El partido más largo (Game Changers 6) Capítulo 7
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Capítulo 7

«Dinastía».

Esa era la palabra que le pasó por la cabeza a Shane —la palabra que se había repetido una y otra vez últimamente en Montreal— mientras observaba cómo subían hasta las vigas del techo el banderín de campeones de la Copa Stanley.

Era su tercera ceremonia como vencedores. Su tercera victoria en la Copa Stanley. Tras muchísimos años de apenas llegar a los play-offs , Montreal volvía a tener un equipo de hockey que era toda una dinastía. No había motivos para ser modesto: todo había empezado con él.

—No se cansa uno, ¿verdad? —comentó J. J.

Estaban los dos juntos de pie en la pista, con todo el equipo alrededor de los trofeos que habían ganado la última temporada, incluida la Copa Stanley. La afición —el estadio a reventar, como siempre— rugía de orgullo mientras subía el banderín.

—Nop —dijo Shane.

Le encantaba ser un Montreal Voyageur. Le emocionaba lo que sus compañeros y él habían conseguido y deseaba seguir con esa racha el resto de su carrera.

Cuando acabara la temporada quedaría libre por completo, pero confiaba de todo corazón en volver a fichar con Montreal.

Ni siquiera quería mirar las opciones. Aquel era su equipo. Aquellos eran sus fans.

Y aquellos eran sus tres putos banderines de campeón de la Copa Stanley.

Algún día el jersey con su número también colgaría de las vigas del techo del estadio. No le cabía duda de que lo expondrían allí. Se lo había ganado. Incluso si dejaba el deporte ya, había hecho suficiente para ganárselo.

—¿Sabes qué es mejor que tres Copas Stanley? —preguntó J. J.

Shane sonrió.

—Cuatro Copas Stanley.

—Joder, tienes razón. ¡A por ella!

—¡A por ella! —coincidió Shane.

El primer partido en casa de Ottawa siempre le parecía a Ilya algo ridículo.

Igual que todos los equipos de la NHL , había mucho alboroto: vídeos proyectados en la pista, todo el espectáculo de luces, un montón de hielo seco y animada música fuerte. Anunciaban a los jugadores uno por uno conforme salían de una alfombra roja y llegaban al hielo.

En la época en que Ilya jugaba para Boston, la energía del edificio crepitaba de orgullo y posibilidades. El equipo siempre prometía a los fans que haría todo lo que pudiera por ganar para ellos. La afición de Boston tenía expectativas; quería campeones.

El primer partido en casa en Ottawa era más como una disculpa preventiva. Esa noche no habría promesas, solo un montón de luces vistosas para distraer al público de lo malísimo que era el equipo y hacerle olvidar que casi con total seguridad perdería ese partido. Y el siguiente.

Ilya lo aborrecía. La peor parte era que ni siquiera tenía sentido para él.

Ottawa contaba con los elementos de un gran equipo, incluido él.

Su nuevo entrenador, Brandon Wiebe, era novato y muy joven, pero a Ilya ya le caía bien.

Wyatt era un gran portero y paraba una media de cuarenta tiros o más para evitar que perdieran de paliza.

Ilya continuaba marcando un montón de goles, pero no era suficiente. No podía suplir a todo un equipo.

Como capitán, el nombre de Ilya fue el último que anunciaron. Entró en la pista y la afición se volvió loca. Lo querían muchísimo en Ottawa. Era agradable.

Ocupó su lugar y cerró el círculo que sus compañeros de equipo habían formado alrededor del logo en el hielo central.

El logo de los Centaurs era una de las muchas cosas sorprendentes del equipo: un dibujo de un centauro jugando al hockey.

Ilya no estaba seguro de cómo iba a funcionar esa idea.

Aunque era casi la representación perfecta del equipo de Ottawa: un puñado de cosas entremezcladas que no podían confiar en ganar partidos de hockey.

—Pobres desgraciados —murmuró el compañero de línea de Ilya, Zane Boodram, mientras miraba la multitud a través del hielo seco y la iluminación tenue.

—Igual ganamos —dijo Ilya.

—Claro. Quizá esta sea la temporada en que por fin decoramos el techo de este tugurio.

Ilya alzó la mirada a las vigas, donde había un total de cero banderines de campeones de la Copa Stanley.

—Quizá.

—No ha sido más que un puto partido —dijo el entrenador Theriault con su habitual tono gruñón y falto de humor—. Tenemos toda la temporada por delante, así que no empecéis ya a dar por el culo con las celebraciones.

Los jugadores murmuraron con solemnidad en el vestuario para indicar que estaban de acuerdo.

Shane también asintió, dando la razón a su entrenador, aunque habría preferido que utilizara una expresión menos homófoba.

No obstante, tras casi treinta años de su vida dedicados al hockey, Shane ya no sabía lo que se consideraba homófobo y lo que no.

Había sido un buen partido. Montreal había dominado desde el primer minuto y su portero, Patrice Drapeau, solo había dejado pasar un gol. Casi perfecto, la verdad.

—Mañana —continuó el entrenador— vamos a hablar de la estrategia de las jugadas ofensivas, porque esta noche ha sido un puto caos. Reunión por videollamada antes del entreno. A las nueve en punto.

Algunos murmuraron: «Sí, entrenador». Lo cierto era que Shane no estaba seguro de qué problema había con las jugadas ofensivas, porque solo habían llevado a cabo tres y habían marcado en una de ellas, pero supuso que lo averiguaría.

Su equipo ansiaba la perfección, siempre.

Ser un Voyageur no era fácil, pero por lo menos el trabajo duro y el sacrificio valían la pena.

Solo uno de los equipos de la liga había elevado un banderín de campeones esa noche.

No se imaginaba cómo sería estar en un equipo como Ottawa.

Ilya casi nunca se quejaba, pero Shane no sería capaz de lidiar con el bochorno de perder con tanta frecuencia.

Si Shane era sincero, le resultaba algo decepcionante que a Ilya ya no le importase.

Echaba de menos competir en serio contra Ilya. Últimamente no había muchos retos.

—El entrenador es igual de simpático que antes del verano, ¿eh? —comentó Hayden a Shane después de que Theriault saliera del vestuario.

—Es nuestro entrenador, no nuestro amigo —respondió Shane, de forma casi automática.

Hayden le dio un codazo.

—Tú también eres igual de simpático.

Shane resopló, con lo que no pareció mucho más alegre.

Hayden se echó a reír y le pasó un brazo por encima de los hombros a Shane.

—Te quiero, colega. ¿Quieres que comamos juntos mañana después del entreno?

Shane sacó la cabeza de debajo del brazo sudoroso de Hayden.

—Tengo las comidas ya organizadas para la semana.

Hayden lo miró decepcionado.

—¿Y si me llevo comida preparada y la tomo en tu casa? Solo quiero quedar, hacer alguna chorrada juntos.

—Ah. —Mierda. ¿Shane era un amigo de mierda? Seguramente—. Claro, por supuesto.

—¿Sí? —preguntó Hayden—. ¿Seguro que no estás ocupado con…, ya sabes?

—Nop —dijo Shane enseguida—. No nos veremos en unos días.

Hayden no parecía demasiado apenado con la noticia.

—¿Crees que Ottawa habrá ganado esta noche? —Se levantó y cogió el móvil de la estantería—. Vamos a ver.

Por dios, Shane confiaba en que sí.

Por supuesto, Ottawa había perdido. Pero Luca Haas había marcado su primer gol en la NHL en su primer partido de la NHL , así que había motivos para celebrar.

—No ha sido el resultado que esperábamos —dijo el entrenador Wiebe.

Lo dijo casi con tono de disculpa, como si fuera el único responsable de que hubieran perdido.

Como si su equipo no llevara perdiendo siempre durante prácticamente toda su existencia—.

Pero he visto muchas cosas que me han gustado esta noche.

Wyatt, un partido excelente. Ilya, ¿puedo decir que es un placer verte jugar de cerca? Increíble. ¿Y dónde está Luca?

En la otra punta de la estancia, Luca levantó la mano con timidez.

—El puto futuro está aquí delante —anunció Bood en voz alta, y le alborotó el pelo corto y sudado a Luca. Le pasó el puck del gol a Luca y todos lo vitorearon.

No era la primera vez que Ilya se preguntaba por qué demonios Bood no era el capitán del equipo. Podía decirse que era el relaciones públicas del equipo, el animador principal, y llevaba siendo un Centaur desde su primer partido en la NHL seis temporadas antes.

Desde hacía un tiempo Ilya era un capitán penoso. Apenas salía con sus compañeros de equipo y casi no se relacionaba con los jugadores más jóvenes. Le entraban ganas de arrancarse la «C» del jersey y entregársela a Bood de inmediato.

Ilya observó a sus compañeros, que se reían y se animaban unos a otros, mientras empezaba a quitarse el equipamiento.

Se sentía a millones de kilómetros de distancia.

Antes siempre era el centro de esas cosas, bailaba en medio de la sala para que sus compañeros se rieran.

Ahora lo único que sentía era un agotamiento que lo consumía y del que no podía culpar en exclusiva al partido que acababan de jugar.

Los periodistas entraron en el vestuario e Ilya logró darles unas cuantas respuestas de manual. Sí, perder era decepcionante, pero creía en su equipo y estaba seguro de que le darían la vuelta al marcador durante la temporada.

Casi todos los reporteros querían hablar con Luca, lo cual fue un alivio. Una vez que dejaron a Ilya a solas, se quitó encantado la camiseta empapada en sudor y la tiró a uno de los montones de ropa sucia.

—Hola, hola —dijo una voz cantarina.

—Harris —dijo Ilya para saludar al encargado de redes sociales del equipo—. ¿Necesitas una foto mía sin camiseta para Instagram?

Harris se echó a reír.

—O sea, seguro que tendría unos cuantos «me gusta», no voy a mentirte.

Ilya hizo un par de poses tontas marcando músculo y alardeando de bíceps. Harris se abanicó en broma.

—Ay, madre. Tengo que sentarme —dijo Harris y se desplomó en el banco que había junto al de Ilya—. Voy a desmayarme.

Ilya le sonrió. Si alguien podía subirle la moral en un momento, era Harris.

Todos los miembros del equipo querían mucho a Harris, cosa que Ilya apreciaba porque Harris era abiertamente gay.

No sabía si habrían recibido a Harris con tanto cariño en Boston.

No lo habrían invitado a las salidas de juerga del equipo, eso seguro.

—Todo el mundo va a Monk’s luego —dijo Harris—. ¿Te vienes?

—No lo sé —contestó—. Puede.

Harris sonrió de un modo que hizo que Ilya supiera que él sabía que no pensaba ir. Se levantó y le dio una palmadita en el hombro a Ilya, para lo cual tuvo que estirarse mucho. Era incluso más bajo que Shane.

—Será mejor que me marche antes de que te quites los pantalones y me encienda de verdad.

Ilya esbozó una sonrisa.

—Pero ¿en serio trabajas para el equipo o te limitas a pulular por el vestuario?

Harris le guiñó un ojo.

—No se lo digas a nadie.

Cruzó la estancia para hablar con Wyatt, e Ilya se quitó el resto del equipamiento y fue a las duchas.

Diez minutos más tarde regresó al vestuario, que estaba más tranquilo que cuando se había ido. Vio a Haas sentado en su sitio, todavía con casi todo el equipo puesto y sonriendo mientras miraba el puck . Ilya se sujetó bien la toalla alrededor de la cintura y caminó hacia él.

—Podemos hacer que sea, eh… —Ilya no recordaba la palabra adecuada—. Hacerlo como un trofeo.

Luca se apresuró a dejar el puck en el banco que tenía al lado, como si le diera vergüenza.

—Solo es un gol —dijo.

Ilya se sentó junto a él.

—Yo aún guardo el mío en la habitación de los trofeos que tengo en casa.

—Esa habitación debe de estar muy llena —dijo Luca en serio.

Ilya sonrió.

—Mucho. Pero el puck del primer gol es mi favorito.

A Luca se le pusieron las mejillas rojas, lo que hizo que pareciera aún más joven de lo que era.

—¿En serio?

—Sí. Porque era el principio, ¿sabes? Pronto tendrás una habitación llena de pucks y trofeos de la NHL , pero… —Ilya cogió el puck — todo empezó con este.

Luca agachó la cabeza.

—Ojalá hubiéramos ganado el partido.

Ilya estuvo a punto de hacer una broma sobre que Luca no tardaría en acostumbrarse a perder, pero no era el mensaje que quería transmitir a su rookie .

—Ya, pienso igual. —Le dio un toque con el dedo en el brazo a Luca—. ¿Vas a ir al Monk’s?

Luca abrió los ojos como platos.

—¿Tú sí?

A Ilya se le rompió el corazón al ver cuánto deseaba ese chaval que el capitán saliera con el equipo. Cuánto significaba para él. Sabía que Luca lo había idealizado de adolescente; había leído las entrevistas.

Pero Ilya simplemente… no podía. Esa noche no. Esa noche no tenía energía ni para fingir.

—A la próxima —dijo en un débil intento de sonrisa.

Más tarde, en la cama, Ilya no lograba que su mente se callara. Y era un tormento, porque su mente no tenía nada agradable que decirle.

Desde el punto de vista racional, sabía que no era un inútil.

Era una superestrella de la NHL , el capitán de su equipo, y alguien muy querido por sus fans.

Tenía un novio maravilloso que lo amaba tanto que estaba dispuesto a soportar un montón de estrés y de secretos solo para estar con él. Recibía mucho amor.

Pero no estaba seguro de merecérselo. No conseguía convencerse. Ahora mismo no.

Ojalá Shane estuviera con él en ese momento. Solo llevaban dos días separados, pero Ilya habría dado lo que fuera por tener a Shane en sus brazos en aquel instante.

«Débil». Eso le decía su mente con la voz de su padre. Asqueado y cruel.

Ilya agarró el móvil, que había dejado en la mesilla. Puede que él fuera débil, pero necesitaba tener todo lo que pudiera de Shane en ese momento. Un selfi adormilado. Un mensaje de buenas noches. Un emoticono de un corazón. Lo que fuera. Pero lo necesitaba.

A la mañana siguiente, Shane se despertó temprano y se encontró con un mensaje sin leer en el móvil, enviado pasada la una de la madrugada.

Ilya: ¿Estás despierto?

Shane resopló y negó con la cabeza. ¿Había algún momento del día en el que Ilya no estuviera cachondo?