Capítulo 8
Ilya tenía que tomar una decisión.
Podía ser precavido en el juego y quedarse con una baza segura, o podía arriesgarlo todo a cambio de poder alcanzar la gloria.
En realidad, no había decisión que tomar. Agitó los dados.
—Pero si tenías un trío perfecto —comentó Yuna.
Ilya tiró dos dados a la mesa.
—Y ahora tengo cuatros treses.
Cogió el único dado discordante y le dio un beso antes de tirarlo.
—¡No! —dijo David en cuanto el dado se detuvo.
—Mierda —dijo Yuna.
—¡Pleno! —exclamó Ilya.
Levantó los brazos, victorioso.
—No sé por qué te invitamos a jugar —refunfuñó Yuna.
—Porque traigo empanadas.
Ilya había conocido a través de Harris una panadería fuera del centro que vendía las mejores empanadas dulces y saladas que había probado Ilya. Las que más le gustaban eran las de cereza.
—Ha dado en el clavo —dijo David.
Entonces sonó el teléfono de Ilya. Cuando vio quién llamaba, sonrió y se levantó de la silla de la cocina de los Hollander.
—Déjame adivinar quién es —bromeó Yuna.
Ilya le guiñó un ojo mientras iba a la sala de estar y respondía la llamada.
—Hola.
—Hola —dijo Shane—. ¿Qué tal?
—Bien. Estoy en casa de tus padres.
—¿Ah, sí? ¿Y qué haces ahí?
—Ganarles de paliza a los dados.
Shane se rio.
—A mi madre no le va a gustar ni un pelo.
—Me quiere mucho. —Ilya anduvo hasta la repisa de la ventana, que estaba plagada de fotos enmarcadas de Shane con distintas edades, en casi todas ellas vestido con ropa de hockey. La verdad era que había sido un niño adorable—. ¿Listo para el partido?
—Claro. Bah, es con Boston.
Ilya resopló. Su propio equipo no había ganado contra Boston en siglos.
—Menudos cojones tienes.
—Pues sí. Pero te gusta.
Ilya curvó los labios hacia arriba.
—Sí.
—Vas a verlo, ¿verdad?
—Puede. —Ilya pasó el dedo por encima de una foto de Shane con el uniforme de hockey junior. Aparentaba unos diecisiete: la edad que tenía cuando Ilya lo había conocido—. O puede que vea una peli, no sé.
—Menudo capullo —le dijo Shane con afecto.
—Pero te gusta.
—Sí, sí. Pero también me gusta el resto de ti. —Su voz adoptó un tono más seductor—. Aunque me muero de ganas de tenerte dentro.
Ilya sonrió.
—Tengo puesto el altavoz, por cierto.
—¡¿Qué?!
—Era broma.
—Joder. —Shane soltó el aire—. Ni puta gracia.
—Si tú lo dices.
—Debería despedirme. En breve tengo que ir al estadio.
—Vale.
Se produjo una pausa larga: la misma pausa larga que solía aparecer al final de casi todas sus llamadas telefónicas. Los dos tenían que colgar, pero a ninguno le apetecía.
—Buena suerte esta noche —dijo Ilya al fin—. Intenta no hacer demasiado el ridículo.
Shane se mofó.
—Claro.
—Me llamas luego, ¿sí?
—Por supuesto.
Ilya sonrió a la foto de un Shane adolescente.
— Ya tebyá lyublyú.
— Ya vsegda budu lubit tebyá —respondió Shane.
—Vacilón.
Colgaron e Ilya volvió a la cocina, alucinando con lo descarados que se habían vuelto Shane y él.
—Hoy tiene buen aspecto —dijo Yuna.
Ilya murmuró que estaba de acuerdo desde su rincón del sofá. Shane tenía un aspecto estupendo. Era un jugador genial en un equipo genial. Ilya era un jugador genial en un equipo terrible y se sentía un poco menos genial a cada semana que pasaba.
—¿Se te hace raro ver jugar a Boston? —preguntó David.
En otra época sí le había ocurrido, pero ya no. La plantilla de jugadores había cambiado bastante en las dos temporadas transcurridas desde que Ilya había dejado de jugar en Boston.
—Ahora tengo un equipo mejor —dijo Ilya—. Bueno, mejor para mí. El equipo es malo.
—¿No te arrepientes? —le preguntó Yuna—. Me refiero, de irte.
—Nunca.
Era casi del todo verdad. Tal vez hubiera conseguido otra Copa Stanley para Boston si hubiese jugado con ellos la temporada anterior. Se habían quedado a las puertas, incluso sin él.
Pero estar en Canadá, cerca de Montreal, hacía que fuera más fácil estar con Shane. Ilya podía construir una vida en Ottawa, la ciudad natal de Shane. Con el tiempo incluso podría obtener la ciudadanía canadiense y retirarse para empezar una nueva aventura con Shane.
—¿Te apetece otra Coca-Cola? —preguntó David durante una pausa publicitaria.
—No, no, estoy bien. La comida estaba deliciosa y estoy lleno —dijo Ilya con una sonrisa educada.
David había hecho pollo con parmesano, uno de los platos favoritos de Ilya. Había comido más de lo que le convenía. Sobre todo, después de haberse zampado dos empanadas.
—Hay helado —le dijo Yuna—. Por si te apetece.
—No, gracias —dijo Ilya. Y luego—: ¿De qué sabor?
Yuna sonrió.
—Vainilla con cookies .
Ilya se llevó la mano al corazón.
—Imposible resistirme.
Unos minutos después, Ilya estaba cobijado bajo una manta en el sofá, comiendo helado de un bol pequeño. Se sentía como un niño y en parte le encantaba.
En la televisión salía Shane, en un primer plano mientras se preparaba para el saque de inicio. Tenía las mejillas sonrojadas y la piel resplandeciente por el sudor. El pelo oscuro se asomaba por el casco de un modo que no lo había hecho en casi toda su carrera.
—Lleva el pelo demasiado largo —se quejó Yuna.
—No —dijo Ilya en voz baja—. Es perfecto.
En el segundo tiempo, Shane cogió un pase largo de J.
J. que acabó en una escapada. Shane corrió por la zona de Boston y gracias a su increíble velocidad nadie pudo alcanzarlo.
Cuando llegó a la portería, cogió el stick del revés y, en la fracción de segundo previa a lanzar el tiro, Ilya se dio cuenta de lo que estaba haciendo.
Shane había dejado el puck donde estaba, fingiendo que iba a tirar un revés, con lo que obligó al portero a moverse.
Luego, rápido como el rayo, Shane lanzó un tiro con un giro de muñeca de derecha por encima del hombro del guardameta.
Y entonces Shane guiñó un ojo a la cámara. ¡Guiñó un ojo! E Ilya supo que se lo dedicaba a él.
—¡Ese movimiento es mío! —exclamó Ilya. La manta que lo cubría se cayó al suelo cuando se puso de pie, señalando el televisor con una mano y agarrando el bol del helado con aire protector con la otra—. ¡Ha hecho mi movimiento!
David y Yuna se reían. Ilya no.
—¿Cuándo lo ha aprendido? —exigió saber Ilya—. No se lo he enseñado.
—Ya conoces a Shane —dijo Yuna—. Lo ha estudiado, se lo ha aprendido y diría que lo ha perfeccionado.
—¡Pero ese movimiento lleva el nombre de Rozanov! —exclamó Ilya—. No puede hacerlo.
—Pues acaba de hacerlo —señaló David.
Ilya se desplomó en el sofá resoplando.
—Vaya mierda.
—Deberías verlo como un honor —dijo Yuna—. Es una muestra de respeto.
—Es una muestra de que es un ladrón.
—¿No ves que todos los críos aficionados al hockey se pasan el día practicando ese movimiento? —preguntó David—. Me apuesto a que la mitad de la NHL lo ha practicado, pero nadie lo borda salvo Shane y tú.
Bueno. Era agradable verlo así, aunque Ilya no pensaba admitirlo.
—Yo lo hago más rápido —refunfuñó en lugar de darle la razón.
Ahora Shane estaba en el banquillo, sonriendo y con aspecto de estar puto orgulloso de sí mismo. Ilya se metió una cucharada de helado en la boca para evitar sonreír también.
—Eres un asqueroso.
Shane se rio al ver lo enfadado que estaba su novio.
—¿Te ha gustado?
—¿Cómo lo has aprendido?
—Ni que fuera tan difícil —dijo Shane quitándole importancia, como si no lo hubiera practicado en secreto durante horas, visualizando ese momento. Con la esperanza de ver justo esa expresión en el rostro de Ilya.
Shane vio en la pantalla del teléfono a Ilya con el ceño fruncido, pero advirtió que le brillaban los ojos con una mezcla de enfado y deseo que siempre hacía que a Shane le temblaran las rodillas.
Iba sin camiseta, y Shane veía la parte superior del tatuaje de la cabeza del oso pardo en el pectoral izquierdo y parte del tatuaje del colimbo en el hombro izquierdo.
—¿Querías cabrearme? —preguntó Ilya en voz baja y peligrosa. Shane sintió un escalofrío.
—¿Ha funcionado?
—¿Estás solo?
Shane desplazó el teléfono para mostrarle la habitación de hotel vacía.
—Sí.
—Quítate la camiseta. Ve a la cama.
Shane se entretuvo un momento en colocar el móvil en el trípode que había tenido la previsión de montar junto a la cama. Sabía que su pequeña provocación en la pista pondría a Ilya cachondo como un perro. Contaba con eso.
Cuando se hubo tumbado en la cama, sin camiseta, como le había mandado Ilya, Shane dijo en ruso:
—¿Tienes planes para mí?
Ilya se quedó boquiabierto un momento y Shane casi vio las oleadas de excitación que lo recorrían como un rayo.
—Joder —dijo Ilya.
Shane se mordió el labio, muy orgulloso. Orgulloso de lograr todavía que Ilya reaccionara así, de poder sorprenderlo todavía, después de tantos años.
—Creo que merezco una recompensa —dijo Shane en inglés—. Por perfeccionar el movimiento.
—Perfeccionar… —se burló Ilya—. Ha sido pasable.
—El puck entró en la portería.
—Es igual. Espera. Un momento.
Shane esperó mientras Ilya colocaba el móvil en el trípode que tenía. Cuando terminó, Shane pasó a tener una buena vista de Ilya reclinado en la cama, solo con el bóxer puesto.
—Confío en que no fuera eso lo que llevabas en casa de mis padres.
—Me ha arreglado para ver a tus padres. Una camisa bonita, un novio muy respetable.
—No hace falta que te arregles para ellos. Te quieren mucho.
Ilya sonrió con ternura, indefenso.
—Ya lo sé. Me prepararon pollo con parmesano. Y había helado.
—Suena sano y muy equilibrado.
Ilya negó con la cabeza.
—¿Qué sentido tiene la vida si no comes pollo con parmesano y helado?
—Se me ocurren unas cuantas cosas buenas —dijo Shane mientras se acariciaba a través de la ropa interior—. Además de la comida.
—¿Como el entrenamiento a intervalos de alta intensidad? —preguntó Ilya cortante.
—Cállate. Intento ser sensual.
—Ah. Vale. No estaba seguro. —Extendió un brazo por encima de la cabeza y dejó caer la mano relajada sobre la almohada—. Entonces ¿cuál es el plan?
—¿Plan?
—Estás al mando, ¿sí? ¿Quieres una recompensa? ¿Qué quieres que haga?
—Mmm. —A Shane le habría encantado poder responder a ese tipo de pregunta sin ruborizarse. Ilya siempre conseguía decir marranadas sin que le diera vergüenza—. Tócate.
Ilya se tocó la nariz.
—¿Así?