Capítulo 5
—¿Qué se supone que tengo que ponerme para la cosa esa? —preguntó Shane desde el vestidor.
—Tienes uno de esos de cuero, eh… ¿Cómo se llama? Como lo de los caballos…
—Un arnés. Y cállate, anda.
Ilya se rio para sus adentros. Se moría de ganas de ver qué conjunto elegía Shane para el espectáculo de Fabian.
—Ponte unos calzoncillos y ya está —propuso Ilya—. Y gafas de sol.
Shane asomó la cabeza por la puerta del vestidor.
—¿Tú qué te vas a poner?
Ilya justo estaba poniéndose bien la camiseta ajustada de color rosa pálido. Se la había comprado hacía poco y le quedaba genial.
—Madre mía —dijo Shane.
—¿A que es chula?
—¿No la tenían de tu talla?
Ilya sonrió. Shane era un puto bromista y el ardor de su mirada lo delataba.
—Ponte algo fresco. En el club hará calor.
—Vale. Eh…
Shane volvió a desaparecer dentro del vestidor. Salió un minuto después con unos estilosos pantalones de tela negra que se ajustaban en el tobillo y una vaporosa camisa de lino gris con los botones del cuello desabrochados.
—No está mal —dijo Ilya, lo que era una forma de rebajar un montón el efecto.
A Shane la camiseta le quedaba ajustada por los hombros anchos, y la costura ceñida de las mangas cortas acentuaba sus marcados bíceps.
—¿De verdad? —preguntó Shane.
—Ajá. —Ilya tiró de Shane para darle un beso—. Estás muy sexy —murmuró pegado a sus labios—. Me pasaré la noche pensando qué quiero hacer contigo luego.
—Mierda, espera por lo menos a que lleguemos al bar antes de empezar a provocarme para que me entren ganas de irme.
Ilya sonrió y lo besó de nuevo.
—Te encantará el concierto. He oído que Fabian es muy bueno.
—¿Ah, sí? ¿Quién te lo ha dicho?
—Harris. Ya sabes, el…
—¿El tío de las redes sociales que no conozco todavía, pero del que no paras de hablar? ¿El que es gay y adorable? Me dijiste que era adorable, ¿verdad?
Ilya se rio en voz baja y agachó la cabeza para besar la junta de la mandíbula de Shane.
—Me invitó al concierto de Fabian en Ottawa el año pasado. Pero no pude ir porque tenía que hacer reposo por una lesión.
—Vaya, así que los chicos gais y adorables te invitan a salir, ¿eh? —Lo más probable era que Shane tratase de sonar enfadado, pero su voz era casi un jadeo y había inclinado la cabeza para que Ilya pudiera acceder mejor a su cuello—. ¿A conciertos de gente sexy?
—Sí. Constantemente.
—¿Harris también irá esta noche? ¿Molesto si voy?
—No lo sé. ¿Quieres que le escriba y se lo pregunte?
Shane era un experto en lanzar miradas asesinas a la vez que sonreía.
—Vamos. Es hora de irnos.
El concierto de Fabian fue tan sexy y maravilloso como Harris lo había descrito, y todos los aspectos del espectáculo se vieron potenciados porque Ilya tenía a Shane a su lado.
No tan cerca como le habría gustado a Ilya, pero aun así. A su lado.
En un mundo ideal, Ilya estaría detrás de Shane y lo abrazaría, para pegarlo al máximo contra su pecho. Ilya apoyaría la barbilla en la cabeza de Shane y le besaría el pelo cada vez que le apeteciera.
En lugar de eso, Ilya estaba de pie entre Shane y Ryan Price, al fondo de un bar abarrotado. Ryan les había contado que siempre veía los conciertos desde la parte de atrás, para no tapar a nadie con su altura. Ilya y Shane habían decidido hacerle compañía.
En el escenario, Fabian tenía cautivado al público.
Pese a la enorme cantidad de gente que había, la sala estaba casi en silencio salvo por su voz etérea y la música que hacía en directo solo con un teclado, un ordenador, un surtido de pedales y su violín.
Se había puesto unos vaporosos pantalones de tela blanca, tan finos que las luces del escenario se filtraban a través de ellos.
Iba con el pecho descubierto, pero lucía varias cadenas resplandecientes en el cuello y unas cuantas más alrededor de la cintura estrecha.
Varias pulseras de oro le recorrían los bíceps e, incluso desde el fondo de la sala, Ilya se percató de que llevaba mucho maquillaje.
Parecía mágico y sensual. Un buen trofeo.
Ilya estaba contentísimo de que hubiera sido Ryan quien se lo hubiese ganado.
—Es precioso —le dijo Ilya a Ryan cuando Fabian acabó la canción.
—Ya… —dijo Ryan sin separar la vista del escenario.
Llevaba una sencilla camiseta negra y vaqueros también negros, y lo más probable era que lo confundieran con un segurata unas cuantas veces durante la velada.
Aunque, supuso Ilya, en el fondo Ryan era como un segurata, porque no le cabía duda de que iba a ser el primero en intervenir si alguien hacía algo mínimamente amenazador contra su novio.
Fabian no podía tener un protector mejor.
—Debe de hacerte sentir poderoso el saber que todo el público desea a tu novio —le dijo Ilya.
La sonrisa que se dibujó en los labios de Ryan fue la expresión más sexual que Ilya había visto jamás en la cara del tímido hombre.
—Desde luego.
Sí, Ilya estaba seguro de que cuando Ryan iba a esos conciertos se ponía la hostia de cachondo.
Echó un vistazo a su propio novio, que miraba a Fabian con los brazos cruzados y mucha atención.
Tal vez no estuviera en el escenario, convertido en un reluciente diamante, pero era tan guapo que le volvía loco.
Para Ilya, la marcada línea de la mandíbula y el perfil recto de la nariz de Shane eran más fascinantes que cualquier otra cosa en la sala.
Se acercó un paso más a él y rozó con el brazo el codo de Shane. Este se apartó, dejó caer los brazos a los lados y dijo:
—Lo hace genial.
—Ya lo sé.
—Y es, tipo, cautivador. Es imposible apartar la mirada de él, ¿a que sí?
—Sí —dijo Ilya, pero sin dejar de mirar a Shane. Se moría de ganas de tocarlo.
En ocasiones Ilya sentía tantas ganas de contacto físico que le apetecía gritar.
Le pasaba sobre todo cuando tenía a Shane cerca, como ahora, pero sin poder tocarlo.
Antes Ilya iba mil veces a locales como ese, casi en cualquier ciudad en la que jugara la NHL .
Echaba el ojo a alguien que le gustara, se liaba con la persona y luego se iban a casa para seguir la fiesta.
A veces se saltaba la parte del club y escribía a alguno de sus rollos frecuentes, según dónde estuviera.
No era que lo echase de menos. No exactamente.
Estaba enamoradísimo de Shane, con todo su corazón, y la vida sexual entre los dos superaba cualquier cosa que hubiera experimentado con otras personas.
Pero sí echaba de menos que lo tocaran… Echaba de menos el subidón de endorfinas que le entraba al liarse con alguien nuevo y lo relajado que se sentía después.
Echaba de menos conocer a gente, hablar con ella y cautivarla.
Pero, sobre todo, echaba de menos el consuelo que le daba el contacto humano. Ahora mismo, en ese club de Montreal, deseaba que ese consuelo se lo diera el hombre a quien amaba.
Dio otro paso hacia Shane y volvió a acortar la mínima distancia que los separaba. Esta vez pasó la yema del dedo por el brazo de Shane, desde el codo hasta la muñeca. Shane se estremeció y lo miró con los ojos como platos, descolocado.
—¿Qué? —preguntó.
«Bésame —quería responderle Ilya—. Bésame y abrázame delante de toda esta gente. Súbeme al escenario y hazlo. Ya me da igual. Por favor. Me muero de ganas».
—Nada —dijo Ilya, y se apartó un poco—. Nada.
Shane estaba tan cachondo que le parecía que iba a arder en llamas.
La sensualidad de la actuación de Fabian —de todo el conjunto—, combinada con tener a Ilya tan cerca, había creado una electricidad que recorría el cuerpo de Shane.
Ojalá pudiera agarrar a Ilya y acercarlo más, besarlo contra la pared del fondo del club hasta que se pusieran a jadear.
Pero no le importaba esperar. El aspecto prohibido de su relación —la disciplina que exigía el esconder cuánto se atraían— todavía excitaba a Shane. Era sexy.
Ahí, en público, a Shane no le importaba fingir que eran dos colegas que habían salido de fiesta con un amigo y excompañero de la NHL .
No le importaba guardarse las manos, porque sabía que pronto estarían a solas y se comerían a besos y todo sería perfecto.
Su recompensa por el trabajo bien hecho. Shane se alimentaba de esas cosas.
Pero, joder, Ilya estaba superatractivo aquella noche. Esa camiseta ajustada de color rosa que parecía a punto de romperse, tan ceñida sobre el pecho y los hombros musculosos de Ilya. El puto tatuaje del colimbo que miraba a la cara a Shane, casi como una marca en la piel de Ilya.
«Es mío —pensó Shane—. No hace falta que el mundo lo sepa, porque yo lo sé».
Se preguntó si Ilya estaría tan cachondo como él en ese momento. No paraba de mirar de reojo a Shane, así que lo más probable era que sí. Además, hacía casi una semana que no habían podido follar, y, si la sequía ya afectaba tanto a Shane, debía de ser una tortura para Ilya.
Shane recordó la última vez que habían estado juntos en algún tipo de bar.
Hacía años de eso, antes de que hubieran admitido qué sentían por el otro.
En aquella época Shane estaba con Rose. Una noche había salido de fiesta con ella y sus amigos, y resultó que Ilya estaba en la misma discoteca de Montreal con algunos compañeros de equipo.
Shane había dejado plantada a Rose en la pista de baile, atraído hacia Ilya como una polilla a la luz, y había contemplado impotente cómo Ilya se liaba con una chica guapa.
Había habido un momento breve y aterrador en el que la mirada de Ilya y la de él se habían encontrado. Cuando Ilya lo había «descubierto»… Entonces Shane había salido huyendo, avergonzado de que lo hubiera pillado mirándolo y horrorizado por lo celoso que se había sentido.
Aquella noche había tenido que pararse en el arcén mientras conducía porque había sido incapaz de ver la carretera entre las lágrimas.
Se sentía muy confuso, asustado y hecho polvo.
Debería haberse ido a casa con Rose, su despampanante novia estrella del cine, en lugar de estar llorando en la cuneta, solo en el coche, por un prepotente jugador de hockey ruso.