Capítulo 2 #2
—Que no tontees conmigo. Ya me entiendes, no intentes ponerme cachondo o lo que sea. Sé profesional.
Ilya se acercó a él.
—No tengo que intentar ponerte cachondo, móy liubímiy .
Shane entreabrió los labios y cambió ligeramente la postura. Luego parpadeó y dijo:
—Eso. Justo eso. No hagas nada parecido hoy.
Ilya le acarició la mejilla con la yema del dedo.
—¿Por qué? ¿Estás cachondo?
—No. Y, en cuanto te vea comiéndote uno de esos asquerosos sándwiches de desayuno, no volveré a querer besarte nunca más.
Ilya se rio.
—Entonces será mejor que me coma dos. Por si acaso.
—Bienvenidos al campamento Rozanov —anunció Ilya.
—¡Buuu! —dijo Wyatt Hayes, y los niños se echaron a reír.
—¿Acaso no es ese el nombre? —preguntó Ilya con inocencia—. Creía que era lo que habíamos acordado.
Shane solo pudo negar con la cabeza, apretando los labios con fuerza para reprimir una sonrisa.
—¡Es el campamento de hockey Game Changers ! —gritó uno de los niños.
—Uf. Qué mal… El campamento Rozanov es mejor. Yo soy Ilya, y este es mi amigo Shane.
—Hola —dijo Shane.
—Todo el mundo sabe que Shane y yo nos caemos muy bien y siempre nos llevamos de maravilla —dijo Ilya.
Los niños se rieron aún más. Algunos protestaron en voz alta—.
Pero por si acaso… no nos ponemos de acuerdo…
hemos traído a más amigos para que nos ayuden.
Para los porteros, vuestros entrenadores serán Wyatt Hayes, que juega conmigo en vuestro equipo favorito, los Ottawa Centaurs.
Algunos de los niños se atrevieron a abuchear.
—Esta semana todos estamos en el mismo equipo —dijo Wyatt sonriendo—. Guardaos los abucheos para el invierno.
—Y también está Leah Campbell, que tiene más medallas y premios que nadie aquí, creo.
—Por dos —dijo Leah con alegría—. No es que nadie lleve la cuenta.
Ilya golpeó el hielo con su stick a modo de aplauso, y los niños y los demás adultos hicieron lo mismo.
—Para los defensas, los entrenadores serán Ryan Price, que es el hombre tan alto y guapo que hay ahí…
—Hey, hola… —dijo Ryan en voz baja mientras movía los patines.
—… y J. J. Boiziau, el hombre alto y más o menos guapo que está a su lado.
—Ten cuidado, Rozanov —dijo J. J., y Shane sabía que solo bromeaba a medias.
A J. J., uno de los capitanes asistentes de Shane y uno de sus mejores amigos, no le había hecho ninguna gracia enterarse de que Shane e Ilya eran amigos.
Ya se le había pasado en gran parte, pero, al igual que Hayden, nunca había llegado a tragar a Ilya.
Shane, desde luego, no estaba preparado para contarle a J.
J. que Ilya y él eran «más que amigos». No todavía.
A pesar de la burlona valoración de Ilya, era innegable que J.
J. era guapo, aunque él y Ryan Price no podían parecerse menos entre ellos.
Ryan era pálido, con unos ojos avellana inquietos, pelirrojo, y llevaba una barba que, en ese momento, estaba más recortada que cuando Shane lo había visto en otras ocasiones.
También padecía ansiedad, que fue una de las razones por las que se había retirado antes de lo planeado a los treinta y un años.
J. J., con su metro ochenta y seis, era casi tan alto como Ryan, e igual de corpulento, pero él tenía la piel morena, llevaba el pelo corto y tenía un acento quebequés con un ligero matiz criollo haitiano heredado de sus padres, además de toda la confianza del mundo.
La otra gran diferencia entre ellos era que Ryan Price sí conocía el secreto de Shane e Ilya.
Los había pillado besándose el año anterior, al final del primer día de campamento.
Shane aún apenas conocía al chico, porque le daba tanta vergüenza que ni siquiera se atrevía a mirarlo a los ojos.
Pero Ryan también era gay y no era muy charlatán.
Por lo que Shane sabía, había guardado el secreto.
—Y, en cuanto a los delanteros —continuó Ilya después de que los chicos dejaran de regañarle—, estamos Shane y yo, y también Max Riley, a quien conocéis del equipo de Canadá. Y por ser el marido de Leah.
A Shane le gustó el entusiasta golpeteo de sticks que recibió Max.
Ilya había sugerido invitarlo a ser entrenador, y Shane había aceptado enseguida.
Max había estado bastante en el punto de mira de los medios durante los últimos dos años tras salir del armario como hombre trans.
Había jugado con su mujer en el equipo de Canadá durante años, incluso en dos Juegos Olímpicos, pero, desde que había salido del armario, se había quedado sin equipo.
Era un defensor acérrimo de los derechos de las personas trans en el deporte, y Shane se alegraba de que tanto él como Leah formaran parte de su plantilla.
No solo porque eran activistas, sino porque ambos eran unos jugadores de hockey increíbles.
—Y también Hayden Pike —dijo Ilya rápido—. ¡Venga! Empecemos.
Ilya tenía que admitir que Shane era un entrenador bastante malo. Pero en plan cuqui.
—Vale —murmuró Shane a un grupo de cuarenta jóvenes jugadores de hockey—.
Bueno, empezáis en la línea de gol y recibís un pase cuando llegáis a la línea azul.
Es decir, sonará un silbato y entonces os ponéis en marcha.
Y el puck lo lanzará la siguiente persona en la fila.
No. Esperad. Lo lanzará la siguiente persona de la fila, pero desde la esquina opuesta.
Eeeh…, porque habrá dos grupos. Uno en cada esquina, y eeeh…
Ilya sintió como si, de algún modo, se hubiera metido en una de las pesadillas de Shane. Como si le estuvieran obligando a dar una charla sobre un tema del que no sabía nada.
J. J. tomó el relevo, seguramente porque también se había dado cuenta de la confusión y el pánico en las caras de los niños. Mientras explicaba el ejercicio, bastante sencillo, con su voz alegre y resonante, Shane se retiró para colocarse junto a Ilya.
—Muy buen trabajo, entrenador Shane —bromeó Ilya.
—Soy un paquete —dijo Shane.
—Sí, pero el resto de nosotros no, así que no pasa nada.
Era cierto. Incluso Ryan Price, que era una de las personas más tímidas y torpes en lo social que Ilya había conocido jamás, se llevaba de maravilla con los críos.
—Pero se supone que yo estoy al mando —dijo Shane con desgana.
—Se supone que también estás al mando de tu equipo, pero todos sabemos que J. J. es el verdadero capitán de Montreal.
Shane le dio un codazo en las costillas con el extremo del stick .
—Soy un gran capitán.
—Lo sé, cariño.
Shane le dio otro codazo, esta vez más fuerte.
—Para ya.
El entrenamiento comenzó e Ilya observó cómo los niños se pasaban el puck y patinaban alrededor de los conos con él.
Todos parecían saber qué hacer, así que J.
J. había hecho un buen trabajo. Ilya echó un vistazo al otro extremo de la pista, donde Wyatt Hayes y Leah Campbell estaban trabajando con seis jóvenes porteros.
Max también echaba una mano lanzando tiros con cuidado a las porterías.
Se oían muchas risas y gritos de alegría procedentes de ese extremo de la pista.
—Está yendo bien —dijo Ilya.
—¿Tú crees?
—Sí. Los chavales se lo están pasando bien. Los entrenadores son buenos. Y creo que la número veintidós está pillada de mí.
Asintió con la cabeza en dirección a una chica cuyos ojos se abrieron como platos tras la máscara, y ella apartó la mirada rápido.
Shane se burló.
—¿Quién no está pillado de ti?
—Hayden. —Ilya hizo una pausa, como si estuviera sumido en sus pensamientos—. A menos que…
—Espera un momento —dijo Shane.
Luego patinó hacia un chico que acababa de terminar el ejercicio.
Se inclinó para hablar con él y empezó a enseñarle algo relacionado con el ángulo de la pala del stick .
Ilya sintió muchas cosas a la vez, tanto por la forma en que los pantalones de chándal de Shane se ajustaban a los músculos de sus muslos como por la calidez que florecía en su pecho cada vez que veía a Shane interactuar con los niños.
—¿De verdad vas a entrenar a alguien, o solo estás aquí para lanzarle miraditas a Shane?
Ilya parpadeó y apartó la mirada de su novio para fijarla en Hayden Pike.
—¿Estás aquí por alguna razón en concreto?
Hayden se dio un golpecito en la visera de la gorra de los Montreal Voyageurs, campeones de la Copa Stanley.
—Estoy aquí para representar el equipo ganador, colega.
Bueno. Ilya no podía rebatir eso. Su propio equipo no iba a ganar ningún título en un futuro próximo. Se hizo una nota mental para acordarse de ponerse al día siguiente la gorra idéntica que tenía Shane porque eso enfurecería a Hayden, y dijo:
—Dirige el próximo ejercicio de pases. A ti se te dan bien.
Hayden entrecerró los ojos, como si estuviera analizando las palabras de Ilya, buscando el insulto. Al final, con cautela, le respondió:
—Claro que se me da bien. Soy el que más asistencias tiene en Montreal.
—Lo sé. Por eso lo he dicho.
—Entonces vale.
—Vale.
Hayden lo estudió un momento más, luego asintió y se alejó patinando. Ilya no se había dado cuenta de lo divertido que sería confundir a Hayden con cumplidos. Tendría que hacerlo más a menudo.
Ilya no pudo evitar fijarse en que el periodista con el que hablaba Shane era muy…
atractivo. Ilya trató de centrarse en los niños a los que estaba entrenando, pero su mirada no dejaba de desviarse hacia donde estaba Shane, justo detrás del cristal, en una esquina.
Incluso desde ahí, Ilya podía ver las sonrisas coquetas que el hombre le lanzaba a Shane.
O quizá solo eran sonrisas normales e Ilya estaba exagerando.
—¿Señor Rozanov?
Apartó la mirada de su novio y del apuesto desconocido, y bajó los ojos hacia la chica que tenía delante.
—Ilya —la corrigió con amabilidad—. ¿Ocurre algo, Chloe?
—No. Es solo que..., eeeh… —Bajó la vista hacia sus patines, con los que se movía nerviosa de un lado a otro.
Ilya se agachó.
—¿Sí?
—No paro de fallar los pases de revés. No solo en el ejercicio, sino, bueno, todo el rato. ¿Sabes qué estoy haciendo mal?
Ilya sonrió.
—Pues hagamos unos cuantos y así vemos cuál es el problema.