El partido más largo (Game Changers 6) Capítulo 2
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Capítulo 2

Ilya estaba soñando con su madre.

De alguna manera, sabía que estaba soñando, pero aun así sentía un nudo de angustia en el estómago mientras cruzaba poco a poco el jardín trasero de la cabaña de Shane hasta llegar al lugar donde veía un brazo pálido colgando flácido de la hamaca.

De la misma forma en que había colgado de la cama de su madre aquella vez, cuando él tenía doce años.

Entonces, en el sueño, la mano se movió. Su madre torció la muñeca y sus dedos bailaron, como si los moviera al compás de la música. Ilya sonrió y aceleró el paso.

—Mamá —dijo cuando llegó junto a ella, por algún motivo, en inglés. Irina Rozanova le sonrió desde la hamaca (la que él y Shane habían instalado juntos el verano anterior); lucía joven, preciosa y superrelajada. No dijo nada, solo sonrió y le tomó la mano.

—Shane está dentro —le dijo Ilya—. Quiero que lo conozcas.

Su sonrisa se hizo más amplia, pero ella permaneció en silencio. Ilya miró hacia la casa, donde podía ver la silueta de su novio en la ventana de la cocina. Ilya le hizo un gesto con la mano y Shane se alejó de la ventana. Estupendo. Eso significaba que llegaría pronto.

Ilya miró a su madre mientras esperaba, sabiendo que aquello no duraría mucho. Él se despertaría y ella desaparecería. Pero aun así quería que conociera a Shane.

Shane estaba tardando una puta eternidad. No había ni rastro de él cuando Ilya volvió a mirar hacia la casa, y empezó a entrar en pánico.

Irina le acarició la mano. Seguía sonriendo, pero parecía un gesto de dolor. Su piel tenía un tono grisáceo.

—No —dijo Ilya—. Espera. Vendrá enseguida.

Un pájaro molesto empezó a piar con fuerza por ahí cerca, e Ilya apretó con más fuerza la mano de su madre.

—Espera…, por favor. No te vayas.

Y todo se desvaneció. El pájaro se convirtió en el despertador de Ilya, y este, de golpe, se vio en la cama de Shane, en Montreal.

Le gruñó al móvil mientras apagaba la alarma y luego apretó los ojos con fuerza, intentando recuperar el sueño.

Se había esfumado.

Extendió una mano, buscando a Shane, pero encontró su mitad de la cama vacía. Y fría.

Dios, ¿cuánto tiempo llevaba Shane despierto?

Era el primer día de los campamentos benéficos de hockey de ese verano, así que a Ilya no debería sorprenderle que Shane se hubiera levantado temprano. Supuso que debería levantarse de la cama e ir a buscarlo.

Se dio la vuelta y exhaló con fuerza, tratando de liberar el torbellino de sentimientos que le provocaban siempre esos sueños.

La alegría de volver a ver a su madre, la angustia de darse cuenta de que no era real y la frustración de que Shane no actuara con suficiente rapidez.

De que no se preocupara lo suficiente. Era esta última emoción de la que Ilya debía deshacerse, porque no tenía ningún sentido.

A Shane le importaba. A Shane le importaba tanto que había sugerido ponerle a su organización benéfica el nombre de la madre de Ilya.

Se puso unos pantalones de chándal y se dirigió a la cocina. Encontró a Shane sentado a la mesa de la cocina, ya vestido con un polo con el logotipo del campamento, estudiando la pantalla del portátil con las gafas puestas.

—Buenos días —dijo Ilya.

—Hey —dijo Shane sin apartar la vista de la pantalla—. Estoy revisando los formularios médicos de los niños. Hay tantas cosas diferentes… Un par son alérgicos al huevo.

—Pues no les tiraremos huevos.

—¡Esto es serio! ¿Y si pasa algo malo?

—La otra vez no pasó nada.

—Ya, pero podría pasar igualmente.

Ilya cruzó la habitación y se paró justo detrás de Shane. Le puso las manos sobre los hombros y los apretó con suavidad.

—Es muy probable que ocurra algo, que alguien se ponga enfermo o se haga daño. Pero todo irá bien. Es hockey. Y son críos.

Acarició con los dedos los largos mechones de la nuca de Shane. A Ilya le gustaba el pelo largo; le había gustado cómo encajaba con la transformación de Shane cuando estaban a solas los dos junto al lago, relajados e incluso un poco tontorrones.

Shane se frotó los ojos por debajo de las gafas.

—No quiero que esta semana sea un desastre.

—Te estás preocupando demasiado.

—Es fácil para ti decirlo —refunfuñó Shane—. Tu madre no te ha estado mandando mensajes toda la semana con detalles estresantes sobre este maldito campamento.

Ilya dejó caer las manos a los lados.

—No —dijo en voz baja—. No lo ha hecho.

Era temprano, y lo más probable era que Shane apenas hubiera dormido y estuviese aún más tenso de lo habitual, así que Ilya decidió pasar por alto el comentario con tan poco tacto.

Sabía que Shane no había querido decir nada con eso.

Al igual que sabía que no podía enfadarse con él por no salir nunca corriendo a recibir a la madre de Ilya en sus sueños recurrentes.

En lugar de eso, Ilya preparó café, porque parecía que Shane aún no lo había hecho.

—¿Dónde está Yuna? —preguntó Ilya al darse cuenta de golpe de que no estaba en la cocina.

Iba a quedarse con ellos durante la semana del campamento. El padre de Shane, David, ya estaba de vuelta en Ottawa, trabajando.

Shane resopló.

—Se ha ido a la pista hace unos cuarenta minutos.

A medida que Ilya había ido tratando más a los padres de Shane, se había sorprendido al descubrir que su novio (la persona más ambiciosa y decidida que Ilya había conocido jamás) era el holgazán de la familia.

—¿Y cuántos mensajes te ha enviado desde entonces?

—Demasiados. Supongo que esta tarde vendrá un equipo de noticias local. Son franceses, así que hablaré yo con ellos.

—Vale.

—Sé que es molesto que vengan el primer día, pero…

—No pasa nada.

Shane giró la silla para mirar a Ilya.

—¿Crees que estamos preparados?

—No lo sé —dijo Ilya con un tono tranquilo—. Solo tenemos a ocho jugadores profesionales de hockey como entrenadores. ¿Crees que eso es suficiente para enseñar a unos niños a jugar al hockey?

—Es solo que…

Lo que fuera que Shane iba a decir se disolvió en un suspiro de frustración.

Ilya agarró el respaldo de la silla de Shane y lo apartó de la mesa del portátil. Se agachó frente a él y apoyó los brazos cruzados sobre las rodillas de Shane.

—Solo eres tú siendo tú.

A Ilya le entusiasmaban los campamentos (había disfrutado mucho los del año anterior), pero no le gustaba lo rápido que Shane había vuelto a ser el de siempre, tan agobiado.

Podrían haber pasado estas semanas en la cabaña, riéndose juntos en la cocina, sumergiéndose el uno al otro en el lago y disfrutando de sexo sin prisas y placentero en un lugar donde estuvieran a salvo y a solas.

Ilya podría estar sentado en el muelle en este momento, con los pies colgando en el agua fresca y la cabeza de Shane en su regazo.

Pero estos campamentos eran importantes para ambos. Recaudarían fondos para organizaciones e iniciativas que ayudaban a personas que luchaban contra trastornos mentales. Personas que luchaban en su día a día como lo había hecho la madre de Ilya.

Aunque en los ojos de Shane todavía se percibía preocupación, su voz sonó suave cuando dijo:

—¿Y si alguien nos descubre?

—Somos buenos ocultando esto —dijo Ilya—. Llevamos años haciéndolo. Y el año pasado ya lo hicimos.

—¡Por los pelos! ¡Ryan Price nos pilló besándonos, joder! ¿Y si vuelve a ocurrir?

Ilya esbozó una sonrisa.

—¿Tan imposible es resistirse a mí?

Shane le dio un golpecito en el tobillo a Ilya.

—Ya te gustaría. Es por ti por quien me preocupo.

—Intentaré controlarme.

Shane jugueteó con un rizo de pelo cerca de la oreja de Ilya.

—Nada de besos —dijo con severidad—. Ni siquiera a puerta cerrada, ¿vale? No hasta que lleguemos a casa.

—Sí, no hay problema. Tampoco me gustas tanto.

Las palabras de Ilya se veían desmentidas por la forma en que apoyaba la mejilla en la palma de Shane.

—También estoy preocupado por Hayden —dijo Shane.

—¿Por si te besa?

—¡No! Me refiero a que lo cuente.

Ilya resopló.

—Podría ser. No es muy espabilado.

Hayden Pike era compañero de equipo de Shane y, por razones que Ilya aún no lograba comprender, también era una de las pocas personas en el mundo que conocía la verdad sobre la relación entre ambos.

Además, era uno de los entrenadores del campamento, a pesar de las quejas de Ilya, que insistía en que no tenía madera de entrenador.

Shane tiró con fuerza del rizo que había estado retorciendo con suavidad.

—Es mi mejor amigo.

—Pensaba que tu mejor amigo era yo.

—Hayden es mi mejor amigo al que no beso —aclaró Shane.

—Lo siento por Hayden.

Ilya se levantó, parándose a mitad de camino para darle a Shane un beso rápido, y luego se dirigió a la cafetera.

Llenó dos tazas de café solo, colocó una sobre la mesa junto al portátil de Shane y luego empezó a añadirle leche y azúcar a su propia taza.

Shane seguía una dieta estricta para rendir al máximo, así que cualquier producto lácteo o azúcar que hubiera en casa era de Ilya.

—Gracias —murmuró Shane, más o menos un minuto después de que Ilya le sirviera el café. Ahora estaba mirando el móvil.

—¿Es Yuna otra vez?

—Sí.

—¿Deberíamos ir ya?

—No. No pasa nada. Disfruta de tu café. —Shane se levantó y se volvió hacia Ilya—. ¿Cómo has dormido?

—Bien —mintió Ilya—. Probablemente mejor que tú.

—Pues seguro. —Shane se quitó las gafas de leer y recorrió con la mirada el cuerpo de Ilya—. Es injusto lo guapo que eres por las mañanas, ¿lo sabías?

Ilya esbozó una sonrisa.

—Dímelo en ruso.

Shane arrugó la nariz, concentrado.

—Eeeh… Ty ochen’ krasivy?

El corazón de Ilya se aceleró, como siempre que Shane intentaba hablar en ruso.

—Casi.

—No. Dime cómo lo habría dicho mejor —insistió Shane.

En lugar de eso, Ilya lo besó, lento y despreocupado, mientras las palmas de Shane se deslizaban sobre el pecho desnudo de Ilya.

—Tienes que vestirte —murmuró Shane—. Y comer algo.

—Pillaré un desayuno de McDonald’s de camino.

—Qué asco. —Shane dio un paso atrás y cogió su café de la mesa—. Hablo en serio sobre lo de besarnos hoy. Y no te pongas, ya sabes, sexy.

—Imposible.

—Ya sabes a qué me refiero. No te insinúes.

—¿Insinu… qué? ¿Eso es algo sexual?