. ¿Quién te preocupa en el fondo?

—No lo sé. ¿La liga? ¿La afición? ¿Mis compañeros de equipo?

—Pero tus compañeros ya saben que eres gay, ¿no?

Shane asintió con la cabeza.

—¿Y alguien se ha metido contigo por eso?

—No. O sea, soy consciente de que a algunos no les hace mucha gracia, aunque no dicen nada. Pero no sé si incluso los tíos que más me apoyan estarían contentos si supieran que salgo con… Ya sabes.

—¿Y qué me dices de tu agente? ¿Lo sabe?

—Se lo contamos el verano pasado.

—Bien. Conviene tener a tu agente de tu parte si las cosas se tuercen. Confía en mí.

Shane cogió un trozo de pescado y volvió a dejarlo en el bol.

—¿Crees que las cosas van a torcerse? ¿La gente se enterará de que estamos juntos?

Rose le sonrió con tristeza.

—No digo que sea imposible que mantengáis el secreto tanto tiempo como queráis, pero…

—¿Es poco probable?

Su amiga arrugó la nariz y negó con la cabeza.

—Lo siento, corazón.

Shane suspiró.

—Entonces supongo que deberíamos pensar un plan B.

—Te lo recomiendo. Prepárate siempre para lo peor y confía en que pase lo mejor.

Mierda. A Shane no le apetecía nada pensar en la posibilidad de que su relación saliera a la luz por obligación. O no pensar más de lo que ya pensaba en eso, vaya.

—¿Y qué hay de ti? —preguntó el jugador, con la esperanza de cambiar de tema—. ¿Sales con alguien?

—No… Tuve un medio rollo con un surfero profesional, pero era demasiado. Siempre quería hablar mil horas de mierdas profundas. Era intenso. Y aburrido.

—Lo siento.

—Creo que quiero a un tipo normal, simpático, ¿sabes? Nada de famosos. Quiero conocer a un librero, por ejemplo.

—Oye, ¿no es el argumento de una película? Te juro que vi una peli así con mis padres.

Rose se echó a reír.

—¡Tienes razón! La de Notting Hill . Vale, pues un librero no… Quizá… un florista. Exacto. Algo totalmente distinto.

—Ojalá conociera a un florista simpático. Te lo presentaría.

—Tú estate atento por si acaso. También aceptaría un panadero. Me encanta el pan.

—Echo de menos el pan —dijo Shane con nostalgia.

—Dios, me lo imagino. ¿Pero merece la pena? ¿Te hace sentir mejor lo de comer sano?

Shane frunció el ceño mirando el bol de kale.

—Me repito que sí, pero puede que lo que me haga sentir mejor sea la disciplina, no la comida.

Rose abrió la boca exagerando el shock.

—Guau. Esto acaba de convertirse en una sesión de terapia.

—Lo siento. No me hagas caso.

—Qué va. Cuéntame cuánto te gusta la «disciplina».

—Cállate. No es nada sexual.

—Ajá.

—¡Que no! Me gusta practicar la disciplina y el autocontrol, y recibir recompensas por eso. Ya está.

—Sigue sonando a que podría ser algo sexual.

Shane puso los ojos en blanco.

—Cómete el poke , anda.

—¿Es una orden, señor? —preguntó con voz ronca.

—¡Hostia puta! Ni siquiera tiene sentido. ¿No tendría que ser yo el sumiso en esa fantasía que te estás imaginando?

Rose se partió de risa mientras a Shane le entraban ganas de desaparecer.

La verdad era que le gustaba cuando Ilya y él jugaban un poco con la disciplina en el dormitorio.

No era que a Shane le gustara el castigo, ni la humillación, pero le encantaba cuando Ilya planteaba…

retos difíciles. Y luego recompensaba a Shane cuando los superaba.

—Lo siento —dijo Rose con alegría—. Es tan divertido tomarte el pelo…

—Me lo han dicho alguna vez.

A última hora de la tarde, Rose dejó a Shane en su hotel. Lo abrazó cuando salieron del coche y le dijo que iría a verlo jugar al día siguiente.

—¿En serio? —preguntó Shane.

—Estaré en un palco, con un jersey de Montreal.

—Pues menudo espectáculo.

—Puede que los paparazzi piensen que hemos vuelto.

Bueno, tampoco iría mal si fuese así. Salvo porque Ilya iba a estar dándole la brasa con esto toda la vida.

—Nos vemos… algún día —dijo Shane.

Notaba un peso en el corazón. Le encantaría que su amiga viviera más cerca.

—Pronto —le prometió Rose—. Vuelo a Rumanía el lunes para empezar a grabar una peli que ya sé que será un fiasco, pero quizá podamos quedar en algún sitio después de eso.

—Por supuesto.

Lo abrazó de nuevo y dijo en voz baja:

—Saluda a Ilya de mi parte.

—Vale.

—Y piensa un plan B.

—Lo haré.

Mientras observaba cómo se alejaba Rose, a Shane se le formó una bola de tensión en el estómago que le subió hasta el pecho. No había plan B. Si los descubrían a Ily y a él, estaban jodidos.

—¿Sabes qué? —preguntó Ilya en cuanto Shane aceptó su petición de FaceTime.

Era a la mañana siguiente (primera hora en Los Ángeles, casi la hora de comer en Ottawa) y Shane seguía en la cama.

—¿Qué?

—¡El equipo va a tener un cachorro! Nos lo ha contado hoy Harris en el entreno.

—Ay, qué cuqui.

Ilya estaba perfecto, sentado en el porche de su casa con el sol de principios de otoño. Llevaba un jersey negro que parecía suave y mullido, y una tupida barba corta le cubría la mandíbula. Los rayos del sol hacían destellar su pelo castaño dorado.

—Ahora es muy pequeño, pero cuando crezca un poco ¡irá a vernos al estadio!

—¿Vas a dejar que los demás jueguen con él o…?

—Puede. Buen partido el de anoche.

Levantó un vaso del McDonald’s y dio un sorbo largo a algo que, en el mejor de los casos, era Coca-Cola, pero que podía ser un batido de chocolate. Shane decidió pasarlo por alto.

—¿Te quedaste despierto hasta tarde?

Ilya sonrió.

—Sí, pero ya sabes. Sobre todo de fiesta.

Shane también sonrió, más que seguro de que Ilya solo se había quedado despierto hasta las tantas para ver jugar al hockey a su novio.

—Claro. Pues yo estuve con Rose ayer.

—Sí, he visto las fotos.

—Ostras, ¿las han colgado en internet?

—Dicen que habéis vuelto. Felicidades. Me alegro mucho por ti.

—Es igual… Quiero contarte lo que me dijo.

—¿Quiere volver contigo?

—No. Cállate. Me dijo que deberíamos pensar, tipo, un plan B. Por si nuestro secreto sale a la luz.

—Un plan B —repitió Ilya—. ¿Y cuál sería?

—Ni idea. Supongo que o seguimos el plan que tenemos o nuestro secreto estalla y estamos en la mierda, ¿no?

Ilya frunció el ceño.

—Tal vez. Sí.

—Sé que vamos con cuidado, pero…

—Puede que alguien note que te lanzo miraditas.

—¿El qué?

—Sí, miraditas. Hayden dijo que te lanzo miraditas, como si te comiera con los ojos.

Shane se retorció entre las sábanas.

—¿Cuándo te lo dijo?

—En el campamento. Yo te miraba y dijo…

—Ay, dios. —Shane se dio una palmada en la cara—. Dime que no te dijo eso.

—Sí. Y seguro que era cierto. En cuanto te miro, mi… —Ilya abrió y cerró el puño varias veces delante del pecho—. Mi corazón se vuelve loco, ¿sabes?

Entonces el corazón de Shane también empezó a volverse un poco loco.

—Deberías ir al médico y que te lo mire.

Ilya sonrió y negó con la cabeza.

—Creo que es porque estoy enamorado, nada más.

Shane se tapó la cara con una almohada. Era incapaz de mirar a Ilya en ese momento. Tampoco podía dejar que Ilya lo viera.

—Vuelve —le dijo Ilya entre risas.

Shane apartó la almohada.

—Joder. Te echo muchísimo de menos. Me despierto solo todos los días y es una mierda.

—Ya lo sé. Cuatro días más.

Shane gruñó.

—Ni siquiera tendremos tiempo de vernos antes del partido, ¿verdad?

—Lo más probable es que no.

—Buf, va a ser una tortura.

—Puede que te bese durante un saque.

—Estoy seguro de que iría contra las normas.

—Qué repelente eres.

—Y, además, ahora estoy desnudo.

—¿Ah, sí?

—Mmm. Salvo por las gafas.

Ilya sonrió y se levantó.

—Pues vamos a mi habitación.