Capítulo 6
Octubre
—¿Con cuántos hombres has estado?
Ilya levantó la mirada con interés de la taza de café en la que había echado azúcar. Shane había soltado la pregunta de improviso y ahora miraba fijamente sus huevos pasados por agua. Tenía las orejas de un rosa encendido.
—¿Te refieres a esta semana? —preguntó Ilya sin inmutarse.
Shane levantó la mirada y su enfado irradió por la mesa del desayuno en olas de irritación.
—No, capullo. En total.
Ilya dio un sorbo largo al café mientras miraba a Shane a los ojos por encima de la taza de los Ottawa Centaurs. Devolvió la taza a la mesa muy despacio, se reclinó en la silla y dijo:
—¿Por qué?
—Porque no me lo has dicho nunca.
—A lo mejor no llevo la cuenta.
Shane lo fulminó con la mirada y luego volvió a dirigir la atención a los huevos.
—Déjalo. Da igual.
Ilya curvó la boca hacia arriba. Dejó que el silencio se prolongara entre los dos lo bastante para que Shane tal vez pensara que Ilya iba a olvidarse del tema.
No pensaba hacerlo.
—¿Cuántos querrías que fueran?
Shane negó con la cabeza.
—Olvídalo. Ya no me importa.
—Y una mierda.
Por lo tensa que tenía la mandíbula Shane cuando volvió a mirar a Ilya, se notaba que le importaba mucho.
—Me dijiste que te liaste con un chico en Moscú. El, eh…
—El hijo del entrenador. Sí. Ese fue uno.
—¿El primero?
—Ya te lo dije. Sí.
—No me lo habías dicho. A ver, se sobreentendía, supongo, pero…
—Fue el primero. —Ilya se mordió la mejilla por dentro y luego añadió—: Y posiblemente el mejor.
—Y una polla.
—¿Sabes quién tenía una buena polla? —preguntó Ilya con nostalgia.
La silla de Shane rascó el suelo cuando se levantó. Arrancó el plato de la mesa y se fue cabreado al fregadero. Ilya siguió desayunando.
—¿El segundo fui yo? —preguntó Shane, tras acabar de fregar el plato.
—¿El segundo con la mejor polla?
—Vale ya.
Ilya cogió un pedacito de tostada con mucho aspaviento y lo masticó a conciencia, pensativo, como si no lograra recordar con cuántos hombres se había acostado antes de Shane.
—Puede.
Shane se cruzó de brazos.
—No pensaba que fuera una pregunta tan difícil de responder.
—¿Tú te acuerdas de todos los goles que has marcado?
—Ah, ¿es un número similar?
Shane había marcado más de quinientos goles solo en la NHL .
—Más o menos.
Shane se marchó de la cocina.
Ilya le dio un minuto de ventaja y luego salió pitando detrás de él. Lo encontró cerca de la puerta de entrada, ya con la cazadora puesta.
—¿Adónde vas?
—A casa.
Ilya se apoyó en la pared.
—¿Ya?
Era cierto que Shane tenía que conducir de vuelta a Montreal esa mañana, pero desde luego Ilya no pensaba dejar que se marchase así.
—Yo te dije cuántos —dijo Shane.
Como si Ilya se hubiera olvidado.
—Sí. Dos aparte de mí. Ambos un desastre.
—Un desastre no. Solo que no…
Ilya movió las cejas.
—Me voy.
Shane puso la mano en el pomo de la puerta. Ilya puso la suya en el hombro de Shane.
—Fuiste el segundo.
Shane no se dio la vuelta.
—¿Y después de mí?
—¿Hay una respuesta incorrecta a esa pregunta?
Shane soltó el aire y dejó caer los hombros.
—No.
—Unos cuantos. No muchos. Era peligroso, ¿vale? Un capricho escaso.
—Puaj.
Ilya dejó que su mano resbalara por el hombro de Shane y la bajó por el pecho. Shane dio un pasito atrás y casi se relajó pegado a él. Ilya inclinó la cabeza y le besó el cuello, y Shane se relajó aún más.
—Ninguno de ellos importa. Ya no.
Shane suspiró.
—Ya lo sé.
—Entonces ¿por qué me preguntas?
Shane se dio la vuelta. Ilya siguió arropándolo con el brazo, pero ahora con la mano apoyada en su espalda.
—No lo sé. —Enterró la frente en el pecho de Ilya—. Lo siento.
Ilya lo cubrió con el otro brazo y lo estrechó mientras acariciaba con la nariz el pelo oscuro y brillante de Shane. Olía a champú caro.
—Te echaré de menos.
Shane exhaló con fuerza.
—¿Estás listo para otra temporada igual?
A Ilya se le rompió el corazón. ¿Qué significaba en realidad esa pregunta?
—¿Otra temporada igual de qué?
Shane se apartó lo suficiente para poder mirarlo a los ojos.
—De escondernos.
En total, sería la undécima temporada de la NHL en la que habían ocultado su relación. Siete temporadas de follar en secreto y tres temporadas de estar en una relación seria que casi nadie conocía. Llevaban mucho tiempo escondiendo cosas.
—Claro —dijo Ilya.
—Lo odio.
—Ya lo sé. Yo también.
—No puedo creer que nadie lo haya adivinado.
—Bueno —dijo Ilya, y pasó el pulgar por la mejilla de Shane—. No estamos en la misma liga.
—Cierto.
—¿Quién se lo creería si se lo contaras?
Shane le dio un puñetazo en el brazo y luego atrapó los labios de Ilya en un dulce beso.
Sabía a café y a hogar, y a Ilya le habría encantado que no tuviera que marcharse.
—Deberías dejar el hockey —murmuró Ilya—. Mándales un mensaje. Diles que lo dejas. Quédate conmigo.
—No voy a terminar mi carrera con un mensaje de móvil.
—Pues un correo electrónico.
—Tengo que irme.
Otro beso largo, este un poco menos dulce. Un poco más urgente. Cuando se apartaron, Shane estaba pegado a una pared e Ilya llevaba la camiseta subida hasta el pecho. Ambos respiraban con dificultad y tenían la piel sonrojada y la polla medio dura.
—Tengo que… —repitió Shane.
—Vete. Sí.
—Tres semanas y estarás en Montreal, ¿verdad?
—Tres semanas.
—No es para tanto.
Shane le sonrió con tristeza. Tres semanas no era tanto tiempo, pero Ilya estaba hasta las narices de que su relación se dividiera en noches sueltas juntos con semanas de no verse entre medio. Dos noches seguidas si tenían suerte.
Salvo los veranos, cuando estaban juntos casi todos los días y el alma de Ilya se iluminaba mientras se empapaba de la proximidad de Shane, igual que su pelo castaño dorado se iluminaba con el sol. A Ilya le encantaba el hockey, pero ahora vivía para los veranos.
El verano se había acabado. La temporada de la NHL empezaba oficialmente al cabo de dos días. Su alma tendría que vivir de los recuerdos bañados por el sol y la anticipación de algunas noches robadas de sexo explosivo y besos tiernos.
—Te quiero —dijo Ilya entre las hondas inspiraciones que estaba dando en un intento de enfriarse la sangre.
Shane se separó de Ilya y de la pared, y le apretó el brazo.
—Yo también te quiero. —Shane soltó el aire y, por educación, Ilya pasó por alto el temblor que advirtió en su voz—. Vale. Tres semanas.
—Tres semanas. Escríbeme cuando llegues a casa.
—Claro.
Shane le dio un último beso y luego se marchó.