El partido más largo (Game Changers 6) Capítulo 1
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El partido más largo (Game Changers 6)

El partido más largo (Game Changers 6)

Por Rachel Reid

© inepub.com

Capítulo 1

Julio

Shane nunca había deseado nada con tanta intensidad en toda su vida. Su objetivo estaba justo delante de él y nada le impediría alcanzarlo.

—Ya te gustaría, Hollander —gritó una voz ronca tras él.

Shane sentía que el pecho le iba a estallar, pero resopló y se esforzó aún más, negándose a rendirse.

El golpeteo de las zapatillas sobre el sendero y los latidos de su corazón casi ahogaban las risas que venían de atrás.

Shane intentó ignorarlo todo mientras se concentraba en la salida del sendero que tenía justo delante.

De repente, Ilya apareció a su lado, empapado en sudor, con la camiseta arrugada en un puño.

Ilya le guiñó un ojo antes de adelantarlo a toda velocidad como un personaje de dibujos animados.

Shane gruñó de frustración e intentó alcanzarlo, pero las largas piernas de Ilya y su resistencia que rozaba lo sobrehumano lo hacían imposible.

Ilya llegó primero al final del sendero, con los brazos en alto en señal de victoria. Luego se desplomó en un trozo de césped al borde del pequeño aparcamiento.

Shane se acercó a él tambaleándose, jadeando y soltando palabrotas. Apoyó las manos en las rodillas mientras esperaba a que respirar dejara de resultarle doloroso.

—Que te den —jadeó.

Ilya se dejó caer de espaldas, retorciéndose de risa. Se secó la frente con la camiseta húmeda que tenía en la mano.

—Casi te dejo ganar.

—Mentiroso.

—Las vistas no estaban mal. Por atrás. Casi merecía la pena quedarse por ahí…

Shane no entendía cómo su novio era capaz de articular frases completas.

—Cállate.

—Me gustan esos pantalones cortos.

Shane se rio, pero sonó más como el resoplido de una máquina de vapor.

—Gracias.

Ilya se incorporó para apoyarse en los codos.

Cerró los ojos e inclinó la cabeza hacia atrás, moviéndola despacio de un lado a otro.

Tenía el pelo empapado, con los rizos pegados a la cara y al cuello, y el pecho le brillaba por el sudor.

La cruz que siempre llevaba colgada al cuello reposaba sobre su hombro. Shane se arrodilló a su lado.

—Odio que puedas correr más rápido que yo así. No tiene ningún sentido.

Ilya abrió un ojo.

—Quizá deberías comer carbohidratos.

—Como carbohidratos saludables.

—No comes nada.

—Y tú fumas.

—Casi nunca.

—Pues anoche fumaste.

—¿Cómo lo sabes?

—¿Porque tengo nariz?

Ilya le dio un golpecito en la punta de la nariz a Shane.

—Una muy mona.

Shane intentó mirarlo con rabia, pero no pudo aguantarle la mirada. No cuando Ilya le sonreía de ese modo. En lugar de eso, le ajustó la cruz y se la puso en el centro del pecho.

—Así que te gustan los pantalones cortos, ¿eh?

Eran de un estilo más corto que los de baloncesto que solía usar para entrenar.

Era algo nuevo que estaba probando. También llevaba el pelo más largo que nunca.

Se lo había dejado crecer durante los play-offs , e Ilya se le había quejado cuando Shane había sugerido que ya era hora de cortárselo.

Aunque sí consintió que se afeitara esa horrible barba rala que había llevado para las eliminatorias.

Ilya recorrió con el dedo el borde de una de las perneras de los pantalones cortos, justo donde se ajustaba contra el muslo de Shane.

—Creo que tu polla los partiría si se te pusiera dura.

Eh, vale… ¡Ups! Shane echó un vistazo a su alrededor. Eran los únicos en el aparcamiento, que estaba aislado por densos árboles por todos lados, pero seguían estando en público.

—No lo vamos a comprobar aquí.

De golpe, Ilya lo agarró e hizo que los dos rodaran de tal modo que Shane se quedó bocarriba e Ilya tumbado encima de él, mientras le sonreía desde esa posición.

Shane le empujó el pecho sudado.

—Estás asqueroso.

—Los dos lo estamos.

Ilya inclinó la cabeza y lo besó rápido.

—Para —dijo Shane, aunque no parecía que lo dijera en serio—. Deberíamos ir a casa. A ducharnos.

—Vale.

Ilya se apartó de él de un brinco y luego le tendió la mano para ayudarlo a levantarse.

—Estás lleno de energía —refunfuñó Shane mientras le cogía la mano y se dejaba levantar.

—Se me ocurren algunas formas de gastarla —dijo Ilya.

Dios, Shane se moría de ganas.

—Pero tenemos esa llamada con Farah de aquí a nada.

Empezó a caminar hacia el coche.

Ilya suspiró profundo a sus espaldas.

—¿Por qué tenemos que llamarla?

—Porque es nuestra agente y, tipo, es su trabajo estar al corriente de cómo estamos.

Ilya había firmado con la agente de Shane el año pasado, tras dejar al agente ruso que había tenido desde que era adolescente.

Quería alguien de Canadá, y Shane no podía no recomendar a Farah Jalali.

Además de ser una gran agente, le había apoyado muchísimo desde que Shane le había dicho que era gay hacía dos años.

—Quizá podríamos contárselo —dijo Ilya.

—¿Contarle el qué?

—Lo nuestro.

—¿Qué? ¿Hoy? ¡¿Ahora?!

A pesar del calor del verano y de que la sangre aún le bullía por el cuerpo tras la carrera, Shane sintió de repente un frío glacial.

Ilya se encogió de hombros enseguida.

—Es que quizá hasta lo sepa ya.

La alarma del pánico que habitaba en el interior de Shane empezó a sonar a todo volumen.

—¿Y por qué iba a saberlo?

—A ver, estamos juntos en tu cabaña. Tú eres gay. Y yo estoy buenísimo…

—Es un poco… pronto. Deberíamos hablarlo más. Pensar en cómo decírselo y…

Ilya lo miraba con una mezcla de cariño y exasperación.

—No es complicado. Y, si no nos apoya, pues no debería ser nuestra agente.

Shane se mordió el labio mientras reflexionaba que quizá eso tenía lógica.

—Nos apoyará.

—Lo sé. Así que vamos a contárselo.

La ducha que se habían dado juntos había durado más de lo estrictamente necesario. Por eso, Shane todavía se estaba peleando por ponerse la camiseta cuando la solicitud de FaceTime de Farah iluminó su móvil. Ilya solo llevaba puestos los calzoncillos.

—¿Respondo? —preguntó Ilya en lo que cogía el móvil de Shane de la cómoda.

—¡No! ¡Vístete!

Shane le quitó el móvil y aceptó la llamada de Farah. Su cara llenó la pantalla, igual de elegante que siempre.

—Hola, chicos —dijo con alegría—. O, bueno, hola por lo menos a ti, Shane.

—Ilya está por aquí. Es que…

Shane se calló al distraerse por un momento al ver los pantalones cortos de tiro bajo y el torso desnudo de Ilya.

—Hola, Farah —saludó Ilya.

Farah sonrió, quizá acostumbrada ya a lidiar con jugadores de hockey idiotas. Solo era unos diez años mayor que ellos, pero parecía el doble de madura de lo que Ilya y Shane serían jamás.

—Hola, Ilya. ¿Estáis pasando un buen verano?

—Genial. Sí —dijo Shane, quizá con demasiado entusiasmo.

Estaba nervioso. Y acababa de darse cuenta de que estaban haciendo la videollamada desde su habitación, lo cual quizá resultara un poco raro.

Se sentó en el borde de la cama, mientras sujetaba el móvil a la altura de los ojos—. ¿Qué tal tu verano?

—Ajetreado.

Ilya se sentó junto a Shane en la cama mientras acababa de ajustarse la camiseta. Farah miró a uno y luego al otro; lo más probable era que se hubiera dado cuenta de que ambos tenían el pelo mojado.

Joder. Todo eso era ridículo.

—Antes de que hablemos de… otras cosas —dijo Shane—, hay algo que queremos contarte.

—Decidme.

Shane miró a Ilya a los ojos. Ilya apoyó una mano en la rodilla de Shane y la apretó.

—Bueno —dijo Shane despacio—, ya sabes que yo soy gay.

—Claro. Me lo dijiste.

—Sí. Pues bien, la cosa es que…

—Que yo soy bisexual —soltó Ilya.

Los labios de Farah se curvaron en una sonrisa.

—Creo que ya veo por dónde van los tiros… —dijo con calma.

Bueno, ahora sabían lo fácil que sería para alguien atar cabos si supieran la verdad sobre la orientación sexual de Ilya.

—Sí —dijo Shane—. Creo que sí.

—Estamos juntos —dijo Ilya, por si acaso ella sola no había caído.

—Lo siento —dijo Shane—. Sé que esto va a ser complicado para ti.

—No te disculpes. Yo os quiero, chicos, y me alegro por vosotros. —Se rio—. Tampoco puedo decir que me lo viera venir esta mañana cuando me he despertado. ¿Puedo preguntaros cuánto tiempo lleváis juntos?

Shane e Ilya se miraron y sonrieron, y luego Ilya dijo:

—Mucho tiempo. Años.

—Así que no es algo nuevo de ahora —dijo Farah, más para sí misma que para ellos, sospechó Shane—. No es por hacer una pregunta que pueda parecer tonta, pero ¿vais en serio?

—Mucho —respondió Ilya. A Shane le dio un vuelco el corazón, como siempre que Ilya dejaba claro lo mucho que significaba para él.

—¿Y queréis contárselo a la gente? —preguntó Farah.

—No —respondió Shane rápido, al mismo tiempo que Ilya decía:

—Todavía no.

—Solo queríamos que lo supieras —aclaró Shane—. No lo sabe mucha gente, pero creíamos que tú deberías estar al corriente.

Farah asintió.

—Os apoyo en esto. Así que lo que necesitéis de mí, contad con ello. No hay precedentes de rivales de la NHL que tengan una relación sentimental, claro, así que estamos en terreno desconocido. Pase lo que pase, ¡seguro que no nos aburriremos!

—No me importaría que fuera aburrido —murmuró Shane.

—A Shane le encanta lo aburrido —dijo Ilya.

Farah se rio.

—Bueno, perfecto, porque tengo toda una lista de cosas aburridas que repasar con vosotros dos.

Hablaron de oportunidades de patrocinio, de la fecha de emisión prevista para un documental que la ESPN había hecho sobre su rivalidad, de la inminente agencia libre de Shane al final de la siguiente temporada, de los campamentos benéficos de hockey que empezaban al cabo de una semana.

Nada de eso, en lo que a Shane respectaba, era aburrido.

—Tengo muchas ganas de ver el documental —dijo Farah—. El de Scott Hunter fue fantástico.

—No lo vi —dijo Ilya, seco.

—Aunque supongo que no captaron del todo la verdadera historia sobre vosotros.

No. Tanto Ilya como Shane habían tenido mucho cuidado de no desvelar nada.

No se habían involucrado mucho en el documental.

Habían concedido entrevistas por separado y habían aguantado que el equipo de rodaje los siguiera durante un par de días la temporada anterior (de nuevo, por separado), pero, por lo que Shane sabía, el documental iba a consistir sobre todo en imágenes de partidos ya existentes y entrevistas con otras personas.

En cuanto terminaron la llamada con Farah, Ilya inmovilizó a Shane sobre el colchón sujetándole las muñecas y besándolo hasta dejarlo sin aliento.

—Ha ido bien —dijo Shane entre beso y beso.

—Ha sido genial. Te lo dije.

Shane quería tanto a Ilya que algunos días le dolía físicamente reprimirlo.

No quería ser un icono gay, ni lidiar con toda la atención que recibirían del mundo del hockey, tanto buena como mala, si alguna vez revelaban su relación, pero deseaba poder amarlo abiertamente sin tener que lidiar con nada de eso.

Quizá algún día. Cuando los dos se hubieran retirado. Shane conocía a algunas estrellas retiradas de la NHL que habían sido capaces de pasar fácilmente a un segundo plano si lo habían querido. A veces, incluso aunque no quisieran. Al final, el mundo había dejado de preocuparse de ellos y ya.

En aquel momento, con veintinueve años, Shane e Ilya estaban en la flor de la vida.

Shane acababa de llevar a su equipo a su tercera victoria en la Copa Stanley y, aunque Ilya era el capitán de un equipo mucho peor, seguía consiguiendo grandes resultados en Ottawa.

Ambos eran superestrellas y a ambos les quedaba mucho hockey por delante.

Shane tenía toda la intención de jugar al menos otra década, y esperaba que Ilya hiciera lo mismo.

Y lo más probable era que eso implicara ocultarse durante otra década más. Pero Shane estaba dispuesto a ello. Haría cualquier cosa por Ilya. Una vez le dijo que su relación era una apuesta a futuro e iba completamente en serio.

—¿Por qué te pones triste? —preguntó Ilya.

Shane lo miró parpadeando.

—Lo siento. No pasa nada. —Lo besó rápido—. Te quiero.

Ilya le dedicó una de sus sonrisas torcidas y sensuales.

—Pues claro. ¿Por qué no ibas a hacerlo?