El partido más largo (Game Changers 6) Capítulo 9
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Capítulo 9

Ilya se despertó después de soñar otra vez con su madre. Era el mismo sueño. Siempre el mismo sueño.

Alargó una mano hacia el lado de la cama de Shane, pero, por supuesto, estaba vacío. Hacía dos semanas que no compartía cama con Shane.

Se llevó la mano al pecho y repasó el crucifijo que llevaba al cuello con la yema del dedo. Los bultos y esquinas tan familiares de la cruz de oro lo tranquilizaban.

Tenía que ir a entrenar. Seguía cansado.

Últimamente, siempre estaba cansado. Podría ser porque ya tenía veintinueve años, que para el mundo del hockey era como la mediana edad.

O porque su equipo de pena había perdido cinco a uno la noche anterior.

Podría ser por los frecuentes sueños inquietantes que había tenido sobre su madre.

Podría ser porque echaba de menos a su novio.

«Podría ser porque estoy deprimido».

No. Estaba bien. Normal. No era que se pasara el día llorando en la cama.

«Mi madre tampoco».

Se obligó a levantarse de la cama pese a que todas las partes de su cuerpo y su cerebro protestaban. Durante el partido, un defensa de Nueva Jersey lo había estampado contra las vallas y ahora lo estaba pagando. Otra cosa con la que lidiar.

Echaba de menos despertarse con Shane. Echaba de menos desayunar juntos, aunque ahora Shane solo comía cosas increíblemente saludables.

Echaba de menos prepararle el café a Shane y servírselo en la taza de los Ottawa Centaurs.

Echaba de menos ducharse juntos y revolcarse en la cama después, con el cuerpo húmedo y caliente, incapaces de dejar de tocarse.

Mandó un mensaje a Shane.

Ilya: ¿Qué tal St. Louis?

Shane se puso a responder al instante.

Shane: Llueve. ¿Qué tal Ottawa?

Ilya miró por la ventana de la cocina hacia el río que había detrás de la casa. Los árboles lucían unas relucientes hojas otoñales y el sol brillaba.

Ilya: Bien.

Shane: ¿Has desayunado?

Ilya soltó un bufido. Shane se preocupaba de las cosas más raras.

Ilya: Igual voy al McDonald’s y me pido un McGriddle.

Lo había escrito sobre todo para molestar a Shane, pero ahora le habían entrado ganas de un McGriddle.

Shane: No deberías comer esa mierda.

Ilya: ¿Debería comer heno para desayunar, como tú?

Shane: No es heno. Y sí, probablemente.

Ilya: Preferiría comerme un sándwich que en vez de pan tuviera crepes.

Shane: Puaj.

Ilya sonrió mientras se imaginaba a Shane arrugando la nariz. Seguro que se le juntaban las pecas.

Ilya: Mándame una foto.

Le dio tiempo de servirse un café, ponerle leche y azúcar, y dar un par de sorbos antes de que Shane le enviara por fin el selfi. Ilya se preguntó cuántos habría hecho antes de decidir que aquel era apto para enviarlo.

No era una foto pensada para ser sexy. Solo salía Shane, de pie junto a una ventana, seguro que en su habitación de hotel, con una camiseta azul claro de los Montreal Voyageurs, sonriendo. Se había recogido el pelo detrás de la oreja y estaba adorable.

Ilya: Te echo de menos.

Era el único pensamiento que ocupaba su mente en ese instante.

Shane: Yo también.

Shane: No me des largas. ¿Dónde está mi foto?

Ilya seguía sin camiseta, lo cual era un buen punto de partida para un selfi.

Estiró un brazo para sujetar el móvil y lo levantó un poco, así podría hacerla en picado.

Luego se bajó la goma de los pantalones de deporte hasta que quedó justo en el punto en que empezaba a verse algo.

Se metió un pulgar en la goma, la bajó otro poco e hizo la foto.

Shane: Guau. Qué malo eres.

Esa fue la respuesta de Shane.

A Ilya le habría encantado poder ver el cambio en la expresión de Shane en ese momento. Cómo se le ponían rojas las mejillas y los ojos más brillantes cuando estaba excitado. Seguro que se estaba mordiendo el labio.

Ilya: Si estás solo, podríamos…

Shane: Reunión de equipo dentro de diez minutos.

Ilya: ¿Es un reto?

Shane tardó un siglo en responder e Ilya se imaginó que había borrado varias respuestas antes de decir por fin:

Shane: No puedo. Lo siento.

Ilya: Ok.

Shane: Me va a costar mucho borrar esa foto.

Ilya: Puedo hacerme más.

Sabía que Shane borraría la foto. Siempre borraban cualquier cosa en el historial de mensajes que pudiera delatar su secreto.

Shane: ¿Verás el partido de esta noche?

Ilya: Puede. Si me aburro mucho.

Shane: Intentaré ganar para ti.

Ilya resopló y escribió:

Ilya: Intenta perder. Estamos en la misma división, tonto.

Shane: Ni lo sueñes.

Y luego, sin previo aviso, Shane le mandó una foto de su paquete, con la polla medio dura visible bajo la tela gris del bóxer.

Shane: Hablamos luego.

Ilya soltó el aire con un escalofrío y escribió:

Ilya: Cabrón.

Shane odiaba los viajes a la Costa Oeste porque entorpecían su ritmo de sueño. Habían volado directamente desde St. Louis a Los Ángeles ese mismo día y tenían un partido a las ocho de la tarde del día siguiente, que serían como las once de la noche para él. Puaj.

Ahora eran las nueve y media en hora del Pacífico y Shane estaba en la cama de su habitación de hotel, intentando pasar por algo el hecho de que eran solo las nueve y media. Si estuviera en casa, ya estaría en la cama, sobre todo antes de un día de partido.

Pero no podía dormir.

Oía a Hayden trajinando en la habitación de al lado. Un rato antes sonaba como si estuviera viendo una película. Ahora Shane solo oía pasos.

Cerró los ojos. «Duerme», se dijo.

Estaba en mitad de unos ejercicios de respiración lentos cuando alguien llamó a su puerta.

—Un segundo —dijo mientras se daba impulso para salir de la cama y empezaba a rebuscar en la maleta unos pantalones de chándal y una camiseta. Una vez vestido, abrió la puerta.

—Hola —dijo Hayden. Se daba golpecitos en la nuca y tenía el pelo alborotadísimo—. ¿Puedo quedarme un rato contigo?

—¿Has vuelto a ver una peli de terror? —preguntó Shane, mientras entraba de nuevo para dejarlo pasar.

Hayden sonrió con timidez.

—Me he cagado de miedo.

Shane cerró la puerta.

—Tienes que dejar de ver esas cosas.

—Ya lo sé. —Se tiró encima de la cama de Shane, como si estuviera en su casa—. ¿Qué hacías?

—Intentaba dormir.

—Ay, vaya.

—No pasa nada —dijo Shane, sentado en la cama a su lado—. No he tenido mucha suerte.

—Putos cambios horarios.

—Ya.

—¿Quieres ver algo? —preguntó Hayden.

—¿Qué? Tipo, ¿una de las pelis de Saw ?

—¡No! Todo lo contrario. —Hayden cogió el mando a distancia que estaba en la mesilla—. Algo encontraré.

Acabó poniendo un reality show en el que unos desconocidos se enrollaban en algún lugar tropical, lo cual, en opinión de Shane, era otra clase de peli de terror. Aunque se guardó sus pensamientos y dejó que su amigo se consolara viendo a chicas bien torneadas en biquini.

—Sería raro ir a uno de esos programas —dijo Hayden.

—Mmm —coincidió Shane.

—Aunque supongo que se me daría bien. Tengo un buen cuerpo, soy simpático. Sé que no soy listo, la verdad, pero comparado con estos tíos soy un erudito de ruedas.

—Rodas —dijo Shane.

—Eso. Y, además, soy rico. Eso me da más puntos.

Shane se sentó donde había estado recostado hasta entonces.

—Lo siento. En este supuesto, ¿participarías en un reality show cutre, pero seguirías siendo jugador de la NHL ?

Hayden se encogió de hombros.

—Supongo.

—¿Te pasarías un mes de tu vida, o el tiempo que se tarde en grabar ese programa, viviendo en esa cutre casa de la playa y tratando de ganar diez mil dólares, cuando tienes el salario de la NHL y, rollo, apenas vacaciones?

Hayden frunció el ceño.

—Le das demasiadas vueltas, colega. Claro que no voy a ir a un programa así, porque estoy casado con la mejor mujer del mundo y tenemos… cuatro hijos preciosos.

Shane sonrió.

—¿Has dudado antes de decir que eran cuatro?

—¡No!

—¿En serio has perdido la cuenta de cuántos hijos tienes?

Hayden le dio un puñetazo en el muslo a Shane.

—Espera a que seas padre. Ya lo verás.

Vieron la tele en silencio hasta la siguiente pausa publicitaria, y entonces Shane dijo:

—¿Crees que algún día seré padre?

Hayden juntó las cejas.

—Claro. Porque quieres tener hijos, ¿no?

—Creo que sí.

—Bueno, entonces sí.

—No será fácil. Y probablemente tarde en poder hacerlo.

—Ser padre nunca es fácil.

—Sí, ya, pero conseguir tener un bebé a veces lo es más. Para algunas personas.

Hayden se rio.

—Eso nunca ha sido un problema para Jackie y para mí, te lo aseguro. Aunque ahora se ha operado.

Shane arrugó la nariz.

—¿Se ha operado?

—Tipo, se ha hecho una ligadura de trompas, o como se llame. Cuando tuvimos a Amber, se lo hicieron aprovechando la cesárea. Dos operaciones en una.

—Qué eficientes. —Shane cayó en la cuenta de que quizá fuera un poco raro que no supiera nada de eso.

Solía tomarle el pelo a Hayden sobre su camada, pero nunca había hablado con él sobre la experiencia de Jackie y suya con el tema de tener hijos y criarlos—.

¿Fue una decisión mutua? Me refiero a la de no tener más hijos.

—Desde luego. Pero aunque, o sea, aunque Jackie hubiera sido la única que hubiese querido plantarse, la decisión habría sido la misma.

Jamás la habría obligado a tener más si no le hubiera apetecido.

Sería una putada. Pero cuatro críos ya es más que suficiente para los dos.

—Suspiró—. Ahora mis hijos quieren un perro.

Shane sonrió.

—Ilya también.

—¿Quiere hijos?

—Eso creo. —A Shane se le encendieron las mejillas—. No hemos hablado en serio del tema. Ahora mismo no serviría de mucho.

En la tele, un chico muy borracho empezó a enrollarse con una chica muy borracha.

Shane desenfocó la vista todavía más de lo que hacía cuando iba sin gafas y empezó a estresarse en silencio sobre la logística de adoptar hijos con Ilya.

Había un montón de cosas que tenían que ocurrir antes y todas le aterraban.

—Supongo que sería un buen padre —dijo Hayden, que se abrió paso entre la espiral de ansiedad de Shane.

—¿Quién? —preguntó Shane, por si Hayden hablaba del tipo borracho de la tele.

—Rozanov. Se le dan bien las criaturas. Ruby y Jade lo adoran.